Cada vez que entro en el edificio de Naciones Unidas en Ginebra me siento un poco desubicada. Me pregunto qué hago yo ahí, sentada en una sala llena de diplomáticos, tecnicismos y largas negociaciones sobre empresas transnacionales y derechos humanos. Y, sin embargo, entre tanta formalidad, mis raíces siguen siendo mi brújula.
Pienso en mis pueblos: Barbadillo del Mercado y Mahamud. En las historias que escuchaba de pequeña. En la forma en que tanta gente de pueblo entiende la vida: cuidar la tierra y lo común, ayudar a los vecinos y vecinas, saber que nadie sale adelante solo. Aunque nací en Madrid, gran parte de lo que soy creció lejos de la ciudad y esas pequeñas cosas me enseñaron mucho más sobre justicia social que cualquier institución.
Hace dos años me mudé a Bruselas para impulsar un tratado internacional que ponga los derechos humanos por encima de los intereses económicos. Y cuanto más trabajo en ello, más claro tengo que mi forma de entender la justicia nació mucho antes de llegar aquí.
Me doy cuenta cuando hablo con Pierre Marion, un agricultor francés que lleva años luchando para que el campo siga teniendo futuro frente al avance de las agroindustrias. Y entonces recuerdo a mi abuelo Jesús, de Mahamud, que trabajó toda su vida en el campo y a mi familia recogiendo la uva para hacer vino casero.
También escucho a comunidades de Ecuador, Argentina, Colombia, Sudáfrica o Filipinas denunciar cómo las grandes empresas arrasan territorios enteros para extraer recursos.
“En la Amazonía han saqueado la tierra, envenenado los ríos y expulsado a quienes vivían allí”, denuncian mis compañeros ante representantes de países de todo el mundo. Y me viene a la cabeza Barbadillo del Mercado. En las casas vacías de tantos pueblos de Castilla. En generaciones enteras obligadas a marcharse para construir un futuro digno.
Y para quienes se quedaron, muchas veces solo quedó el abandono institucional. Pero la resistencia, como la tierra, sigue brotando.
Así lo demuestran los vecinos de Villangómez, que se oponen a la macroplanta de biometano que convertiría su pueblo en un vertedero industrial. Allí tienen claro que la vida rural vale más que cualquier negocio. Y también la juventud burgalesa que se organiza para visibilizar los problemas ambientales en la provincia y dejar claro que sus pueblos no serán territorio de sacrificio.
Son contextos muy distintos. No es lo mismo Castilla que territorios históricamente colonizados y saqueados por los grandes poderes económicos. Pero incluso con todas esas diferencias, siempre encuentro algo en común: la lucha de la gente humilde y trabajadora frente a quienes convierten la vida, la tierra y el futuro de otros en una mercancía.
Eso es algo que aprendí de mi abuela Antonia. Un día me dijo: “Lo que no me parece bien es que los ricos tengan tanto y los pobres tengamos tan pocas oportunidades”. Y desde entonces intento llevar siempre conmigo esa frase.
Nuestras raíces son humildes y trabajadoras. Nuestros abuelos y abuelas trabajaron toda su vida para cuidar de sus pueblos y después cuidar también de nosotras. Gracias a eso, hoy muchas podemos vivir cosas que ellas jamás habrían imaginado.
Por eso intento que el privilegio nunca me nuble la empatía. Los grandes poderes económicos ven los pueblos, la naturaleza e incluso el aire que respiramos como un negocio.
Nosotras, en cambio, vemos memoria. Vemos en casa de la abuela las huellas de quienes estuvieron antes que nosotras, la argolla donde se amarraba al burro, las gallinas del vecino merodeando entre los geranios en flor, las puertas abiertas en verano, una desconocida preguntando: ¿Y tú de quién eres? o el rollo de la plaza donde pasamos veranos enteros con nuestras amigas.
Y ahí comprendo que la dignidad de los pueblos se parece mucho en cualquier parte del mundo.
La veo en Pablo Fajardo, un abogado ecuatoriano que creció en la Amazonía y estudió derecho para defender a su comunidad de las petroleras. En Rudi Kennes, un obrero y sindicalista belga que se vio obligado a trabajar con solo 15 años, como tantos jóvenes explotados por las mismas empresas que hoy seguimos denunciando. O en Rima Hassan, una diputada palestina que lucha sin descanso y desde el exilio contra el genocidio de su pueblo.
Pero esa dignidad también está mucho más cerca. La encuentro en mis amigas del pueblo de toda la vida, peleando contra las precariedades de nuestro tiempo. Ya sea protegiendo la biodiversidad de la provincia de Burgos como mi amiga Aitana, llevando el feminismo a cada rincón de la educación pública como mi amiga Bea o sosteniendo esa cercanía, bondad y solidaridad tan propias de los pueblos como mi amiga María.
Y entonces entiendo que todo está mucho más conectado de lo que parece. La forma en la que mi abuela entendía la injusticia no estaba tan lejos de todas esas personas que hoy, desde lugares distintos del mundo, siguen enfrentándose al poder para defender la vida.
Mis raíces y las lecciones que me dieron mi madre y mi abuela son las que me llevaron desde Barbadillo del Mercado hasta las Naciones Unidas. Porque poner en jaque al poder no fue algo que aprendiera en ningún despacho, sino en la humildad y en la dignidad de las mujeres que me criaron.
Quizá por eso, incluso en una sala de Naciones Unidas, sigo sintiéndome mucho más cerca de la plaza de mi pueblo que de quienes miran el mundo desde arriba.