En un recóndito valle, oculto entre los campos castellanos, una torre de piedra, alta y esbelta, se alzaba como la reina del páramo. El ruido de sus campanas señalaba el inicio de un nuevo amanecer y los habitantes de la calle acudían a su llamada para dar comienzo al nuevo día. Como en la naturaleza la salida del sol o en los seres vivos el hecho de respirar, su sonido se repetía de forma mecánica día tras día, año tras año y siglo tras siglo. Las estaciones pasaban, los modos de vivir cambiaban y los lugareños se sucedían de generación en generación, pero la alta torre se mantenía indiferente al transcurrir del tiempo. Apenas unas insignificantes grietas delataban su vulnerable antigüedad… para las gentes siempre había estado allí y siempre lo estaría, por lo que su existencia fue sutil.
El valle del que se habla a continuación está ubicado en Palencia y esconde en su llanura un pequeño pueblo que, a día de hoy, no llega a los cien habitantes. El pueblo se llama Valdespina, y posee una iglesia románica datada en el siglo XIII que, hasta hace no mucho, contaba con una torre de transición al gótico que hoy se recuerda con nostalgia. La torre y sus campanas solían marcar el ritmo de las jornadas y, de manera sutil, también la vida de los raposos, gentilicio de las gentes del pueblo. Pero como muchas situaciones, elementos materiales o incluso personas, su presencia dejó de pasar inadvertida cuando un día dejó de existir.
Todo ocurrió una mañana de agosto del 2012, cuando el señor Basilio se encontraba regando su huerta, como de costumbre, y se sorprendió al escuchar un estrepitoso ruido. Basilio levantó la mirada y vio lo inimaginable: dos de las caras laterales de la torre se habían derrumbado. El hombre comenzó a gritar desesperadamente contando lo sucedido y poco a poco el resto de vecinos fue saliendo de sus casas para comprobarlo con sus propios ojos. Efectivamente, la torre que llevaba en pie ocho siglos se había quedado sin la mitad de su estructura. Los técnicos del Obispado de Palencia acudieron al lugar y tomaron la decisión de derribarla por completo para evitar posibles daños en la Iglesia de San Esteban. Sin consultar a nadie y sin dar otra opción.
Sin la torre, una sensación de vacío se apoderó del pueblo.
En teoría, un obispo debería preocuparse por el patrimonio religioso y cultural que a su diócesis le atañe. En la práctica, el obispo considera que, aunque le apene la situación y lo exprese con elocuentes palabras, la situación económica de su obispado y la complejidad del proyecto de reconstrucción supone un obstáculo para conservar lo que “legalmente” es suyo. Se utiliza el término “legal” porque en términos “humanos y emocionales” la torre de Valdespina era única y pertenecía a las gentes del pueblo y no a la comunidad eclesiástica. Ellos eran los que vivían bajo su sombra, los que limpiaban sus escaleras, los que creaban mitos y leyendas sobre su figura y ellos eran los que hacían repicar sus campanas.
Por ese motivo, jóvenes y no tan jóvenes decidieron crear al año siguiente la Asociación Cultural la Torre de Valdespina. De nada servían las protestas, las quejas aisladas y mucho menos las actitudes de conformismo. “Será cuestión de acostumbrarse”, decían. Pues, en este caso, más que un símbolo religioso la torre era, y sigue siendo para ellos, una seña de identidad. No podían quedarse de brazos cruzados y decidieron pasar a la acción.
“Es difícil de explicar”, comenta Eva Diez, secretaria de la asociación. ¿Cómo es posible poner tanto énfasis en levantar cuatro piedras? Podría preguntarse cualquiera. Se puede vivir perfectamente sin torre y campanadas. Lo cierto es que el esfuerzo por reconstruirla responde, ante todo, a la necesidad de cumplir con un compromiso. Varios en realidad. El primero, con el paisaje y el entorno ya que, teniendo en cuenta la ubicación del pueblo, la torre era el elemento que despuntaba de él en el horizonte, convirtiéndolo en un lugar único y singular. Ahora cuesta reconocerlo en la lejanía y los vecinos prefieren cerrar los ojos para que afecte menos. En segundo lugar, por cumplir un compromiso con sus antepasados. Padres, abuelos y bisabuelos se encargaron de mantener la torre en pie.
