Crónica espiritual (y social) de la Semana Santa de Zamora

Carmen Abril
Fotografías:
Carmen Abril

Lunes 14 de abril de 2025, Zamora. Primera jornada de la Semana Santa. Aparcamos el coche y ponemos rumbo al casco viejo. Me acompañan mis padres, que están de vacaciones. Llevamos tres años queriendo venir. No a la Semana Santa de Zamora en general (que también), sino, muy en especial, a ver El Cristo de la buena muerte. En esta procesión, un río de cofrades ataviados con túnicas encapuchadas, muy semejantes a hábitos de monje medieval, recorren la parte antigua de la ciudad portando antorchas (de verdad, de fuego) y cantando en latín (de verdad, a capella). 

La procesión empieza a medianoche, así que pensamos que lo perfecto es llegar a las 21 y hacer tiempo disfrutando de la gastronomía local zamorana.

De camino a la plaza, nos encontramos con una procesión. En ese momento no lo sabíamos, pero era La Tercera Caída. Los vericuetos intrincados que dibujan las callejuelas de la vetusta Zamora hacen que, en nuestro camino a la plaza, no sepamos si estamos viendo una y otra vez  el mismo fragmento o es que hay más de una banda. Resulta, también nos enteramos después, que hay 5.  

De puntillas, en una de esas callejuelas por las que pasa la procesión, intento hacer las primeras fotos y capturo con el móvil a unas chavalas que están viendo la procesión sentadas sobre un alto y comiendo pipas. Por encima de sus cabezas, en un balcón, otra adolescente cruzada de brazos con su madre al lado, también sigue con la vista a los cofrades, aunque sin comer pipas. Subo a Instagram un storie diciendo “Aupa lxs adolescentes resignadxs viendo la procesión”

Lo hago totalmente inspirada en mi propia experiencia, porque me recuerdan a  cuando íbamos al balcón de una amiga de mi madre a ver la Semana Santa en Valladolid, y contemplábamos el pasar de las cofradías con cierto interés al principio y bostezando al poco rato, pensando en quedar con lxs amigxs para beber calimocho en un vaso de plástico del tamaño de una maceta. Laura Merayo, pintora zamorana sobre la que podéis leer aquí, contestó: “Si estuvieran resignadxs estarían en la cueva fumando porros JAJAJJAJAJJSJAJAJSJJS es lo q se estila ahora: una buena procesión con las amigas, comer pipas y cuzear quién sale ajsjaksjjajs” y yo me dije, “ah pues mira”, pero no estaba preparada todavía para la forma en la que esto me iba a ser confirmado poco después.

Cuando conseguimos llegar a la plaza, lxs primeros cofrades de la Tercera Caída ya habían llegado y estaban empezando a formar un amplísimo círculo. En los márgenes de ese círculo se arraciman lxs observadorxs, entre lxs que nos contamos. Los balcones, cuajados de banderas de Zamora y de pendones de cofradías (aunque sobre todo de banderas de Zamora), abrazan la escena. Nos encontramos por sorpresa con Nico Rodríguez, que por fin se ha soltado del grillete que le anclaba laboralmente a Madrid y ha montado su propia agencia de comunicación, Burru, así que resulta que está aquí trabajando.

Qué bien. Le contamos con emoción nuestra intención de perseguir al Cristo de la buena muerte por todas las calles, desde su salida de la iglesia San Vicente, en la misma plaza. Nos cuenta que esa no es la manera. Si de verdad queremos ver el espectáculo, lo que tenemos que hacer es esperar en la plaza Santa Lucía. Los cofrades se congregan allí y cantan juntos, aunque nos advierte que es muy difícil que consigamos un sitio. Esto coincide con la recomendación de Javier Colinas, ex becario de La perdiz y autor, precisamente, del artículo Semana Santa en Zamora”, que os recomendamos mucho leer.

Determinamos que siempre hay que hacer caso a lxs autóctonxs y decidimos hacer la espera en Santa Lucía después, eso sí, de cenar un poco por las calles zamoranas. Lo intentamos en BAYADOLIZ, no solo por la guasa de que venimos de allí, sino también por recomendación de Nico ( y de nuevo de Colinas, que lo mencionaba en su artículo). Había cola a pesar de que en ese momento casi todo el mundo estaba en la plaza esperando, así que nos terminamos decantando por Los abuelos.

La comida podría haber sido mejor, pero tampoco fue mala y el dueño, con la cara muy colorada, nos estuvo amenizando la cena con sus reflexiones sobre la vida. A mí me encantó el grifo de cerveza en forma de escultura de dos abuelos, que nos contó que era obra de Ricardo Flecha, un reconocido escultor zamorano. Tenía gracia porque desde la terraza veíamos de frente el televisor dentro del bar, donde estaban echando en el canal 8 lo que ocurría precisamente en la plaza, que veíamos por el rabillo del ojo a la derecha y cuyos acontecimientos escuchábamos con claridad.

