La perdiz roja magazine pasó el fin de semana del 14 de febrero en El Bierzo, cosa que tiene perfecto sentido. Los que lleváis aquí un tiempo lo sabréis de sobra: vuestras pequeñas perdices son unas enamoradas confesas de estas tierras
En realidad, el motivo que nos traía aquí no era San Valentín sino el entroido recuperado por nuestros amigos de O fiandon berciano.
O fiandon berciano es una asociación de tres amigos que trabajan por reconectar a la gente joven de su zona con su identidad cultural, a través de la diversión, la tradición y la reivindicación, proyectando que esto, algún día, se traduzca en un retorno masivo y de lugar a una repoblación natural. Los mejores. Conocemos a Ofiandon desde Observatorio. Los conocimos en su taller de beber vino de la bota. En ese contexto no podría haber surgido otra cosa que no fuera un flechazo.
Ellos vinieron a nuestra fiesta en el castillo ese año (ganando el concurso de disfraces) y nosotros a su fiesta de la vendimia, viaje del que salió un artículo conjunto que explica genial sus valores y objetivos (y donde lo pasamos genial!!). Real reconoce real y nosotros, desde que nos conocimos, no hemos parado de reconocernos.
Nos quedábamos en una casa de alquiler en Lago de Carucedo, cercana a Valtuille y sobre todo cercana a Las médulas, que se veían desde la terraza, negras por los incendios de este verano. La propietaria de la casa nos recibió. Era Maria Rosario, una mujer super afable, bercianísima, que nos había dejado hasta magdalenas. Nos contaba que apunto había estado su marido y ella de mudarse a Madrid cuando eran jóvenes por una oferta de trabajo, pero que había resistido la tentación, había dicho que no y no había día que no se hubiera alegrado de su decisión. Que ella vivía dos calles más abajo, que cualquier cosa le dijéramos, que qué encantadores éramos.
El caso es que despertamos en la casa de Maria Rosario y al asomarnos a la terraza vimos que había nevado sobre Las médulas. Algunos de los integrantes de nuestra regia asociación tienen un petardo en el culo, así que no pudimos evitar acercarnos hasta el lugar en las bicicletas que habíamos traído por si acaso. El panorama era efectivamente desolador, aunque también testigo de la fuerza de la naturaleza. Por encima del tizne y por debajo de la nieve, todo había empezado ya a reverdecer. Bueno, todo excepto los castaños de cuatrocientos años que, sarcófagos de azabache, vigilaban mudos nuestro ascenso.
Por el camino nos cruzamos casualmente con Fina, la vecina de Las médulas que se hizo viral durante la tragedia. Nos dijo que fuéramos con cuidado, que podía haber desprendimientos después de tantos días de lluvia y si la vegetación que solía haber para sujetar la tierra. Le hicimos caso. La subida, cansada. Las Médulas, un espectáculo maravilloso. Pero no hemos venido aquí a hablar de eso.
El entroido
Aunque el entroido no empezaba hasta las 19 habíamos sido citados un poco antes para comer y prepararlo todo con calma. Hay que decir que no fuimos de gran ayuda porque había muchas manos y al final terminamos jugando simplemente a la rana y admirando lo bonito que les había quedado el espantallo. La noche anterior nos habían contado que había un juicio previo a la quema del monstruito. Había alegatos más o menos espontáneos a favor y en contra de quemarlo aunque, por muchos que hubiera en contra, siempre se quemaba. Hablamos mucho sobre esto, que nos pareció injusto aunque muy divertido.







Aunque nosotros traíamos máscaras de nuestra caja de disfraces perdidos (con todo lo que la gente va olvidando año a año en las fiesta del castillo o del barco), ¡ellos tenían la suya propia! y mucho mejor abastecida porque, entre las máscaras de plástico, similares a las que traíamos, había algunas fruto del taller de máscaras caseras que celebran siempre de manera previa al entroido. Al final cogimos de las suyas. Viva el mejunje Art attack.
Bueno y es que además de las máscaras nos dieron de todo: camisones, faldas hechas de retales, trajes de clérigos…las cosas se iban sacando a tirones y eran celebradas como tesoros, planteadas por encima del cuerpo, celebradas con risas. Este fue un momento divertidísimo, jugando a los disfraces como cuando éramos niños pequeños en el almacenito tras la cocina de la cantina.





