“Toda máscara tiene un agujero y es por ahí que la verdad escapa”
Andrés dio un último trago a su cerveza antes de empezar a prepararse. Un zumbido de voces indescifrables flotaba en el aire y llegaba acolchado a través de la puerta. La calle no acostumbraba a estar así de llena durante el resto del año, con ríos de gente anegando las aceras.
– Vamos, harramachos, que vais tarde.
– ¡Que los nenes ya os están esperando! – les gritaban desde fuera.
Con una sonrisa de oreja a oreja, se colocó las pantuflas y el traje de agallones. Estaba orgulloso de ser uno de los protagonistas del pasacalle del pueblo este año. Todos los hombres en su familia lo habían sido: su padre antes que él, y su abuelo, que en paz descanse, hace más de cincuenta años. Fue él quien le contó por primera vez la historia de los harramachos, esos seres misteriosos venidos del bosque que visitan las calles de Navalacruz en el mes de febrero desde tiempos inmemoriales.
Y recordaba cómo iba él, de niño, a verles pasear por todo el pueblo. Con sus ojos silenciosos, con sus manos de hojas secas, como árboles antiguos. Los vecinos se estremecían al verlos llegar: doña Luisa se santiguaba y Tomasín, el de la abacería, daba siempre un paso atrás para alejarse de la comitiva. Avanzaban lentos, meciéndose sin prisa, sometidos a los tiempos de la montaña y el bosque. Cuando los harramachos hacían acto de presencia, el pueblo se sumía en el silencio más absoluto: un silencio nacido de las entrañas de la tierra, del temor antiguo y ritual a lo desconocido, a los monstruos visibles e invisibles.
Con los años se olvidaría de los harramachos y de todos los otros personajes que poblaban las leyendas de Navalacruz. Quiso marcharse, ir a estudiar a Madrid, quitarse esa maldita presión en el pecho. Estaba harto de ver siempre las mismas caras, las mismas calles. Pero durante los años en que estuvo fuera, y hasta que regresó para hacerse cargo del negocio familiar a la muerte de su padre, siempre mantuvo grabado en su recuerdo el rostro solemne de aquellos mágicos personajes. Su mirada profunda e impenetrable, la corteza irregular que marcaba sus frentes, sus frondosas barbas hechas de raíces. Nunca había olvidado ese peculiar rostro que ahora se llevaba a la cara. Como su padre antes que él. Como su abuelo.
Y entonces ocurrió. En cuanto la máscara rozó sus sienes, todo a su alrededor comenzó a transformarse. Los edificios, las farolas, los disfraces, se evaporaban. El mundo ante él de desvanecía y en su lugar cobraban forma extrañas figuras que se contoneaban con un ritmo estridente, primitivo. Seres enmascarados como él, que flotaban y gritaban, reían y danzaban, en un caleidoscopio de polvo y colores.
Asustado, se quitó la máscara de golpe. “¿Pero qué leches llevaba esa cerveza?” dijo mirando el vaso, con el corazón que se le iba a salir del pecho.
–¿Qué haces? – le preguntó desde la esquina Cirilo, el de la tasca, al verle reaccionar de esa manera. – Tenéis a todo cristo esperando en la puerta. ¡Ponte la máscara de una vez y tírale ya, hombre!
Aún temblando, volvió a colocársela de nuevo. Casi por instinto, como un acto reflejo, no tanto por gusto sino por no decepcionar al bueno de Cirilo y al resto del pueblo. Y en el instante en que lo hizo, a miles de kilómetros de allí, Ousseni, un joven recién iniciado de la tribu de los Batoufam, se transportó de repente a la calle Mayor de Navalacruz, que contemplaba alucinado a través de las ranuras de su máscara de guerrero.
También él, entre el polvo anaranjado que levantaban las zancadas de los otros enmascarados, entre hojas de bananeros y chozas de barro, pudo contemplar las casas de piedra, los portalones, la vieja iglesia. Al fondo, entre la bruma, la inmensidad del valle: solitario, contemplativo.