Fue así como supimos que el gran círculo de la plaza daba acogida los 5 pasos que había procesionado (cada uno seguido de su correspondiente banda) y donde nos dimos cuenta de las verdaderas dimensiones de la cofradía, de 2000 miembros. Estxs, sumados a la verdadera multitud de observadorxs en la plaza sumarían cerca de 7000 almas

La ciudad entera echaba bombas y bullía de emoción. Empezamos a comentar que en Valladolid no es tan así. Las comparaciones son odiosas y no hacen falta, pero llama la atención porque en Valladolid la Semana Santa es también importantísima. Sin embargo, da la sensación de que la población de la ciudad se divide entre lxs que sienten indiferencia y entre lxs que lo viven desde el fervor religioso. Aquí la ciudad entera estaba a una, y eso que aún no habíamos visto lo que estaba a punto de ocurrir en la plaza.

El Merlú

Justo cuando terminamos de cenar y nos asomamos un poco a la plaza, aunque sin esperanzas de llegar a ver nada ni de entrar porque no cabía un alfiler -hasta el Merlú estaba tomado- empezaron a cantar. Bueno, yo nunca había oído cantar a más de mil personas a la vez la misma canción, y di por hecho al toque que había un altavoz de por medio con la canción grabada, que aquello no podían ser mil voces naturales pronunciando las mismas palabras rituales que todos los años, con la misma melodía de siempre, al unísono. No nos dimos cuenta hasta que me subí a un alto y vi la cantidad de gente agolpada que había en la plaza y que todxs movían los labios y de que aquello era de verdad, analógico, natural. La voz de una ciudad, de Zamora entera, cantándose a sí misma.

Mi madre, que había estado intentando defender la posición de la Semana Santa de Valladolid, tuvo que darnos un poco la razón. Allí no ocurre que toda la ciudad se junte en la plaza a cantar la misma canción al mismo tiempo. En algunas procesiones se puede cantar un salve, pero esto es otra cosa.  Y aún nos quedaba el corazón de la sorpresa que la SS zamorana nos tenía preparada y la procesión por la que habíamos peregrinado, El Cristo de la buena muerte. 

Nos dimos cuenta de que todo el mundo salía de la plaza en la misma dirección, precisamente bajando por la callecita en la que estábamos nosotrxs, con cierta prisa, algunxs casi corriendo. Nos dimos cuenta de que iban a Santa Lucía y de que Nico y Colinas tenían razón. Teníamos una posición totalmente estratégica así que nos dejamos llevar por el río de gente y, bordeando la muralla, nos colocamos en la plaza de Santa Lucía en menos de un minuto. Y aún así no encontramos sitio en la plaza. Ya nos habían advertido. La gente espera desde primera hora de la tarde. Eran las 22, faltaban más de tres horas para que El Cristo de la buena muerte llegase, y todos los sitios de la placita medieval al regazo de la iglesia de Santa Lucía estaban cogidos.

Tuvimos que conformarnos con un alto desde el que podríamos avistar a los cofrades llegando y más tarde su subida hacia la muralla de la ciudad, que nos guardaba la espalda. En mi bajada a otear nuestras (nulas) posibilidades de conseguir un sitio en la plaza, mis ojos prácticos, que buscaban hueco, no pudieron evitar advertir otra cosa, que poco tenía que ver con mi misión pero que saltaba a la vista de manera flagrante. Ahí solo había chavales de la edad de mi hermana Anita. Mirase a donde mirase, nadie tenía más de 25 años.

De verdad, era llamativo: sólo había grupos de post adolescentes. Subí con el cuento a mis padres y rápidamente extrajimos una conclusión: “Ah, estarán aquí medio de botellón, será como su plan de este lunes de vacaciones, venir aquí a beber y de paso esperar a la procesión.” Empezamos a fijarnos bien. Ni un solo grupo tenía la antiestética bolsa blanca de supermercado en medio. Nadie, absolutamente nadie, tenía una lata de cerveza o un calimocho en la mano. Tuvimos que frotarnos un poco los ojos, pero era así: allí no estaba bebiendo nadie. Sólo estaban esperando.

