Quieren hacer el agosto a nuestra costa

Carmen Abril
Fotografías:
Lucía Burón

Antecedentes

Hace 4 años, en 2021, Ávila sufrió el incendio más grande en su historia desde que había registros y el cuarto más grande que se recordaba entonces en España. 

Ardieron 23.000 hectáreas en Navalacruz y alrededores. Algunas personas perdieron sus casas y más de 1000 personas tuvieron que ser evacuadas. Afortunadamente, nadie perdió la vida a causa de las llamas. 

 

Hace 3 años, en 2022, ardió Zamora. 

67.000 hectáreas. Dos grandes incendios, uno iniciado en junio y el otro en agosto. La Sierra de la Culebra se quemó prácticamente en su totalidad. Además del desastre ambiental que supuso, de las 3000 personas evacuadas y de las pérdidas económicas y materiales, 4 personas perdieron la vida ese verano en nuestra comunidad luchando contra el fuego. Un bombero forestal, un pastor, dos vecinos.

 

Este año, 2025, ha ardido todo. Ni siquiera tiene sentido hablar sólo de CyL. Con una saña especial en la zona oeste (Orense, El bierzo, León, Salamanca, Zamora, Extremadura), las llamas se han llevado por delante esta vez 390.000 hectáreas en toda la península, de las cuales 167.000, casi la mitad, pertenecen a Castilla y León. Han ardido parajes de valor incalculable como Las Médulas o la Montaña Palentina, más de 34.000 personas han tenido que ser evacuadas, decenas de personas han perdido sus casas y su medio de vida y de nuevo 4 personas -un brigadista y tres voluntarios- han perdido la vida intentando sofocar las llamas. Mientras escribo esto, con octubre al caer, la pesadilla no ha acabado aún y un fuego que lleva siete días avanzando sin control en Guadalajara acaba de saltar a Segovia desde el puerto de La Pinilla.

Este es un recorrido a ojo de pájaro por desastres distintos, profundos y complejos, pero los números a veces ayudan a ver: No se trata de que se esté duplicando la gravedad de los incendios en los últimos años. Se trata de un crecimiento mucho más monstruoso. Si hablamos de hectáreas, la cifra se  ha multiplicado por 7. Si hablamos de pérdidas, en tanto esto incluye la pérdida de vidas en los últimos años, por el infinito. Las causas son muchas, las posibilidades de paliación y mejora son muchas también, pero lo ardido, ardido está. Ante la destrucción y la muerte sólo tienen lugar el silencio primero y la reflexión después. Lo que le sigue, en este caso, es el enfado y el enfado tiene que ser el motor de la acción. Por aquí estamos saliendo de la fase de reflexión y entrando en la de enfado poco a poco, así que queríamos dejar constancia de algunos datos importantes antes de que la indignación lo inunde todo y lo único que podamos hacer sea ocupar las calles a instaros a todxs a hacer lo mismo. Esto es una cosa que hay que tener clara: lo que ha pasado no afecta sólo a las personas que han visto arder sus casas o los entornos donde han crecido y forjado su identidad y sus recuerdos. Esto nos afecta a todos, porque nuestra tierra es precisamente nuestra, de todos. La naturaleza de CyL, la comunidad, por cierto, con más masa boscosa de Europa, nos pertenece a sus habitantes y los encargados de administrarla y gestionarla en nuestro nombre son personas que trabajan para nosotros, nada más. Esto se nos tiene que grabar a fuego en el cerebro a la hora de exigir, reclamar y de sancionar con nuestro voto.

