La bota

Texto: Carmen Abril

Fotos: Andrea Vega

Estilismos: Juan VG

El otro día anduvimos buceando en la típica mañana de niebla vallisoletana para sacar adelante este editorial que ahora os presentamos con mucho cariño y también con bastante orgullo. Como siempre, el orgullo no es propio, o, si estamos orgullosas de nosotras mismas, es por saber juntarnos con gente tan talentosa y desbordante de sensibilidad y visión. Las fotos que acompañan a este artículo -que es, más que otra cosa, una oda a la bota de vino– las ha hecho Andrea VegaLos looks, así como las inscripciones de las propias botas, son obra de Juan VG. 

Ambos, con la naturalidad de quien es genial pero ni siquiera se detiene a pensarlo demasiado, trabajan disfrutando y disfrutan trabajando, y la mañana, más que una colaboración editorial, pareció a momentos un vermut de amigos. Desde luego fue también gracias también a las otras tres figuras implicadas, lxs modelxs, Elena, Andrés y Manu, que rápidamente se montaron en el vibe y supieron sacarle a la bota su máximo partido (y seguirán sacándoselo en adelante por ahí, ahora que cada uno de ellxs ha adoptado su propia bota).

Desde luego, este producto nuevo es un poco diferente. Hacía falta un buen editorial para contarlo.

Es mucho más arriesgado que una camiseta blanca con una inscripción pegadiza en una tipografía chulísima. Y que muchas otras cosas que habíamos barajado para continuar con nuesta andadura en el mundo del merchandaising. No es una tote bag, una sudera o unos calcetines. Es una bota de vino. Nada menos. Es un poco una locura, y nos hace una ilusión tremenda. 

Ancient stuff

No queremos tirarle beef a la camiseta que nos hizo despegar, pero una T-white serigrafiada con una frase de Trump en clave irónica es un producto 100% contemporáneo. Aunque mole muchísimo. La bota de vino se utiliza en la península desde antes de Cristo, se cree que desde la época romana. Es un objeto ancestral, etnográfico. Los que sepan un poco de historia conocen el dato de que antes se bebía más vino que agua por una cuestión de salubridad (se supone). Las cántaras y los botijos están muy bien y lo mantienen fresquito, pero llévatelos tú al campo. Además de que pesan, si se te caen, olvídate, a llorar como la lechera del cuento, que además tampoco debían ser baratos.

La bota de vino te la cuelgas como un morral más y cuando es preciso la levantas por encima de tu cabeza para libar el néctar de Baco. Caminas y se adapta a tus movimientos. No se rompe ni aunque te esfuerces. La bota de vino es un invento práctico, un objeto inteligente, una pieza de tecnología primitiva. Una chulada. Y funciona tan bien que sencillamente ha perdurado en el tiempo, con un diseño presumiblemente muy parecido al que tenía cuando a este país nuestro se le llamaba Hispania, a lo largo de 2000 años. 

Casi nada.

Me entusiasman bastante -quizá es algo fetichista- las tradiciones precristianas que han llegado hasta el día de hoy. Y no hablo de beber vino hasta vomitar. Por ejemplo, cuando estuvimos en los cucurrumachos de Navalosa, el carnaval tradicional de la sierra abulense, y supe que era un ritual precristiano, se me hicieron los ojos chiribitas. Para empezar, yo habría dicho que el carnaval era una cosa moderna. Cuando me explicaron que, desde tiempos inmemoriales y coincidiendo con el paso del invierno a la primavera, se celebraba el paso de la niñez a la adultez de los niños del pueblo (los quintos, de toda la vida), con disfraces y fiesta, me quedé de una pieza.

Todo es cultural, todo es social, pero tanto la cultura como la sociedad florecen siempre en torno a la vida, y la vida siempre es igualSiempre hay que celebrar que los niños se han hecho mayores, siempre hay que celebrar que se acaba el invierno, siempre hay que celebrar. Y ahí entra un poco el vino. Me estoy enrollando, ya paro, pero es que es un tema que me emociona de verdad.

La bota de vino es un objeto ancestral: inteligente y tecnológico; divertido y vivencial. También es un símbolo cultural. No castellano, puesto que Castilla aún ni existía, pero sí ibérico, y desde luego también rural (España es un poco un rollo, ¿no podríamos volver sencillamente a ser Iberia? los portugueses me caen fenomenal). La bota de vino es una creación hermosa y práctica: es la respuesta a una situación del día a día en el campo, “tengo que beber, pero también tengo que caminar ¿qué hago?” y también es una pieza que habla de lo que fuimos y de lo que de alguna manera todavía seguimos siendo. Gente que bebe vino y que mantiene las cosas bien hechas por milenios.

Moderneo stuff

Pero ya he hablado mucho de ancestralidad y toca venirse al ahora. Ya lo habéis visto, no puede decirse que nuestro segundo producto sea una bota tradicional o estampada al uso. Hemos contado con un diseñador que no puede ser más contemporáneo, Juan VG, para el pirograbado y los diseños. No podía ser de otra manera puesto que el dibujo primigenio, el corazón atravesado por una flecha con la inscripción SOPAS DE AJO, lo vimos por primera vez tatuado en su brazo derecho durante unas cañas junto a la catedral. De hecho y siendo francos, lo de la bota de vino fue después, íbamos a hacer toallas de playa o lo que hiciera falta con tal de replicar tan maravilloso asunto.

Es que ya solo el dibujo condensa tradición y modernidad. Un corazón un poco punki, que inmediatamente nos lleva a pensar en un tatuaje hand poke hecho en un salón entre latas y cigarrillos a las 2 de la mañana, y los gloriosos conceptos CLARETE, SOPAS DE AJO, PUCHERO, superpuestos, ya es, en sí mismo, un mix neoastellanista. Pero es que además la bota le da a todo un soporte glorioso: profundo, cultural y antiguo y también disfrutón y travieso.

I mean. Realmente podéis ir por ahí con una bandolera llena de vino bien pegadita al costillar. De fiesta, en festivales, o para subir a la montaña un día y darle una chispita de alegría a la excursión. Incluso podéis seguir customizándola por vuestra cuenta. Lo mejor de la bota es el uso que le vais a dar. Así que, sinceramente, creo que no me queda mucho que decir, aparte de “de nada”. Así que eso, de nada. Pero también gracias. Por este año, por apostar por nosotras, por vernos, por entendernos, por reírnos las gracias y por extender el mood por ahí, allende la frontera castellana. Gracias por frontear de que en vuestra tierra se hacen fiestas en castillos y se bebe el mejor vino y la gente joven está empezando a unirse y a espabilar y a celebrar, como Benito, que su madre los ha parido aquí.

 

Muchas gracias desde el corazón, gente.

PD. Ya están a la venta en la web. Hay muy poquitas.

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