Nuestro skyline no importa (ni todo lo demás): de clubs, centros comerciales y molinos

Alicia Álvarez Vaquero
Fotografías:
Saúl de Cruz

Cerraron la Komplot. Cerraron la discoteca Komplot en el año 2000 y poco después, en 2002 y en esa misma zona del término de Zaratán, abrió sus puertas el centro comercial Equinoccio. Durante años y a escasos metros convivían el cartel de “Se alquila” de la mítica nave de una de las salas más relevantes del clubbing estatal post-Ruta del Bakalao con la edificación de una nueva macro-feria de consumo (ahora desierta) ubicada entre pueblo y urbe. Daba por hecho que la apertura de una cosa llevó al cierre de la otra (que tampoco sería de extrañar porque sobre sobre el clubbing underground siempre se cierne el horizonte del cierre repentino) pero indagando un poco más parece ser que fue un viraje en el concepto festivo de la discoteca lo que hizo que no volviéramos a ver el mítico logo del trébol radiactivo en su fachada.

vía Zaratán al día

Hay tierra anaranjada, beige, ocre, rojiza. Que apilada conforma una montañita alargada y en el transcurso de la carretera desde la cual se observa (la que une Zaratán con Wamba, Castrodeza… y que en nuestra zona conocemos como “El Páramo” como si no hubiese ninguno más) va cambiando de tonalidades. El hoyo al que ha dado lugar su extracción conforma una grieta prolongada y profunda y precisa y a veces me pregunto si le duele. Y pienso en el logo de la Komplot y me pregunto por qué no está aquí, donde esta tierra se está levantando, manejando y preparando para dar espacio a una contaminación que nos venden como todo lo contrario en el marco de esa invasión desmesurada, demencial y desagarradora de placas solares en nuestros campos.

 “Ahora están intentando vender una nueva modalidad de fotovoltaica que la llaman ¿cómo es? Agrovoltaica -explicaban desde SOS Montes Torozos a esta misma revistaque es intercalar cultivos entre las placas”. Poner fresas, tomates… las placas solares hay que tener en cuenta que sueltan mucha contaminación entonces todo lo que tu cultives debajo de las placas…”. Riquísimos”.

Si me hubieran preguntado hace diez años cómo sería mi zona rural en caso de estar ubicada en Marte hubiera dicho que así. Así, como la veo ahora. Con la tierra extraída como si no fuera de nadie y a nadie le importara; los cultivos eliminados o arrinconados sin escapatoria; kilómetros y kilómetros plagados de maquinaria, de cables verdes, tubos granates, tochísimos, unos tumbados en horizontal sobre el suelo, otros enrollados. Y de fondo, un skyline de puntitos rojos flotantes gobernando por completo ese cielo nocturno castellano que solía ser precioso cuando volvíamos de la ciudad al pueblo y la sensación de estar a salvo de los ritmos veloces e hiperconsumistas de la urbe dominaba el aura del coche en el que ibas. Desapareció el logo de la Komplot pero no dejamos de ver las tres aspas porque cada día más rodeadxs de molinos eólicos. Arrinconadxs, como la tierra y los tomates que ya no se plantarán porque nadie los querría comer (y si se plantaran puede que nos los revendieran contaminados y a precio estrafalario). Las mismas administraciones que afirman querer* larga vida para el campo y nuestros pueblos da vía libre a la muerte del campo y de nuestros pueblos.

A veces, cuando paro en la gasolinera del Equinoccio (antes o después de recorrer esa línea recta, viva imagen del extractivismo salvaje al que asistimos) pienso en la Komplot y en aquella escena que se repetía los fines de semana en mi pueblo: mientras “lxs chiguitxs” nos quedábamos “a cuidar el pueblo” (que solíamos decir) lxs mayores salían quemando rueda -con la cinta de alguna sesión del Ben Sims sonando a todo trapo y con las ventanillas bajadas- en dirección hacia esta sala o hacia su coetánea Los Vientos. Otras veces, sin pensar en nada, fijo la mirada en el ancho párking del centro comercial ahora en desuso con sus cuatro cochecitos aparcados, las tiendas cerradas, la simbología de la decadencia capitalista más absoluta, y me acuerdo del Blanco, zapatos de charol de chúpamelapunta a 9,99. Flow 2000. Todo flow 2000 también en lo económico pues sus instalaciones nacen en pleno boom inmobiliario (que se dará de bruces en 2008 con tremenda crisis) y comienzan a ir en picado tras la apertura de Río Shopping (otro centro comercial vallisoletano, en este caso ubicado en Arroyo de la Encomienda) en 2012, para echar el cierre definitivo (que ya estaba echado básicamente) en 2023.