No me quiero poner cursi pero Lucía, Raúl y Bruno a menudo nos hacen sentir así, como si en el parque nos hubiéramos encontrado con unos niños con los que es divertidísimo jugar. Yayyy. Foto grupal y ya estábamos listos para la ronda.
Empezaba el asunto con la caída del sol. La gente iba llegando y los músicos ya estaban que se tocaban encima, impacientes. Dos grupos de gaiteros habían traído nuestros amigos. La vaquilla, que era un caballete con ruedas disfrazado y sobretodo cargado con litros y litros de vino para que los participantes de la ronda pudieran irse sirviendo, era empujada por -que nosotros supiéramos- una máscara hecha con un box de 10 l de vino. Muchas horas después supimos que era el novio de Lucía, Michael, y descubrimos que mucha gente disfrutaba de no desvelar su identidad hasta el final y ser una criatura anónima. La magia del entroido, claro.










Nuestras máscaras no se nos ajustaban muy bien así que nos las quitábamos de vez en cuando y no pudimos llevar a este nivel la performance, pero resultaba maravilloso avanzar dentro de un río de personas sin cara, o mejor dicho con más-cara (como el disco de Badgyal (ay de verdad, perdonadme)). Una chica con la que hicimos migas nos decía que ella sentía que la gente miraba mucho más directo a los ojos, aprovechando el escudo facial y, fijándonos, constatamos su sensación ¡qué divertido! La ronda fue avanzando por las calles de un Valtuille helado, con algunas casas en construcción aparentemente detenida y alguna pieza reseñable de arquitectura popular a la que no pudimos evitar hacerle también fotos.
La gente -mínimo unas 300 personas- era principalmente joven y no todos llevaban un disfraz tradicional. Había pijamas de cuerpo entero de animales, máscaras de plástico de personajes actuales y disfraces de brujita. Un monstruo de las galletas convivía con una especie de druida pertrechado con pellejos reales. Había también mayores y pequeños (¡algún bebé!) y muchos disfraces, aunque no fueran los clásicos del entroido, estaban compuestos con elementos naturales, recogidos del bosque (que nada hay más tradicional).











Nos gustó mucho el de una chica que se había hecho una trenza enorme con lana y un antifaz con liquen y que usaba una pancarta para reivindicar los derechos de las mujeres, como una especie de sacerdotisa celta. Saraut también para los que fueron de las dos torres de la central térmica de Ponferrada derrumbadas hacía dos días. Los participantes de la ronda iban acercándose a la vaquilla y abrevándose de sus costados. Los gaiteros, que al principio encabezaban la marabunta, a veces, después de un parón, se colocaban en retaguardia como para unificarla y hacerla avanzar, igual que un perro pastor.



En cada parada que hacía la comparsa se formaban filas o ruedas de baile y un grupo de pandereteras tomaba el control absoluto de la música, que ahora incluía cante y que los gaiteros se aplicaban en acompañar.



Aprendimos un poco la muñeira, que nos encantó y nos encontramos con ¡¡¡Laura Merayo!!! Esta chica está en todo lo divertido y además da gusto verla bailar. Nosotras, definitivamente, tenemos que apuntarnos a jotas.
Conocimos por fin a Rubén, uno de los organizadores de Universo 125, uno de los principales festivales de música urbana del país que se celebra en un pueblo vecino, Cacabelos. Llevamos años queriendo ir. A ver si este verano.
Después de mucha diversión la ronda llegaba por fin a su destino, la bodega de Raúl -que compró hace unos años y reformó a la manera tradicional con su padre- donde se servía un caldo de berzas que no olvidaremos jamás. Esta sopa tradicional, elaborada con sebo rancio, se comparte culturalmente con Galicia, como las gaitas y como tantas otras cosas aquí. También había consomé, pero nos lanzamos sin pensarlo a las berzas, cosa de la que no nos arrepentimos nada. El sebo le da un toque saladito incomparable, os la recomendamos mucho si alguna vez estáis por esta zona.
Rául, vestido de obispo, se afanaba en servir vasos de sopa a la mayor velocidad posible y Lucía en coordinar y despacharlos. Bruno gestionaba fuera que todo estuviera bien y la gente se estuviera enterando de lo de la sopa. Qué estresante es desarrollar una fiesta cuando se hace con cariño y qué bien lo hacen ellos siempre. Qué importante es dar de comer si se va a dar de beber. Pero no me quiero alargar mucho aquí, que aún tengo que contar El juicio.
El juicio del espantallo
La comitiva e marras regresó entre bailes y ya bien cenada a la sede de la asociación, en las antiguas escuelas. Después de otro rato de baile comenzó la ceremonia del juicio del espantallo, que sonriente y bobalicón, más de 6 metros de criatura, miraba al horizonte frente a todos nosotros, esperando su destino fatal.
El primero en salir al estrado fue un muchacho que, con marcadísimo acento berciano y mucha gracia, explicó que él hace ya tiempo que venía notando un discurso raro en Juan Espantallo, que le había dicho que no quería ser berciano (abucheos) y que estaba planeando marchar a Madrid para ser alguien. No había ni que aclararlo, el veredicto era negativo: quemarlo.
Hubo otros alegatos que se aprovecharon para hacer reivindicación social, equiparando la quema del espantallo con la quema de todo lo que no queremos: líderes autoritarios con ánimo bélico, genocidios televisados, opresión sistemática del género femenino, olvido de la mujer rural y su trabajo, abandono del medio rural, condiciones lamentables del cuerpo de bomberos y destrucción de nuestra naturaleza (que arda el espantallo y dejen de arder nuestros bosques)…alguno se animó con el verso y alguno hasta con el canto mongol (?). Uno de los alegatos se alargó un poco por demás pero vino a defender el encuentro, el regocijo, el placer, la búsqueda de la belleza…la libertad para ser quien se es y disfrutarlo, también en el medio rural.
¡Que no arda!
Hubo sólo dos alegatos en favor de salvarlo, y ambos nos gustaron muchísimo. El primero fue de un niño muy pequeño, de unos 6 años, que dijo que prefería que no se quemase porque era muy bonito y si lo dejaban en el pueblo los niños podrían seguir viéndolo y jugar con él. El otro fue de una chica estupenda que contaba que le había preguntado a su madre por qué creía ella que se quemaba al espantallo. “Creo que porque es grande y diferente”, y que ese no era motivo, y que quizá no debería ser necesario quemar nada ni tener un chivo expiatorio para unirnos como comunidad, sólo escucharnos. Una especie de No a la guerra que nos emocionó y que ella contó con desenfado y ternura.
Aún así, y no sólo por la mayoría aplastante si no por una decisión tomada de mucho antes, la teniente alcalde encarnada por Lucía iba a dar el veredicto, que después suscribiría el obispo Raúl: pulgar para abajo, que arda. Mientras la decisión se celebraba rabiosamente desde el público, cuatro personas enmascaradas con antorchas descendían la ladera y le pegaban fuego a la estructura de madera y retama (aquí, xestas), que después de una densa humareda blanca, empezó a ser lamida y poco a poco devorada por las llamas.







