Un poco pijo

Texto: Lucas Enríquez 

Ilustraciones: Carlos Voba

Un poco pijo

 En aquella época imaginaba el cielo como un chalé lleno de señoritas francesas que supieran liar porros y hacer lentejas con chorizo sin que se les movieran ni mancharan sus frondosos cabellos rubios, pero con el tiempo los sueños de uno son tumbados por eso que llaman la madurez, y acaban instalándose en un apartamento con una abuela de Sanabria, que da más conversación y le tiene el punto mejor cogido a las lentejas. Esto lo aprendí pronto, así que una de mis primeras vacaciones las pasé en Santander (que también es Castilla) sin demasiada emoción y con la intención de ponerme en rodaje. 

Fui con cuatro amigos, y compramos para nuestra excursión una piedra de hachís de 50 pavos que observamos como si fuese un guía espiritual, o vete tú a saber qué Dios. Intentaríamos vender un poco del total para irnos pagando las fiestas. Cuando llegamos a la primera discoteca, dos de los nuestros se fueron a intentarlo con unas raxetas que, como anunció Sebas, “fumaban seguro”. Yo me quedé apoyado en la barra, primero intentando dar la imagen de un escritor con tuberculosis de principios del siglo XX, tomando casi una posición fetal introvertida con mi whisky-tónica de la mano, para después tratar de aparentar un aspecto algo más varonil, con un estilo de Hemingway sin barba. En ese momento se me acercó Pablo, el más baboso del grupo, con los ojos totalmente achinados y me preguntó que porqué no estaba ligando. 

Sinceramente, la pregunta me molestó. Mi trayectoria con lo de ligar me ha demostrado que lo hago muy mal bajo presión, me aturullo, me sudan las manos, hago gestos absurdos como si fuese el protagonista de una película de Woody Allen.Yo aquel viaje quería basarlo en paseos, comidas con tertulia, lectura y cosas por el estilo. Quizás por dármelas de algo, tirado en la playa con mi libro y con la esperanza de que alguna se me acercase, me lo cerrase y me dijera: “Uf que bohemio, ¿te importa que te la chupe mientras me recitas poesía?”. A diferencia de mis compañeros, yo no iba por la discoteca con un condón pegado en la frente intentando hacer la táctica del paracaidista: aterrizar donde puedas, ni tampoco me acercaba de grupo en grupo bailando como si de un ritual de apareamiento se tratara hasta que un pivón se meneara muy cerca de mí, y entonces yo hiciese gestos de azotarle el culo. Aquella pregunta, formulada 16 horas después de poner los pies en Santander, me ponía en una tesitura exasperante: estaba siendo atacada mi masculinidad tan frágil.

POST 1.1
Ilustración de @carlosvoba

«En una misma vida se pueden vivir varias y no siempre las vidas que dejas atrás se llevan bien con la que estás viviendo en este momento y no siempre el personaje que eres acepta al personaje que fuiste.»

Más tarde Pablo me contó la finalidad de la pregunta. Una tontería dijo. Había en la

discoteca una chica a la que le apetecía meter en su habitación, pero estaba

acompañada por una amiga que le dificultaba el terreno. Necesitaba de mi ayuda para charlar con ella. Yo traté de explicarle lo de mi bloqueo, la presión que sentía cuando me veía en la situación de intentar gustarle a una chica dándole un tremendismo digno de una telenovela. “Yo vine aquí para pasármelo bien, no a hacer de tu compinche” le grité en un momento agitando la copa y manchando mi camisa. Al final la chica pasó de Pablo y él como siempre se justificó diciendo “Nah de cerca no era tan guapa, tenía algo que no me convencía”, si por “algo” entendemos que le dio calabazas, que por lo general es cuando a Sebas le deja de atraer la chica.

POST 1.2
Ilustración de @carlosvoba

La tarde siguiente la pasamos comiendo hasta reventar en una sidrería, después fuimos al paseo marítimo donde fumamos unos cuantos petas para ir cogiendo ritmo para la noche y mantener el cebollazo de la sidra. Llegamos al piso cargados con bolsas de bebidas y empecé a arreglarme. Al salir de la ducha estuve casi dos horas probándome ropa, peinados y gestos delante del espejo, todo por culpa de la dichosa pregunta. Yo soy de una ciudad pequeña en la que se le mira a uno mucho el estatus y entre mi clase, la alta-media-baja, la ropa es el primer identificador y aunque yo siempre hubiese sido un poco ajeno a todo ello, esa noche mi espíritu provinciano se apoderó de mí. Fue tanto mi ímpetu por estar perfecto que anduve 15 minutos depilándome por primera vez los pelos de los huevos. Para rebajar mi ansiedad fumé otros tres porros mientras bebíamos las copas de la previa, como si fuese un murciélago al que se le clavan los patagios y le ponen un cigarro en la boca.

