De martirios, milagros y honores insuficientes: Santa Águeda de Catania y sus seguidoras castellanas

Carmen Abril

Es el año 252 d.C. en la ciudad de Catania (Sicilia).

El Imperio romano ha comenzado su declive y coletea angustiado. La religión oficial es politeista; se adora a Júpiter, a Juno y a Minerva y negarse a hacerles sacrificios en las fechas señaladas es una herejía pública proscrita. Ser cristiano es peligroso. Es la época de las famosas catacumbas y de los leones alimentados con cristianos en medio del circo. 

El triunfo de la fe, o Mártires cristianos en tiempos de Nerón del pintor francés Eugène Thirion.

En lugar de incorporar sus creencias como ha hecho con todas las religiones con las que se ha ido encontrando (y como terminaría por hacer después), el Imperio Romano fuerza la supresión del cristianismo, persigue sus manifestaciones y condena a la clandestinidad a sus fieles, que tienen que fingir en público y reunirse en privado. Los proscritos cristianos, siglos después, no parecieron haber aprendido mucho de sus inicios cuando replicaron este comportamiento hacia las religiones de las culturas con las que durante tantos años les tocó convivir.

Fresco románico de la iglesia de San Juan de Bohí (España, siglo XI) que representa la lapidación de Esteban.

 Pero el caso. Es el año 252 d.C. en la ciudad de Catania. Águeda es una joven perteneciente a una familia noble que ha abrazado el cristianismo (no se sabe si la familia o sólo ella). Conmovida por esta nueva religión revelada, literalmente recién estrenada y esperanzadoramente igualitaria, Águeda toma la decisión de consagrar su virginidad a Dios. En ese momento, el cristianismo -hay que pensarlo así para entender que la gente aguantara a pesar del riesgo de tortura y ejecución- es una revolución: una transformación radical del pensamiento social, una llamada a invertir el orden, a reventar el sistema imperialista romano, una ética nueva que llama a una política nueva. Por eso los romanos no pueden integrarlo y ya está. Águeda, encendida por estas ideas nuevas y brillantes, se consagra a Dios. Esto era cosa habitual en la época: todavía no existían las órdenes de monjas y sí, en cambio, la figura de la sacerdotisa cristiana -relevantes precisamente de manera especial en el sur de italia- que se suprimió después y nunca llegó a nuestros días. Pero esta es una decisión privada, diréis, invisible a los ojos. Para ajusticiar a una joven de buena familia haría falta algo más que una sospecha. Bueno. Hablamos de la alta sociedad de un municipio siciliano, cariño, la vida privada no existe. Eso, lo primero.

Fresco de las catacumbas de Priscila (siglo III) en que aparecen varias mujeres cristianas.

Además, Águeda no debía tener el don de la discreción. ¿Cómo se descubrió el pastel? Fácil, un procónsul romano quiso tema con ella. Ella se negó a ser la concubina del funcionario y no sé si por rebeldía o porque decirle “contigo no, bicho” hubiera sido aún peor, explicó el porqué: había decidido mantenerse célibe para siempre en honor al Dios cristiano, haciendo de su cuerpo joven, en lugar de un objeto de mercadeo, un templo a la nueva filosofía que prometía igualar a ricos y pobres. Él, muerto de rabia y de indignación, la hace juzgar por su herejía y en el juicio sus respuestas resultan demasiado firmes, casi provocativas. Le dan una paliza cuyo culmen es la mutilación de sus pechos. ¿Si has decidido ser virgen para que los quieres? supongo que fue el razonamiento clave del chascarrillo repugnante y brutal. Era un castigo simbólico, ejemplar. Roma sacaba pecho, quitándole a Águeda el suyo.

Martirio y tortura de Águeda. Stefano Maria Legnani

Agueda murió a causa de las heridas días después, en el calabozo. Al poco tiempo, el Etna entra en erupción y a alguien se le ocurre poner frente a la lava que avanza un velo de la santa que se guardaba como reliquia. La erupción se detiene y los cataneses se vuelven locos con Santa Águeda, la nombran su patrona y a día de hoy siguen celebrando el 5 de febrero a todo trapo. Igual que en media Castilla. Pero ¿cómo así? ¿De dónde viene este salto en el tiempo y el espacio?

Es el año 1228 en Segovia

 De nuevo la tensión entre culturas y entre religiones. En este caso, más que la ocupación de un territorio por un gran imperio dictador se trata más bien una guerra abierta entre pueblos. Moros y cristianos están todo el día batiéndose el cobre, moviendo arriba y abajo la frontera que separa sus dominios. Zamarramala, por su situación elevada y su proximidad al alcázar (enclave militar de origen árabe), es un pueblo habituado a la gresca, un pueblo centinela. En cierta ocasión, los hombres estaban lejos -en otro frente de batalla-, cuando surgió una amenaza de ataque al alcázar. Las mujeres toman la iniciativa, suben a la fortaleza (que está a 30 minutos a pie del pueblo) y mediante astucia, engaños y probablemente resistencia física, consiguen repeler la amenaza. Entonces, igual que ahora, el marketing lo era todo y era muy habitual utilizar el show (fingir la ruidera propia de un ejército, por ejemplo) para confundir y triunfar.

