Identidad desdibujada, testimonio de una zamorana que añora desde Cartagena

Laura Pérez Arias
Fotografías:
Miguel Sánchez González

Año tras año, mi padre repetía y volvía a repetir que qué tristes y fríos eran aquellos días, en los que, más o menos, entre Los Santos y la Purísima, Zamora pasaba semanas sumida en niebla. Al caer la tarde, la oscuridad era tal, que ni la luz de las farolas servía para guíar el camino. A pesar de ello, le encantaba salir a pasear hasta la catedral a última hora, en medio de un escenario sombrío y taciturno —un ambiente de lo más valleinclanesco, vaya, saludar a los conocidos y regresar a casa con la cara helada y las manos congeladas bajo los guantes. Y yo también recuerdo aquellos noviembres infinitos, en los que la ciudad olía a castañas, a leña y al humo que salía de las puertas abiertas de los bares de la calle de los Herreros… 

 

Hoy mi padre ya no está, al menos en este plano físico, y yo, hace mucho, mucho tiempo, me esfumé entre tanta niebla. 

¿Dónde está mi exoplaneta?

Aquí a 700 kilómetros hacia el sureste también es noviembre, ¡solo faltaba!, pero el sol irradia luz y, sobre todo, calor, como si estuviésemos en una primavera permanente. Desde mi ventana, el Mediterráneo… Ahora vivo, de forma literal, en el Exoplaneta que describe Arde Bogotá, por amor, por logística familiar… y me gusta. Pero soy castellana, y “castellana se nace”, y eso es algo que te acompaña toda la vida (aunque, castellano también “se hace”, pues mi hijo no nació en el SACYL, pero, entendedme, “castellano es”). Y, por este motivo, a veces necesitaría poder ponerme unas manoplas, pedirme un pincho “que sí pique” en un bar y pasear en calma por la fría meseta invernal nuestro océano particular.

Durante todos mis años fuera de casa (pronto será más tiempo fuera que dentro), siempre he llevado mi Zamora por bandera. Y a más de uno se la he tenido que situar en el mapa, puesto que la han llegado a ubicar en la otra punta de España (o, directamente, a no ubicarla por no saber de su existencia, ¡muy fuerte!). ¡Ay, la geografía, las selectividades y la falta de curiosidad!, ¿no?. Pero bueno, qué le vamos a hacer. En cualquier caso, me encanta decir de dónde soy, tengo esa necesidad en la vida. 

Madrid no era Los Ángeles

A lo largo de más de una década viví en Madrid, porque supongo que a muchos de nosotros, mesetarios de la vida, nos vendieron eso de que es la ‘city of dreams’, y bueno, la verdad es que había que dar gracias por tener una habitación digna en la que poder ‘soñar’ os lo agradezco tanto, papis, porque otra cosa no.

En el fondo, fue un aprendizaje de vida, fue un rodaje, fue el principio de todo, pues llegué prácticamente siendo una adolescente y me marché después de hacer mi primera y única consulta sobre una hipoteca a plazo fijo en la ciudad. Una y no más. Una y adiós. Aunque, por lo que sea, Madrid, tampoco se va nunca de uno. Pero eso, lo de que la capital esté llena de castellanos “por todos los laos” y lo de los billetes de AVE Madrid – Zamora a 89 euros trayecto— los he llegado a ver por mucho más— dan para otro capítulo. “To los domingos de vuelta a las capitales”, dice Sanguijuelas del Guadiana en su Revolá.

Barrer para casa

Soy zamorana cada día de mi vida. Incluso, cuando me siento desubicada, sigo siéndolo. Y si me pongo nostálgica, hago sopas de ajo para que huela todo el edificio. Si es Viernes Santo y no estoy allí, pongo la marcha de Thalberg a todo volumen. Si tengo morriña, llamo a María, mi amiga de la infancia, que también, por circunstancias, vive en Benidorm —cosa que me encanta—, y nos sentimos ‘casa’. O nos vemos, ya sea aquí, en Cartagena, o allí, para desayunar en una taza que pone ‘Zamora’ o para tomar un arroz ojalá, a la zamorana en Orihuela o en Santa Pola.

foto de Nico Rodríguez

Pero no es fácil ser castellana lejos de casa, no es sencillo ver tu tierra arder y que a tu alrededor apenas se hable del tema (porque aquí también tienen tenemos nuestras propias movidas). 

Y, mientras Abel Caballero empieza a pavonearse de sus luces navideñas bajo mi punto de vista innecesarias, yo me enciendo y me enfado. Porque, su capricho y soberbia, han llevado a  suprimir frecuencias del AVE en mi provincia, dejando a Sanabria aún más incomunicada, si cabe. E injustamente atravesada por una vía que es solo de paso para los que se creen que estar por encima en el mapa es sinónimo de merecer más. Porque este señor no sabe, que aquí nadie es más que nadie. En fin. 

“A veces estoy triste y después se pasa”

Me llegan al WhatsApp fotos mañaneras de las nieblas de noviembre sobre el Duero, y yo, desde mi ventana, solo alcanzo a ver los mástiles de los barcos algo desdibujados por la calima, como mi identidad castellana, que, a veces, se emborrona, pero sigue ahí. Donde había cigüeñas, ahora hay gaviotas. Donde hubo magosto, ahora hay un puesto de castañas que se asan con el sol. 

De fondo, suena San Felices, de LA M.O.D.A., ellos sí que me acercan a casa.

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