Había mucho bocata envuelto en albal -probablemente los famosos montaditos de lomo del BAYADOLIZ- bolsas de pipas, botellas de agua, latas de coca-cola…pero ni un atisbo de botellón, ni un altavocillo portátil en el centro de un grupo…los chavalxs estaban, simple y llanamente, esperando. Y viéndose unxs a otrxs, claro, eso sí. Cuzeando, como decía Laura (cuzear es cotillear, vacilar, camelar, supongo que el equivalente a vacinear en manchego). Todxs andaban muy nerviosos de arriba para abajo llamándose y asegurándose de que todas las personas del grupo encontrasen la ubicación que habían conseguido “tenemos segunda fila, ¡no está mal!”.

Unas chicas sentadas enfrente de donde estábamos se cubrían fraternalmente las piernas con la misma manta y rumiaban sus bocadillos. Les hice bastantes fotos -espero que me perdonen si llegan a darse cuenta- porque estaban monísimas. Otras dos, muy majas, sentadas a nuestro lado, fueron quienes nos contaron que en Zamora cada paso -no cada cofradía, cada paso que posee la cofradía- va acompañado de su propia banda.

La gente

Aquí ya sí, mi madre tuvo que darnos la razón: La población joven de Valladolid jamás se había congregado más de dos horas en una plaza a esperar una procesión, monacalmente, sin beber, con el único fuel de una bolsa de pipas y un bocata y la única intención de ver bien la procesión y camelar un poco. 

En Valladolid la Semana Santa existe, es estupenda, y mucha gente la sigue con fervor y mucha otra incluso viene de fuera a verla, pero otrxs muchxs siguen con su vida como si nada, si acaso molestxs por el corte de calles o también, muy habitualmente, marchándose a cualquier destino de playa a desconectar unos días.

En Zamora, la Semana Santa es La cosa. Al parecer, lxs zamoranxs se piden la semana completa. Era lunes laborable y Zamora, habitualmente desierta, estaba a reventar a las 2 de la mañana, y dudo que fueran turistas porque no tuvimos ningún problema encontrando alojamiento. También dudo que nadie se vaya de vacaciones a otro lugar. Parece ser que toda la población zamorana emigrada (que tristemente es numerosísima) reemigra esos días, vuelve a casa, inunda las calles y funde sus voces y sus sentires junto con lxs que nunca se han ido en El Merlú. Saben que la SS es momento de reencontrarse. Todxs están de acuerdo en que es el corazón de su identidad como ciudad. No es igual. 

Ahora paso a contar lo increíble de la performance visual y espiritual del Cristo de la buena muerte, pero os digo desde ya que a mí lo que más me impresionó de la Semana Santa Zamorana no fueron los miles de cofrades, las numerosas bandas, el cantar a mil voces ni la impresionantísima puesta en escena con las voces a capella y con las antorchas: fue la gente. Me emocionó de verdad lo bonito del reencuentro, el estar ahí, todxs a una, la ciudad entera. Lo tierno y lo poderosísimo de esa unidad popular. La cultura y la tradición sirven para eso. Lo siento, pero la fe es lo de menos. Lo que es, o debería ser, completamente sagrado son los lazos reales entre las personas.

Juntarse y que alguien (casi siempre una mujer) haya preparado tortillas y torrijas para amenizar la espera de todxs. Juntarse y llevar todos el mismo traje, saberse hermanxs, aunque sólo sea durante unos días, del resto. Compartir una bandera, unos colores, unas imágenes, unas canciones…que en sí son fútiles, pero a efectos prácticos nos conectan con el resto y nos enseñan que lo bonito es cooperar, hacer algo juntos aunque “no sirva para nada”. Cantar no sirve para nada, procesionar no sirve para nada y honrar un imaginario quizá obsoleto puede parecer que no sirve para nada, pero en realidad sí sirve, para todo, pues, si no fuera por ello, sólo quedarían como espacios de encuentro popular la fiesta (tóxica en parte) y el fútbol (tóxico en parte). Hay que proteger esos espacios de unión ciudadana puramente cultural. Esos lugares de socialización intergeneracional (importantísimo esto), tradicional, sana y buenísima. Si a alguien le parece que la SS es algo casposo sólo porque tiene que ver con la religión, de verdad, que se dé un paseo. En concreto, que se dé un paseo por Zamora. La Semana Santa no va ya de eso. 

Igual que durante las Mascaradas, un grupo de vecinxs se reúne y performa colectivamente y lleva a cabo una representación cultural que les fue legada de sus antepasados y que es concreta, no ya de su tierra en general, sino de su zona en particular, lo mismo sucede durante la Semana Santa. 

