«Lo que somos desde el castro Ventosa» un finde con O fiandon berciano

Introducción

Pasando un poco por alto el homenaje a la Hispanidad, el 12 de octubre de 2024 decidimos cargar nuestra furgoneta y poner rumbo a otro país: El bierzo. Allí se encuentra, enraizada y floreciente, una asociación amiga a la que llevábamos tiempo queriendo visitar:  El filandón berciano. El fiandón es muy parecido a La perdiz roja en muchos aspectos: 

 

-Para empezar, son tres –Lucía, Raúl y Bruno-, aunque se apoyan en un grupo de amigos y colaboradores mayor que, al final, es lo que les permite seguir remando. 

 

-Lo que quieren hacer es reivindicar su tierra y contarla de manera distinta. Apelan a la juventud (en este caso a la berciana) porque creen que es ella quien tiene que darse cuenta de su valor y personalizar el cambio que, si se quiere que esta tierra sobreviva, se precisa.

 

– No tienen ningún reparo en mezclar tradición y contemporaneidad ¿por qué tenerlo? el purismo pudre. Su logo, dos sillas enfrentadas: en una, un señor con boina y cachaba habla; en la opuesta, un chaval con sudadera teclea en su portátil (presumiblemente apuntando lo que el señor dice). Nos encanta

-Creen que los eventos, o, dicho de otra manera, el encuentro y la fiesta, son vitales para transmitir el mensaje que quieren enviar: El Bierzo se merece y  necesita todo nuestro amor. Necesita nuestra presencia,  nuestra escucha, nuestro tiempo…a nosotros, en definitiva. 

 

-Hacen camisetas chulísimas

En fin. Asociaciones primas hermanas. Nos conocimos en Observatorio y más tarde ellos hicieron una aparición estelar en nuestro Jardín de las delicias en el castillo (uno de ellos, Raúl, llevándose el premio al mejor disfraz). Esta vez nos tocaba a nosotros desplazarnos y el finde escogido no era aleatorio: íbamos a ir a su Fiesta de fin de la vendimia.

 

Como queríamos ir con tiempo y aprovechar el día, pasamos primero por Astorga (ciudad leonesa a la que debíamos una disculpa…sólo lo entenderán los que nos sigan en Twitter). Metimos un poco la nariz en el museo Gaudí, que nos encantó y comimos en Serrano, todo un emblema de la restauración micológica sobre el que hablaremos más en Setas en Castilla y León parte 2, pero al que os recomendamos encarecidamente ir. 

Por la tarde, y por recomendación de Lucía, nos acercamos a ver el concurso de calabazas que se celebraba en Igüeña, un antiguo pueblo minero ya cerquita de Valtuille de arriba, el pueblo-sede de O fiandon. Por si alguien no lo había notado, estamos muy otoñales este otoño. 

El certamen fue muy divertido (¡240 k la ganadora!) y, para ponerle el broche final, el ayuntamiento convidaba a los asistentes a un magosto (por si alguien no lo sabe, esta tradición se comparte con Galicia y consiste en juntarse para asar y comer castañas). Como ya quedaba poco tiempo de luz sólo nos quedamos un ratito, lo justo para entablar conversación con los magosteros que hacían su magia al pie de una iglesia. No pudimos probar las castañas, así que es una cosa que queda pendiente. 

Con la caída de la noche llegamos a Valtuille de arriba, donde nos esperaba La fiesta de la vendimia, que incluía concurso y cata de calimocho con vinos de la zona (!) y una banda de versiones de grandes hits de la música cubana que nos chifló (al parecer en El Bierzo esto es típico en las verbenas, lo que nos hace pensar que en Galicia quizá también y que esto tenga relación con flujos migratorios recientes, aunque habría que indagar más en el tema)..

Al terminar el concierto, uno de los momentos más esperados: el concurso de porrón. Participamos como pudimos, pero el nivel era absolutamente estratosférico. La final, muy reñida, entre 5 titanes que habían conseguido bajarse un un porrón del tirón en la primera ronda.

 

Una vez finalizada esta oda a la tradición enológica y la alegría, la mayoría nos refugiamos dentro, donde algunos habían empezado ya a entonar canciones tradicionales. El local de la asociación, convertido en bar para la ocasión, es una antigua escuela cedida por el ayuntamiento y que nuestros amigos han decorado con mimo.

En la puerta, un cartel: “somos una asociación cultural, no un bar». Amigos ayudando detrás de la barra, estanterías de libros para intercambiar, fotos antiguas de la vendimia, lámparas hechas con calabazas… una pasada, como ellos en sí mismos. 

