Texto: colaborativo
Fotografías: Miguel Sánchez González
Paseo
Aaron Gutiérrez
En un pueblo perdido de la sierra de Ávila paseo tranquilamente, sin prisa, ya que he dejado la calefacción puesta para que vaya calentando la casa. Supongo que ser adulto es hacer estas cosas, porque una vez leí, que: “Dejamos de ser niños cuando dejamos de ser nietos”. No tengo ni prisa, ni frío, además, aprovecho el pueblo para que la Kenia pasee sin correa.
Estamos a 23 de diciembre. El pueblo está lleno de luces y de alegría. Donde ahora hay luces de navidad y los niños juegan, nuestros abuelos herraban a sus caballos. Me cruzo con gente que saludo por inercia. Desde que faltan ellos vengo cada vez menos y conozco a menos gente y, por desgracia, no tengo la suerte de recibir la tan famosa pregunta de: “¿y tú de quién eres?”.
Aunque no me conozcan, los rasgos me delatan. “Tú eres de los esquiladores, ¿no?”.
Asiento con una pequeña sonrisa. Ya no hay esquiladores en mi pueblo, mi padre fue el último. Un trabajo que se perdió en mi pueblo, como muchos otros. No he tocado unas tijeras de esquilar nunca, y eso que mi padre las luce orgulloso en el salón de casa. Aún así me llena de orgullo que me digan eso.
Aprecio el pasado y mis raíces. Será la nostalgia de vivir lejos de casa, o añorar tiempos pasados, cuando de pequeño corría alocadamente con la bici por donde ahora paseo tranquilo.
Llevo el pueblo en los genes y en la piel, ya sea por unas cuantas cicatrices de infancia o porque, de los tatuajes que tengo (muchísimos, según mi madre), dos de ellos están dedicados especialmente a mi pueblo. Siempre que me siento lejos, me miro al costado y veo una pequeña rama de encina que me hace recordar de dónde vengo, y si aun así, sigo perdido, me miro encima de la rodilla, donde tengo las coordenadas de aquella casa que he dejado calentándose.
La Kenia me mira queriendo volver a casa. Ella sí que tiene frío. Me doy la vuelta porque, como siga andando, acabo en el pueblo de al lado. La casa supongo que estará ya caliente. El frío lo llevo yo por dentro, como la pena. Ya lo dice el refrán y me lo dijo mi ex: “Como se nota que eres Castellano, llevas la pena al igual que la procesión, por dentro.”
Antes de entrar en casa, me siento a fumar en el poyete que está al lado de la puerta, porque en casa no se fuma, por mucho que sólo esté yo, hay cosas que se respetan. Pienso en todo y a la vez en nada. Niña polaca en los cascos me está distrayendo. Maldito Indie. Qué moderno me creo, pero, por mucho que pase el tiempo, me sigo sentando donde se sentaban ellos, porque estar en el pueblo es tradición y estar orgulloso de ello.
Ocurrió en Villaseco de los Gamitos
Ania Delgado Vicente
Luis se levantó temprano, como cada día. Era una mañana fría de noviembre, de las de antes, en las que la nieve se metía hasta el portal de casa. Siempre había una pala a la puerta por si había que hacer un carril para salir él y Berna, su mujer, además de hacer camino para las vacas que aguardaban el alba en la tenada. Las labores eran las de todas las mañanas, ir a echarle de comer a las vacas, sacar las ovejas, ir a la fragua o algún que otro remiendo pendiente. Con las primeras luces del día, el pueblo empezaba a cobrar vida. Era un pueblo charro, pequeño, pero con esa esencia marcada de la gente salmantina: «Somos muy propios» decía siempre Berna, con unos ojos claros y el mandil como seña de identidad.
Esa mañana, Luis se levantó con tareas pendientes en la fragua, rompiendo su rutina de más de 60 años de atender primero a sus animales: «tengo muchos hijos y muchos nietos que cuidar» siempre decía, con un gesto de cariño en el rostro.
