Las águedas de Zamarramala: actualización y contradicción

Carmen Abril
Fotografías:
Lucía Burón

Nos infiltramos en la celebración de las Águedas de Zamarramala 2026 a pesar de la nieve. Por aquí llevamos días sin ver el sol y no para de llover, en algunas partes del país de manera peligrosa. Casi apetece invocar la protección de la santa, igual que se hizo con la erupción del Etna en el siglo III (sobre el mito de esta santa tenemos que publicar un artículo aparte).

Nos preguntamos si estará muy masificado porque Zamarramala celebra las águedas más conocidas del país (después explicaremos porqué son tan importantes), pero al llegar comprobamos que la nieve ha conseguido disuadir a muchos de los habituales curiosos. Aparcamos pues, sin problema, entre coches con una buena nevada encima que los niños aprovechan para hacerse perrerías unos a otros. Solo hay que seguir el sonido de las dulzainas y a las mujeres de punta en blanco. Pronto captamos ambas pistas, la visual y la auditiva. La visual es una señora muy mayor a la que dos chicas asisten amorosamente en los últimos detalles de su atuendo. Le ajustan el lazo (que aquí en Zamarramala es cuádruple) y le colocan bien el mantón de Manila. Pendientes check…lista. 

La seguimos por las calles, a ella y a la pista auditiva que son las dulzainas, y ambas nos llevan a la iglesia. ¡Allí esperan ya todas! Se saca la imagen de la santa (al principio, para nuestra sorpresa, la portean hombres, pero rápidamente le pasan el peso a las águedas más jóvenes), con su inconfundible bandeja de pechos cortados. Vamos preguntando cosas a media voz a las mujeres que responden positivamente a nuestras miradas curiosas y de permiso. Preguntamos si después de la procesión y el baile comen todas juntas y nos responden que no, que cada una con su familia, que antaño a veces sí que la alcaldesa organizaba una comida de todas, pero que ahora se iban dividiendo y que cuando si se juntan todas para comer es en la comida final, en La reconciliación, donde también están invitados los maridos. 

Nos cuenta una, muy pícara, que antaño surgieron muchos niños a raíz de esta cena…que se arrastraban muchas emociones porque a muchos maridos les fastidiaba la celebración. Claro, imagínate. Ellos tenían que ir igualmente al campo a faenar y las mujeres a ponerse guapas, ropas de gala y ale a bailar todo el día por ahí. Encima con toda la guasa de que ese día “ellas son las que mandan”… Pues muchos maridos se enfadaban, por los machismos de antes, ya se sabe…que bueno, que tampoco estaban mal, eh. La mujer añade esta última puntilla como para tapar su frase anterior, que casi se le ha escapado. 

Esta contradicción discursiva y esta negación de todo lo que tenga que ver con el pensamiento feminista la vamos a ver más a lo largo del dia y me parece curiosa. La comprendo, las comprendo, pero no puedo evitar incluirla en el análisis. Me parece que es interesante. Que muchas mujeres mayores no se identifiquen con el feminismo me parece un síntoma preocupante que el feminismo debería tener en cuenta a la hora de seguir construyéndose en el futuro. También es una materialización más, supongo, de la dogmática polarización ideológica que vive hoy día nuestra sociedad y que nos obliga a comulgar con un pack de pensamiento en lugar de establecer un criterio propio y mestizo. Quizá es también, me da la sensación, una cuestión de no querer traicionar la memoria de padres, maridos y abuelos. Un negarse a pintarlos como malos.

