El paisaje castellano ha sido históricamente observado y convertido en imagen. Horizonte, materia, austeridad y silencio. Pero ese mismo paisaje es hoy también una superficie vulnerable atravesada por la posibilidad siempre latente del fuego.
Recuerdo el impacto que me causó ver por televisión el gran incendio de agosto del año pasado que afectó a Zamora, León y Ourense. Estar viendo en directo esas imágenes y el avance de un desastre de esa categoría genera un fuerte sentimiento de rabia e impotencia. No soy capaz de entender -que en algunas ocasiones- estos incendios puedan estar provocados intencionadamente. Fue el primer momento en el que tuve la inquietud de desarrollar un proyecto artístico canalizando estas sensaciones y utilizar el fuego como materia prima y la violencia hacia el territorio como lenguaje creativo. Pensando que quizá así la idea se convirtiera en un pequeño impulso activista para visibilizar la problemática de los incendios en castilla y la inacción de las instituciones.
Este verano, para sorpresa de nadie, el fuego vuelve a destrozar nuestra tierra y a provocar que mucha gente tenga que desplazarse mientras ve arder sus hogares.
De nuevo queda a la vista el fondo del problema: estos incendios no son sólo una emergencia puntual, sino el reflejo de un territorio cada vez más vulnerable por el abandono rural, la mala gestión del paisaje y el cambio climático, y también de una relación distante con el medio, como si fuera algo ajeno y no un espacio vivo que exige cuidado, presencia y responsabilidad colectiva.
Soy de Burgos y en esta provincia, el 24 de julio de 2022, comenzó un importante incendio que provocó evacuaciones en Santo Domingo de Silos, Santibáñez del Val, Quintanilla del Coco, Hacinas, Carazo y Villanueva de Carazo. La superficie quemada fue en torno a 2.540 hectáreas, afectando gravemente al entorno de Sabinares del Arlanza y La Yecla. El incendio arrasó una veintena de casas en Santibáñez del Val y llegó a amenazar el Monasterio de Santo Domingo de Silos. Fue este contexto y la herida que dejaron estos incendios lo que me llevó a desarrollar el proyecto Incendiario durante las Residencias Artísticas de la Fundación Silos, en el convento de San Francisco durante el mes de junio de 2026.
Todo comienza con un acercamiento al territorio: caminar, observar, fotografiar y reducir el paisaje a sus líneas esenciales, a sus ritmos, planos y silencios. Pero el proyecto no propone una representación literal del desastre, sino una transformación material: pintar con fuego. A partir de ese trabajo de campo, las imágenes se trasladan a planchas de acero inoxidable, que son el soporte de la obra, y el óleo es sustituido por la llama. El calor quema el acero y altera la superficie del metal, provocando una reacción química de tornasolado: aparecen veladuras, brillos, manchas y variaciones cromáticas que oscilan entre ocres, rojizos, azules y violetas.
Es una imagen que no se impone: sucede. Una negociación entre intención y azar, entre el control del gesto y la autonomía del material. La llama actúa como herramienta y como amenaza; no solo daña, también revela. En ese proceso, el fuego deja de ser únicamente una fuerza de destrucción para convertirse en una forma ambigua de aparición.
Incendiario es aquel que quema de forma deliberada. En diálogo con la tradición pictórica castellana, especialmente de pintores de la zona como Modesto Ciruelos o María José Castaño, Incendiario desplaza la mirada hacia un territorio que ya no puede entenderse como fondo pasivo. Aquí el paisaje no es motivo, sino cuerpo afectado. Una materia que arde, recuerda y exige responsabilidad.
Incendiario no busca embellecer la catástrofe ni convertir el trauma en una imagen complaciente. Su potencia reside precisamente en esa incomodidad: en obligarnos a mirar el fuego como síntoma, como herramienta y como memoria. Sobre el acero queda una huella inestable, casi atmosférica, que habla tanto de lo que desaparece como de aquello que todavía puede ser cuidado o reconstruido. La obra se sitúa así en un lugar de tensión: entre la pintura y la acción, entre el paisaje y su herida, entre la destrucción y la posibilidad de una nueva forma de creación.
¿Puede un gesto destructivo convertirse en una forma de creación?
¿Existe una belleza legítima después del desastre?
Incendiario lo hacemos desde Escribano Arrieta Studio, un nuevo proyecto familiar que tiene la arquitectura y el arte en el centro de su práctica. Visualizamos el estudio como una propuesta única, artística y en ocasiones, incluso provocadora. Pero siempre atemporal y sofisticada. Inspirándonos en el pasado, queremos reinterpretar la tradición de una manera fresca, buscando crear un puente entre herencia y contemporaneidad, sin caer en tendencias pasajeras ni en soluciones de diseño vacías.
No queremos encasillarnos como un estudio de arquitectura al uso, sino que queremos aportar un enfoque artístico y personal, e intentar hacer proyectos con gran valor en términos de creatividad, innovación y divulgación. Por eso, el propósito final es llevar nuestros proyectos a un nuevo plano ambicioso y transdisciplinar.
Para poder desarrollar estas ideas hemos creado La Trastienda, nuestro espacio de trabajo situado en el centro de Burgos. Anteriormente era una cafetería conocida por su ambiente cálido y cultural, y de alguna manera queremos mantener esa esencia y que pueda entenderse como un “tercer espacio” abierto al público donde construir una comunidad creativa de gente con nuestras mismas inquietudes. Propondremos eventos, charlas, actividades y encuentros varios. La intención es que sea un espacio vivo y vibrante.
Además, en el acceso al local -que está situado en un bajo de un precioso edificio de la calle Eduardo Martínez del Campo-, existe un espacio en el que tendremos una micro-galería de arte contemporáneo, que nace con la voluntad de dar visibilidad a proyectos contemporáneos, jóvenes y diferentes dentro de la escena cultural burgalesa y castellana. Por desgracia, Burgos no cuenta con muchos espacios expositivos que puedan acoger propuestas diferentes de artistas que se salen de los circuitos tradicionales, así que La Trastienda nace con el objetivo de contribuir a la evolución de la cultura burgalesa hacia lenguajes más contemporáneos, generando un espacio de encuentro, experimentación y visibilidad para artistas y creadores emergentes.
El espacio expositivo ya se ha inaugurado precisamente con el proyecto Incendiario y cuenta con 3 piezas y un vídeo que narra el proceso creativo y la investigación que hicimos sobre el territorio. Se podrá visitar hasta el mes de octubre. El espacio estará abierto en horario de 10:00 a 14:00 y de 16:00 a 19:00.