Ousseni, a diferencia de Andrés, se quedó completamente paralizado. Miraba en todas direcciones, a aquellos edificios, a aquellas caras, boquiabierto, pensando que sus ancestros le habían transportado a su mundo, al más allá. Para entender mejor la reacción del bueno de Ousseni, hijo del rey de Batoufam, uno debe comprender que el pueblo bamiléké, como la mayoría de tribus africanas, cree firmemente en la magia y en la brujería. Para ellos, sus padres y sus hermanos viven en las calaveras que entierran en el interior de sus casas – a las que además alimentan y piden consejo –, sus líderes consultan las decisiones importantes del reino a una araña clarividente que les indica cómo proceder, y sus reinas, en caso de quedar embarazadas de trillizos, tienen prohibido salir de las cuatro paredes de su hogar hasta que alcancen la mayoría de edad. De ahí que su reacción no fuese tanto de miedo como de asombro, creyendo improbable pero físicamente posible semejante episodio.
Ni Ousseni ni Andrés tenían la menor idea de que la extraña visión que ahora mismo contemplaban era fruto de las máscaras que portaban. Sí, como lo están leyendo (no se asusten ustedes tampoco). Sus máscaras, de tradición tan dispar, les habían conectado por un instante, y les habían permitido ocupar el lugar del otro, y ser uno solo al mismo tiempo.
En todas partes y en ningún sitio
Puede que ustedes no sepan que, en ocasiones, cuando dos personas se ponen una máscara a la vez, sus mundos se intercambian. Se han reportado casos de maoríes perdidos por las calles de Ciudad de México en Día de Muertos y de venecianos aterrizados, en pleno carnaval, en el teatro Minamiza de kabuki en Kyoto (¡imagínense!). Poco importa si los sujetos en cuestión se encuentran a miles de kilómetros, cada uno en un extremo del planeta. Cuando la madera (o el barro, o el marfil) roza sus frentes, ¡pum!, los dos se teletransportan, como por arte de magia, al lugar del otro. Les animo a intentarlo – especialmente si quieren ahorrarse ese maravillosamente caro viaje a Sumatra que tenían previsto hacer el año que viene –.
Ahora enserio, si bien es difícil que este episodio les ocurra en las primeras mil (o cien mil) veces que ustedes se lleven una máscara a la cara, sí es cierto que, desde su surgimiento en distintas comunidades repartidas por el mundo hace miles de años, las máscaras son una de las principales herramientas de las que el ser humano ha dispuesto para conectar con aquello que se encuentra más allá de nosotros mismos, de nuestra individualidad.
La historiografía distingue numerosos tipos de máscaras según el uso que se les pueda dar, si bien todas ellas presentan una característica común: la voluntad de crear una conexión trascendente con la alteridad. El hecho de portar una máscara, ya sea desde un punto de vista metafísico, artístico o social, nos permite dejar atrás nuestra propia identidad individual y conectar con “lo otro”, “lo distinto”, entendido ello como una comunidad particular, la naturaleza en su conjunto o una divinidad concreta (si es que acaso las tres cosas no son lo mismo).
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No se conocen, a ciencia cierta, el lugar ni el momento precisos en los que el ser humano comenzó a fabricar representaciones de rostros, propios o ajenos, y a integrarlos como elementos habituales de su comunidad, ya fuese con fines rituales, funerarios o de otro tipo. Las máscaras más antiguas de las que se tiene conocimiento son una colección de once piezas descubiertas en el desierto de Judea y en las colinas próximas a Jerusalén que datan de más de 9.000 años de antigüedad. Desde entonces – y puede incluso que antes –, a lo largo y ancho de todo nuestro planeta, comunidades y culturas diferentes han ido fabricando estos objetos, con sus singularidades estéticas, y haciendo uso de ellos de manera habitual.