Pero sigamos con la procesión, que ya ha empezado y recorre unas calles empapadas, llenas de esa nieve marrón y traslúcida que tanto moja y molesta. A pesar de ello, la comitiva es una cascada de color y regocijo. Las mujeres bailan, las dulzainas suenan, el pueblo fiel procesiona sonriente, impasible al frío. Llegada a un punto próximo al Alcázar, la comparsa se detiene y las dos alcaldesas bailan unas jotas que, según me cuentan, se ofrecen al edificio, cuya importancia clave en esta celebración se entenderá leyendo el artículo sobre el mito de Santa Águeda

Hay otro rito que también se le ofrece al Alcázar: por turnos, se ondean con fuerza dos inmensas banderas de tela pesada y mástil de más de tres metros. La primera, de rayas azul cielo y blanco, la agita un chaval y representa a los solteros. La segunda, a cuadros amarillo y azul oscuro, sacudida con increÍble pericia por un hombre de pelo cano, a los casados. La jura de bandera lo llaman. A mí me rechina un poco que los hombres tengan este momento de protagonismo, pero no me atrevo a cuestionarlo directamente, en vista de la reacción protectora y casi autocensora de mi anterior confidente en lo tocante a los hombres.

Pregunto si este acto es tradicional, si ha estado incluido siempre y también pregunto por los hombres que escoltan la figura de la santa, pertrechados con armas medievales y por los músicos. Si siempre han estado ahí o si antes eran exclusivamente mujeres. Me dan un Sí, eso siempre ha sido así bastante tajante, casi defensivo, que me hace pensar que he hecho bien en no plantear mi pregunta de manera demasiado directa. “Los hombres también participan, no es una celebración contra los hombres”, parecen querer decirme. Pero es verdad que yo lo proyectaba de una manera diferente, más radical. Una celebración no mixta. Por un día al año…tampoco es para tanto, ¿no? Yo me imaginaba literalmente a todos los hombres doblando el lomo como un día normal, e incluso cuidando la casa y asumiendo tareas domésticas si pilla en domingo como hoy, ¿por qué no? Por un día al año…

El caso es que la procesión da la vuelta y toda la comitiva vuelve a meterse, como una hilera de hormiguitas que se refugian en su hormiguero, en la iglesia. Nosotras, que tenemos mucha curiosidad etnográfica, pero el rito de la misa ya sabemos como es, ponemos rumbo hacia el bar. Por suerte el ejercicio de la Fe queda a la libertad de cada uno hoy día y nadie iba a ajusticiarnos por ello, no como cuando Águeda decidió ser cristiana y consagrarse a Dios o como cuando las mujeres de Zamarramala defendieron ellas solas el Alcázar. 

Llegamos al bar Las alcaldesas, del que salen jotas hacia la calle a muchísima intensidad (han instalado un considerable altavoz en el balcón de arriba). Jotas y sólo jotas. Ni una de Manuel Turizo. Un lujo. Después, comiendo en el restaurante, lo mismo. Dulzainas segovianas a todo trapo para amenizar el servicio de comidas. De hecho, lo que sonó en La postal fue todo el repertorio de Agapito Marazuela, que yo me sé de memoria gracias al Homenaje a Agapito Marazuela de Delameseta. Nosotras siempre defendemos la mezcla, pero la verdad es que la apuesta rotunda por la jota a lo largo de todo el día en el pueblo nos pareció un gustazo.

En fin, pero volvamos al bar. Fuera, dulzainas de fondo, preguntamos a dos mujeres con niños pequeños si son de aquí, y cómo es que no son águedas. Cuentan que ser águeda da mucho trabajo, no es solo vestirse y bailar, y que ellas con los niños no tienen tiempo. Aclaran que es una cosa en realidad no tan ligada a la Iglesia como parece, que más que una cofradía es una asociación, pero que aun así no se ven con tiempo, igual cuando seamos ya mayores. Cuentan también, cuando preguntamos por toda la chavalería aparentemente autóctona que se arremolina en torno a nosotras con cara de resaca, que para la gente joven es un finde festivo más, que después por la tarde ponen djs y que hay buena fiesta.