Esa noche salí sin filtro, a tumba abierta, a coger lo que callese de ese árbol que son las discotecas, tenía que remediar lo de la noche anterior, mi masculinidad pendía de un hilo. En una misma vida se pueden vivir varias y no siempre las vidas que dejamos atrás se llevan bien con la que estás viviendo en este momento y no siempre el personaje que eres acepta al personaje que fuiste. Aquel espíritu de dandy duró menos que mi primera copa. Volví a ocupar mi lugar en la barra, en ese lugar humillado como los leones que han de abandonar la manada para dar paso a otros más jóvenes de los documentales de La 2. Pero entonces, a un whisky-tónica de la inconsciencia absoluta, me acerqué a una chica con un descaro desmedido, con una valentía que yo no tengo -yo soy muy prudente y me considero un buen cobarde, es decir, un cobarde con muchos argumentos para serlo- y sucedió lo que nos suele pasar a esta clase de personas cuando nos lanzamos por los precipicios que nunca habríamos pensado, me empecé a morrear (perdonen el coloquialismo, pero a aquello no se le podía llamar besar) con la chica, que a falta de guapa decidí que fuera exótica, de algún fiordo noruego o algún poblado astur. Cuando abrí los ojos por la mañana, la escuché enviando un audio a alguna amiga, y le decía: “Es mono, pero un poco pijo”.

POST 2.1
Ilustración de @carlosvoba

Putos olores

A día de hoy me sigue sucediendo, voy por la calle y detecto un olor, levanto la cabeza como si de un galgo de caza nostálgico se tratase y observo una mujer que lleva el perfume de mi primera novia. En ese momento cierro los ojos y me consiento unos segundos de derrumbamiento, y al pasar la chica a mi vera me doy la vuelta y clavo la mirada en su espalda, como si con ese aroma partiese a su vez una parte de mis cimientos ya abatidos hace tiempo de mi vida, como uno de esos vagabundos desgajados que deambulan por la noche solos, sostenidos por las miradas que lo perdieron y ahora lo velan.

 

De mi primer noviazgo lo único que queda intacto, tras la corrupción del desencanto y el proceso tan largo que es regresar del amor, es ese olor y los lugares que habitamos juntos. Los dos me siguen agitando cuando me los cruzo por la calle, un lustro después. Todo lo que trae la casualidad es bueno; no hay paraíso más resistente que el de los 16 años. A mí, recordar esta época me deja sentado en el mirador del Troncoso (ahora rebautizado como “Mirador de los poetas”) trayéndome una retahíla de minutos insólitos que dedicamos en silencio a estar juntos, para finalmente escupirme a la bajada de San Martín dándole patadas a piedras pensando en escribir una de estas historias de amor que no dejan a nadie indiferente.

 

El día que entendí que aquello había acabado cumplí 10 años seguidos, y cuando quise volver atrás, no a por ella, sino a por mí, no pude encontrar más que aquel olor y la pudinga del románico de mi ciudad, donde se encuentra el epitafio de tantos amores. Por lo general las relaciones no se olvidan, las relaciones con verdadero amor no se olvidan, las lleva uno colgadas del pecho, como aquel general laureado después de tantas victorias, que en este caso cuelgan como derrotas, separando lo que eres de lo que fuiste. Tendemos a evitar, por autodefensa, nuestra decadencia: forzamos los ojos por no ponernos gafas, jugamos pachangas de fútbol para demostrar que aún tenemos el mismo físico que con dieciséis, le entramos a chicas más jóvenes para seguir demostrando nuestra belleza…, sin darnos cuenta de que casi todo esto se acaba perdiendo y al final sobreviviremos, envueltos en heridas y recuerdos de las que solo emana la felicidad de entonces. 

POST2.2
Ilustración de @carlosvoba

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