Texto: Kike García-Vázquez
Fotos: María Martín García
Prólogo:
En este artículo cito numerosos nombres y obras. No lo hago para el presente, lo hago porque tengo la convicción de que estas menciones serán importantes para el futuro, y es fundamental que en este artículo queden recogidos. También espero que LPR sobreviva al tiempo y este artículo pueda ser leído en cincuenta años. Para los ajenos, que de paso os sirva para que podáis investigar a autores y obras locales en torno al cine y, en definitiva, para que disfrutéis de este séptimo arte castellano al menos una décima parte de lo que yo lo hago. No obstante, entiendo que está muy metido en nuestro carácter mesetario no valorar lo nuestro así que, si no lo valoráis, seguro que lo hace algún lector del futuro, atraído por algún premio honorífico que se dará a alguno de los aquí citados tras su muerte.
Introducción: carta de amor al cine
Suelo salir bien parado al responder preguntas sobre el cine. Trabajo mucho en mi visión como cineasta. Todos los días dedico un tiempo a pensar en ello. Tengo claro que el cine es, además de mi medio de vida, mi medio de expresión favorito, es la combinación de muchas artes, es un arte de equipo, es también un lugar físico donde asomarse a diferentes ventanas del mundo y un templo para desconectar y trabajar en la concentración.
Sin embargo, lo que nunca nadie me pregunta es cómo me hace sentir el cine. Aquí entro en ese terreno de lo que difícilmente se puede explicar con palabras. Con el cine siento la clase de amor que se profesa a Dios o a un ser divino. Cuando estoy inspirado puedo sentir algo revoloteando por encima de mí. Alguna vez he dicho “tengo la energía del cine cargada” y de verdad lo sentía así. Recientemente lo he hablado con Aurora Escapa, que redactó para esta revista un artículo sobre el proyecto gastronómico “Barro”, y me relacionó esta sensación con el concepto oriental del tercer ojo. Una especie de órgano místico capaz de interaccionar directamente con el abstracto mundo de las ideas. Por contraposición, también está el temor artístico a que esa fuerza casi divina del cine te abandone. Aunque la verdad es que esto último no me preocupa tanto porque yo con lo que he podido hacer ya me siento muy afortunado, aunque mi obra sea una cabeza de alfiler en la universal historia del cine. Me siento muy agradecido por haber podido ser una diminuta hormiga obrera que aporta a un hormiguero de dimensiones colosales. Tengo mucho que agradecer y lo agradezco con mi amor incondicional al cine.
Nudo: Carta de amor al cine castellano
En 2018 yo era un chaval de provincia más con una mochila cargada de sueños. Prácticamente tenía el billete a Madrid ya impreso en mi futuro. Empezaba a realizar algunos trabajos en puestos menores en rodajes de cine y publicidad cuando algo se interpuso entre mi sino y yo. Coincidí con grandes profesionales que creaban desde mi tierra. ¿Era posible eso? Estaban Miguel Sánchez González y Pablo García Sánz con Visual Creative, Pedro del Río y Jaime Alonso de Linaje con Plan Secreto, Juan Carrascal, Roberto Lozano, Javier Noriega, Jelena Dragaš, Felipe Arnuncio, Arturo Dueñas con La Esgueva Films... Todos ellos cineastas de profesión con Valladolid como sede. Ellos me acogieron con los brazos abiertos. No había hostilidad ni mala competencia. Madrid, en cambio, era una jungla de egos y malas intenciones. Noté rápidamente el contraste entre mundos. Eso sí, fue alguien externo quien puso la guinda al pastel. Miguel Sánchez González me convirtió al castellanismo. Miguel se encarga de generar comunidad (¡qué palabra tan bonita, “comunidad”!) para nuestra Castilla. Siguiendo el legado comunero, nos reúne desde diferentes partes de la meseta y nos lleva a diferentes juntas; ya sea en Babia con los hermanos leoneses o a la montaña Palentina para disfrutar de su inmensa naturaleza. Él me enseñó que si no me quedaba, nadie contaría las historias de mi tierra. Me hizo ver que aquí a lo mejor no había otro como yo (y que desde luego en Madrid no me necesitaban). En definitiva, me hizo parte de algo. Mi visión como director empezó a tener sentido. Con mis veintes sentía que ya era alguien con algo que contar. Es mucho más de lo que muchos directores tienen a los cincuenta años. Es el primer Gracias que debo al cine castellano, que me dió el impulso para atreverme a entonar de una manera cinematográfica eso de “ahora voy a cantar yo, una tonadilla nueva”.