Ahora, los más ancianos se entristecen al recordar las tardes en las que Don Anastasio les hacía limpiar sus empinadas escaleras, y ellos temían la aparición de la Garduña o el Sacamantecas, monstruos ficticios que por entonces provocaban temor a los niños. Otros, al recordar las discusiones por ver quién tocaba las campanas. Y otros, las tardes jugando en el callejón en el que se proyectaba su sombra. Es un símbolo para ellos, y renunciar a él supondría traicionar en cierto modo su memoria. También, el reconstruirla, es un compromiso con las generaciones que vendrán. De nada sirve luchar contra la despoblación si no se demuestra a los más jóvenes que el pueblo se hace y se mantiene con el esfuerzo de todos.
Eva cree que es una lección de perseverancia que les servirá para cualquier faceta de su vida. Y, por último, es un compromiso con la palabra dada. Desde la asociación son conscientes de que es una tarea ardua y muy a largo plazo, pero ese no es un motivo para desistir.
Las razones sobraban, pero, ¿ahora qué? ¿cómo empezar a construir desde cero sin presupuesto? ¿sin tener ni idea sobre arquitectura? ¿sin la ayuda de la diócesis? Lo primero que necesitaban era buscar apoyos fijos de los que poder obtener ganancias por mínimas que fuesen. La asociación es una entidad sin ánimo de lucro pero que cuenta con una comunidad de socios cuya cuota al año es de 10 euros. Actualmente tiene 120 socios, una pequeña cantidad en apariencia, pero muy significativa si se tiene en cuenta que ya son más personas que las censadas en Valdespina. Sin embargo, no es suficiente.
En 2020 lograron firmar tras seis años desde que se creó la asociación un anteproyecto de torre que costó ni más ni menos que 8500 euros. Es decir, los planos arquitectónicos han costado siete veces lo que ganan al año con la cuota de los socios. La arquitectura completa cuesta más de 300.000 euros. De seguir así, tendrían que esperar 250 años, en el mejor de los casos, para ver la torre en pie. La espera no podía ser tan larga, es por ello que idearon la joya de la corona: el Trail Solidario la Torre de Valdespina.
“La idea surgió tres años después del derrumbe de la torre, charlando con Melecio Pérez, un vecino de Boadilla del Camino”, cuenta Chary Diez, vocal de la asociación. Un pueblo muy destacado en la ruta palentina del Camino de Santiago, dónde se lleva celebrando desde hace unos años el Triatlón Cross de Promoción el Camino. Una actividad deportiva para dinamizar el pueblo y recaudar fondos para el mismo. Desde la asociación pensaron que hacer algo similar sería muy provechoso para obtener más ganancias y, al mismo tiempo, dar a conocer la causa y al pueblo en sí mismo. Valdespina era el espacio idóneo para realizar una carrera: entorno natural apacible, a 15 minutos de Palencia…
Solo necesitaban encontrar apoyo y patrocinadores, pero Chary admite que fue tarea fácil pues desde el principio todos los vecinos y conocidos del pueblo que trabajaban o contaban con alguna empresa pusieron su granito de arena para participar en la causa. Tecnipec, Quesos Lavega, La Flor de Valdespina, Frenos y Embragues, Corriendo por Palencia, Autocares Herrero y Espectáculos Pirofiesta, entre otras, son algunas de las empresas palentinas que se unieron y se mantienen fieles al proyecto. También fue fundamental el apoyo del ayuntamiento de Amusco, municipio al cual pertenece Valdespina como núcleo de población incorporado desde 1973. Este es el encargado todos los años de financiar el seguro de responsabilidad civil. Y es así, como el 1 de mayo de 2015 se celebró la primera edición del trail solidario.
La iniciativa superó todas las expectativas y, desde entonces, el 1 de mayo es unos de los días más esperados en el calendario de eventos de Valdespina. Tras un parón de tres años debido a la pandemia, este año celebrarán su novena edición con la misma ilusión que al principio. La carrera consiste en un recorrido de 8 km que se realiza parte por dentro del pueblo y parte por el campo. Es una oportunidad perfecta para disfrutar de la naturaleza y descubrir los paisajes típicos de Castilla.
