OBSERVATORIO: redefiniendo el formato de los festivales, recuperando la Magia

Texto: Carmen Abril

Fotos: Nico Rodríguez

Para quien no lo sepa: Observatorio es un festival que se celebra desde 2018 en Balboa, un pueblecito mágico en lo más profundo de la montaña berciana, en León. Nosotras descubrimos su existencia en 2022, cuando hicieron un comunicado que nos llegó a través de  redes, pero sobre todo nos llegó al corazón. El comunicado decía, simplificándolo mucho: “ey, este año la venta de entradas no está yendo como esperábamos y no llegamos al mínimo para cubrir gastos. Por favor, echadnos un cable, nos daría muchísima pena que Observatorio dejase de hacerse”. La llaneza y la sinceridad con que estaba escrito nos impactó. Hablaban de cubrir gastos y se notaba que era así, que de verdad querían celebrar el festival aunque ese año no fuese a reportar ningún beneficio, que simplemente querían que existiera. Y menos mal. Ese año no pudimos más que compartirlo y animar a la gente a ir, pero prometimos no faltar a la cita el verano siguiente. 

 

Aquella edición consiguió finalmente salir a flote. Por los pelos, con apenas 300 abonos vendidos, pero a flote. Y,según cuentan, fue tan especial, tan íntima, tan campamento, que al año siguiente el sold out vino solo. Para cuando se supo, nosotras ya teníamos nuestro pase de prensa hacía tiempo gracias a Nico Rodríguez, nuestro fotógrafo favorito (podéis leer aquí la entrevista que le hicimos en los albores de la revista), que también andaba como loco con la idea de ir y que nos puso en contacto con la organización. Ya sólo quedaba esperar. 

Nico en el primer día de Observatorio

La organización

Cuando Paula, a través de Nico, nos pasó el teléfono de Dani y le escribí hablándole sobre nuestro proyecto y nuestra intención, me encontré una respuesta directa, abierta y cálida, un abrazo invitador. Me encontré a un chico más o menos de mi edad, majísimo, y sobre todo apasionado con el tema a un nivel que conozco bien, lleno de energía y de ilusión. Fijamos un día para llamarnos y estuvimos una hora y media al teléfono, hablando de todo: del rural, de los microfestis, de lo complicado de organizar, de la importancia de la fiesta como derecho social, como bastión de comunidad y de alegría…No era un promotor negociando un contrato de prensa o promoción, era un potencial amigo y, sobre todo, una persona majísima.  Todos los implicados en la organización, según me cuenta, lo son. Efectivamente, son un grupo de amigos y no una promotora. Se nota en detalles que mejoran mucho la vida en y del festival y que no suponen ningún beneficio económico para nadie: Blablaboa, para que la gente aproveche los coches de ida y vuelta; punto violeta, sobra explicar para qué; insistencia y facilitación del reciclaje y el cuidado del entorno y de uno mismo…y se nota en el impacto positivo que tienen en el pueblo que, más que soportar, acoge al festival y lo acuna.

El pueblo

Finales de junio de 2023. Teníamos los pases, un equipazo formado, una tonelada de ganas de ir y casi ninguna expectativa sobre lo que íbamos a encontrarnos. 

 

Y nos encontramos en casa. 

 

Cuando uno no ha estado nunca en Balboa y llega por primera vez, de verdad que se siente sumergir en un cuento de hadas. Con razón El Bierzo tiene esa cantidad de mitología fantástica. No sé muy bien ni cómo empezar a describirlo y quizá es mejor que no trate de hacerlo, la magia funciona mejor así. Además, podéis ir en cualquier momento del año y descubrirlo.

Veréis, tras adentraros un buen rato en el espesor verde del valle, casitas de piedra y tejados de pizarra.

 Veréis pallozas auténticas (casas prerromanas, también presentes en la arquitectura gallega, hechas literalmente de Naturaleza) perfectamente conservadas, algunas convertidas en restaurantes castizos de chuparse los dedos.

Veréis huertitos de patatas y judías por todos lados, una iglesia, algún grafiti, alguna oveja…

Llegaréis al Parque de Balboa, todo trufado de piezas escultóricas inmensas, talladas en troncos de castaños centenarios para que tomen la forma de una gallina, una serpiente…veréis una fuente que es una mole de cuarzo, de la que mana agua de montaña sin parar. El parque en sí es una playa fluvial, cuyo cauce atraviesa un puente -el puente de los besos- que es una obra escultórica del mismo autor que las otras, Domingo de Canteixira. El conjunto es, todo él, una preciosidad y el lugar perfecto para reponerse tranquilamente de una noche de fiesta.

 

Aún hay más: si levantáis la vista encontraréis un castillo del sXIV (que por cierto, perteneció a los Reyes Católicos), que lo vigila todo desde lo alto de su atalaya verde, con aire de ermitaño  místico, abrigado por el musgo y el tiempo.

Precisamente al pie del castillo está el auditorio natural donde ocurre todo, un espacio de conciertos espectacular que se construyó siguiendo esa línea de naturalismo y magia que caracteriza todo el pueblo y que alberga literalmente el escenario más bonito que hemos visto en nuestra vida… Es este increíble auditorio -y el buen rollo de la gente del pueblo- es la causa de que aquí, además del Observatorio, se celebren el Reggaeboa y el Vibra Balboa. Pero antes de trepar la montaña hasta esa parte de la historia, un paseito por el camping. 

