Conozco el trabajo de Mirta desde que Emilio Medina, de La Mielga, me habló de ella. Estuvo a punto de venir a hacer fotos el día que le entrevistamos en su huerta hace ya un par de años. “Igual viene una amiga fotógrafa buenísima, que trabaja con El país”, pero le surgió una cosa de última hora y al final tuvimos que hacer nosotras las fotos con el móvil. Mucho se perdió ese día con la diferencia, aunque la cosa se compensó un poco cuando este año, desde El país, a Mirta le aceptaron por fin el tema del cultivo de ajos ancestrales de Emilio y se publicó un reportaje con sus fotos.




Hoy el asunto va de ajos, pero de otra manera, en su versión más elaborada, más mimada, más preparada para disfrutar: Quedamos para hacer un bodegón de sopas de ajo con Mirta Rojo, pero en realidad, secretamente, lo que a mí me interesa es Mirta en sí misma.
Cuando Emilio me habló de ella, estuve investigando un poco y su figura me resultaba siempre sorprendente y algo enigmática ¿por qué? se puede decir (ella no está muy satisfecha con esta etiqueta, después la matizo) que Mirta es la fotógrafa del enfoque macro. La fotógrafa del detalle, de la textura, experta en dotar a lo pequeño de dimensiones descomunales, de dar a lo minúsculo una profundidad y apariencia magnánimas, a lo cotidiano una presencia nueva y poderosa. Perfumes, aguacates y flores, maquillaje en distintas versiones, pimientos…objetos comunes como pinceles o sacapuntas o posits…






