En todas partes sucede algo parecido: la industria extractiva inyecta riqueza y trabajo cuando llega, pero al irse deja un poso de amargura y despoblación, una herida invisible que se suma a la herida física, visible. Ambas marcan el territorio y a quienes se quedan en él y muchas veces el único tratamiento que se les aplica es el silencio. Y así las cosas curan mal.
Existe un proyecto europeo, Art Living Lab to Repair the Land -traducido sería “Laboratorio de Artes Vivas para Reparar la Tierra”- que trata de responder a través del arte a heridas concretas que la industria ha ido dejando en diferentes territorios (hay también pueblos de Alemania, de Croacia). Lo hace a través de Concomitentes, una entidad sin ánimo de lucro que acompaña a grupos ciudadanos en el proceso de responder, con herramientas de arte contemporáneo, a problemáticas concretas de su territorio.



En el caso de Barruelo de Santullán (Palencia), todos sabemos a qué tipo de herida industrial nos estamos refiriendo: la minera. Cuévana, el proyecto artístico colectivo que se inauguró el pasado 3 de octubre en Palencia y del que venimos a hablar aquí, se levanta precisamente sobre esta herida, sobre la antigua escombrera minera de Barruelo.
La llegada de Alfredo
Hace año y medio, Alfredo Escapa, mediador de Concomitentes, llegó a Barruelo de Santullán sin saber muy bien qué iba a encontrarse. Aún hoy se le quiebra un poco la voz al hablar de las primeras reuniones en el pueblo. Un grupo de vecinxs empezó a sentarse con él a pensar qué herida querían curar y cómo. Al principio, el grupo era mixto. Al final, poco a poco, fueron quedando solo mujeres.
Las vecinas que se quedaron
Fue un grupo de vecinas el que se quedó hasta el final. No todas eran de Barruelo, o mejor dicho, algunas lo eran aunque no vivían allí. Llamaron al grupo “hijas y descendientes de Barruelo de Santullán”. Aunque Alfredo les ofreció una larga lista de colectivos artísticos, de ellas salió poner el proyecto en manos de Todo por la Praxis, un colectivo de artistas centrado en la función social del arte y la acción directa que combina creación artística, participación comunitaria y mirada política.
Diego, del colectivo TXP, lo resume así: “La pieza artística está muy bien, pero la pieza artística de verdad es el grupo de personas. No hay nadie en este grupo del que digas que es un poco menos: cada una de ellas tiene una historia, una potencia”. Su compañera, Jo Muñoz, suscribe : “Trabajar en Barruelo de Santullán ha sido un descubrimiento, sobre todo porque estamos trabajando con un grupo de mujeres que son muy poderosas, muy interesantes, cada una de ellas y también en grupo”.
Juntos se instalaron en el pueblo para tejer, codo con codo con estas mujeres, lo que acabaría siendo Cuévana. Por el camino, más de un vecino que pasaba por allí se paró a echar una mano con la estructura, pero la cosa fue entre ellos y estas mujeres. Dos semanas de trabajo casi sin descanso que el día de la inauguración todavía se notaban en las manos de Diego, con los dedos vendados.






Cuévana, el símbolo
Cuévana es una estructura circular y transitable, ideada por el colectivo Todo por la Praxis y tejida a mano junto a vecinas de Barruelo de Santullán.
Su nombre, su forma y su proceso de construcción, nacen del “cuévano”, la cesta que las mujeres de la zona usaban para transportar carbón. Con ello las vecinas han querido destacar la labor de las mujeres del pueblo frente al relato del “héroe minero” que ha dominado siempre la memoria oficial de Barruelo (nosotras contribuimos a ese relato oficial, supongo, con el artículo «Los maquis de Barruelo»).
Precisamente para marcar el carácter y la reivindicación femenina de la obra (surgidos, como hemos contado líneas arriba, de manera orgánica y espontánea), el colectivo decidió cambiarle el nombre al tradicional cesto de acarreo para bautizar la obra con una palabra nueva: cuévana.
Todo nació de una fotografía de archivo que mostraba a una mujer barruelana acarreando un cuévano y la fotografía, que fue el origen, ha sido también el colofón de la instalación: además de tejer juntas un cuévano a escala humana capaz de recogerlas a todas, en el interior de Cuévana hay un segundo relato, construido a partir de un archivo fotográfico de Barruelo recopilado gracias a Fernando Cuevas. Junto a las fotografías de la época minera, fotografías actuales de las manos y los oficios de las mujeres de hoy, dispuestas en estratos, en un guiño a la mina.