Muchísimxs de lxs participantes ni siquiera serán ya firmes creyentes. Otrxs lo serán. Algunxs de forma más tóxica, otrxs encontrando consuelo y guía espiritual en estos tiempos de incertidumbre y ansiedad, que tampoco está mal, sobre todo cuando está acompañado del elemento comunitario

Nuestro ramadán

Creyentes o no, también está el factor penitencial, el factor parar, el factor aguantar. Aunque suene un poco raro decirlo, es muy edificante y rompe mucho con la dinámica que arrastramos, estimulada por el capitalismo, de buscar darnos gusto al cuerpo constantemente. Es un poco como el ramadán, tradición que yo personalmente admiro bastante. Me parece  muy bonito reservar un momento al año (tampoco hay que vivir siempre penando) para juntarse lxs miembros de una comunidad y tratar de sujetarse, de purificarse, de estar sin hacer lo que normalmente y por inercia buscarían hacer. Estar quietx, sin hacer nada, aunque sea dos horas y esperando en una plaza con frío, puede resultar terapéutico para  cabezas ya casi adaptadas por completo al frenetismo, al consumismo constante de estímulos y placeres, a la prisa y a la productividad

foto de Nico Rodriguez

A veces, quedarse quietx y no hacer nada es salud y si se comparte la carga en comunidad, y se riega el acto con música en directo y escultura y flores y performance sensorial (que invade hasta lo olfativo), pues joder. Creo que para no ver el valor social y cultural de eso hay que hacer un esfuerzo, o tener motivos subyacentes. Y lo entiendo. Entiendo las reticencias que puedan tener algunxs por las implicaciones históricas recientes de comulgar con la iglesia católica en este país. Pero tenemos que ir superando eso ya, a mi parecer. En Zamora lo han hecho.

En Valladolid, puede que todavía no. La Semana Santa parece seguir siendo dominio de un segmento muy concreto de la sociedad, pero sería precioso hacerlo nuestro lxs demás y que fuera de todxs, de cualquiera con sensibilidad artística y con ganas de habitar un mundo en el que las personas se comunican y relacionan entre sí más allá del consumo, un mundo en el que podemos compartir colores y canciones más allá de los equipos de fútbol y los partidos políticos, atendiendo solamente a nuestra identidad cultural, que es una cosa tan imprecisa y voluble como poderosa y bonita.

El Cristo de la buena muerte

El Cristo de la buena muerte es impresionante. Impresionante. Lo decía antes, el nivel performático, estético y espiritual de esta procesión es absolutamente increíble. Una semana Santa que andéis más desahogadxs, coged alojamiento en Zamora para esa noche. Visionad el Merlú y después poned camino corriendo a la plaza de Santa Lucía. Tendréis que esperar bastante. Nosotrxs estuvimos dos horas, pasamos un frío de aupa y a ratos temimos haber tomado la decisión equivocada para esa noche. No fue así. La espera mereció totalmente la pena.

Por lo visual, desde luego, y también por lo auditivo. Hacía mucho tiempo que no escuchaba cantar así y de no haber estado delante mis padres me habría puesto probablemente a llorar. La música es una cosa, eh. Te conecta con tiempos pasados y con sentimientos universales, atemporales, con algo muy hondo, que se puede decir casi divino, pero que también te conecta con lo natural, con lo animal… En fin, eso ya son otras cuestiones. 

De pronto, y después de tanta espera, las farolas se apagaron. La gente se rebulló nerviosa. Los hermanos fueron llegando a la plaza lentamente, cantando e iluminándolo todo con la luz mágica de las antorchas. No dejaban de llegar y descubrimos que esa cofradía, que creíamos de las chiquititas, contaba también con 600 participantes. Como sucediera en la plaza mayor con los capuchones de la Tercera caída, los cofrades iban tomando posición, dibujando el diámetro de la plaza y, en el centro -aunque nosotros no llegábamos a verlo- formaba un círculo concéntrico el coro ancestral que me hizo contenerme las lágrimas. La luna, casi llena, azulísima, contrastaba con el naranja de los pequeños fuegos que portaban los cofrades e iluminaba la noche, despejada, con estrellas y alguna nube añil.

Portando el paso, un Cristo yacente gigantesco, y después de recitar un salmo grave y solemne, los cofrades fueron emprendiendo el camino de subida hasta la muralla, formando un río de luz y de música vocal (no llevaban ni un solo instrumento) que se perdió en la oscuridad de la noche, dejándonos solxs con nuestros pensamientos, pero unidxs, unxs con otrxs, en esa plaza de Santa Lucía.

Viva la Semana Santa zamorana, la población zamorana y un poco en especial, lxs chavalxs zamoranxs. Viva El cristo de la buena muerte y vivan las representaciones culturales y las tradiciones que sirven para atarnos a los seres humanos unxs a otrxs con lazos fútiles y fundamentales, de hermandad mutua, y con la tierra.

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