En esas, junto con Sofía Corral, Karu Borge y Lucía Lobato formamos Moraleja Films. Nuestra productora funciona como una familia audiovisual desde la que cubrimos diferentes puestos para levantar nuestros proyectos. Ellas reforzaron esa idea del cine como un elemento de creación local y juntos hemos sido capaces de levantar varios proyectos. Si ellas no hubieran aparecido en mi vida, también podría haber quedado huérfano de territorio y náufrago en Madrid. Por suerte, nos atrevimos a plantar la sede de nuestra querida Moraleja Films en Valladolid.
Y aquí llegamos a mi definición favorita sobre el cine, que es de Ettore Scola y dice así: “El cine es un espejo pintado». Pues bien, yo antes ni siquiera conocía mi reflejo. Al principio trabajé desde el “nosotros” porque quería hacer cine generacional, “Z”, algo que no veía mucho en la pantalla grande. Cuando puse en mi propio espejo a mi generación me salió automáticamente el tema de la despoblación, pues mi espejo se encuentra en Castilla, y aquí los jóvenes se van. Así, tras “Buscando la película (verano 2020)” hicimos “Gallo Rojo», el film que hemos presentado en Seminci y estamos moviendo ahora en festivales.
También he ido acercando mis referentes. Dejé Hollywood, la Nouvelle Vague o el Neorrealismo Italiano por el actual cine castellano. Mis referentes fueron películas como “Meseta” de Juan Palacios, en la que tuve la suerte de poder trabajar durante las prácticas de la carrera, y que actualmente se ha convertido en una de mis películas favoritas. El film habla de la visión que tiene un forastero sobre nuestras costumbres. En su contraste, señala las extravagancias de nuestro costumbrismo. Eso me encantó, gracias a la cinta pude ver esa ‘meseta’ con ojos nuevos. Otra visión que me marcó es la que expresa en su discurso el artista pictórico Félix Cuadrado Lomas durante el documental “Tierras Construidas”, de Arturo Dueñas. Cuadrado Lomas proponía la verticalidad como perspectiva frente a lo llano de los campos castellanos. Se adentra en la tierra con la vanguardia en el pincel, dando la vuelta a cómo percibimos nuestro campo. Yo quiero eso para mi tierra: vanguardia, renovación y nuevos ideales. Cuando escuché hablar a Félix había dado con un diamante y lo sabía.
Lo más impresionante de los referentes que estaba utilizando es que la gran mayoría eran mis vecinos, incluso podía tocarlos si me lo proponía. Los conocía, pero además a algunos les tenía como amigos. Incluso pude conocer a los familiares de Félix Cuadrado Lomas en la premier de “Gallo Rojo” en Seminci e intercambiar unas cálidas palabras. No obstante, faltaba un pilar básico para que mi primer largometraje de ficción se sostuviera. La película es un homenaje a mis compañeros de profesión. Principalmente a los grandes documentalistas de nuestra tierra, con grandes obras como “Comuneros” y “¡Folk!”. Ellos profesan tal amor a Castilla que los lleva a querer compartir y difundir su historia. Los títulos de los documentales citados anteriormente ya nos orientan con qué nos vamos a encontrar, pero además, la maestría y el cariño desde la realización y la meticulosa documentación de Pablo García Sánz es excepcional; con aciertos que van desde la fotografía de Víctor Hugo Martín Caballero hasta el viaje que propone el diseño sonoro con poesía de Carlos Herrero de el grupo El Naán (en el caso de “Comuneros) o la gran variedad de artistas de música de raíz de “¡Folk! una mirada a la música tradicional”. Tenéis ambos largometrajes disponibles en numerosas plataformas como Netflix o Filmin.