Causas

  • La climatología ha cambiado y se dan condiciones más extremas que antes. Esta no es una aseveración ecologista, es una evidencia incontestable respaldada por expertos climatólogos, pero también sentenciada por personas mayores y bomberos forestales. El famoso 30-30-30. Si en un incendio hay más de 30 grados de temperatura ambiente durante el día, rachas de viento de más de 30 km/h y menos de 30% de humedad relativa, su extinción es prácticamente imposible. Sólo queda contra-quemar, poner a la gente a salvo y esperar.Tanto los bomberos veteranos como los vecinos más mayores subrayan siempre que los fuegos que empezamos a ver, esas columnas inmensas, mayores que edificios, movidas por vientos furiosos, casi huracanados, son cosa nueva y no se veían antes. Todavía hay quien se resiste a verlo -en una exhibición triste de obcecación y mantra político-, pero el clima está cambiando y la morfología de los incendios con él.
  • Los cuerpos de extinción de incendios están desorganizados y precarizados, no hay un protocolo lo suficientemente ágil que coordine las ayudas externas que se reciben y en muchos casos ni siquiera las internas. Cadenas de mando lentas, oxidadas y fragmentadas, que retienen inmóviles activos cercanos a la zona sin que nadie sea capaz de explicárselo muy bien (ni siquiera los propios bomberos, que a veces no pueden aguantar la llamada de su deber y acuden, jugándose el puesto (y la vida) de manera voluntaria) y dejando muchas veces el territorio en manos de equipos completamente ajenos al terreno que guiados por las brigadas de la zona habrían resultado de gran eficiencia pero que de esta manera se pierden y pierden un tiempo precioso ubicándose en la zona. Inversión insuficiente y partidas inútiles destinadas a sustituir a las personas en las casetas de vigilancia por cámaras  que, a ojos de todos los entendidos del tema, resultan ineficaces. Dudo que ninguno de los contribuyentes, vote al partido que vote, esté de acuerdo con esto. De la ausencia total de ayuda psicológica para chavales que se juegan la vida y en ocasiones ven a compañeros perderla ni hablamos.
  • Los brigadistas están en situación de extrema precariedad. Los bomberos forestales en muchos de los casos no tienen siquiera esta categoría laboral, sino que son “peones de montes”, con contratos temporales y sueldos exiguos. Cuando hay una emergencia se meten al cuerpo jornadas de más de 15 horas lo que hace que, al cálculo, una hora de su trabajo -de responsabilidad, riesgo y alto desgaste físico- se pague a menos de dos euros. Estamos ya todos hartos de ver en redes fotos de los menús que les envían al frente de batalla contra las llamas. Un bocadillo pequeño y ramplón y apenas agua.¡Ni agua! Parece un chiste. No cabe en la cabeza que ese pueda ser el trato institucional que se le da a quien esta protegiendo nuestros montes y nuestros pueblos. En Los rescoldos de la culebra, el libro de Juan Navarro en el que investiga y entrevista a distintas figuras implicadas en los sucesos del 2022, Juan consigue entrevistarse con uno de esos grandes dirigentes de despacho grande y sonrisa conciliadora. El único momento en el que consigue desestabilizar su pausado y estudiado discurso es en el que le pregunta si le gustaría que su hijo, que estaba estudiando ingeniería forestal y hacía de peón algunos veranos, se dedicase a eso. Obviamente no. O se dignifica la profesión o los incendios van a ser cada vez más fuertes y sus combatientes cada vez más débiles y menos. 

Todas estas causas se ennumeraban ya en el artículo y en el vídeo sobre los incendios en La sierra de la Culebra que publicamos aquel verano de 2022 donde también se recogía una conclusión que desgraciadamente sigue igual de vigente que entonces… 

  • Por encima de la penosa gestión y el cambio climático, lo que verdaderamente está causando o agravando estos desastres es el abandono del campo”Los incendios se apagan en invierno”, la certera proclama que se ha coreado en todas las manifestaciones que han tenido lugar por esta causa, quiere decir: que las instituciones tienen todo el año para actualizar y rediseñar plan de incendios y estrategias de coordinación; que se deben llevar a cabo políticas forestales más inteligentes y contratar todo el año a los mal llamados “peones de montes” para dignificar el oficio, pero sobre todo para que hagan tareas de limpieza y los bosques y montes lleguen al verano preparados…pero también que un invierno que marcaría por completo la diferencia ante los grandes incendios sería un invierno…con gente viviendo en el pueblo. Con ganaderos en extensivo; con ovejas, cabras o vacas pastando y limpiando el monte mientras aprovechan sus recursos para crear un producto de calidad y libre de maltrato animal (claro amigas, pero luego hay que estar dispuestas a molestarse en la carnicería y pagar unos céntimos más!!); con vecinos recogiendo leña y haciendo lo propio -limpiar y aprovechar- con los bosques.  Tras los incendios de este año, este ha sido un discurso muy repetido en televisión y en redes, al menos de manera mucho más notoria que en el 2022, cuando esta reivindicación era el alegato de la gente autóctona, pero no algo que resonara en los canales mainstream. Tomémoslo como una pequeña victoria. Por fin ha quedado claro que, sin un aumento de la ganadería trashumante y de vecinos sacando leña del monte, poco va a cambiar el panorama en los años venideros. Ahora sólo falta que de verdad sea una posibilidad volver al campo, dejar todo y poner un rebaño de ovejas o de cabras. Y esto es un melón.

