Texto y fotos: Elisa González
Dos noches en llamas
En Nava del Rey (Valladolid), la noche se enciende con fuego dos veces al año debido a la procesión de la Virgen de los Pegotes, una fiesta declarada de Interés Turístico Nacional que fusiona tradición y mística.
Se trata de una tradición que envuelve al pueblo en un manto de fervor y llamas. Cada 30 de noviembre, la imagen de la Virgen de la Concepción desciende del monte a oscuras, escoltada por una comitiva tradicional que ilumina su camino sólo con antorchas.
Los gritos a la virgen, el humo, la oscuridad y las chispas crean una atmósfera mágica que te traslada a tiempos medievales. Las hogueras, símbolo de pureza y desafío, guían a la comitiva por las calles del pueblo, mientras el vecindario se congrega en las calles demostrando su devoción a la Señora de la Concepción. Esta fiesta, arraigadísima en la historia de este pueblo castellano, es un testimonio del profundo lazo entre lo sagrado y profano, entre la historia antigua y la devoción católica.
Orgullo y puros
El orgullo es quizá otro elemento que caracteriza éstas fiestas. Los muleros, aquellos que llevan el carruaje tirado por caballos y mulas, fuman y beben, orgullosos. Los vecinos y el ayuntamiento les ofrecen puros y el vino rancio de la bota durante el camino mientras llevan a los animales por las calles que arden en fuego.
Otros elementos claves en la procesión de la Virgen de los Pegotes: los niños encendiendo antorchas por todo el pueblo, las castañas asadas que te ofrecen al final del recorrido, el carruaje del siglo XVIII, el fuego y los pegotes (antorchas) que iluminan las calles, el vino rancio que se bebe y los gritos y los piropos que se lanzan a la virgen, ensalzando su pureza: “tronco de la Fe” o “Viva la Pura y sin Mancha”…
Después de la novena, el 8 de diciembre se hace “la subida”, el recorrido de vuelta a la ermita de la Virgen de la Concepción.
Todo empezó en el año 1745…En el siglo XVIII, en la fiesta de Nuestra Señora de la Concepción, una tormenta dejó sin luces al pueblo. Los habitantes de las Nava del Rey encendieron hogueras y pegotes para iluminar el camino y pasear a la Virgen.
En la actualidad, esta es una fiesta única de las Nava y ha sido declarada de interés regional y nacional.
Ruralismo mágico
Para mí, en Castilla existe algo que podría llamarse “Ruralismo mágico”, basado en nocturnidad, vírgenes, religión, licor, medievo, orgullo y fuego.
Las tradiciones castellanas, muy arraigadas en la religión católica, ensalzan la pureza de la Virgen. Sin embargo, esta dimensión religiosa se fusiona con elementos paganos ancestrales incorporados con el paso del tiempo, mostrando un sincretismo característico en Castilla. Por ejemplo, el fuego como símbolo de la pasión y la purificación, o el consumo de vino y licores durante las fiestas son rasgos característicos de muchos rituales precristianos.
Esta fusión de lo sagrado y lo profano, de lo antiguo y lo contemporáneo crea un universo en un espacio y momento determinado que para mí se podría denominar “ruralismo mágico castellano”. Este concepto que propongo, deriva directamente de la corriente “Realismo Mágico Sudamericano” donde lo cotidiano y lo extraordinario se mezclan en un mismo espacio y lo fantástico se manifiesta en las creencias populares, siempre desde las narrativas de la clase trabajadora, populares. En estas tradiciones, la figura de la Virgen se convierte en un elemento de devoción a la vez que un elemento fantástico y místico, y los escenarios rurales se convierten en leyendas que beben de la historia.
A mí, que me crié en un pueblo de la meseta fría castellana, esta fusión de lo religioso y lo rural, de la modernidad y la tradición me transporta al pasado y me parece casi como un sueño evocador parecido a un “surrealismo castellano” dónde las tradiciones trascienden a través de lo simbólico y a pesar del tiempo, con un peso extraño y familiar ubicado siempre en el plano de los sueños y de la representación.