También debo mi película a obras como “Castilla Mal” de Sara Rivero (a quien también se entrevistó en LPR) que tanto nos tocó a los de mi generación (o como dice el corto: la generación “me voy”). Creo que de este cortometraje ya se ha hablado en esta revista, y si no lo habéis visto podéis acudir a YouTube a visionarlo. Por supuesto, también debo mencionar al indomable Arturo Dueñas, que se convirtió en el coproductor de “Gallo Rojo”. Él es un personaje tan icónico en la cultura cinematográfica de Valladolid que debería protagonizar una película. Me inspira desde su extravagancia y sus formas, aunque he de reconocer que muchas veces desespera a los compañeros técnicos y eso no está bien. Pero no todo se queda en lo anecdótico, Arturo ha tomado el relevo generacional de los emblemáticos Cines Casablanca de Valladolid, que sin él quedaban huérfanos y seguramente hubieran acabado cerrando. Cuando arrancó el proyecto me confesó que no pretendía el beneficio económico, él solo quería conservarlos porque sabía que eran importantes para la ciudad. Hoy en día, los cines llenan sus sesiones todos los lunes por las tarifas reducidas para jubilados, los martes hacen ciclos, combinan perfectamente versión original y películas dobladas, hacen matinales los fines de semana y festivos, programan estrenos independientes y están siempre abiertos a organizar proyecciones y eventos culturales relacionados. Debo mucho a los cines Casablanca y a sus trabajadores (os mando abrazos Víctor, Eva y Juan), y son un rinconcito de Valladolid que siento como casa. ¡Incluso somos vecinos!
En “Gallo Rojo”, además de homenajear todo este momento cultural que estamos viviendo, también he pretendido dejar plasmada con toda la sinceridad que he podido cómo todo este grupo de soñadores despiertos me han transformado. Cómo han conseguido que lo que al principio era un sentimiento, se convirtiera en una convicción política. Cómo el amor por Castilla te puede llevar a la militancia política que, en definitiva, es decidir quedarte en la tierra y levantar tu obra desde aquí contra toda tempestad y marea. En definitiva: ser un cineasta comunero.
Lo que hay detrás de la película es la historia de siete jóvenes (Nuria Rincón, Karu Borge, Sofía Corral, Miguel Valdivieso, Lucía Lobato, Pino de Pablos y un servidor) que se fueron a Castromembibre, el pueblo de Sofi, para convivir, rodar, ilusionarse e incluso enarmorarse. Es la historia de cómo hacer cine se convierte en un oficio vivo más del pueblo. Es cómo el cine pasa a ser de la comunidad, pasa a ser comunero. Es mucho más de lo que inicialmente pude imaginar en mi cabeza, por extenderse y crecer en la mente de mis compañeras. Es ahí donde reside la magia del cine, la magia de compartir y hacer realidad las ideas. Y es en este momento cuando Gallo Rojo deja de ser “mí” película para convertirse en ”nuestra” película.
Sobre mis nuevos referentes, pongo el ojo en las directoras de Castilla y León. Si bien es cierto que la realidad está cambiando, sigue habiendo muchos más hombres en la dirección en todo el panorama global del cine. En Castilla y León también es una tarea pendiente, pues parece ser que vamos siempre un poco a la cola con todo. No obstante, en el último año he tenido el placer de conocer a grandes directoras de la comunidad como la leonesa Isabel Medarde. De ella destaco su capacidad para crear con una gran libertad, sabiendo dejar a un lado las normas que se han establecido en torno al cine cuando es necesario. Cabe mencionar que en el último año desde León también descubrí el clásico restaurado por la Filmoteca de Castilla y León “El Filandón”, de Chema Sarmiento. Una joya que pone el foco en las pequeñas historias de los pueblos leoneses. Pero sin olvidarnos del futuro, se avistan nuevas directoras en el horizonte, como mis queridas compañeras Lucía Lobato, Sofía Corral y Karu Borge, que además de grandes profesionales en sus respectivos departamentos cinematográficos, se atreven a ejercer el rol de dirección y desarrollar alguna obra muy personal. Para “La señora”, Sofía expuso el imaginario de su pueblo, Castromembibre, para conformar un paisaje onírico. Lucía se atrevió a hablar de un tema tan delicado como lo es el suicidio en adolescentes y la salud mental con “Trigues Tistres”. Este último tema ya lo había tocado Karu con “¡Qué os jodan!” y en la siguiente SEMINCI presentará “Bum pum”, inspirado en lo que vivió en Barcelona durante las manifestaciones del procés. Hay algo muy interesante en ese vínculo Cataluña-Castilla que sin querer Karu va tejiendo poco a poco. Por supuesto, destacar los ojos curiosos de la actriz Pino de Pablos, con la que espero seguir trabajando. Ella tiene una de las miradas al mundo más bonitas que he conocido. Es una profesional que te da alas para crear y te remueve todo en cuanto crees para sacar lo mejor de ti mismo y seguir creciendo como artista. También quiero recomendaros el nuevo cortometraje “30 palos” de Javier Noriega, que podéis disfrutar en la esta nueva edición del festival de cine de Medina del Campo. Es una locura pero os vais a sentir extrañamente identificados.