Alcázar de Segovia, Ignacio Zuloaga

Las mujeres zamarriegas lo hicieron y, orgullosas de su hazaña, deciden consagrarla a la santa más poderosa que se les ocurre. La de los pechos en la bandeja, la que paró un volcán. La que resistió y dijo que no con el cuerpo, convirtiéndolo en un bastión de resistencia. Se cuenta que a las mujeres capturadas durante el lance se les practicó el mismo martirio que a la santa y se les cercenaron los pechos, y por eso se acogieron bajo su figura simbólica, pero en leyendas populares hay que desconfiar de lo que encaja tan bien. No hay registros de la época (en crónicas musulmanas ni tampoco cristianas) de que estos martirios tuvieran lugar ni tampoco referencias de otros similares. La mutilación del pecho era un castigo raro  y concreto, no documentado en conflictos medievales peninsulares. Parece más bien un añadido posterior, que tiende un lazo mucho más reconocible entre la gesta femenina y la santa catarense y además sirve para presentar  a un enemigo más cruel. En cualquier caso, función simbólica o no, el hecho es que, según cuenta la leyenda, el rey Alfonso VIII reconoció la hazaña y concedió a las mujeres de Zamarramala unas mercedes, esta vez sí, estrictamente simbólicas: el orden social se invertiría por un día -el día de santa Águeda- y las mujeres tendrían derecho a gobernar la fiesta y elegir autoridades femeninas. Una concesión exigua, en mi opinión, teniendo en cuenta el mérito y la importancia militar de su gesta. Pero así se escribe la historia. 

Precisamente así se escribe, con pluma temblorosa y emborronadora, que copia y recopia e interpreta y reinterpreta y el caso es que existe otro mito que, hacia finales del s.XV, explica igualmente la instauración de este día como el día de las mujeres castellanas. 

Es 1460 aprox y Castilla ya es plenamente cristiana.

En este caso los unos y los otros comparten rasgos, cultura, religión y apellidos, pero eso no les impide seguir batallando y el alcázar vuelve a verse amenazado por “el enemigo”, o tal como se recoge en la mayoría de escritos de época, “los opositores”. Las mujeres de nuevo han de tomar la iniciativa por ausencia o indisposición de los hombres del pueblo en edad de batallar y suben al alcázar para poner en marcha la que en esta ocasión es más bien una operación de distracción y seducción que de engaño bélico estratégico. Se supone que, vestidas de domingo, las zamarriegas despliegan sus mejores bailes para encandilar al enemigo que, absorto, no se ve venir un ataque en retaguardia, no se sabe si de los hombres del pueblo o de los ancianos y los niños, pero se sabe que con éxito. Las mujeres de Zamarramala, de nuevo, consolidaron su valía como defensoras del territorio y estrategas, victoria que volvieron a consagrar a su santa mutilada y que les valió, paradójicamente, que se renombrase su pueblo. Enrique IV las visitó para honrarlas, quién sabe si para afianzar o para desplegar por primera vez los privilegios simbólicos de los que antes hablábamos, y de camino, fruto de un malentendido que se explica en el artículo anexo a este, cambia el nombre del pueblo para siempre, del flamante Miraflores de la Sierra al actual Zamarramala. 

Real de plata durante el reinado de Carlos IV

Es imposible saber hasta qué punto estas historias son veraces y hasta qué punto son remiendos y rebordados populares de zamarras menos vistosas. Hasta hay quien dice que el culto a Santa Águeda en Catania era una manera popular de reconvertir creencias y costumbres paganas de culto a la feminidad, amuletos apotropaicos y conversaciones directas con la naturaleza en elementos congruentes con la narrativa cristiana. Los caminos son largos, los años también y el teléfono escacharrado ha jugado un papel fundamental en la construcción de todos nuestros mitos y leyendas. Curiosamente Santa Águeda, que sufrió martirio y pasó a la historia por oponerse a todo lo que el sistema social exigía de ella (que casara y entrara en el circuito económico-cultural-sexual), es la patrona de cientos de asociaciones exclusivas a mujeres casadas en Castilla, aunque esto poco a poco vaya a empezar a cambiar siguiendo el ejemplo de las fundadoras de la tradición, las mujeres de Zamarramala. Águeda dio su vida por una doctrina nueva que traía la sorprendente máxima de “poner la otra mejilla” en un mundo masculino, bélico, de conquistas y reconquistas. Sin embargo, años después, el cristianismo habría olvidado esto y hablaría de “guerra santa” como si no fueran éstas las dos palabras más contradictorias posibles.

Santa Águeda de Zurbarán
foto de Lucía Burón

Las mujeres de Zamarramala hicieron frente a un peligro real, consiguieron verdaderos éxitos militares en dos ocasiones y obtuvieron a cambio un privilegio de juguete, teatralizado, momentáneo. Una inversión del orden parecida a la que se hace en mascaradas, entroidos y obispillos. Un desahogo, una broma.  Así se escribe la historia, supongo, pero a veces, la verdad, dan ganas de que se hubiera escrito de otra manera. Ojalá Águeda hubiera dejado un diario.

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