De brujos africanos, duendes del bosque y arañas clarividentes
La historia de este grupo social nos llega a través de fuentes mayormente orales, transmitidas a lo largo de siglos entre los miembros de la comunidad – y especialmente de mano de sus reyes o fo –, por lo que es difícil afinar con nombres y fechas exactos incluso para los expertos. Si bien cada aldea presenta su propio mito fundacional, en términos generales puede decirse que el origen remoto y común de los bamiléké se remonta a las migraciones de los pueblos tikar de la meseta Adamawa, al norte de Camerún, ante el avance de las belicosas tribus fulani. Asediados por estos últimos, y con un trasfondo marcado por las guerras internas y los conflictos sucesorios, parte de estos grupos se desplazó hacia el suroeste, cruzó el río Mbam, y se estableció poco a poco en lo que serían los primeros asentamientos bamiléké de la zona. Este proceso, que se inició probablemente en el siglo XVII y se extendió a lo largo de décadas, supuso solo un paso adicional en el tránsito migratorio más amplio de estas comunidades desde las orillas del Nilo, de donde parece que procedían originariamente (lo que explicaría, según ciertas fuentes, las similitudes que se encuentran entre los tejados de las chozas bamiléké y la arquitectura egipcia).
Lo que caracteriza en particular a esta etnia es su marcada defensa de unas costumbres ancestrales que la identifican y singularizan frente a gran parte de los demás grupos étnicos de la zona. Grandes defensores de la tradición, defienden a capa y espada su historia y su legado colectivo (lo que, en ocasiones, les ha llegado a causar serios problemas, especialmente en el contexto de la reciente formación del moderno Estado camerunés, centralista y laico). Como ya hemos dicho, no sólo llama la atención su curiosa veneración a las arañas, que les conectan con el “más allá”, sino también su devoción hacia una deidad suprema, Ndem (o Mbi, según las fuentes), ser todopoderoso y creador del mundo.
Precisamente en ese “más allá” se encuentran los llamados “ancestros”, esto es, los familiares difuntos de la generación presente que influyen en el mundo de los vivos ayudando a su estirpe o castigándoles si no se comportan como es debido. En una sociedad en la que lo intangible está tan presente y la línea entre ambos mundos es tan difusa, no es de extrañar que las personas que son capaces de entrar en contacto con “el otro lado” desempeñen un papel fundamental. Así, además del rey, sociedades secretas como el kun’gang (misteriosos “brujos” capaces de comunicarse con los no-vivos y caracterizados con máscara negra de terrorífica trompa) son respetados y temidos a partes iguales.
Por su parte, la tradición de Navalacruz parece remontarse a los tiempos prerromanos, a la cultura vetona, de origen celta, asentada entre los ríos Duero y Tajo, y conocida popularmente por sus famosos verracos, figuras totémicas con forma de toro, cerdo o jabalí. Desde entonces, sus transformaciones a lo largo del tiempo han dado lugar a una rica panoplia de personajes que se pasean por las calles del pueblo el sábado de carnaval. Entre ellos, además de los ya mencionados harramachos en sus distintas versiones (aquellos que se cubren con hojas, semillas y barro, y aquellos que lo hacen con pieles y cráneos de animales), encontramos a las carátulas, jóvenes cubiertos de tiras de colores que se inician en la tradición; al vaquero, que premia a los participantes más animados con vino, pan y chorizo; a la vaquilla, que persigue por igual a hombres y a mujeres (muchas vestidas con su tradicional manteo de ruana); y a otros tantos personajes que, quemando peleles y saltando el río (como muestras de esta celebración rica y profusa en detalles) llaman a la protección de la comunidad y a la fertilidad de la tierra.
Pero, y entonces, ¿qué tiene todo esto que ver? ¿Cuál es la relación las suntuosas pieles de leopardo de los reyes bamiléké y los frondosos agallones de los solemnes harramachos? ¿Entre las máscaras de elefante de los brujos cameruneses y el rostro peludo de la traviesa vaquilla abulense? La respuesta última no está en el qué, sino en el por qué.