foto de Jonathan Tajes vía El día de Valladolid

A Toro los sábados y al Equinoccio los domingos. Ese era nuestro plan de fin de semana en 2012. A Toro (Zamora) porque nos gustaba mucho más estar en otro pueblo que en la horripilante zona Coca o -en general- en ese Valladolid donde los porteros no te dejaban entrar por tu vestimenta (y la nuestra, casi siempre, tenía poco que ver con los códigos estilísticos que se manejaban en la ciudad, tampoco en las zonas de ocio/vida underground donde quizá hasta nos sentíamos más alejados). Y al Equinoccio porque (otra vez) qué pereza ir a la ciudad, que dónde aparcas, que está todo lleno y que el Equinoccio está ahí mismo y ahí nos encontrábamos muchxs de nosotrxs (lxs que habíamos ido a Toro la noche antes y lxs que no); cenando en el Ginos, en la puerta de la bolera o en la cola del cine. Fuera de lugar. Muchas veces, las más de las veces, fuera de lugar. En Toro no, ahí la pertenencia, el disfrute, la tranquilidad que te ofrece esa anarquía rural que protege la noche. Las peñas de lxs mayores (algunxs de lxs que fueron frecuentes de la Komplot) empezaron a salir por Toro y -cuando ya tuvimos edad para dejar a otrxs “cuidando del pueblo”- les seguimos a pies juntillas y nos sumamos a su barco de ventanillas bajadas y sesiones del Ben Sims sonando fuerte durante el trayecto.

No suele ser frecuente encontrar a gente de pueblo que te diga que se lo pasa bomba en la ciudad (el concurrido circuito rural actual de romerías por Castilla puede ser un buen ejemplo de ello). Pero en lo referente a lo urbano, somos más de espacios híbridos. Como lo que fuera la zona de fiesta El Cuadro (dentro de Valladolid pero con mucho de periferia en cuanto a sonido y público) o los centros comerciales de las afueras (o en medio de la nada). Cuando le explico a Carmen (de LPR) la idea de este reportaje y de este tipo de espacios de consumo que figuran entre el pueblo y la ciudad ella dice “disuasorios”, y me gusta que diga “disuasorios”, porque representa perfectamente la incursión de la ruralidad en el complejo urbano. ¿Dónde aparcamos? feria de muestras = disuasorio. ¿Por dónde salimos? ¿Dónde compramos? Nuestros códigos (de comportamiento, de consumo, de ocio, relacionales…) no son los mismos, por supuesto que no son los mismos y no pueden serlo y ojalá nunca lo sean porque significaría que nos hemos abandonado. Ahora solo nos falta no performarnos a nosotrxs mismxs como de ciudad cuando cambiamos de zona.

Los centros comerciales están basados en ciertas normas de segregación de clase (y también/por tanto de capital cultural). Cadenas de moda rápida, comida rápida, inmobiliario rápido… El low cost y lo aspiracional. Espacios de fácil acceso donde todo está concentrado para quienes necesitan aglutinar todas las compras en un día en el que no haya que ir a currar o en el que se pueda conciliar. Carne de extrarradio, carne de pueblo. Aunque más allá de eso también es un lugar del que nos hemos sabido apropiar y sacar provecho a pesar de estar enraizado en la privatización y el consumo.