El melón: hazte pastor.

¿Cuántos jóvenes son profundamente infelices en su rutina infinita de plantar el culo en la silla y hundir los ojos en la pantalla 8 horas al día, 5 días a la semana, con el único asueto de consumir un ocio abarrotado el fin de semana? Bailando la danza de Sísifo. Entregándole su vida a una grandísima corporación que jamás recordará su nombre. 

A mucha gente le gustará la vida urbana y será feliz allí, eso seguro. Pero yo creo que muchos otros están ahí por inercia, por dejarse flotar en la corriente, porque sí. Pienso de verdad que hay muchísimos jóvenes que podrían encontrar una felicidad con la que ahora ni sueñan en este modo de vida, sólo que no se les ha ocurrido, ni siquiera han pensado seriamente en ello. Y es normal. Nos educaron en lo contrario, en huir del pueblo y del trabajo al aire libre, cambiante y precario que constituye la explotación del campo. Nos enseñaron que emprender en el sector primario, a no ser que heredases maquinaria y tierras, era una quimera imposible, y con cierta razón (es dificilísimo y la dinámica comercial global premia las grandes explotaciones, pero existen ayudas europeas a la incorporación y los Grupos de Acción local están ahí para ayudarte a solicitar esa y otras ayudas).

Existe, además, otro factor: somos jóvenes y nos gusta estar con otros jóvenes. Nos gusta el barullo, la posibilidad, la gente. Un invierno en un pueblo pequeño es duro y se hace largo, pero: 1. Siempre te puedes escapar a una ciudad grande a desconectar (y como dice Rodrigo Cuevas a descansar, porque el campo sí que es estresante y agotador); 2. Es la pescadilla que se muerde la cola. Si cada vez más jóvenes emprenden en zonas rurales, en estas habrá más vida joven y serán más divertidas. Alguien tiene que empezar: los más valientes y de más arranque, como en tiempos de repoblación. Ahora el enemigo no es otra cultura que también quiere para sí el territorio. Ahora el enemigo, el único que reclama para sí el territorio castellano, es el olvido, el abandono, o peor: las macro empresas extractivas que sólo ven en nuestra sagradísima y rica Castilla suelo libre en el que minar sol y viento, abandonando después toda la infraestructura venenosa que hará que, cuando nos demos cuenta de que lo mejor era ser agricultores y pastores, ya sea tarde.

Si sientes que eres uno de esos jóvenes, piénsatelo. Las ovejas tampoco recordarán tu nombre, vale, pero los vecinos de los pueblos que trashumes sí. Y quizá tú te acuerdes del nombre de las ovejas. Y verás el resultado final de tu trabajo y podrás olerlo y comértelo. 

El agosto a nuestra costa

Perdón por lanzarme a términos tan heroicos y antiguos, pero se trata un poco de eso. Si no damos el paso ahora, si no ocupamos los espacios y nos hacemos fuertes en nuestra propia tierra, caciques, vecinos desidiosos y ayuntamientos corruptos la venderán a estas grandes agrupaciones empresariales y éstas harán a la tierra lo que está en su naturaleza: sacarle lo máximo por lo mínimo. ¿A quién le importa si la ganadería extensiva es buena para el territorio? Lo importante es que sea rentable. ¿A quién le importa si una placa solar tiene una esperanza de vida de 30 años e inhabilita el terreno en el que está indefinidamente*? *(siempre que no se retire debidamente, lo que supone un gasto enorme, así que nunca se hace)