Les preguntamos si la celebración se ha ido masificando con los años y nos dicen que al contrario, que antes venía muchísima más gente, autobuses enteros, que no se podía ni andar por el pueblo. Cada vez hay menos, nos cuentan, porque se celebran águedas en muchos otros pueblos y la gente se reparte. Mientras hacemos cola para pedir nuestra segunda “tajá” (vino y un chorizo riquísimo), caemos un poco en nuestra propia trampa dando protagonismo a un grupo de hombres, pero es que no podemos evitarlo. Están en una esquina de la barra, envueltos en sus capas de gala. Sobre sus cabezas, una bufanda colgada en la pared que reza “La hostelería es gimnástica” (en honor a la gimnástica segoviana, pero haciendo un chiste en mi opinión buenísimo). Me llama la atención su atuendo, tan peripuesto, pues también llevan sombrero, y multitud de pines en la solapa, y les pregunto si son los dulzaineros. Se rien y resoplan preguntándose si les vacilo y me dicen que no, que son la Asociación de Amigos de la Capa Segoviana. Ahora me pregunto yo si me están vacilando, porque no lo había oído nunca, pero me dicen que no y el más elocuente me muestra un pañuelo que tiene anudado al cuello y que deja sobre su pecho la inscripción bordada “Asociación de Amigos de la Capa Segoviana” y, de nuevo, la imagen del alcázar.

Les digo, para picar un poco, que no sabía que la capa segoviana fuera famosa, que yo conozco sólo la zamorana, la de Aliste. Balbucean de indignación y el que hace las veces de portavoz dice que sí, que esa es muy famosa pero que casi no se lleva luego, no se la ve por ahí en convenciones ni nada. Les pregunto si hay muchas convenciones y me dicen que sí, que hay una Convención anual de la capa ibérica que se celebra normalmente en pueblos cercanos a La raya, en la frontera con Portugal. El del año pasado fue en Miranda Douro a finales de octubre y este año se celebrará en Benavente. De nuevo Zamora, lo que yo decía. Entran al trapo a todos mis intentos de picarles y se indignan, pero ven que estoy de broma y me siguen contando que en estos encuentros antes se juntaban hasta 700  que ahora cada vez hay menos porque la gente es mayor, se va muriendo, y no llega gente nueva. Al poco rato, en la plaza, viendo el grupo de danzas bailar, veo a una chica joven con una capa castellana color borgoña e intento venderle la moto de que tiene que ir a estos encuentros, pero creo que más que quedarse con la copla se extraña de que le hable una desconocida que está sola en la fiesta (Lucía estaba en primera línea haciendo fotos). Quizá debería empezar a entrarle a la gente aclarando que soy periodista y no sólo una persona curiosa, pero lo cierto es que me siento más cómoda con la segunda definición.

 En fin, los bailarines se cortejan regios y elegantes, los pelos estirados, las espaldas también. Los manteos giran hipnóticos, rojo vivo por fuera, verde en el interior. La nieve se derrite y gotea copiosamente de los tejados. Algunas señoras ven el espectáculo desde su balcón, y alguna niña con su perro también. En cuanto las nubes abren un poco y dejan colarse un rayo de sol los bailarines sonríen anchamente sin poder evitarlo ¡¡qué frío estamos pasando los que solo observamos!! Vigilándolos como un socorrista en una piscina, desde su pedestal, el pelele espera -sombrero, castellanos y peluca verde- su hora de ser incinerado. En el escenario se canta y se toca el mortero, la dulzaina, el tamboril. De nuevo me parece que sería interesante ver más mujeres tocando música tradicional en esta festividad, pero sólo hay hombres. ¿Y donde están las águedas? Pues acabando la misa, pero de pronto irrumpen y pasan a compartir la plaza con los bailarines.

Según voy observando a lo largo del día, este es su modus operandi, su manera de intervenir: van formando una rueda jotera que envuelve ambientes y los toma, llenándolos de mantones de manila, lazos cuádruples de terciopelo y abalorios y manteos rojos, siempre rojos. Doy un bote en el sitio cuando escucho a un señor decir a mi espalda “Se jodió…ya están aquí las lobas”. Me rechina en el oído, pero me imagino que lo dice en broma. Eso de las lobas por otro lado tiene cierto poderío y efectivamente las águedas toman de nuevo posesión del espectáculo. Bailan un rato y después van subiendo al escenario junto a otras figuras importantes, entre ellas dos figuras que ya nos había parecido ver temprano durante la procesión: una, Miriam García, directora y presentadora de Me vuelvo al pueblo, el queridísimo programa de CyL TV. Los señores la reconocen al instante y le gritan desde abajo “me vuelvo al puebloooo” y ella se ríe.