foto de Jonathan Tajes vía El día de Valladolid

La noción contemporánea de centro comercial (o mall) como espacio arquitectónico fue idea de Victor Gruen, quien -tal y como se puede leer en Terra e Territorio (el blog del grupo de investigación LaboraTe, de la Universidad de Santiago de Compostela)- pensó en esta estructura como respuesta a su percepción de los suburbios como algo “feo” y “sin alma”. “Gruen odiaba los suburbios (…) El padre de los malls quería crear mejores versiones de la ciudad estadounidense en los suburbios. Él quería que estos lugares funcionaran como centros cívicos, con áreas comerciales, guarderías, bibliotecas, oficinas de correos, centros comunitarios y arte público. Quería que el centro comercial fuera para los suburbios lo que la plaza pública era para las viejas ciudades europeas”. ¿Qué sucedió tras el éxito del primer mall en Southdale? Éxodo masivo del centro a la periferia + consecuente especulación. “(…) El valor de la propiedad en torno Southdale rápidamente subió. Y en vez de desarrollar al máximo las cerca de 200 hectáreas, se empezaron a vender trozos de ellas para convertirse «viviendas en masa anónima» lo mismo que Gruen detestaba, acompañadas de más de esa expansión comercial que él quería erradicar. En repetidas ocasiones, sus planes no salieron como las había imaginado, y más tarde en su vida se lamentó amargamente de que los estadounidenses habían rebajado sus ideas”.

vía EFE

¿Quién no se imaginaba una buena dosis de armatostes cuya finalidad fuera impulsar la sostenibilidad del planeta gracias a las energías renovables cuando, en los años 90, nos daba por visualizar lo que sería el futuro? Unos aerogeneradores por aquí, unos paneles solares por allá, un decrecimiento del consumo por todo occidente en general… Pero como le pasó a Gruen conjeturamos muy alto, nos faltaba el componente perenne desde la invención del capitalismo: la desigualdad / la especulación (la hiper acumulación de riqueza en pocas manos, el extractivismo, el juego del mercado, el ir a muerte a por los recursos naturales [públicos] hasta chuparle al medio ambiente toda su sangre). Podrían venderlo o colarlo como utopía pero lo normal sería que la transición energética fuera sostenible, amable, justa y -en resumen- ecofeminista.

Nosotrxs disfrutábamos del Equinoccio porque parecía una extensión de nuestra zona rural. Algo que teníamos alquilado entre unos cuantos municipios, algo así. Durante algún tiempo, de hecho, existía una zona de bares de copas en la planta superior (una extensa terraza) en la que nos encontrábamos los fines de semana la gente de los pueblos cercanos. En general eran bares que performaban la ciudad, como hace en sí mismo el centro comercial. Un simulacro. No como la Komplot, que más bien sería todo lo contrario: un descampado, una nave, una discoteca en horario de after. Todo lo que no podía encontrarse en la ciudad.

Los centros comerciales podrían ser un parapeto entre el rural y la urbe, una forma de dirigir y hacer confluir a determinados grupos sociales (los que mayormente sostienen la economía) bajo un mismo techo, en un mismo espacio de consumo. No mezclarse unxs con otrxs. Parking disuasorio. Tiendas apiladas en línea como los tubos que irán por debajo de ese suelo en el que crecían tomates o cereales o amapolas y que estamos rajando a quemarropa como cuando nos pusimos a edificar centros comerciales. La fiebre del ladrillo, la fiebre de las renovables. No hay control alguno porque si lo hubiera el capitalismo saltaría por los aires. La mesura, el cuidado, ¿de qué estamos hablando? ¿De qué estamos hablando cuando las que vienen a colonizar/expropiar los campos son gigantescas como el Grupo Cobra -“una empresa con presencia en tres continentes y una facturación anual de 4.000 millones de euros”-, Naturgy -que aglutina demandas y sanciones por abusos e irregularidades– y otros tiburones como GRS? ¿A esta gente qué le importa si el rural se vacía y se muere? (De hecho ya están poniendo de su parte para que suceda). ¿A quién le importa? ¿A quién le importa un skyline que no va a salir en las fotos-reclamo que mueven millones dentro del turismo extractivista? ¿A quién le importa un suelo que cuesta mantener y que apenas da beneficio porque para los proyectos/trabajadorxs pequeños todo son pegas?