Fuego al cielo estrellado, vuelta de las gaitas, las panderetas y los bailes. Saraut para la chica que bailaba sola subida a un palé con nuestra bufanda en la cabeza. La verdad es que nada como danzar en torno a una hoguera naranja de luz y calor, pero aún así nos habría gustado que Juan Espantallo tuviera una oportunidad de salvarse. Además, el juicio habría tenido más emoción. Le decimos esto a nuestros amigos, que nos aseguran que se lo van a plantear. A ellos también les ha dado pena el niño, que tan valientemente se ha atrevido a alegar, y miedo a alterar la tradición, no tienen.
La han rescatado ellos y lo han hecho con plena consciencia de que nunca será como era entonces. Para empezar, antiguamente el espantallo estaba hecho de paja y ahora por esta zona no hay trigo ni cebada, así que han cambiado a la retama. Retama o paja, útiles del campo o plástico, el entroido es un éxito: las gaitas suenan y los pies se mueven y nos dan las tantas entre risas y bailes. En este caso si hay riguroso purismo: Fuera, alrededor de los rescoldos del espantallo, suena música tradicional. Dentro, en la caldeada cantina antaño escuela, suena música tradicional. Nadie parece echar en falta al dj así que nosotras, llegado un punto, nos retiramos discretamente a descansar a nuestra casa en Lago de Carucedo. Mañana será otro día. Aunque no para Juan Espantallo. Larga vida a O fiandon berciano.
Domingo grande del entroido de Pombriego
Al día siguiente, como si no se hubieran tirado cantando y bailando hasta la salida del sol , la gente de O fiandon vuelve a revestirse y pone camino al Entroido de Pombriego, del que ya hablamos aquí en su día y que tiene un corte más marcadamente tradicional, aunque también se dejan ver, en su domingo grande, algunos pijamas de animal de cuerpo entero.




Edilberto, voz cantante del carnaval, lee el pregón en verso y se sortea “el roscón”. Se ofrece ferbudo y se siguen bailando muñeiras y jotas. Aquí están también Miguel Sánchez y todo un grupo que ha traído y entre los que tenemos más de un conocido: Nacho Prada, Kike Sanchez-García, Mónica Egido…Me cuenta orgulloso que hace tres años ninguno de ellos sabía casi bailar y ahora mira…Niños pequeños revestidos tratan de seguirle el ritmo a sus mayores, subidos a madreñas y tocados con pañuelos, que se dejan soltar los pies gracias al ferbudo (un vino caliente con miel y especial que ofrecen a los visitantes).






También están unos amigos de O fiandon con un proyecto parecido al nuestro (y al suyo) en Galicia, Pesquedellas, y aunque ya estamos con la energía justa, pegamos los últimos bailes antes de regresar a la exótica Castilla. Larga vida al carnaval tradicional. Larga vida Ofiandon berciano.