De cuando salíamos a pasear por las calles y no tan calles de Villanueva de Alcardete

Mireya Santiago Notario
Fotografías:
Mireya Santiago Notario

Hacía calor y se palpaba, el sol nos tapaba casi los ojos y enteros los poros de la piel. La luz se colaba por los recovecos de los árboles y la era entera se doraba. Yo no sabía lo que era aún preocuparse o echarte de menos, por eso la vida tenía tanto encanto. Recuerdo, así, lo que era caminar contigo. Tus pasos mansos, no había que llegar a ningún sitio, suaves como esa brisa que nos soplaba en la nuca, y tus boca repletita de historias. Mis ojos se mantenían libres y, de reojo, te ansiaban como compañía. Así, en mi pueblo, aprendí lo que es la tranquilidad, el sentir el tiempo a nuestro lado caminando con nosotras como si fuese uno más, dándonos la mano y contándonos también cosas.

Las calles podían acabarse, difuminarse con la tierra como lo hacen las olas en la orilla del mar, pero nuestros pasos no paraban. Es curioso que yo aún no supiese lo que era el cansancio, y el tuyo parecía no existir cuando estabas conmigo. Me agarrabas de la mano y yo sentía tu piel, tan trabajada por el tiempo y por tu vida. Nunca sentí una mano igual a la tuya, abuela.

Sentada en alguna cepa, bajo la sombra de cualquier almendro, recuerdo también cómo me mirabas. Yo estaba bastante ocupada corriendo entre la broza del campo, probablemente detrás de algún vencejo que quisiera adoptar para entretenerme esa misma tarde. Luego rebuscaba entre todo, buscando alguna amapola para dejarla sobre tu mandil. Y si tenía suerte, encontraba hasta algún borreguillo suelto, pero eso solo si tenía suerte. Solíamos juntarlos todos en un ramillete y, ya en casa, meterlo en un jarrón que adornara la repisa o la mesa de la gloria.

A la vuelta, el sol daba trompicones detrás nuestra y nos guardaba las espaldas. Mientras que las sombras se alargaban y se alargaban sobre esa tierra manchega que me crió, tú me contabas de nuevo la redicha historia sobre cómo mi madre y mi tía tiraron abajo el portón de la corraliza, cuando aún aprendían a conducir. Las mariposas se cruzaban entre nosotras. Yo golpeaba los cantos del camino y me entretenía con cualquier bicho que se ponía delante de mis pies. Todo era interesante y nunca sentía el tiempo empujándome.

Pero para cuando me quisiera dar cuenta, tú ya me habías adelantado y me llamabas desde el esquinazo venga ricona, que tu abuelo estará asando ya las patatas en la lumbre. Cuando no me gusta dónde estoy, vuelvo a estos momentos, abuela.

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