Si al oligopolio de Iberdrola, Endesa y Naturgy les importara el campo y les importaran las renovables no estarían impidiendo a toda costa la instalación de paneles solares en viviendas para autoconsumo colectivo. Y si realmente les importara el patrimonio vallisoletano (como están dando a entender) supongo que también les importaría su suelo, su ecosistema y sus vecinxs, a quienes podrían haber explicado abiertamente y sin insistencia en el puerta-por-puerta lo que suponía la compra-venta de tierras y lo que traería consigo cada proyecto. Pero no cada proyecto individual subdividido estratégicamente como si fuera una sola cosa (de ahí la organización de macroplantas en números: 1, 2, 3…) para que el escarnio pareciera menor, sino todo el megamacroproyecto que aglomera todos esos unos, doses y treses y que era lo que realmente se estaba tramando, que no tiene pinta de ser otra cosa que convertir el rural castellano en la fuente de energía para las grandes ciudades, las big tech y los centros de datos (éste, por cierto, el nuevo mercado al que van a entrar algunos nombres vinculados a estos proyectos como Naturgy). Vaciar el rural, pero esta vez con todo.

Porque el hecho de que muchos pueblos vean en las inversiones de las macro-plantas de renovables una salida a la despoblación o una aportación positiva dentro de la crisis ecosocial y la urgente* transición energética no solo pone de manifiesto la desesperación del rural por contar con recursos para sobrevivir o vivir mejor, sino también esa idea otrora y vigente de que lo que nos viene sugerido/impuesto desde fuera siempre va a ser lo correcto, lo mejor. Si la energía que sale de aquí va para Madrid o para p*to Amazon/ChatGPT… mientras los pueblos siguen en la escasez, ¿qué pintan los pueblos en todo esto? ¿Para qué dar nuestra opinión? Entonces hagámoslo fácil, si a cualquier persona ya le cuesta mantener una tierra pequeña y se supone que esto es lo correcto porque en el pueblo no sabemos lo que se necesita en las ciudades ni mucho menos más allá de ahí (pero ellxs parecen sí saber lo que necesitamos nosotrxs), pues que sigan para adelante. No es nada loco, más bien una consecuencia lógica y normal. Es curioso que el rural castellano, con una población envejecida que se ha quedado totalmente fuera del reto tecnológico (con todo lo que esto acarrea) sea el mismo espacio que se sacrifica para que esas empresas que les han dejado fuera puedan funcionar. Los millones de litros de agua por día que necesitan para seguir enriqueciéndose les van directamente desde un terreno que tiene problemas con la tecnología y problemas con el agua.

¿Y luego? ¿Y luego qué pasará con todos estos paneles y todos estos cables y toda esta porquería? Me pregunto si los vídeos o canales de YouTube que recorren algunos de los centros comerciales abandonados en España y en el mundo (como Equinoccio) harán lo mismo, en unos años, con este disparate de placas solares y aerogeneradores que dejaremos como herencia a lxs que vengan. Si vienen, claro. Porque quizá sólo aparezcan por aquí a grabar, versionando a Esty Quesada con un: “hola cementerio de placas solares más grande del mundo, soy no-binarie”; o para hacer fotos, como hizo el artista Seph Lawless en su libro Black Friday sobre centros comerciales fantasma. 

Me cuesta no pensar que el rural y los suburbios somos un campo abierto para la basura que después nadie va a venir a recoger. Un lugar en el que todo vale porque nos dejamos hacer. Me cuesta no pensar en el paralelismo entre las fotos de los malls en ruinas de Seph Lawless y las que ha hecho Aurora Viloria a los campos de Torozos inundados de aspas en Territorio de Sacrificio. El Equinoccio, la Komplot, las placas… Me cuesta pasear por los caminos de mi zona mientras escucho el ruido de las máquinas a lo lejos abriendo la tierra en canal, usurpando lo que es nuestro. Me cuesta pensar en otra cosa que no sea ésta mientras veo pasar camiones que trabajan cada día (desde ETTs/subcontratas de otras comunidades autónomas que están aquí de paso, de momento ni rastro del empleo que iban a generar en la zona) en este compendio de grietas.

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