El Apocalipsis
Corría el año 1000 y el fin del mundo no llegaba. La verdad es que los cristianos de la península temían más las aceifas de Almanzor (jefe de la guerra califal con mucha sed de sangre) que a las profecías funestas. Aunque bueno, las teorías milenaristas interpretaron estas destrucciones, crisis sociales y epidemias como señales inequívocas de tan apremiante evento.
El fin del mundo estaba escrito (podéis leerlo en una biblia online, hay mogollón, libro IV Apocalipsis cap.20) y por lo que se ve esa segunda venida de Cristo o segunda Parusía no era tan buen rollera. Cristo bajará chinao, muy pero que muy chinao y bajará con intención de hacer justicia (y trizas) a los pecadores.
La idea del Dios cercano y bonachón que tenemos hoy dista mucho de ese Dios del primer milenio. Aquel soberano cósmico era el juez de jueces, el último eslabón de la pirámide feudal que implacable, mostraba su ira en forma de guerras por los pecados de la humanidad. La teología medieval se obsesiona con el asunto y muestran esta nueva imagen del altísimo como una herramienta de control social. Entonces, Dios ya no es el pastor de ovejas que cuida de su rebaño tal y como nos lo pintaban en el Evangelio, Dios es el creador del universo, un creador omnipotente que baja entre trompetas, ángeles y jinetes a cargarse al demonio de una vez por todas.
Qué es esto de los beatos
En este contexto, los beatos o comentarios ilustrados del Apocalipsis se convierten en un auténtico superventas medieval entre los siglos VIII y XII. El primero de todos, el de Liébana (ca 776) será copiado a lo largo de los siglos con las particularidades de cada ilustrador. En la actualidad se conservan una treintena de ellos, todos fechados entre estos cuatro siglos.
El Beato del Burgo de Osma es en realidad el Beato de Sahagún, ya que fué escrito en el scriptorium de su monasterio en el año 1086. Aunque no se sabe con exactitud por qué se conserva aquí, sabemos que aparece registrado entre los inventarios de la catedral al menos desde el s.XIV, seguramente este movimiento se debe a las conexiones cluniacenses que hubo entre ambos santuarios.
He seleccionado algunas de las ilustraciones más interesantes para descodificar su iconografía y acercar al lector a esta riquísima obra medieval.
Apocalipsis 16:13 La triada del mal.
“Y vi salir de la boca del dragón, y de la boca de la bestia, y de la boca del falso profeta, tres espíritus inmundos a manera de ranas”
Escena en la que vemos a estos tres personajes que, en la exégesis apocalíptica, actúan contra Dios. Al situarlas sobre un fondo rojo descontextualizado adquieren esta percepción tipo pegatina. Los fondos abstractos, vacíos, o a bandas de color, son la manera más habitual de enmarcar la acción en estas obras. En el caso de querer situarlas en un espacio concreto porque la narrativa lo demanda, se añaden elementos arquitectónicos que sirvan de referencia al lector, pero siempre sobre un fondo de tipo neutro.
Comparado con los beatos anteriores, en este de Sahagún se advierte un interés mucho más fidedigno a la representación de los pliegues de la ropa, animales etc. Es decir, se avanza estilísticamente.
Es interesante como el ilustrador, en lugar de colocar el dragón de siete cabezas u otros accesorios monstruosos pone a éste de una, que recuerda más a una serpiente y por ende, al pecado original. También es curioso el uso de ropajes eclesiásticos que utiliza el falso profeta para aludir a los malos sacerdocios.
Apocalipsis VII, Satanás, Gog y Magog.
“Cuando se cumplan los mil años, Satanás será liberado de su prisión y saldrá para engañar a las naciones que están en los cuatro ángulos de la tierra, Gog y a Magog, a fin de reunirlas para la batalla. Su número será como el de las arenas del mar. Marcharán a lo largo y a lo ancho de la tierra rodearán el campamento del pueblo de Dios, la ciudad amada.” Apocalipsis 20: 7-8
Escena muy expresionista en la que Gog y Magog aparecen representados como dos gigantes que arrastran a unos pobres inocentes para despeñarlos. Bajo ellos, todo de negro y personificado como antropomorfo, el diablo.