Territorio en la península ibérica, ¿pero sin mar?: sacrificable. Infinitas explanadas apenas vertebradas por carreteras salpicadas de vías de servicio y clubs. Esta es la imagen funesta de lo que nos miran desde fuera, estudiando la posibilidad de hincarnos el diente. Sólo que sí hay cosas: el paisaje “menos valioso” de todos, los campos de trigo y cebada -que en su día fueron encinares que hubo que descuajar porque hacía falta pan-, ni siquiera son poco valiosos. Efectivamente, dan pan. Sorprendentemente, también dan paz. Son cobijo de perdices, zorros, insectos. Acogen castillos, ermitas, iglesias románicas y casas levantadas por manos labradoras con lo que había (tierra y paja). Y sí hay gente. Esto es algo que también están empezando a reivindicar, mosqueados ya, los habitantes del rural. “Basta de hablar de la España despoblada donde no vive nadie. Nosotros somos alguien. Queremos menos lamentos y más servicios, que por algo pagamos impuestos como el resto de la ciudadanía. Queremos que venga más gente a vivir, sí. Pero también nos conformamos con que no nos echen. La España vacía no existe. Nosotrxs estamos aquí.”

El futuro de Castilla

Donde peor está el futuro de Castilla es en manos de macroempresas que no ven en ella más que una tierra de desapegados que la venden barato para que ellas realicen las actividades que jamás harían en sus países de procedencia. No es sólo porque haya mucho sol, no es engañéis: es porque “no hay nada”. Ni nadie. 

El futuro de Castilla también está mal en manos de unos dirigentes que no la quieren bien, como se decía ya en 1521, y es una pena que dependamos de ayudas procedentes de Europa para acceder y dedicarnos a la ganadería y la agricultura. Son las autonomías quienes deberían volverse locas buscando la manera de fomentar estos modos de vida entre los jóvenes, que no entre las súper empresas. Lo que hace falta son pequeños productores, pymes, autónomos. 

Dicho de otra forma: donde de verdad estaría bien el futuro de Castilla es en nuestras manos. Tenemos que conseguir hacernos con él, por los medios que estén a nuestra disposición como ciudadanos. Ya que los gobiernos autonómicos no lo hacen, deberíamos estar nosotros volviéndonos locos buscando la manera de fomentar que este modo de vida sea posible, y no sólo acudiendo a Castilla como valor estético o como remanso de paz y de fiesta los veranos y algún finde.

¿Cómo podemos hacerlo? Pues volvemos sobre lo de la compra. Da pereza y suena a poner en el individuo una responsabilidad que debería ser social, política, institucional. Pero ayuda, y está más de nuestra mano. Es, de hecho -y en vista del panorama y la dinámica políticos- nuestra única baza real. Además de que no tiene sentido que exijamos a las administraciones lo que nosotras no somos capaces de incorporar en nuestra cotidianeidad: Compra carne y queso de ganadería extensiva castellana. Manifiéstate cuando toque y sé reivindicativo en lo que a la gestión del mundo rural se refiere. Pero compra carne y queso de ganadería extensiva castellana. Compra harina de Zamora y cerveza, si puede ser, castellana y artesana también. Vino ni hablemos. Si tienes en el radar algún proyecto de producción a pequeña escala de verduras…tómate el tiempo y desembolsa 4 euros más. O ve a la frutería de tu barrio y pregunta, o busca con los ojos el cartelito “del terreno” o “de Aranda”, “de Tudela”…Si eres una moderna y no tienes tiempo, pide online a domicilio en la plataforma EAP (Europa Agricult Product). Si vas bien de pesetas o no te importa invertirlas en comida, prueba Petramora, un proyecto zamorano con ganaderia propia y exquisiteces elaboradas. Pero hazlo. Pasa a la acción. Pon huevos en esa cesta. 

Como dijo cierta gran empresa que también se aprovecha de territorios en situaciones críticas para producir más barato (como las energéticas que se deslocalizan en Castilla)…Just do it.