En mayo el campo se tiñe de un verde especial y, por si fuera poco, está repleto de rojas amapolas. También es una oportunidad para pasar un día en compañía y lleno de diversión, porque la carrera no se limita a realizar el recorrido únicamente. Con la venta del dorsal por cinco euros, exclusivos para los fondos destinados a la reconstrucción, la asociación ofrece a los participantes un plato sencillo para comer, pero muy sabroso: patatas con chorizo.
Admiten que ya es casi un plato típico del pueblo. Además, durante todo el día el evento está amenizado con música, juegos para niños y sorteos por la compra del dorsal. Sin duda, no se necesita ser un corredor profesional para asistir al trail y, es por ello, que Valdespina acoge ese día a más de 400 personas de todas las edades. Blanca Elvira Martín, presidenta de la asociación, afirma que la torre es el símbolo que se quiere recuperar, pero detrás de todo ello hay mucho más. El trail es la viva demostración de un grupo de personas que optando por el colaboracionismo logra grandes cosas. Si unos se encargan de hacer la comida, otros se encargan de los niños, y si otros se encargan del guardarropa otros lo hacen del servicio de aparcamiento, pero todos a una.
El Trail Solidario la Torre de Valdespina es su actividad más visible de cara al exterior y, gracias a ella, han conseguido que toda la provincia conozca su problema y que muchos ubiquen a Valdespina en el mapa. Sin embargo, sus acciones no terminan ahí. El 15 de agosto, día que se celebra la Asunción de la Virgen, la asociación organiza una pancetada popular con sorteo incluido y vende la lotería de Navidad de “La Torre”, cuyo número es la fecha inversa del día que se derrumbó. Con la lotería se obtienen unos 1000 euros fijos al año. También ofrecen una gran variedad de productos personalizados del pueblo. Entre ellos, pulseras, tazas, mochilas, pegatinas, marcapáginas, imanes, llaveros, todos por supuesto con una imagen de la torre que ahora, más que nunca, se ha convertido en su símbolo principal. Hasta ahora, las actividades realizadas anualmente por la organización son las únicas que reportan ingresos para poder actuar, logrando como media unos ingresos anuales estimados en 4000 euros. Actualmente cuentan con unos 50.000 euros que, por desgracia, sigue siendo una cantidad insuficiente para poder comenzar las obras.
Doce años después de que se crease el proyecto y tras la pandemia, los ánimos y esperanzas de volver a ver la torre han disminuido. – “Dime tu futuro, si no tienes un duro”, es la respuesta de Emilio Diez, concejal de Valdespina, a la pregunta de cuándo tendrá el pueblo su querida torre. Él explica que, a día de hoy, los apoyos de las instituciones de la provincia, como la Diputación de Palencia, o de la comunidad, como la Junta de Castilla y León, son necesarios e imprescindibles para llevar a cabo la reconstrucción. No obstante, este tipo de entidades exige la presentación de un modelo de negocio, es decir, otra utilidad para la torre que no sea únicamente de campanario para revalorizarla económica y culturalmente.
Un negocio que diversifique los actualmente presentes ligados al sector primario, que posibilite la generación de nuevos puestos de trabajo y que evite la despoblación del municipio. Hasta aquí bien, parece sencillo, pero no se puede pasar por alto que la torre, ahora su ausencia, sigue perteneciendo al obispado. Para comenzar las obras la diócesis ha de firmar una cesión del uso de la superficie. Eso sí, imponiendo sus condiciones de construcción que incluyen lo que consideran “el uso decoroso” de la futura torre.
Entre las ideas para darle una nueva utilidad se han contemplado las siguientes: mirador, tirolina o rocódromo, observatorio de estrellas, sala de exposiciones sobre el propio proceso de reconstrucción, espectáculo de luces led o centro expositivo de productos locales tradicionales como el queso, el vino, la miel, hierbas aromáticas autóctonas etc. Sin embargo, aún no se ha decidido ninguna opción definitiva, los presupuestos pueden variar mucho en función del material y la cesión del uso de la superficie sigue sin estar firmada. También se ha considerado la opción de construirla en otro lugar que no sea al lado de la iglesia, con una estructura más sencilla y que suponga menos costes, pero, ¿estaría la gente de acuerdo?