la maestría de Mirta hace que lo pequeño e insignificante se presente lleno de misterio, de magia, de rotundidad…y a mí esto me resulta fascinante, pero es cierto que Mirta también hace editoriales de moda, de arquitectura, de lifestyle, de viajes… y que permite al objetivo distanciarse y absorber toda la escena, y que también es muy buena en eso. Así que esta es una de las primeras cosas que me aclara sobre sí misma: que no le gusta etiquetarse en un estilo o tipo de foto. No por no encasillarse exactamente, sino porque no siente que refleje la realidad: ella hace lo que va apeteciendo y esto es algo que va cambiando.
Me lo cuenta muy sonriente en su casa, en Palencia, donde me recibe, donde ha montado improvisadamente el set y donde lleva ya un rato haciendo fotos cuando yo llego. La casa – lo siento, pero lo tengo que comentar- me deja la boca abierta. Para empezar, el barrio es una cucada, con casitas bajas y blancas independientes entre sí (y lo bueno de Palencia es que siempre estás a 5 min del centro). Parece un apartamento sacado de una serie de Netflix. Ahora ladrillo, ahora una pared envejecida, una columna que separa estancias, techos altos, alfombras y lámparas exóticas de sus viajes, luz a raudales…se lo admiro y me cuenta muy orgullosa que la ha reformado ella, con ayuda de profesionales, pero remangándose también, que lo suyo le ha costado.
La gran cristalera que da al patio interior, el espacio del salón que une dos antiguas habitaciones separadas…y por supuesto todo está lleno de libros, de fotos, de objetos preciosos. Algunos de diseño, algunos rescatados de la antigua casa porque sus dueños ya no los querían (varios de esta categoría aparecen en el bodegón), o incluso del contenedor. El apartamento, en fin, de una chica moderna con buen gusto.
Y es que el interés que Mirta me suscita no tiene que ver sólo con su fotografía, si no con el hecho de que ha vuelto a Palencia. Después de 10 años en Madrid erigiendo su carrera como fotógrafa (de cubrir eventos de moda a desarrollar su propio estilo, su propia “marca”, trabajar con equipo a su cargo y con libertad creativa), en cuarentena, durante el regreso forzoso, Mirta, como tantos otros, pensó que joe, que qué bien se estaba. Compró una casa antigua en esta zona a precio tirado, porque un amigo suyo había hecho lo mismo y le maravilló al verla, y se puso manos a la obra. Madrid la tenía frenética. Como a cualquiera. Pero ojo, que tampoco vamos a romantizar la vuelta a Palencia.
Hablamos mucho de esto, de sentir que no encajas en la que siempre ha sido tu ciudad cuando vuelves o que estás en una onda muy distinta a la de tus amigos de toda la vida, aunque los sigas queriendo igual. De necesitar buscar algún nuevo ancla, que conecte tu sitio de antaño con tus intereses actuales. En el caso de Mirta ese ancla nuevo es, entre otros, Almudena Cuesta, una ilustradora, algo mayor que ella, con la que de vez en cuando hacen un “desayuno creativo”, que a veces incluye a otros creadores que andan por la zona y que consiste simplemente en quedar a tomar café o vermut con otras personas de tu sector o parecidos, igual que harías de manera casual o por coincidencia de círculos, por trabajo…en Madrid.
Esto también hay que decirlo: Mirta sigue trabajando mucho en Madrid, o en cualquier sitio donde se la requiera. Está a un golpe de AVE y no le incomoda moverse. En Palencia no hay demanda de un trabajo como el suyo, de fotografía de autor. Tampoco pasa nada. Muchas veces, de hecho, Mirta se monta, igual que hoy, el estudio en casa. El cliente le envía los productos y deja que ella haga su magia. Cartulinas de colores, luces, hilo de pescador…y, sobre todo, visión. Lo de las sopas de ajo fue idea suya. Bueno, realmente, el proyecto que tenía en mente era mucho más complejo y elaborado (aunque elemental): quería hacer una serie de bodegones a productos básicos de la cocina y la despensa castellanas. El pan, el ajo, el chorizo, el huevo, la cebolla.
De ahí derivamos a que sería precioso hacer un mapa de los distintos panes castellanos (¿¿es esto hacer mucho spoiler??) diferenciando los distintos tipos según provincia. lremos llevando ambas ideas a cabo, pero una videollamada bastó para darnos cuenta de que queríamos empezar ya de ya, y de que, para eso, era mejor empezar por algo sencillo, que no requiriese investigación. Y no hay nada más sencillo -ni tampoco más rotundo(ni tampoco más bueno)- que una sopa de ajo. Así que aquí estamos, desgranando sus ingredientes, presentando cada uno sobre una cartulina de un color, disfrutando de sus matices, de su textura, y de su olor, aunque este no pueda recogerse en las fotos.
He traído mi lata de pimentón de El Nido, producido por los bercianos Vallelongo y lo hacemos caer desde una cucharilla de café. Le sacamos detalles a la cáscara de huevo que yo no sabía ni que existían. El trabajo se va redondeando y nosotras seguimos hablando.
Hablamos de identidad y de recuperarla, de tomar conciencia tarde -pero mejor que nunca- del lugar y la cultura de los que uno viene. De otorgarles el valor que les daríamos si fueran remotos, y los contempláramos como turistas. Precisamente Mirta editó hace un par de años un proyecto con este nombre, Identidad, al que puso palabras nuestro querido Miguel Sánchez González, pero que sobre todo utilizaba la fuerza de las imágenes de Mirta para presentar trajes e instrumentos tradicionales. La castañuela labrada sobre la tierra. Los lazos con inscripciones ciñendo las medias de lana a las piernas. La textura peluda, suave solo en una dirección, de un pandero cuadrado. Trajes regionales. Mucho poder.


Resulta que a Mirta también le encantan los viajes, que acaba de llegar hace poco de la India y que planea, junto a su prima, que tiene una agencia, empezar a organizar viajes fotográficos -desde luego no vale decir que Mirta es fotógrafa de lo macro y quedarse tan ancho- así que este tema de la etnografía que damos por hecho solo porque nos ha rodeado siempre nos da mucho de sí. Me cuenta que hace poco estuvo en la romería de Valdesalce, en Torquemada (Palencia), porque su hermanita pequeña era uno de los danzantes que bailaban a la virgen. No tenía pensado subir las fotos que hizo por ser de carácter más bien personal y su perfil de instagram muy profesional ¿qué paso entonces? Mirta estuvo en el estreno del documental de Piedad Isla, la fotógrafa de la montaña palentina, la primera fotoperiodista del país, una mujer excepcional, maravillosa. Se sintió reflejada y llena de fuerza y de fe en sí misma, cargada de ganas de seguir mirando a la tradición con enfoque contemporáneo, y a los pocos días, las subió a Instagram dando contexto y hablando de su arrebato inspiracional.