"Una máscara dice más que una cara"
Como ya se ha apuntado, el elemento que une a todas las máscaras del mundo, sin importar su momento histórico o su ubicación, es su voluntad de trascendencia. Una trascendencia que puede deberse a varios factores, siempre relacionados con el fin con el que se empleen. Así, un uso social de la máscara nos pone necesariamente en relación con los demás, con nuestra comunidad. Lo podemos observar en celebraciones, festividades y danzas rituales. En todos ellos, el uso de la máscara nos incardina dentro de un grupo social, diluye nuestra individualidad y nos integra en él. Podríamos hablar, así, de “la paradoja de la máscara”: mientras su uso pueda dar a simple vista la sensación de aislar a quien la porta, realmente genera el efecto contrario, conectándole con su entorno y con el grupo al que pertenece.
El caso más paradigmático es, qué duda cabe, el carnaval. Desde las saturnales romanas hasta el entroido gallego, a lo largo de los siglos, el uso de la máscara ha conseguido romper moldes sociales, desafiar convenciones, cuestionar normas morales e invertir roles, con un espíritu liberador e irreverente que opera como una tabula rasa: igualando a todos los miembros de la comunidad y obligándoles a mirarse a los ojos, frente a frente, para que puedan redescubrir su unión con la comunidad, sentirse de nuevo parte de ella. De ahí su éxito indiscutible como celebración social a lo largo de tantísimos siglos, en sus distintas variantes.
E incluso cuando parecería que la máscara nos separa del mundo exterior, reforzando esta singularidad personal – como podría ser el caso de las máscaras de gas de la Primera Guerra Mundial o las famosas caretas de pájaro utilizadas en la Edad Media por médicos y enterradores para mantener a raya la peste –, lo hace siempre en relación precisamente con ese mundo exterior, comunicándonos con él sin palabras, haciéndonos conscientes de esa conexión entre sujeto observador y objeto observado que nos lleva más allá del “yo” aislado de su entorno. Incluso el uso de la mascarilla durante la pandemia – estéticamente horrible y de carácter mucho más prosaico que, por ejemplo, las máscaras mortuorias de los épicos reyes acadios – nos hizo durante un tiempo conscientes de la fragilidad de nuestra existencia individual y de la necesidad de trascenderla para proteger a nuestra comunidad y a nosotros mismos.
También el espíritu creativo que encierra la creación de una máscara contiene, como cualquier manifestación artística, una voluntad por empujar los límites del mundo conocido, por cuestionarnos la forma en la que nos percibimos y nos relacionamos con nuestro entorno y por transformar las reglas de nuestra realidad (sabrán bien a qué me refiero si han jugado al clásico videojuego Zelda Majora’s Mask y han podido experimentar las capacidades transformadoras de sus numerosas máscaras).
Finalmente, desde un punto de vista religioso, espiritual o funerario, las máscaras nos conectan con lo que está “más allá”: la alteridad, la divinidad, lo sagrado. Nos permiten trascender nuestra limitada existencia individual y, con ello, franquear la misteriosa puerta que se abre hacia el mundo no físico, no material. Nos hacen sentir parte del “todo”, comprender lo “desconocido”, entrar en comunión con los dioses. Nos obligan, en definitiva, a salir del pequeño constructo egotista que representa la suma de nuestros cuerpos y nuestros pensamientos, y darnos cuenta de que formamos parte de algo más grande que nosotros mismos.