El camping

La verdad es que no es tan difícil. Un campito de fútbol, unos baños de obra (calculados un poco en relación a los abonos vendidos), y ya está. Obviamente, en un festival, nunca vas a tener las condiciones que se tienen en un camping familiar, pero una cosa es una cosa. Unas servidoras, y seguro que la mayoría de los que leen esto también, han pasado por auténticas odiseas festivaleras, sobreviviendo, maldiciendo a quien les ha puesto en esa tesitura de supervivencia y haciendo lo imposible por disfrutar a pesar del malestar físico y la indignación. Y la pena es esa, que cuando tienes que luchar por tu integridad física, disfrutas el festival la mitad.

 

El Observatorio, para asegurarse de que todos los presentes estuviéramos agusto todo el rato, vendió muchos menos abonos de los que el recinto permitía. Yo nunca he visto a la organización de un festival hacer una cosa así, no sé vosotros. El resultado fue que, efectivamente, ni en los momentos álgidos de conglomeración estaba uno incómodo. Ninguna cola duraba más de 10 minutos y uno se sentía, en todo momento, un ser humano individual, libre, pleno, cómodo y disfrutón.

Ese gesto de Observatorio de blindar la comodidad de sus asistentes limitando las entradas (a pesar de la angustia que pasaron el año anterior, y de que podían haber vendido las que quisieran este año) se trasladaba a todo lo demás, se sentía en todos los detalles, en el ambiente. 

Foto de Nico Rodriguez Crespo

Agua potable gratis en todo momento, claro. 

Posibilidad de introducir comida en el recinto de conciertos, claro. 

Baños limpios y retirada de basuras cada día, claro. 

 

Digo claro, pero en la mayoría de festivales no se respetan estos elementos básicos de pura salubridad. Y en Observatorio sí. Y las personas, cuando se les trata  bien, responden. No he visto en mi vida una zona de camping tan limpia al abandonar un festival como la del Observatorio. El domingo por la mañana no había ni un papel en el suelo del campo de fútbol. Y no sólo eso, hablando de las personas, cabe destacar una de las cosas más especiales de todo el festival: 

La gente

Todo el mundo estaba TRANQUILO y CONTENTO. Cuando pones a la gente en un contexto de supervivencia y les das un trato literalmente ofensivo o que ocurre es que, además de disfrutar menos de la música que han ido a ver, se disfrutan menos unos a otros. En Observatorio, que no había problemas de espacio, que todo estaba organizado con sentido, que había una cantidad tan razonable de asistentes que veías una y otra vez a las mismas personas…estabas en las condiciones óptimas de dar la mejor versión de ti, la más satisfecha y rutilante.

foto de Nico Rodriguez
foto de Nico Rodriguez

 

Y sin duda eso fue, junto con el entorno y la música, una de las cosas más mágicas del fin de semana. La comunidad festivalera, la gente. Y, aunque lo barajamos, dudo mucho que la causa sea que, al ser un festival de underground, se congrega gente más guay y buenrollera. También entre los básicos hay gente majísima. Lo que pasaba es que todos nos sentíamos tranquilos y en paz, cosa dificilísima de encontrar hoy en día en un festival. Y lo que es aún más meritorio y aún más difícil de encontrar en un festival: no nos sentíamos así solo nosotros, la gente del pueblo estaba agustísimo también. Los señores y las señoras del pueblo literalmente estaban allí, en las terrazas de los bares-palloza, tomando su carajillo o su café de las 5 como si no estuviéramos, o disfrutando de que estuviéramos, lo que es aún mejor. Vivían los conciertos como los que más -de hecho, la mujer del alcalde, se subió al escenario a bendecir casi todas las actuaciones (le cogió el gustillo la señora Chelo, viva ella)-, seguían cuidando sus huertas cuando el sol aflojaba a última hora de la tarde…¿en qué festival la gente del pueblo sigue con su vida tranquilamente mientras este transcurre?

Los talleres

Quizá una de las formas infalibles de detectar un festival-que-es-más-que-un-festival sean los talleres. En este caso, además, todos tenían que ver con el territorio y las raíces. Nosotras pudimos disfrutar sólo de 3 (no llegamos a la ruta botánica, que era para madrugadores, porque habíamos rebañado la noche anterior hasta la última gota). 

“Beber de raíz”, taller que nos dejó rodando, impartido por la gente de O fiandón berciano, a quienes seguíamos en redes hace tiempo y teníamos muchísimas ganas de conocer (por dios, qué gente más maja).  

foto de @nospegan

“La cianotipia como registro de especies” que nuestro querido Nico expedicionó e impartía Irene Moreno.

 

“Técnicas surrealistas para escribir rapidísimo”, organizado por la revista Pájaro azul, a quien también seguíamos hace tiempo y quienes también resultaron ser una maravilla de gente. Este se celebraba al pie de la piscina fluvial, con los conciertos de fondo. Jolgorio, cervecitas y escritura surrealista. El taller hacía guiños a la cultura berciana de duendes, templarios, ogros y hadas. Una maravilla, como