En el corazón agreste de la Sierra de la Demanda, entre pinos, hayedos y mecido por el murmullo del río Oropesa, nació hace cinco años el Camping La Trapera, un lugar donde la naturaleza deja de ser escenario y se convierte en refugio. Más que un simple camping, es el reflejo de una manera de vivir: el fruto del trabajo de una familia que decidió arrojar al viento las certezas del asfalto para apostar por el rural, siguiendo su deseo de vivir y criar en un entorno natural y ofrecer a quien llega una experiencia donde se entrelazan la hospitalidad, la comodidad, una gastronomía local de altísima calidad y el paisaje aún virgen de este territorio de la provincia de Burgos. Desde Pradoluengo, un pequeño municipio de apenas 1.200 habitantes, se levanta orgullosa y valiente esta apuesta por lo rural, por lo familiar, por lo natural, abriéndonos los brazos e invitándonos a disfrutar de esa Castilla montañosa y verde que también es casa.
La historia de La Trapera comienza con Elvira y Teresa, dos hermanas que crecieron entre el barullo de la ciudad (Burgos capital) y la calma ocasional de las escapadas al pueblo, a Pradoluengo. Sus padres, furgoneteros de toda la vida, soñaban con crear un espacio donde otros pudieran sentir esa misma libertad y en 2020, poco antes de la pandemia, todos los ahorros familiares se volcaron en rehabilitar una antigua finca —que alguna vez aspiró a convertirse en un museo de calcetines, en homenaje al pasado textil de Pradoluengo*— y transformarla en lo que hoy es: un pequeño paraíso de calma y buen gusto.
Elvira, formada en Psicología, Criminología y Cocina, lleva las riendas del proyecto junto a su marido Javi, el chef al cargo del increíble restaurante, del que ya hablamos aquí en su día, y su hija Martina, de tres años, que ya crece entre el rumor de los árboles. Precisamente Martina -el deseo de la pareja de criarla entre bosques y no entre coches- es una de las causas fundamentales de que esta aventura se iniciase. Teresa, la hermana pequeña, se encarga de la comunicación, y el padre de ambas, con sus manos curtidas y sus idas y venidas a lomos del quad, es el alma práctica que mantiene en pie cada rincón del lugar: desde las cabañas hasta las lámparas artesanales que iluminan la tienda Safari, uno de los alojamientos más singulares del complejo.



*El pueblo de Pradoluengo fue famoso por la fabricación de calcetines (incluso Amancio Ortega compraba allí), aunque de un tiempo a esta parte la globalización ha hecho casi desaparecer esta industria local. El “merch oficial” del proyecto, de hecho, son unos calcetines estupendos que te dan la bienvenida sobre la cama al entrar en tu bungaló. La finca se llama La Trapera porque antaño había un batán (una máquina que aprovechaba la fuerza de la corriente fluvial para tupir tejidos). El anterior dueño proyectaba un museo del calcetín donde ahora está el camping.
La Trapera ofrece un turismo de pura naturaleza sin renunciar al confort. Bungalós completamente equipados, tiendas Safari con vistas espectaculares, micro apartamentos con jacuzzi, piscina común cubierta y parcelas para furgonetas y caravanas, con capacidad total para 280 personas. Además de, por supuesto, el restaurante de Javi, uno de los chefs más diestros (y más simpáticos) que estas periodistas han tenido el placer de conocer.










En verano, el ambiente se llena de visitantes que buscan desconexión, aire limpio y una vida más lenta. El camping cierra sus puertas durante el invierno, de mediados de diciembre a marzo, para dejar descansar al entorno —y al equipo— hasta la nueva temporada, pero en otoño permanece abierto y es, en nuestra opinión, el momento ideal para visitar La trapera. Menos gente, más intimidad y lo más importante…los colores del bosque y las mieles de la micología. Los hayedos, ya se sabe, son un espectáculo durante el otoño y la Sierra de la Demanda es una de las zonas más ricas en cuanto a variedad setera. Aquí se recogen, además de los clásicos níscalos y boletus, rebozuelos (chantarellas), trompetas de la muerte, lengua de vaca…









El propio Javi, que es un gran aficionado de este mundillo, disfruta recorriendo los montes y recogiendo el género que después servirá en el restaurante. Esta temporada las setas escasean, pero aún queda mucho por llover y además, si Dios quiere, aún habrá Trapera para muchos otoños. Quién sabe, quizá dentro de unos años sea la propia Martina la que acompañe a su padre o guíe las rutas de naturaleza.
Por otro lado, hay muchas cosas que hacer más allá de la recolección micológica. El paisaje de la zona invita a la aventura: rutas de senderismo (Atapuerca está a 30 min), espeleología en la Cueva de Fuentemolinos, excursiones en 4×4 para presenciar la berrea del ciervo, antiguas minas… Todo se ofrece con ese espíritu cercano que caracteriza a quienes aman lo que hacen y lo comparten sin artificio y cuenta con esa magia única de los espacios poco explotados, que aún conservan su esencia real.





Y, aunque ya escribimos sobre ello en su día y ya lo hemos mencionado líneas arriba, tenemos que volver sobre el tema: si la Naturaleza es el alma del lugar, su corazón late en el restaurante gastronómico del camping. Allí manda Javi Andrade, cocinero burgalés con trayectoria en varios restaurantes con estrella Michelin y una auténtica devoción por las setas y por Castilla —incluso lleva tatuada la frase “Nadie es más que nadie” en el brazo, justo debajo de un castillo. Bajo su dirección, la cocina de La Trapera se ha convertido en un referente inesperado de la alta cocina en este rincón de Burgos: un menú de fusión que combina productos locales como la caza, el jabalí o la morcilla con toques contemporáneos y alguna sorpresa, como albóndigas o chuletas de wagyu. El resultado es una propuesta gastronómica de temporada, vibrante y sincera, con un ticket medio de 35-40 euros, que bien merece por sí misma el viaje hasta Pradoluengo.
Además, el bar y la cafetería ofrecen desayunos y picoteo asequibles y también riquísimos. La Trapera no pretende ser un lujo ostentoso, sino un lujo esencial: el de sentirse parte del lugar y paladearlo.
Aunque el camino no ha sido siempre fácil —las tensiones con algunos vecinos que aún miran con recelo a los “forasteros” lo demuestran—, el proyecto se sostiene en una filosofía clara: respeto por la tierra, aprovechamiento de materiales reciclados, compostaje de residuos y trabajo con recursos de proximidad. En definitiva, una forma de turismo que busca sumar y cuidar, no conquistar. El turismo de quien enseña su propia zona, en lugar de colonizar otras.
Hoy, La Trapera se ha ganado un lugar especial entre quienes buscan autenticidad. Es ese tipo de sitio del que uno se marcha más lento de lo que llegó, con la sensación de haber recuperado algo que no sabía que le faltaba: el tiempo, el silencio, la conexión con lo natural.
Un refugio con alma, en el corazón de Burgos.