De camino a sus quehaceres, al cruzar la carretera que los llevaba a Salamanca, Luis encontró la nieve aplastada y trozos de plástico que se esparcían a lo largo de la honda cuneta. Un vehículo había impactado contra una pared de piedra, haciendo un portillo donde no debía haberlo. Dentro había un único ocupante, un estudiante que iba a las Arribes, a su cita anual de la matanza familiar. El chico, cuyo nombre vagamente recuerdo de escuchárselo alguna vez a Luis, sorprendentemente había salido ileso de tal aparatoso accidente. Con dos vacas (como decía Luis, o quizá ya con el tractor, en concordancia con la modernidad de los tiempos, aunque mucho menos romántico), Luis ayudó a aquel chico a sacar su coche de la honda cuneta, a la orilla de aquel pueblo charro de gente muy propia. Luis, un hombre sencillo, trabajador y humilde, pero con una bondad envidiada por ricos, siempre estuvo agradecido al agradecido chico arribeño pues, cada Navidad a partir de aquel noviembre (que yo sitúo en el siglo pasado), le escribía una carta para expresarle su cariño y gratitud. Luis siempre le contestaba de vuelta, con un cariño inmenso y la satisfacción, año tras año, de que aquel noviembre haber encontrado a aquel chico a tiempo.
Mi abuelo Luis falleció hace seis años, ya no hay más cartas de vuelta. Recuerdo vagamente las vísperas de Nochebuena escribiendo por él una carta para «el amigo de tu abuelo» como decía mi abuela Berna. Los ojos ya no le respetaban pero el corazón sí. Hoy me encuentro entre cajones, cartas y fotos que evocan otros tiempos y una vida pura, buscando la dirección de aquel chico que tanto agradeció su vida a nuestra familia.
El fuego
Rufino Sánchez
El abuelo chascaba los dedos y la chimenea ardía más fuerte.
Podían pasar horas de meter leña, papel, lanzar cerillas o acercar el mechero sin que el fuego se avivara. Y en un momento dado, el abuelo chascaba los dedos y se hacía la magia.
– ¿Cómo lo haces abuelo? – le preguntábamos todos los nietos prácticamente al unísono.
– Hay que mirar, escuchar, observar y esperar que sea el momento justo.
Siempre lo recordamos cuando nos juntamos para celebrar la Navidad en la que fue su casa.
Todos los primos juntos alrededor de la chimenea, la misma chimenea que ahora son mi padre o mis tíos los que encienden con papel y con leña y lanzando alguna cerilla y acercando el mechero.
Ellos no chascan los dedos y aún así prende la llama y se aviva iluminando y calentando la estancia.
Aquel extraño señor
Ángel Domingo Martínez
(Baños de Valdearados, Burgos)
Hoy los campos se engalanan de un blanco cristalino por la mañana, las gélidas calles del pueblo no invitan a alargar la conversación y desde lo alto del Santo Cristo se puede observar que hoy hay más chimeneas que a lo largo del año humeando sin descanso.
Hoy es ese día en el que aparece en el pueblo un extraño señor. Suele ser pronto en la mañana, porque nunca me dio tiempo a verle. Quizás este año alcance, pero nunca entendí por qué se presentaba todos los años en la misma fecha. Además, solía pasar que mi abuelo siempre le veía al salir de misa o al venir de hacer recados, y le servía para echarme en cara que me hubiese quedado junto a la lumbre toda la mañana.
Me lo imaginaba como un tipo de secretario, que iba apuntando quién había aguantado un año más entre los experimentados de la vieja aldea. Incluso alguna vez logré verlo en sueños, era un siniestro comerciante que me rehuía tras su oscuro gabán. Lo visualizaba alto y enclenque, de cabellos oscuros con mechones canos. Enlutado de arriba abajo, destacando unos largos zapatos y un chambergo que quería tocar el suelo. Lucía también un sombrero y una bufanda de punto que cubría casi por completo su rostro, seguramente, para no ser identificado por su condición especial.