Fin de la arenga

Si se te ha removido algo dentro leyendo la arenga a emprender en el campo y abandonar Madrid o cualquier trabajo sedentario y plano…piénsatelo. Sigue dándole vueltas. Sólo estamos vivos en este mundo unos años, merece la pena labrarse una vida bonita. Ni siquiera tienes porqué ser pastor, ganadero o agricultor. Puedes aprender un oficio manual (cada día crece la demanda de fontaneros, electricistas, pintores…). Puedes hacer kombucha, criar hongos, diseñar y guiar rutas de naturaleza, de patrimonio arquitectónico…puedes tener una empresa de comunicación o de diseño, un hotel, un restaurante, una panadería. Si todo el mundo sigue a rajatabla lo de la cesta de la compra responsable te irá bien. 

Y si de verdad empezamos a mudarnos en masa -más que en masa, en bandada, como una comunidad de aves migratorias que sabe que por X zona ya no se está bien…- los pueblos terminarán siendo, además de remansos de calidad de vida donde vivir de nuevo en contacto con la naturaleza y sus ciclos; puntos calientes de fiesta, alegría y barullo. Que también gusta siempre, además de tener el monte a tiro de piedra, un buen jaleito. Eso lo sabemos bien en esta revista y de hecho era la tónica tradicional en los pueblos, donde cada poco se inventaba un santo o la excusa que fuera para juntarse y celebrar y hartarse a vino, a baile y a fronteo. 

Probablemente una de las causas que más retiene actualmente a los jóvenes en las ciudades es, más allá de la fiesta o la oferta cultural, la comunidad. Más allá de la comunidad entendida como la entienden los influencers -ese conjunto impreciso de personas con los mismos gustos que no se conoce-, la comunidad real, la que se puede tocar y con la que te vas de cañas: tu círculo de amigos. Eso es muy duro, casi imposible de dejar atrás, especialmente durante esta etapa de la vida en la que el cuerpo te pide desesperadamente bailes y risas. Con frecuencia, en los grupos de whatsapp correspondientes a estas microcomunidades de amigos, alguien envía un artículo digital con el titular “se vende pueblo abandonado”; “¿lo compramos entre todos y nos mudamos allí?”

Quizá esta es una apuesta muy arriesgada -aunque a mí me parece el futuro y divertidísima y existen proyectos cercanos a mí, como Tabanera de Cerrato o Amayuelas de Abajo, en que se ha hecho- . Quizá este no es un escenario deseable para todo el mundo, por otro lado, pero hay mil posibilidades intermedias. Lo que está claro es que el ritmo de la ciudad te atrapa, te quema y te centrifuga y que, por el contrario, el ritmo del pueblo y del campo te remueve por dentro las cosas, en círculo, sí, pero despacito, al tiempo que tiene que ser. No sé. Me he dejado llevar por las divagaciones, y yo no quería llegar hasta aquí. 

Melón final: vale ya

Quería, aunque sea cambiar radicalmente de tercio, abrir un melón nuevo, fresquito, del que creo que nadie habla nunca. 

¿Por qué SIEMPRE, da igual lo que pase, se generan dos bloques de pensamiento cerrados sobre cualquier situación en este país? Dos frentes contrarios, prácticmente bélicos y que a menudo llevan a sus miembros a contradecir sus propios valores con tal de no dar la razón al de enfrente. Estos dos bloques evidentemente responden a posiciones políticas y yo entiendo que, muy a grandes rasgos, hay dos maneras “enfrentadas” de concebir la manera en que deben organizarse y repartirse las cosas y que casi le nace a unx una naúsea cuando tiene que aliarse con quienes «están en el bando equivocado». Pero me molesta porque a veces surgen argumentos válidos en un frente que, sólo por venir de ahí, son inmediatamente bloqueados por la otra parte, sin considerar realmente si tienen algún punto o aportan algo al debate. De hecho, y precisamente por eso, no hay debate, sólo gente enfebrecida repitiendo lo que cree que se supone que tiene que repetir para que no ganen los otros. Y la realidad no es el fútbol. No va de tener o no razón, de ganar o perder. Es más complicado que eso. Sería bueno que en algún punto desarrollásemos la capacidad de escucharnos unos a otros y darnos chance porque hay muchas cosas, especialmente las referidas a la defensa de la naturaleza y del campo, en las que estamos absolutamente en el mismo barco. 

