Recuerdo el turbio color rojo de los charcos. El tractor había dejado surcos en el barro, y la lluvia los llenaba, arrastrando con ella la sangre del animal que acababa de ser sacrificado.
El día anterior mi madre me miraba con cierta preocupación, dudando si animarme a participar en aquel acto. La matanza era una especie de rito iniciático por el que todo chaval debía pasar; todo chaval del pueblo, se entiende. Yo no era sino un muchacho de provincias al que le gustaba leer, a quien los otros de mi edad trataban con simpatía pero sin evitar cierta sorna. Tomar parte en la muerte del cochino -muerte que exigía brío y vigor, contacto directo con la bestia convulsa- era algo ajeno a mi carácter, a pesar de conocer la experiencia por las vacaciones anuales en el pueblo.
El cerdo se revuelve desde que entran en la pocilga, temiendo lo que va a pasar. Chilla, presiona con sus patas el suelo de lodo pero no puede evitar ser arrastrado por la fuerza de varios hombres. Sin dejar de chillar le colocan en un banco largo y bajo fabricado ex profeso, madera oscura y curtida que lleva cumpliendo su oficio desde quién sabe cuántos años, igual que todos aquellos hombres que antaño fueron otros. Clavan un gancho en la garganta del animal y me dan el otro extremo: «Sujeta ahí fuerte, que no se escape». El bicho sacude la cabeza sin parar de chillar; noto la quijada golpeando el gancho, un desagradable sonido de hueso, toc toc toc, y yo agarro con todas mis fuerzas, esperando que no se suelte, esperando no decepcionar a nadie, esperando que no me miren y se den cuenta de que soy el farsante que me siento en el fondo.
Clavan un cuchillo en la garganta del marrano, y la sangre brillante como nunca la había visto chorrea en el cubo metálico que han colocado a tal propósito, mientras paulatinamente se van apagando los chillidos, las sacudidas cada vez menos convincentes, la vida escapándose hasta el balde.
«Qué tal», me pregunta después mi madre, aún algo preocupada, cavilando quizá si se ha
quebrado algo en el espíritu de aquel hijo suyo, lector y urbanita, poco acostumbrado a las faenas del campo, poco dado a mancharse las manos. Me encojo de hombros, dando a entender que sin más, que se trata de algo que todos hacen y simplemente ahora he hecho yo. «Mañana te frío unas jijas, que tanto te gustan»
Ya han chamuscado la piel del animal para quemarle los pelos. El aire se llena de un olor peculiar. Las nubes se arremolinan, la sangre gotea del banco al suelo de barro. Toc toc toc.