Muchos vecinos piensan que no llegarán a ver la torre en pie, ni ellos ni sus hijos, otros confiesan que están muy desilusionados y otros que creen que el dinero recaudado podría invertirse en otros proyectos más realistas o fundamentales para el pueblo. La asociación, por su parte, confía en ganar la lotería algún día, razón por la que ahora reservan dos décimos para la propia causa. Las opiniones son diversas y el futuro demasiado incierto.
La asociación se fundó a sabiendas de sus límites y posibilidades. Siendo conscientes de que los momentos de euforia e ilusión se alternarían con otros de desencanto o estancamiento. Pero lo que siempre tuvieron claro es que el objetivo de levantar una torre llevaba consigo una razón mucho más potente: el amor por Valdespina y las ganas de mantenerlo con vida. Durante estos 13 años la asociación ha sido una pieza esencial en el proceso dinamizador de la vida social y cultural del pueblo. A parte de la carrera, han realizado otro tipo de actividades culturales, educativas y deportivas para personas de todas las edades. Han colaborado todos los años en la realización de la foto de “Mi pueblo es el mejor”, un concurso de fotografía que organiza el Diario Palentino y que Valdespina ya ha ganado cinco veces.
En 2016, organizaron la decoración de varios murales del pueblo con la participación de los niños para pintarlos. Y cada verano realizan una semana cultural en torno a la fecha del 15 de agosto. En ella, se hace cine de verano, una guerra del agua, gincana para mayores y pequeños, clases de yoga, concursos de bolos y tanguilla… En el 2020 lograron conseguir una subvención de 3000 euros por parte de la Diputación de Palencia para reformar un espacio y reconvertirlo en un parque para la tercera edad. Parque, en el que se encuentra una fuente coronada por una pequeña torre tallada a imagen de la original y sobre una piedra de la misma, la cual recuerda a los vecinos que aún no se han rendido y que el objetivo final aún sigue en marcha.
De momento, cabe conformarse con la estatuilla. Pero, sin lugar a dudas, el trabajo realizado hasta ahora no ha sido en vano. Lo que comenzó como un proyecto para levantar la torre ha sembrado un sentimiento de arraigo de las gentes a su tierra y el hecho de querer volver a ella. Constancia de todo esto es que desde que se fundó la asociación, ha habido un incremento de hasta 15 casas construidas o rehabilitadas, porque se siente que en el pueblo sigue habiendo vida, movimiento y ganas de luchar por él. Por ejemplo, para no caer en errores del pasado, la asociación donó 2500 euros para el mantenimiento de Nuestra Señora del Olmo, la ermita de Valdespina. Porque, para variar, la diócesis sigue sin mostrar interés en restaurar “sus posesiones”. Situación que demuestra el hecho objetivo que están padeciendo muchos pueblos de España, y sobre todo de Castilla y León: la pérdida de su patrimonio, materializado en daños reales y emocionales de sus habitantes.
Por suerte, a este pequeño pueblo aún le queda mucho futuro. Los jóvenes que hasta hace poco eran niños han aprendido con esta lucha el valor de la perseverancia, la unión y el compromiso con aquello que les pertenece. Poco a poco van tomando el relevo de sus mayores y lo hacen con especial orgullo. Y, aunque las condiciones de la sociedad actual les impidan vivir habitualmente en Valdespina, por estudios u otros factores, no desaprovechan ni un fin de semana para poder ir al pueblo y llenarlo de un poquito más de vida. Muchas de las actividades del verano están organizadas por ellos, contribuyen a difundir la causa por redes sociales, siempre están dispuestos a echar una mano en lo que sea y, a día de hoy, algunos están representando una obra de teatro que llevan de pueblo en pueblo, y parte del dinero recaudado lo destinan a la asociación.