Otra, Águeda Marqués, la atleta olímpica, resulta que originaria de Zamarramala, y de ahí el nombre, como explicaría después en su discurso. Y por supuesto las dos alcaldesas, con su montera con los doce apóstoles, su velo, su bastón de mando. Esperan a recibir el título honorífico de Alcaldesas y cuando empieza el acto de entrega, nos llama la atención,  además de que el orden del día está escrito en un gran libro, que está redactado en castellano antiguo.  Así, se dice, facer en vez de hacer, ano en vez de año y otras tantas cosas más. Se otorga a las alcaldesas el diploma y después se siguen entregando el resto de títulos honoríficos. A Águeda le otorgan, curiosamente, el de Ome bueno y leal, que imagino que tradicionalmente se entregaba a un hombre -al más bueno y leal-, seguro que para rabieta profunda del resto. 

Águeda sube al escenario guapísima y emocionada y casi nos hace saltar las lágrimas recordando a su abuela abu, quien le transmitió la tradición, el nombre, y la raíz en este pueblo. Nos sorprende lanzando la primera reivindicación del dia de la lucha por los derechos de las mujeres, la necesidad de una igualdad aún por conquistar, especialmente en algunos sectores como el deporte de élite y la importancia de la defensa de esta tradición, que mezcla lo profano y lo sacro, lo cultural y lo social y nos une a una identidad y a una comunidad. Muy bien hablado. El siguiente premio, la Matahombres, nos deja de una pieza por lo gracioso del nombre y había sido otorgado a la periodista Sonsoles Onega, que no pudo acudir y envió a una emisaria, así como la Aguedera de honor, que recogió su hija en su lugar debido a su avanzada edad. 

Miriam efectivamente termina, con el clásico VIVAN LAS MUJERES, VIVAN LAS ÁGUEDAS, VIVA ZAMARRAMALA y entonces es el momento de que las Alcaldesas, juntas, quemen al pelele, previamente empapado en alcohol. Llegaba el turno de la Pregonera, que era por supuesto Miriam Garcia, cuyo paso al frente provocó unas cascada de aplausos. La verdad es que MVAP es un programon y Miriam, por lo que pudimos adivinar de su discurso, una mujer cariñosa y generosa que de verdad siente lo que hace. En su discurso volvió a reivindicar el papel esencial de las mujeres en todos los aspectos de la vida, rural y urbana y la importancia de su lucha: el largo camino recorrido y lo mucho que nos queda aún por andar. Confirma esta última frase uno de los fotógrafos escupiendo entre dientes “a ver si terminan ya, qué pesadas…”. En su día. En un acto oficial, durante un discurso emotivo, bien pronunciado, que ni siquiera estaba durando más de la cuenta. Esta vez sí, el comentario se nos queda clavado en la garganta. Miriam efectivamente termina, con el clásico VIVAN LAS MUJERES, VIVAN LAS ÁGUEDAS, VIVA ZAMARRAMALA y entonces es el momento de que las Alcaldesas, juntas, quemen al pelele, previamente empapado en alcohol.

El frío cortante de la mañana dificulta las cosas, pero la rueda de águedas no cesa en sus jotas, ni los músicos en sus dulzainas hasta que se consigue calcinar al muñeco. Por cierto que, hablando de fotógrafos (especialmente de fotógrafos desagradables), este momento concreto de la quema del pelele hace que me plantee su lugar en esta celebraciones. Obviamente son fundamentales, pero el espacio que ocupan, en este caso literalmente el centro, a escasos centímetros del pelele y las alcaldesas, en mitad de la rueda de baile, literalmente en medio de la plaza, de la acción…se sale de ojo por completo y estropea la imagen del acto que tenemos todos los que estamos en la plaza observándolo, viviéndolo. 