Nos fuimos pronto a dormir a la furgoneta porque había sido mucho tute de día, pero ahí se quedó la chavalada hasta pasadas las 6. Por la mañana nos acercamos a desayunar a Villafranca del Bierzo (Valtuille no tiene bar), donde teníamos reserva para comer con nuestros equivalentes bercianos. Villafranca, también antiguo pueblo minero, es un pueblo por el que el camino de Santiago no sólo pasa, si no que, cuando la ocasión lo requiere, también culmina. En La puerta del perdón, en la iglesia de Santiago apóstol, si uno se encuentra demasiado enfermo para continuar, obtiene la indulgencia.

Con la hora de comer casi encima, nuestros amigos, ya repuestos de su gran noche, aparecieron y nos encontraron tirados al sol en el césped, al pie del castillo. Se rieron un poco de nosotras y nos llevaron al restaurante donde teníamos reserva y donde, además de degustar truchas y vino de la zona, hicimos nuestra primera incursión en El botillo. El botillo nos gustó mucho, pero más nos gustó hablar con ellos, con quienes compartimos tanto y nos entendemos tan bien..

 

Apalabramos que nos escribirían un artículo, que es el que se os presenta a continuación y, después del postre, fuimos conducidos en su coche a nada menos que el origen geográfico de la Historia de la comarca de El bierzo: el castro de la Ventosa, un antiguo castro celta (podéis saber más en este hilo) desde el que se alcanza con la vista todo el Bierzo bajo y del que, hoy en día, solo quedan algunas piedras cubiertas por la maleza. Hay tierra, hay algunas viñas, pero no hay apenas rastro -especialmente para aquel que no se haya preocupado por saberlo o no disponga de guía-  de que aquel enclave estratégico fue la cuna de una de las regiones más impresionantes y preciosas de este país: El bierzo.

Lo que somos desde el castro de la Ventosa

El filandón berciano

Desde el castro vemos todo lo que hemos sido, lo que somos y seremos. El cielo del atardecer raya por completo la silueta de los montes. El otoño ya está aquí. Somos el preludio de todo lo que no va a estar más adelante y, sin embargo, aquí seguimos. Viendo el sol caer en  el castro que da nombre a todo este país al que solo se entra bajando. 

 

La literatura ha bañado muy bien El Bierzo con un perfume que pinta como paradisíaco lo más accidentalmente geográfico, quizás es ella de la que se alimenta toda la nostalgia que nos acoge tantas veces. Encontramos referencias románticas en Gil y Carrasco, en Antonio Fernández Morales hasta la poesía moderna de Juan Carlos Mestre. Todas ellas se rasgan las vestiduras hablando de la singularidad de este anfiteatro. Todas ellas describen un vergel, unas montañas o un mar de niebla. 

Desde el castro vemos todo lo que hemos sido. Se desgarran ante nuestros pies miles de años que nadie nos enseña. Están tapados entre zarzas y matorrales enormes, escondidos entre cepas, silenciados con capas de tierra que nadie ha querido remover. Lo cierto es que lo que hemos sido está aquí, ante nuestros pies: una muralla, un camino y unas viñas. Si esta muralla hablara diría que fue construida por los astures, que fue fortificada por romanos y fue saqueada por cristianos. Si levantamos la vista y el sol nos lo permite aún, vemos a pocos kilómetros el monasterio de Carracedo. Sus piedras pertenecen a este teso. Pero nadie nos ha enseñado esto. Debajo de nuestros pies, en la tierra que sepulta la muralla del Castro Bergidum, se esconden miles de años de historia. Posiblemente, uno de los castros más grandes de todo el noroeste peninsular, el castro que da nombre a toda esta región: sepultado en barro, olvidado, escondido y aprisionado.

 

Nadie nos lo enseñó en la escuela. Nadie lo nombró en el instituto. Todas estas toneladas de tierra esconden nuestro verdadero significado. ¿Qué es ser berciano/a? ¿Qué significa o supone ser del Bierzo? Todo lo que fuimos a veces permanece inmutable hacia nosotros porque está escondido. Este castro está bajo toneladas de tierra, pero quizás la mascarada tradicional de Oencia está en los cadáveres de todas aquellas personas que la habitaron. Lo que fuimos a veces está diluido entre todos aquellos nuevos edificios, chalets unifamiliares y expropiaciones forzosas de ruinas que desdibujan los pasos dados hasta hace unos pocos años. Ni las viñas se salvan de lo que fuimos, esta lengua que sale del castro contra el sur nos enseña todo su legado: estrechas, en vaso viejo, impracticables para quienes somos ahora. Donde no entrará nunca un tractor. Ellas están esperando también su San Martín, a propósito del otoño. 