La configuración de la escena es plenamente románica. El tratamiento de los personajes está supeditado a la importancia que tienen en la acción, los que participan en la escena son más grandes que el resto. Las figuras, al igual que en los capiteles románicos, se comen el marco, como se aprecia en la cabeza de uno de los gigantes y en los pies del maligno. Podemos ver como en la siguiente imagen perteneciente al arca de San Millán c.a 1068 se utilizan recursos estéticos muy parecidos tal y como señaló el profesor Manuel Antonio Castiñeiras.
Una curiosidad, el ojo del Diablo aparece rayado a posteriori, seguramente por algún monje debido a las supersticiones que creían que de esta manera le arrebataban el poder a la figura.
Pantocrátor y Tetramorfos
Un poco de azulito para relajar la vista. En el centro de la escena, enmarcado por una mandorla mística aparece Cristo en majestad, con la mano derecha bendice y con la izquierda sostiene el libro de la vida. Bajo él, el Agnus Dei, símbolo de la victoria sobre el mal y alegoría de la muerte y resurrección de Cristo.
En las esquinas los evangelistas representados como Tetramorfos. El ángel (Mateo), el león (Marcos) el toro (Lucas) y el águila (Juan). Si nos fijamos, poseen tres pares de alas y múltiples ojos. Esto se debe a que el autor se inspira en el siguiente versículo del Apocalipsis 4:8 “Y los cuatro seres vivientes tenían cada uno seis alas, y alrededor y por dentro estaban llenos de ojos; y no cesaban día y noche de decir: Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era, el que es, y el que ha de venir”.
Alrededor, montando jarana con distintos instrumentos musicales, los 24 ancianos del Apocalipsis que ofrecen oraciones y alabanzas a Jesucristo. A este conjunto de personajes se le conoce como “La corte celestial». “Y los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero; todos tenían arpas y copas de oro llenas de incienso” Apocalipsis 5:7-8.
La imagen en realidad va cargadita de intenciones. Por un lado, esta representación tan opulenta de Cristo en su mandorla demuestra el contacto directo del monasterio con la orden de Cluny. Una orden que promueve la iconografía historiada y didáctica. Por otro lado, combate la herejía adopcionista, que sostiene que Jesús es un humano sencillo que fué adoptado por Dios. Y claro, de eso nada de nada. Aceptar eso sería renunciar a la trinidad, Dios es uno y trino, es decir, es un solo ser, una sola sustancia que existe a la vez como padre, hijo y espíritu santo. Y ojo, es uno (monoteísmo) y todos a la vez, no se intercambia (herejía modalista) Apuff, mira si no lo terminas de pillar, tal y como decían los curas, “Es un misterio de fe” es decir, que no le des más vueltas.
Podemos ver como esta pieza seguramente influenció obras posteriores como el pantocrátor de la Basílica de San Isidoro de León tal y como sugieren el estilo y la disposición de las figuras.
Muerte de la ramera de Babilonia
Los reyes de la tierra y las bestias dan muerte a esta figura femenina. La mujer, desamparada y desnuda encarna los males de la tierra (lujuria, deseo, idolatría, avaricia).
Bueno, son muchas las cosas que me interesan de esta obra. En primer lugar, el estilo. Aunque el fondo monocromático nos transporta a la miniatura mozárabe, el estilo de las figuras y la ropa nos catapulta a lo que está cuajando como “románico europeo” y es que justo en la década de elaboración del Beato (1086) se produce la reforma litúrgica que pasa del rito visigótico al romano. Por eso, por ejemplo, este beato usa otra tipografía para la letra.
Visualmente hay dos bandos tal y como delata la orientación de las figuras. Todos contra ella. Coronando la composición, el Cordero de Dios que orquesta y dirige el transcurso de la batalla. Lo más curioso es ver que precisamente los atacantes, los reyes de la tierra y las bestias, son los aliados de la ramera de Babilonia y la deciden atacar porque “Dios ha puesto en sus corazones el ejecutar su propósito” para cumplir el juicio divino. Que puestos a elegir, podía haberla incluido a ella también poniendo el propósito en su corazón, pero en lugar de eso “La dejarán desolada y desnuda; y devorarán sus carnes, y la quemarán con fuego”. Pues vaya.