Las fotos, que también envió a la gente del pueblo, tuvieron una acogida impresionante, mucho más que cualquier foto de un bolso Loewe o de una actriz famosa. La gente está sedienta de rito, de pueblo, de realidad y de comunidad. Tiene unas dentro de la manga que tomó durante el día del Pan y el quesillo que se celebra en el Cristo del Otero (al pie del propio Cristo y también en el barrio) por Santo Toribio, el 16 de abril, que también se plantea compartir.
El documental, por cierto, Isla Indómita, es obra de nuestros amigos de Visual Crea, autores también de Comuneros y Folk!, y pronto se estrenará en cine. Ya tenemos un artículo preparado, pues también estábamos allí, en el estreno, y al igual que Mirta y que otras muchas mujeres en esa sala, salimos con un nuevo referente, exudando inspiración. Piedad Isla fue mucho, si aún no conocéis bien su figura, preparaos.
Precisamente una de las partes del alma de Visual Crea, Miguel Sánchez, a quién ya hemos mencionado antes y que es colaborador habitual de esta revista, ha supuesto para Mirta, igual que Almudena Cuesta, un nuevo lugar de anclaje al territorio, un cabo de rearraigo. En una de las quedadas informales que Miguel organiza a lo largo del año en diversos puntos de la comunidad para juntar a distinta gente “del rollo” y bailar y cantar a la manera tradicional, en concreto en una que se celebró en Babia (León), Mirta conoció a Emilio, así que de alguna manera, por él estamos aquí. Las personas son como neuronas: si una está despierta y atenta a los impulsos y a las oportunidades, va conectando con la gente que ve las cosas de manera parecida y se van produciendo sinapsis. Prometemos encontrarnos en la siguiente convocatoria que Miguel ha lanzado en compañía de Samain en Autilla del Pino (y lo cumpliríamos, días después, no sabiendo bailar jotas ninguna, pero disfrutándolo igual y conociendo a Borja Maestre, de Castilla Mal). Gracias, Miguel.
Concluimos que está bien conocer otras culturas y costumbres y que aborrecer un poco Palencia en la adolescencia es hasta un síntoma de cordura. Que vivir en Madrid una temporada está bien y que se puede volver sin renunciar. Ni a hacer viajes, ni a disfrutar de Madrid de vez en cuando, ni a la persona que una era allí. Que la calidad de vida es mil veces mejor en Castilla, eso es incontestable, pero sin romanticismos, que también hay cosas chungas. La vuelta no va a resolver nada que tengas tú pendiente por tu cuenta y a veces se producen fricciones -amistosas, familiares- porque ya no encajas como antes en el hueco que dejaste. Pero se acaba una acoplando y te abres huecos nuevos.




Que interesarte por tus raíces no se pelea con seguir interesándote por otras culturas. Que viajar en grupo de mujeres es genial, que el yoga es genial. Que reformar una casa es terrible. Que hay gente que no evoluciona nunca, aunque se de prisa por dar los pasos vitales estándar. Que no hay nada mejor que diseñar y rediseñar tu propio camino y dejar a la intuición y a la improvisación operar de vez en cuando.
Todas estas cosas concluimos mientras terminamos de componer el bodegón final con los ingredientes integrados: la aceitera que la antigua propietaria de la casa quería tirar y Mirta rescató, la malla roja de ajos que compré de camino en el Agropal, unas rebanadas de pan de pueblo que cortamos finitas, como manda la receta, los huevos, la lata de pimentón, una olla de barro, una jarra de agua…cosas antiguas pero rabiosa y absolutamente actuales, porque las estamos haciendo ahora.
Una vez más, no me había fallado la intuición. Descubrí en Mirta una fuente de inspiración, no sólo como creativa (que desde luego también, ¿¿quién le saca ese partido a un huevo crudo??), si no como palentina moderna retornada que se da cuenta un día, así como sin quererlo, de que las sopas de ajo de que lleva media vida desdeñando…pues están buenísimas.