Desde el castro vemos todo lo que somos. Tenemos delante la Autovía A6, Madrid- A Coruña. Vemos un Alsa. Así estuvimos años. Navegando sin rumbo 400 kilómetros hasta allí. Lo que somos ahora también se ve desde este castro. Somos una generación condenada a beneficiarse del bono joven del transporte y alegrarnos. La generación a la que sus propias familias empujaron a irse. La generación que se desespera por encontrar una habitación con un precio admisible, en un piso del que nunca conocerá su historia, en una ciudad que no es suya, paseando por las horas del día sin darse cuenta de que la morriña cada vez está más enfangada en almas que se vacían de sentimientos para soportar un día a día. Si, también fuimos en ese Alsa un domingo y sí, a este país sólo se entra bajando, pero pasa también que solo se sale llorando.

Mucha gente esquivó la pregunta de qué somos. A nosotras esa bala nos atravesó el corazón y aquí estamos. Viendo el sol caer desde el castro. Somos también la noche que está al caer. El sol se pone por el Oeste, y para ver el Oeste desde el castro, miramos a la Pena do Seo. Ella fue parte de la historia más criminal del Bierzo. Su mineral, el wolframio, fue usado en la Segunda Guerra Mundial. Al parecer era un material resistente en las armas. Después de años de estraperlo, fue explotada durante unos pocos años con un poblado, La Piela, hoy en completa ruina. Nadie nos lo enseñó en la escuela, si acaso alguna madre hábil y lectora nos enseñó un libro: “El año del Wólfram”. Si acaso otro familiar nos habló de ella alguna vez, y es probable que en alguna ocasión nos haya servido como referencia de orientación. Somos también esas torres blancas que se anuncian a lo lejos. Desde aquí parecen dos tuberías que apuntan al cielo desde el valle. Todo el mundo aquí sabe qué son. La historia industrial del Bierzo es hoy un arma arrojadiza y una falsa esperanza. Por un lado, sirve para buscar enemigos fuera de nuestras montañas, y no hablamos de León, Valladolid y Madrid, donde también hay un pequeño espacio de odio granjeado por la barra de Bar. Hablamos de la todopoderosa Europa. Esa bandera azul con estrellas amarillas que cuelga desteñida en muchos ayuntamientos. Esas tuberías blancas que apuntan al cielo desde el valle son el recuerdo de que aquí las minas las cerraron directrices europeas y las heridas aún no han cicatrizado. Ese mismo desarrollismo sin ningún tipo de freno de mano, fue como las paladas de tierra que se vertieron sobre toda una forma de vida particular. Esas mismas paladas de tierra que hoy pisan nuestros pies, que hoy pisan nuestra historia sobre este castro. La falsa esperanza de que algún día todo eso volverá es una estrategia política que entendimos hace tiempo como fracasada.

El siglo XX nunca volverá y sin embargo es el imaginario más poderoso en esta tierra. Sus raíces bebieron también de todo un proceso abrasivo de desarrollo. Pero qué podemos juzgar hoy nosotras, si el mono azul de la mina, de la central térmica, de las siderúrgicas.. tiñeron muchas veces de dignidad las vidas de todas aquellas personas de los pueblos a los que hoy miramos. Somos todos los valles que rayan las montañas que nos rodean hoy al atardecer, pese a que todos terminan en el río Sil, el amo y señor hídrico de esta tierra, vienen de sitios muy diferentes. Todos estos valles aislados y prácticamente hoy vacíos son nuestro alpinismo etnográfico. Pese al paso de tantos y tantos científicos por esos entresijos todavía hoy seguimos rescatando la importancia de su legado cultural. Porque si algo tiene el Bierzo en tan corto espacio geográfico es una diversidad impresionante, y esa es la riqueza de una geografía caprichosa. Su variedad cultural sirve de homenaje a los que fueron y no, como algunos intentan, de arma arrojadiza. Porque si acaso, cada generación tiene que escribir su historia y esta no se puede escribir desde un Alsa o desde una habitación lo suficientemente cara como para pensarse si salir o no este viernes.