¿Que los periódicos locales necesitan cubrir la noticia y tener buenas fotos? Vale. Pero sacar adelante las fotos no puede suponer sacrificar lo sagrado del ritual, reventando la estampa y la estética mágica del momento para todos los que nos hemos desplazado hasta Zamarramala en cuerpo presente, a pesar incluso de la nieve. Creo que esto es algo que tiene que empezar a cuestionarse en todas las celebraciones rituales/tradicionales en adelante. Los fotógrafos son importantísimos, qué duda cabe, y en algún momento dado pueden hacer una incursión fugaz al meollo. Pero no puede haber 20 personas de paisano con sus cámaras ocupando justo el centro del rito de principio a fin. En fin.

El pelele ya ha ardido, gracias (paradójicamente) a la intervención de los bomberos, y muy poco a poco la gente se va disolviendo. Se me ocurre preguntar a una mujer con cara de simpática qué simboliza el pelele (que, a todas luces, representa a un hombre) y de nuevo me ve venir y me ataja “simboliza el pecado, de hombres y de mujeres. No es un hombre, no quemamos a los hombres en este acto, se quema el pecado de todos. Que yo a los hombres los quiero mucho, a todos no y los hay muy malos, pero mis hijos mi marido , mis nietos…”. Es Feli y nos iba a dar palique un buen rato más, para nuestro regocijo. 

Cosas que aprendimos de Feli

De primeras le preguntamos por su atuendo, pues lleva una capa y la novedad del día para nosotras son las capas. La capa castellana claro, es que me iba a vestir de agueda, pero en último momento me he arrepentido por el frío. Aun así esto es de gala también.  Efectivamente, la capa de Feli es preciosa, bordada por ella misma (esto no es obligatorio nos explica, pero a una pues le gusta…) y con un broche de dos botonazos charros que se unen juntando los cuellos. Le comento lo del botón charro y me dice que bueno, que sí se llama así pero que es un botón castellano, que se lleva y se hace en más zonas. Nos explica que la capa de las mujeres es distinta a la de los hombres, tiene menos vuelo, y se le escapa como sin querer un poco de enaltecimiento del género femenino y me da por preguntarle por el color morado de su pañuelo, a juego con la sombra de ojos y los pendientes, pero ella me aclara que no ha sido intencionado. Dice que las águedas es una fiesta femenina, pero no feminista y continua “es que hay mucho asqueroso que mata  mujeres y todo, y es verdad que las mujeres tenemos que estar unidas y creernos y valorarnos a nosotras mismas, pero yo a mis hijos, a mis nietos a mi marido…los quiero mucho”. De nuevo un discurso algo contradictorio, en el que se deja traslucir un feminismo no reconocido, negado y renegado por entenderlo como una declaración abierta de guerra contra los hombres.

Feli nos da más datos sobre la celebración. Nos explica que hay 150 águedas en la asociación de las que en realidad participan en los actos poco más de 50. Que todo lo eligen por votación, aunque por ejemplo el puesto de alcaldesa, más que votarse, es una cosa que se va pasando. “Venga pues nos apuntamos nosotras dos este año”. Que cada una se hace su traje durante meses y meses o lo hereda, pero que las monteras de alcaldesas son de la asociación, se van rotando con el puesto. Le preguntamos por esto que nos contaban las mujeres en el bar de que cada vez va menos gente a las de Zamarramala porque hay águedas por muchos otros pueblos ¿Zamarramala fue de las primeras? ¿¿De las primeras?? cariño, Zamarramala es el origen de esta tradición. Las aguedas empiezan aquí. ¿no te sabes la historia? ¿y tú eres periodista? 

Feli me cuenta la historia de 1202 (en realidad una mezcla entre esa y la de 1400) que recogemos en el artículo complementario, donde nos explayamos en el mito. Pero efectivamente, la celebración de las águedas como un día al año de excepcional autoridad femenina (una concesión exigua, en mi opinión, si se tiene en cuenta la proeza de las zamarriegas) nace aquí, en Zamarramala, en este enclave maravilloso, en su día un lugar estratégico y fronterizo, de la sierra de Segovia. A lo largo de los años ha sucedido que muchas poblaciones han ido adoptando esta celebración, y fenomenal, porque es lo mejor que hay, y a Feli incluso le pidieron que fuera a Pinto, un pueblo de Madrid, a explicarles cómo había que hacer las cosas. Ahí tuvo ella que hacer mucho énfasis en que lo que se quema no simboliza al hombre y en que a pesar del título de matahombres…que el punto de la celebración no es ese. No sabemos si le harían caso del todo.