Creo que con los incendios esto se ha visto muy bien. 

Dentro de todo el aluvión informativo de los días críticos, pasado el horror inicial que nos unía a todos (sumado a la indignación de ver en qué condiciones estaban los bomberos forestales por sus propias bocas), diluido el estupor natural, rápidamente se formaron los bloques:

La gente de derechas alertaba: “veréis como cuando todo acabe empiezan a construir placas y molinos por todas las zonas quemadas”

Como esto lo decía la gente de derechas, la gente de izquierdas contra argumentaba: “no seáis conspiracionistas, no funciona así, no se puede hacer ningún proyecto en una zona quemada hasta pasados 30 años del incendio.”

Pero existe una excepción, que se da cuando en la zona ya había proyectado algo antes del incendio. Y son cientos los proyectos a lo largo de toda la zona oeste que se encontraban congelados y ahora, efectivamente, lo tendrán más fácil. Las macroempresas de energías renovables y ganaderas son un enemigo común que tenemos todas las personas preocupadas por el futuro de nuestros campos, ignorar o descafeinar la amenaza que constituyen sólo para desacreditar al que no piensa como yo en otros aspectos me parece irresponsable y pedante y me pone de mal humor. Precisamente la defensa de los pueblos y los entornos naturales frente a este tipo de macroproyectos es en mi opinión una causa objetivamente justa y buena y constituye una oportunidad única en la historia reciente de este país para que todos estemos de acuerdo.

Algo parecido y también muy revelador de este fenómeno, aunque más sutil, ocurre respecto a la limpieza de montes por parte de los vecinos, las tradicionalmente llamadas “suertes”, que por motivos obvios actúan como factor preventivo y atenuante de los incendios. Según las personas de derechas, esto se ha prohibido por la Agenda 20-30, a la que desde el campo conservador se ha decidido nombrar culpable de todos los males (en casi todos los casos, estoy segura, sin asomarse jamás a leerla), en una postura, ahora sí, bastante conspiracionista. La izquierda desmiente que esto sea así -y con razón, porque no es así-, pero no va un poco más allá y cae tristemente en eso que desde el campo conservador se les achaca: teorizar sobre el campo desde fuera. Desde fuera y con el papel en la mano, los vecinos efectivamente aún pueden recoger leña de sus bosques. Desde dentro, con el hacha en la mano, resulta que hay que cumplimentar un papeleo burocrático muy tedioso para hacerlo. Para muchos señores, que ni tienen ordenador ni sabrán nunca (afortunados ellos) lo que es la Cl@ave PIN, este papel es prácticamente imposible de conseguir a no ser que tengan quien les ayude. Y muchos no lo tienen. Lo que ellos entienden es: antes se podia, ahora, si lo hago, el guarda me multa. 

Hace 5 años, un incendio grave era de 4-5.000 hectáreas. Se han quemado 400.000 este verano. No es momento de seguir con las tensiones de siempre. Hay que cambiar la manera de afrontar esto como sociedad. Sí, hay políticos que tienen que dimitir y no van a hacerlo y esto escuece. Pero la cosa va mucho más allá. O escuchamos y generamos un tipo de protesta cuyo paraguas cubra a todos los afectados, y que haga que todos los afectados empujemos juntos, o otra vez quedará todo en agua de borrajas. La Naturaleza es la única cosa en la que podemos ponernos todos de acuerdo. Porque es de todos y porque, incontestablemente, sería de imbéciles no cuidarla. Hay que ver la manera.

Donella Meadows tenía razón

Donella Meadows, una de las dos mujeres que sentaron las bases del ecologismo en los años 70, de las que hablábamos aquí hace ya 5 años, dijo en su día una frase que ahora, 50 años después, resulta igual de acertada y fundamental:

“El recurso más escaso no es el petróleo, el metal, el aire limpio, el capital, el trabajo ni la tecnología. Es nuestra capacidad de escucharnos unos a otros y aprender mutuamente; nuestra capacidad de buscar la Verdad, en lugar de buscar tener razón.” 

Nos vemos en las protestas. Y en las carnicerías. 

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