 

De Ancares a la Valdueza, aquí todavía hay mucho que escribir. Claro que esta especie de arqueología romántica es lo que somos. Es imposible ver qué somos sin ver qué fuimos, pero lo que somos también es hoy. Y hoy es muy jodido ser del Bierzo. Luchamos contra un pasado que se deshace entre las manos, que se queda mudo y que se nos esconde entre la maleza, pero también contra un pasado perenne en los discursos de hoy en día a caballo entre la nostalgia de una prosperidad caduca y una promesa eterna que se torna falsa. Oímos tantas veces un “lárgate de aquí» que ya ni lo escuchamos. Oímos tantas veces el desaliento que somos inmunes. Oímos tantas veces tantas cosas que parece que perdemos el rumbo en la marea discursiva, pero esto es lo que somos, gentes jodidas del Bierzo que no saben muy bien hacía dónde planea su existencia. Y, aun así, somos. No es una historia de resistencia, ni mucho menos; tampoco somos detectives del patrimonio ni perseguimos sombras. Sólo somos chavales normales con preguntas normales que nunca nos plantearon en la escuela y a las que, por el camino, nos va apeteciendo responder. Pero también se nos antoja tener un trabajo estable y digno aquí, en nuestra casa, y, de vez en cuando, nos apetece coger un bus y vemos que su frecuencia es cada vez más miserable. Intentamos trazar proyectos de vida, y sin embargo, mira por dónde, aquí se nos niega. Entonces, lo que somos es todas esas preguntas que no se responden leyendo, sino peleando, día a día, palmo a palmo. 

Ojo. Por el camino también nos gusta, qué sé yo, disfrutar de la vida. Por ejemplo… La Festa de Fin de Vendimia, evento al que vinieron las personas que regentan esta maravilla de revista. Una fiesta que es, ante todo, una declaración de intenciones reivindicaciones. ¿Para qué somos? ¿Para trabajar una viña y sin embargo no acompañar eso con todo el proceso cultural que lo construye? Desde luego que no. Hace tiempo que perdimos la esperanza de hacer algo por que sí sin dar más rodeos. Una viña se poda, se ara, se sulfata y se vendimia. Pero igual que el chorizo se enceta con pan y vino, estos trabajos también se empujan con diversión. Y quizás estos oficios de ayer que aún tienen una grieta en este mundo del Siglo XXI necesitan transmitirse de una manera más abierta.

El vino hace mucho tiempo que se enfrascó en botellas de 0,7 con etiquetas diseñadas en despachos de publicidad y contraetiquetas con una serie de garantías sanitarias, medioambientales y geográficas. Que pasó de presidir tertulias a la luz de un cigarro a llenar salones para abrirse a mercados extranjeros. Va tiempo también que las xuntanzas para vendimiar están viéndose mermadas y, no cabe duda que sus sobremesas están en peligro de extinción. Nuestra generación es lo que es porque quizás esas grietas del ayer no han sabido abrirse paso en este mundo nuevo. No es que nosotras hayamos descubierto la pólvora con la “Festa da Vendima” pero es que, disculpen, necesitamos divertirnos y jugar. Sobre todo, jugar.

 Si bebemos kalimotxo es porque es más barato que un Gin-tonic, y si hacemos que ese cachi de mocho sea del Bierzo pues mira, para algo sirve haberse partido la espalda 20 días entre cepas que sabe dios quién las plantó (pero con qué ilusión debió de hacerlo). Y este es el concepto sobre el que se construye este evento: bajar el vino de ese altar tan artificial que se le ha creado y devolverlo al lugar donde nace. Aquí abajo, en la tierra, con el pueblo, con la gente que simplemente quiere disfrutar de un chato en buena compañía. Y ni le importa ni quiere saber de cuantos puntos Parker pasan por su boca y mucho menos dejar el jornal de un día en 4 copas. También se construye sobre los y las jovencitas confusas que nos encanta juntar el vino con coca cola, limón o gaseosa, pero nos acuchillan las miradas desde arriba. Y al final te pides una caña, o ese gin tonic, aunque no te preste tanto y te escueza el bolsillo. Y por supuesto, se construye con las bodegas de nuestra D.O. Bierzo que entienden el vino fuera de esos salones, y no les tiembla el pulso para participar en una cata de calimocho. De hecho, creemos que más bien les tiembla la barriga de reír y disfrutar de un día de unión en torno a uno de los pilares fundamentales de esta tierra: la viticultura. Todo esto es lo que somos, como personas de este lugar llamado Bierzo. Y todo esto compone la base y el porqué de nuestra Asociación. Supongo.

Y todo este compendio de letras, historia, identidad, reivindicaciones y pasiones varias intentamos trasladárselo a «las perdices», que volaron un fin de semana de octubre sobre las fronteras imaginarias para venir a conocer. Como ya imaginábamos, venían con los ojos bien abiertos, la escucha activa, y el corazón y el estómago preparados para empaparse de esta tierra: de lo abstracto y lo concreto, dos aspectos que bien podrían resumirse en el botillo que comimos en el Mesón Don Nacho. Gracias por luchar por vuestra tierra y querer conocer la nuestra: la lucha y la tierra.

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