Masks on
Sin embargo, la progresiva desaparición de las máscaras y las celebraciones de este tipo en nuestras sociedades pone de manifiesto que estamos perdiendo nuestra capacidad de “trascender”. El antropólogo e historiador Julio Caro Baroja ya daba por muerto en 1965 el carnaval en tanto que celebración – y, en consecuencia, el uso implícito de las máscaras en el mismo –. Las dinámicas presentes en el mundo en el que vivimos tienden a exacerbar una individualidad excluyente que refuerza el sentido del “yo” aislado y se sirven de las nuevas herramientas a su disposición (redes sociales, internet, turismo de bajo coste) para crear una ilusión de proximidad y conexión universales, en las que lo efímero y superficial del contacto, junto a la falta de asideros físicos y tangibles de las relaciones humanas, acaban poniendo de manifiesto el vacío que subyace a este pretendido vínculo interplanetario. Ya no hay madera que tocar, no hay marfil al que agarrarse, ni cobre que pulir antes de salir a bailar con el resto de la tribu.
Así, “la paradoja de la máscara” también funciona en sentido inverso y, aunque parezca irónico, esa práctica de liberación tan presente en nuestras sociedades de hoy en día que representa el “quitarse las máscaras” no nos lleva necesariamente a una mayor conexión con los demás, sino que más bien nos fuerza a tener que reivindicar nuestra individualidad por otras vías, separándonos más en última instancia del mundo que nos rodea.
De ahí la necesidad imperativa en nuestras tradiciones de volver al ritual, a la máscara como elemento de unión trascendente y comunión colectiva. De hecho, vemos que, cada vez más, nuestras comunidades buscan revitalizar sus tradiciones y su pasado, y demandan celebraciones compartidas, ritos y, por supuesto máscaras, en una respuesta inconsciente a los retos globales a los que el mundo hace frente. Así, en un contexto en el que los grandes desafíos de la humanidad trascienden las fronteras y nos afectan a todos por igual (el cambio climático o los conflictos internacionales son tan solo algunos ejemplos), la máscara se convierte en un instrumento de superación del “yo” aislado, una herramienta de conexión con los otros, de empatía hacia el sufrimiento ajeno – que también es propio, aunque precisemos de una máscara para comprenderlo –. El hecho de portar una máscara es, pues, un acto trascendente que teje un hilo invisible con todas las demás máscaras repartidas por todo el planeta a lo largo de la historia, y nos hace entender que no somos más que manifestaciones dispares del mismo sustrato común.
En ocasiones, como les ocurrió a Ousseni y a Andrés al ponerse las suyas, esto resulta difícil de comprender y procesar. Pero si por casualidad alguna vez ustedes se encontrasen en las remotas profundidades de la selva africana o les diese por ir a visitar las mascaradas de la sierra de Gredos y les animasen a ponerse una máscara, no se asusten. Recuerden este artículo. Piensen en los harramachos y en los reyes bamiléké, y sepan que, en ese momento, formarán ustedes parte de algo más grande que les incluye y les trasciende. Que estarán conectados con el mundo que les rodea. Que serán, por unos instantes, “el universo contemplándose a sí mismo”. Y todo eso con tan solo ponerse una máscara. ¿A que resulta fascinante?
Autores
Gonzalo Leiva es diplomático. Estuvo destinado en la Embajada de España en Camerún entre 2022 y 2024. Como escritor, ha publicado su primera novela, Garabullos. Aquí se publicó un capítulo de la misma, El niño que nació de un árbol que ilustró Guiomar Martín
Carlos González Ximénez (Madrid, 1961) es fotógrafo y etnógrafo. Se dedica, desde hace más de tres décadas, a la documentación de máscaras rituales y tradiciones ancestrales, especialmente en la Península Ibérica y el norte de África. Carlos entiende entiende la máscara no como folclore, sino como símbolo vivo, identidad colectiva y expresión artística. Es miembro de la Academia Ibérica de la Máscara y fundador del proyecto Máscara Ibérica, referencia en la investigación y difusión de estas manifestaciones. Su obra ha sido expuesta y publicada en distintos medios culturales, y forma parte de proyectos audiovisuales internacionales, entre ellos el documental “Queen of Chess” (Netflix).