Barruelo de Santullán fue, durante generaciones, un pueblo minero. La extracción de carbón marcó su paisaje, su economía y también su memoria: el Centro de Interpretación de la Minería del pueblo cuenta esa historia a través de un relato centrado en la figura del minero. Un relato necesario y merecido, pero que ha dejado en un segundo plano el trabajo de las mujeres -un trabajo que sostuvo de igual forma la vida en el territorio, entre otras muchas prácticas, a través de los cuidados-, y una cotidianeidad que se vio igualmente afectada por las consecuencias posteriores. Ni una sola foto del archivo del museo mostraba una mujer.
En palabras de Mila Blanco, vecina del grupo de comitentes: “Es una zona minera: el minero siempre ha tenido mucha relevancia, y la mujer nunca ha existido en ese relato. Por eso salió la historia del cuévano: para valorizar a la mujer, que nunca se ha puesto en valor”. Y sobre lo que espera de la pieza una vez inaugurada: “Que sea un lugar vivo, que la gente pueda visitarlo y disfrutarlo, un lugar para pensar, para conversar, para que nos reunamos ahí”.




De momento se han reunido durante un año para idearlo y construirlo, tejiendo con un grueso cordón de goma la estructura metálica que ha dado lugar a esta pieza contemporánea pública y permanente (¡podéis ir a visitarla!) y sobre todo hablando, recordando, proyectando. Curando un poco la herida, que el silencio es poco más que una tirita.
El día de la inauguración
El sábado 3 de octubre, después de año y medio de trabajo, Cuévana se inauguró por fin, bajo una lluvia que no dio tregua en toda la tarde. Pero ni el agua pudo con el ánimo: las vecinas que la habían tejido la estructura llegaron igual de alegres y emocionadas a verla terminada e iluminada al caer la tarde, acompañadas de Alfredo y de los artistas de Todo por la Praxis.
A la cita acudieron decenas de personas: familiares de las vecinas, gente del pueblo y quienes no quisieron perderse el resultado de año y medio de trabajo.
Antes de bajar a la inauguración, el propio grupo de vecinas ya hablaba de lo que querían que fuera esto a partir de ahora: un motivo para seguir juntándose, aunque solo fuera una vez al año, porque la obra, decían, se queda ahí para siempre y no pueden dejar que eso se pierda.
Entre quienes bajaron aquella tarde estaba también Paula Álvarez, una de las comitentes que se sumó al proyecto desde Burgos y que tiene raíces familiares en Barruelo —su abuela era de allí—. Para ella, estar en la inauguración tenía también algo de reencuentro con esa memoria familiar: una forma de volver al pueblo de su abuela y de ser testigo de cómo una parte de su historia, la de tantas mujeres que quedaron fuera del relato minero, encontraba por fin un lugar visible.
Las vecinas y el Ayuntamiento quisieron además tener un gesto con quienes lo habían hecho posible: ese mismo día les entregaron una escultura a Alfredo y a Todo por la Praxis, como agradecimiento por este año y medio de trabajo.
Incluso cuando terminó el acto, Cuévana siguió teniendo compañía: bajo la lluvia, todavía se veía a gente del pueblo pasar, pararse a mirar la luz que salía de dentro y preguntarse qué era aquello.
Hay heridas que no desaparecen. Pero, cuando se comparten, se recuerdan y se cuentan de otra manera, dejan de ser silenciosas.