Hace ya unos meses recibimos un correo con la frase que titula este artículo por asunto. Roberto Bastida nos ofrecía colgar en el espacio virtual que aquí os brindamos, queridxs amigxs castellanxs, algunos de sus poemas. Y nosotras, obviamente, ibamos a decir que sí y que muchas gracias. Así que aquí estamos. Roberto es nada menos que el ganador más joven del accésit de poesía del Concurso de Arte Joven de la Junta de Castilla y León y tiene un poemario publicado, Escamas, que podéis encontrar en varias bibliotecas además de en este enlace.
Roberto es de Ciguñuela, un pequeño pueblo de Valladolid, pero ha estudiado dos filologías en la ciudad universitaria castellana por excelencia…Salamanca. La ciudad adoptiva de Unamuno está muy presente en sus poemas, pero también el paisaje de adobe, pino y trigo de los Montes Torozos. Por eso las fotos de María Curero le vienen al pelo.
No nos entretenemos más con explicaciones prosaicas, que a la poesía, salvando, quizá, las imágenes, todo le sobra.
Verde Scheele
Está dentro de su esencia, del mundo
velado entre las espigas
cuando aún no han retornado
sus nietos a las guaridas.
El tono es el de la esperanza,
se mece al viento, se vuelve mar
lo que en otro tiempo ha de ser pan.
Y la marea es silenciosa al oído,
difícil de disfrutar, complicada
para empaparse; deja roncha
si no aflora más que la mala intención,
si vemos una flor cortada y cardos
afincados en las cunetas,
si solo queremos la hacienda
del idilio en lo rural.
Con todo, el corazón, el recio
cuerpo que nace, brota, se alarga
y engrandece al verse viejo,
pierde su tono y deja olor
—a verde Scheele—
cuando llega la juventud y reconoce
lo ancha, larga y bella
que puede llegar a ser Castilla
cuando se la venera
nueva, descollante, moza;
cuando no haya más emperadores
para que los niños jueguen
y los jóvenes se besen
entre el trigo y la cebada
en el verano de sus vidas.
En la meseta
Entre los árboles,
en la meseta,
el dorado de las hierbas
y el escozor de sus licores.
En esa esparcida densidad
han vivido mis amores
buscando buscadores
y creciendo en las espigas,
las afiladas puntas del grano
que uno integra por azar
y que dejan un reguero
de esperanza a su pasar.
La Castilla charra
Si has vivido entre paredes
del color de un día claro
y de la noche del barullo
si has vivido aquí, antigua
patria del buscar,
sabrás que la universidad
en la que se tiran las piedras
por quererlas como antaño,
hay un cierto olor a mate,
un antibrillo que da luces.
Sabrás, amor novísimo, que el
marrón que decolora
pretensiones de grandeza
no ensordece mas refleja
tantas cosas que sentimos,
que me ha dado la fachada,
el pasar sobrevolando.
Que mi casa es libertad,
sinvergüenza de estudiantes,
en una ciudad que hiberna
en verano en la Castilla
más entera que haya visto
más ligera y lisonjera,
cuna ecléctica de sueños
A ella la dije
La dije que volviera a casa,
que la esperaba en la gloria
con las manos enganchadas
a las puntillas del tapete,
con el dedo sobre el blanco
tejido como la nieve y endeble
como la tela de una viuda.
La dije que estaba al otro lado,
que no podía desesperarse,
que volvería a salir de noche
y a ver en el camino al jolgorio
a la juventud, al baile y a sus mozos.
La dije, tenue y cálido,
que volvería a verse fuerte
y que las arrugas son de arado,
de tierra fértil y futura.
La dije que se rasparía las rodillas
con los cantos y daría
palazos ingenuos a los cardos
pardos y acartonados
o violetas como pocas cosas había.
La dije que no temiera,
que se irían como se van siempre
y volverían las abuelas y las madres
y las voces más ilustres.
La dije que me encontraría
por las plazas de sus pueblos
buscando el amor
y buscando a sus amores.
La dije que volvería,
que no puede olvidarse
el cándido fresco del hogar,
que no se preocupe
porque la llevo dentro y la llevo viva,
que jamás habrá para mí
cuna tan plena, moda tan ancha,
casa tan mía como Castilla.
Piedra de Villamayor
Cada noche que vuelvo de un bar
entre gritos, aspavientos y mocedades
retorno de alguna que otra cruzada,
dejo una mella en la esquina
de la Cuesta de los Borrachos
porque la piedra de Villamayor
debe, en la escala de Mohs, quedar
por debajo del raro mundo
de un estudiante con alcohol.
Una vez la subí con la ilusión
de un amor nuevo, de su barba,
de unos ojos y unas manos ásperas,
de una boca madrelengua ingenio.
Se quedó en una noche —en esa—,
en una cuesta —aquella—.
Pasó de nuevo tiempo antaño,
tiempo después, ya no me acuerdo,
como un Peter Pan a cero grados.
Volví a subirla, me caí,
fui recogido por las piedras
que nunca me han fallado
así que esa noche quedé con ellas
en un banco aposentado.
Volvió a ser cosa de una noche,
volverá a ser mitología suya
para adornar en los balcones,
como un cuento de Calixto en piedra
casi casi de medicina,
casi arqueológico —como el “algún día”.
Regresé y volví a subir de día,
de tarde, de mediatarde, de medianoche.
Cuando creí haber perdido la cuenta
de las veces que me había entregado
a la esperanza cuesta arriba
vi las mellas en la piedra
una por cada vez que, de bruces,
se da uno en la llamada “piedra franca”
para volver de la noche a la mañana
a seguir otra mirada encandilado
por el dorado de las calles;
una mano a otra agarrada.
Hiemal
Los inviernos de mi infancia
viven en compañía,
en un pequeña casa
de adobe y sueños
con las puertas de madera
carcomidas por las épocas
de mis padres y mis abuelos.
En ellos vivo yo,
vivieron cinco o seis amigos
que de noche, cuando dormimos,
nos juntamos como antes.
Paseamos,
damos guerra,
brincamos una tapia,
tentamos a una araña,
caemos por una colina
y nos despertamos para hablar
de esa curiosa abadía
virgen de enormidad
a la que volveremos
cuando la luna sea hiemal
y el aire fácil de respirar.
En la uralita
Me quiero creer
que de mis pulmones
a un tejado de uralita
hay milenios en miniatura
pero sé que estará en ellos,
que en mis alveolos cría
algo de aquellas naves
y que sin haber fumado nunca
tengo algo de polvo dentro,
un deje, un longeva amiga,
carácter recio,
y aguante al frío,
olor a ajo, a carne, pan.
Dentro tengo
el ser de agosto
y en la uralita
habré hecho un nido,
allí estaré, allí vivía;
allí nací, allí moría.
Yo quiero ser
Mamá, yo quiero ser
ante todo palabras
inesperadas y vivas
de las que se colocan acurrucadas
una mirando las espaldas
de otra, su coma y su punto,
la conjunción, quiero ser ella.
Mamá, yo quiero ser poeta,
me da miedo cerca o lejos
pero quiero poder llegar
de arriba abajo ajado
por el mismo bolígrafo
con el que se firman los certificados
y nacen y muren nombres.
Mamá, yo quiero ser artista,
quiero que la tierra capaz
de hacer de la concha sin mar
la estrella del firmamento
me dé un rebote en el corazón,
se acuerde de mí cuando toque
que las letras de mi nombre
se sigan unas a otras
en una esquela repleta
de tantos caracteres
que no se verá más vacío,
seré todo de la gente,
de todos ellos será lo mío.