La obra de teatro se titula “Alguno Quedaremos”, lo cual ya dice mucho, y tiene más de 20 años de historia. Fue escrita en 2001 por Eva Diez Guerra cuando, junto con la ayuda de primos y amigos, decidieron pararse a preguntar a sus mayores cómo era la vida en el pueblo cuando esta era, en apariencia, tan sencilla, pero a la vez tan compleja. Es decir, cómo vivieron la posguerra, cómo era la labor en el campo antes de la maquinaria, cómo se cuidaba a los animales, cómo se hacía el queso, las matanzas, el pan en las casas… en pocas palabras, cómo habían llegado hasta ese momento.
Una pregunta fundamental para reconocer la memoria colectiva, construir la identidad de un pueblo y poder seguir caminando hacia el futuro. Y así fue como nació la compañía de teatro “El Arambol de la Comedia” de Valdespina. Para quién no lo sepa “arambol”, significa en Palencia y algunas zonas de Valladolid, barandilla y, en este caso, remite a la que rodea el escenario del salón de actividades del pueblo donde solían ensayar.
A partir de estas preguntas y muchas improvisaciones en el arambol surgió una historia ficticia, digna de telenovela. A finales de los años 50, principios de los 60, Marcial regresa de hacer la mili en África y se da cuenta de que el pueblo ha cambiado mucho. Su hermano Fidelín ha crecido, su relación con Luisa ya no es lo que era… mucha gente se está marchando fuera o se lo está pensando, como su amigo Felipe o la Meli, mejor amiga de Luisa. La pequeña Adelita, alias “la Coletas”, ha llamado su atención. El drama está servido, aunque eso no es lo más importante. Entre escena y escena, los actores y actrices explican los oficios o aspectos de la vida rural castellana tal y como se lo contaron sus abuelos. Como, por ejemplo, las idas y venidas a la fuente cuando no había agua en las casas, cómo se hacía el trillar antes de que llegasen las cosechadoras, los bailes en las fiestas del pueblo o el simple hecho de ir a rezar al rosario todas las tardes.
La obra fue un éxito y el grupo de teatro llevó la historia por hasta cincuenta pueblos de Palencia y alguno de Valladolid. En 2013 hicieron una última función, pero los jóvenes, que en aquel momento aún eran niños, se quedaron con la copla de retomarla algún día. En 2024, casi diez años después, Alonso, Inés, Clara, Jimena, Raquel y Mario decidieron volver a llevarla a los escenarios hasta hoy. Siempre desde el orgullo y el respeto por las generaciones que les precedieron, sin las cuales no podrían seguir transmitiendo la cultura del pueblo, tan similar a la de muchos otros de alrededor. Debido a esto, no sorprende que el público más mayor los acompañe a coro cuando echan a cantar la popular canción de “Los Pastores” que dice: esta noche ha llovido, mañana hay barro…
Los jóvenes actores admiten que no son profesionales, pero que todo es cuestión de dar la dignidad que se merece el teatro en el pueblo y el pueblo en el teatro. Ya llevan una docena de representaciones en pueblos de la provincia y esperan realizar más en verano. Consideran que es importante seguir adelante con ella porque “Alguno Quedaremos” es más que una simple obra de teatro. Es un testimonio vivo de lo que es ser castellano y una especie de compromiso por el futuro no solo de Valdespina, sino de toda la comunidad. Porque el verdadero problema va más allá del derrumbe de la torre y los jóvenes son conscientes de que la solución está en sus manos. No en vano, la historia que habla del éxodo rural termina con una canción que clama: “Venid hoy castellanos, sabed bien lo que sois, hijos de esta tierra que os dio su corazón”.
Al fin y al cabo, la historia de la torre de Valdespina es la historia de tantos y tantos municipios españoles en riesgo de despoblación. Y los esfuerzos por reconstruirla son los esfuerzos de muchos pueblos que luchan cada día por no caer en el olvido. Si las instituciones no quieren oír el grito de auxilio de sus gentes, serán ellos quienes hagan todo lo posible desde dentro para salvarse a sí mismos. En el caso de Valdespina, los hechos han demostrado que, con proyectos como este, la gente recupera las ganas e ilusión por mantener vivas sus raíces. Y quién sabe, puede que al ritmo que llevan se rehabiliten más casas y, en un futuro, de un modo permanente e imperecedero, en forma de Torre que vuelve a alzarse, se materializará la forma visible de una voluntad colectiva: la de permanecer.