Le pregunto por el nombre del pueblo y esto sí que es de traca. Antiguamente se llamaba Miraflores de la Sierra. Fíjate que bonito. Pero estaba Enrique IV de camino al pueblo para honrar a las mujeres cuando preguntó a su carretero que cómo se llamaba el pueblo en cuestión, que se le había ido. El carretero, que era medio sordo, entendió que le preguntaba que qué hacía y él, que, estaba remendando su chaqueta, le respondió “arreglando la zamarra, que está mala”. Ah, vale, Zamarramala. Vete a saber la veracidad de esta historia (zamarramala sería zamarran- alá, el mirador de Dios, expresión que le va como un guante al entorno), pero a mí me pareció graciosa y me recordó a la historia del pueblo de Pollos, cercano a Tordesillas y llamado así porque a Juana de Castilla (que no la loca) a menudo se le dejaba salir de su torre de confinamiento para ir al mercado a comprar con su ayuda de cámara. En La Florida del Duero, que así se llamaba el pueblo, tenían un buen género en materia avícola así que solían ir allí. Hacia el final, Juana, ya desquiciada y desgastada de tanto encierro, en lugar de “vamos a la Florida del duero a por pollos” acotaba “vamos a pollos…vamos a pollos…vamos a pollos a por pollos” Y así se quedó. Esta historia despierta la curiosidad de Feli que por primera vez me pregunta para qué medio trabajo.

Le digo que la perdiz roja, que tiene por objetivo fomentar la identidad castellana entre los jóvenes. Ay, pues muy bien, eso hace mucha falta. Que Castilla está como olvidada de sí misma ¿verdad? Totalmente hija. El carácter castellano, que es así calladito, calladito…parecemos mudos, da igual lo que nos hagan que no salimos a protestar. Cómo era aquello…desde Padilla Bravo y Maldonado no se ha vuelto a levantar. Aplaudo mucho este último comentario de Feli y aun nos queda la joya de la corona, el dato más bonito, el más ilusionante y luminoso, que he dejado para el final aposta y que Feli me cuenta con orgullo. 

Desde este año, al menos en Zamarramala, las mujeres solteras pueden ser águedas también.

Llevaban 5 años con el debate y este año ha salido en votación -por fin- que sí. Recordad que, como contamos en el artículo de las águedas de Andavías en 2022, tradicionalmente las águedas eran una cofradía de mujeres casadas por la iglesia, aunque últimamente se estaban aceptando también las casadas por lo civil…y por fin, desde este año recién estrenado, también las solteras. Le digo que ya me había yo fijado en que había águedas muy jóvenes y al buscarles la alianza no la había visto. Mucho te fijas tú, ay…Pues sí es una cosa muy buena porque qué tendrá que ver, se puede ser una mujer estupenda sin ningún hombre, ya ves tú, de hecho muchas les toca estar atadas a un lastre que las tira para abajo…muchas veces es mejor sola que mal acompañada y para nada se necesita a ninguno para ser un mujerón y ser feliz. La tradición hay que ir renovándola y actualizándola proque si no se muere y desaparece. El último rato de charla con nosotras lo tiene con su nieto agarrado a la pierna, todo impaciente esperando a que le toque de una vez la atención de la abuela Feli.

Al terminar, les sacamos una foto porque están monísimos y entendemos un poco mejor a Feli en su obcecación por desmarcarse de todo el asunto de quemar hombres y así. Seguimos pensando que esta celebración puede (y molaría mucho que lo hiciera) feminizarse más, pero tiempo habrá. Ya irán tomando relevo mujeres más jóvenes, especialmente más ahora que se puede ser agueda siendo soltera. Todo se andará. De momento, a seguir bailando.

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