Desenlace: Fuego en Castilla
Una realidad palpable es que el panorama está fuerte. Todos los profesionales podemos sentir la fuerza de nuestro cine. Estamos presentes en diferentes festivales internacionales, nos acercamos paso a paso a las nominaciones en los GOYA como “Otro día más” de Juan Carrascal Ynigo o “Yegua” de Javier Celay, e incluso se obtuvo en el caso de “Dajla: cine y olvido”, de Arturo Dueñas. También tenemos películas en cartelera, como “Secundarias” que estuvo recientemente en cines y vuelve próximamente por el día del teatro, ya que es una oda a las artes escénicas rodada totalmente en plano secuencia en el Teatro Calderón de Valladolid, o “Gallo Rojo”, que llegará con la primavera y espero que vayáis a verla.
No obstante, las estatuillas de Goya fueron dadas y los académicos castellanos no vimos nuestras votaciones reflejadas en los premios. La mayoría pecamos de buenos e inocentes, votando no sólo a las películas de nuestra comunidad que creíamos que merecían la nominación, sino en general a las obras que nos habían maravillado durante el año. Estoy casi seguro de que los académicos de otras comunidades votan en exclusiva a sus producciones para impulsar su cine. Es en este momento cuando se me viene a la cabeza la frase “Castilla, no nos enseñaron a quererte”. Quizás vaya siendo la hora de copiar a nuestros hermanos catalanes (que tienen sus propios premios llamados “Gaudí”) y generar unos premios “Delibes”, “Zorrilla”, “Escudero” o, por qué no, “Concha Velasco”. Los premios GOYA son unos premios a la industria y todavía no existe el mecanismo para poder hacer una película de sesenta millones de presupuesto en Castilla y León, como el dinero que costó la película más premiada de este año. No obstante, para esta edición fuimos invitados a la gala los veintidós miembros castellano-leoneses de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas.
Tampoco tenemos que olvidar que pese a ser la región más grande de Europa, a nivel nacional somos una de las comunidades que menos cine producen. Hay casos muy curiosos como la película de “El maestro que prometió el mar” formada por equipo catalán y aragonés y rodada en Burgos, pero que no cuenta con logos o apoyos ni de la junta, ni de la diputación, ni de la televisión de Castilla y León, mientras que sí que está financiada por Cataluña, Aragón, TV3 y Aragón TV. Por el lado de la televisión ya sabemos que les damos totalmente igual y no quieren nada con nosotros. Estamos totalmente abandonados y marginados. Menos mal que el cine siempre se abre paso, y que en esta región estamos acostumbrados a hacer música hasta con dos cucharas, una botella de anís o un mortero. No obstante, competir sin televisión pública y con un cuarto de recursos por las subvenciones y financiación nacional es una batalla perdida. Tengo que ser sincero y reconocer que el principal motivo de que en esta tierra proliferen los documentales es que suelen ser más baratos que las ficciones en su realización.
Pero recordad que aún así hay cine. ¡Y qué cine! Por el valor creativo y el crecimiento de obras en los últimos años, me pregunto si es este el fuego en Castilla del que Val del Omar y Vicente Escudero quisieron hablar en su película “Fuego en Castilla”. Somos de una región que siempre parece inmóvil al paso del tiempo, como una estatua, pero hay una luz vanguardista impulsada por los más inquietos que hace que nuestra Castilla vibre y parezca que está bailando. Así lo hicieron en “Fuego en Castilla” con las obras de Alonso Berruguete, y así lo haremos con nuestro paisaje, nuestros pueblos, nuestra sociedad y nuestro saber popular. ¡Larga vida al cine comunero, compañerxs!