Cristo apocalíptico, el guerrero Fiel y verdadero
“Sus ojos brillaban como llamas de fuego, llevaba en la cabeza muchas coronas y tenía un nombre escrito que solamente él conocía. Iba vestido con ropa teñida de sangre, y su nombre era: La Palabra de Dios. (…) Le salía de la boca una espada afilada, para herir con ella a las naciones.”
Guau, vale lo pillamos. Con estas pautas bíblicas Martino, el ilustrador de nuestro Beato, se sacó de la manga este Cristo guerrero de ojos sanguinarios. Tal y como decíamos al inicio, en el medievo Dios y Cristo adquieren unos atributos que hoy nos resultan del todo extraños (Apocalipsis, capítulo 19, versículos 11-16)
El Mapamundi
Para acabar, vamos con la joya de nuestro Beato, la representación del Mapamundi tal y como se imaginaban la tierra en el S.XI. El hecho de que la representación del mismo ocupe un espacio a doble página atestigua la importancia que se daba, un lujo que solo reservado a la cartografía.
Se trata de un mapa que sigue el modelo Isidoriano. Un arquetipo condicionado por la perspectiva teológica que defiende la forma de O del anillo de agua que rodea la tierra y de T de las masas de agua que separan los tres continentes conocidos (Europa, África, Asia). Formando así las iniciales de Orbis Terrarum. Estos mapas se orientan al Este, en lugar de al Norte, ya que el Este es a donde dirige la mirada simbólica la religión. Allí se encuentra el paraíso, por eso las cabeceras de las iglesias se orientan también en esta dirección.
Además, Jerusalén ocupa el centro del mapa pues se considera el centro del mundo.
Son tres los continentes conocidos, sin embargo, Martino incluye terra incógnita, un cuarto continente a la derecha del todo con un personaje mitológico y un enorme sol rojo. Se creía que existía este lugar al sur del mundo, una tierra abrasadora que únicamente poblaban los esciápodos. Una raza imaginada que poseía una sola pierna rematada en un gigantesco pie que usaban para hacerse sombra.
Resulta fantástica esta cosmovisión del mundo que incluye lugares reales, imaginados y antiguas maravillas del mundo. Fuera de este hecho anecdótico, lo que se representa en el resto del mapa, como tema principal, es la diáspora de los apóstoles. Es decir, los apóstoles repartidos por el orbe para evangelizar la tierra tras el Pentecostés. Curiosamente, a San Pedro y Santiago, los apóstoles sobre los que más teorizó Isidoro de Sevilla, se les muestra dentro de sus respectivos santuarios.
A la derecha del todo, muy fortificada, aparece Toledo. Recientemente conquistada (1085) lo que nos da una situación del avance hacia el sur de los cristianos.
En el centro, tal y como hemos dicho, Santiago de Compostela. La catedral se encontraba justo en la primera fase de construcción (1075-1088). Hecho que evidencia su importancia simbólica dentro del incipiente fenómeno de peregrinación. Tenemos que pensar que Roma miraba celosa a la ciudad de Santiago, pues ambas estaban disputándose su relevancia como centros religiosos en Europa.
Por último, a la izquierda, el Faro romano de A Coruña, la Torre de Hércules. Que según figuraciones coetáneas tendría ese tipo de cubierta estilo cúpula en el momento de redacción de nuestro Beato, lo que apunta a que quizás era conocida por el autor, o que éste se apoyaba en otras referencias coetáneas.
Una reflexión acerca de la estética de los Beatos
Solo faltan brillantitos y purpurina. Con la excusa de resaltar la dualidad entre el bien y el mal los monstruos se apoderan de las composiciones poniendo en un severo aprieto a la ortodoxia. La pedagogía le sirve de vehículo al artista para pintar sin censura, representa lo que no debe ser en este cosmos de culpa, y para no dejar hueco a la duda, diseña esta hipérbole de lo perverso. Los beatos tienen un modo de operar muy visceral: quieren representar el pecado, los gestos y las expresiones del mal a través de esta particular didáctica moralizante a golpe de martillo. Así lo anunciaba Magius en el colofón del su célebre Beato de San Miguel de Escalada o Beato Morgan (c.a 926-950). “Entre las maravillosas palabras e historias del mismo que he pintado intercalé pinturas, para que los que las vean teman la llegada del juicio que ha de venir cuando pase este siglo.”