En cuanto a su rostro… era un auténtico rompecabezas. Aun así, me imaginaba un rostro serio pero con una sonrisa amenazante, una nariz puntiaguda, arrugas marcadas en la frente y una boca pequeña coronada con un poblado bigote. Pero nunca supe colocarle sus ojos, ni la forma ni el color, ni mucho menos el número. Pues la única descripción que recibía del abuelo era: “Ay majo lo que he visto. No lo vas a creer, pero yendo a por el pan había un señor que tenía más ojos que días tiene este año”. Entonces a mi abuelo se le iluminaba el rostro al ver mi cara embobada, pensando en aquel extraño señor de mil ojos.
Nunca supe de dónde venía ni adónde iba, ni mucho menos cuál era su propósito al pasearse cada 31 de diciembre por nuestro gélido y sencillo pueblo. Aparecía sin dar explicaciones y sin fallar a la fecha, como la cigüeña por San Blas.
Pero ahora puedo llegar a entender un poco mejor por qué a mi abuelo le brillaban cada año un poco más los ojos. A fin de cuentas, el paso al año próximo no era tan intrascendente en él como lo era para aquel chaval de 10 años. No sé si aquel extraño señor le iba dando pistas de un anunciado final o si por el contrario le daba fuerzas para el año venidero.
Hoy luce el mismo manto sobre los mismos campos, las calles igual de gélidas tienen menos conversación y las chimeneas humean menos que antaño. Pero hoy, mi padre al llegar a casa, con un reflejo inequívoco en su mirada, nos sigue hablando de la visita de aquel extraño señor.
En recuerdo de mi abuelo Acisclo.
Luz invernal
Irene Hervías
La ausencia de luz por debajo de la puerta me hace dudar de que haya amanecido. Sin embargo, el motor del coche del vecino, la tos de mi tía, la radio y la cafetera indican que así es. Al subir la persiana descubro a la culpable, esa que me impide ver el puente y será protagonista de todas las conversaciones al menos hasta que levante, si es que lo hace.
Mi llegada a la cocina sin zapatillas recibe una reprimenda como buenos días. El motivo es el frío suelo que, desde hace unos años, añora la gloria. La situación empeora cuando anuncio mis intenciones, y trato de suavizar sus palabras que, en el fondo, desprenden un enorme cariño, con un beso de despedida.
Con el cuerpo entonado por el café escapo hacia mi paseo por los caminos. Su presencia me provoca una sensación de frío intenso, pero también de calma, de tiempo detenido y de luz, una luz blanca, invernal. Tanto si está baja como alta, con ella, nuestra tierra desprende una inusual y desconocida belleza. En ocasiones oculta parte de los troncos y permite vislumbrar solo las copas, creando un decorado fantasmagórico y, sin embargo, acogedor. En otras, más escasas, acompañada del hielo, ofrece una belleza sublime. A pesar de la escasa visibilidad, a medida que avanzo, distingo tierras que empiezan a resurgir y otras que se mantienen a la espera. Me sorprende el silencio. Hoy ningún disparo lo rompe ya que ella se lo impide.
De vuelta a las calles percibo el olor a humo y observo las ventanas empañadas despertando en mí el recuerdo de cuando me servían de lienzo. Es curioso cómo nuestra mente desbloquea determinados recuerdos en un momento y espacio precisos, en los que, sin embargo, creemos ya haber estado. Al entrar en casa acompañada del sosiego y del frío un estornudo me delata y me obliga, con sumo gusto, a saborear otro café. El silencio ya queda lejos, pero estas infinitas charlas en la cocina me reconfortan de igual forma.
Cuando el pitido del panadero se oye ya se empieza a distinguir el puente. Es curioso como aquí los pitidos no me molestan. Su intención es totalmente distinta, no son quejas, ni reproches, si no saludos o esperados anuncios de llegada. Su desaparición devuelve a muchas casas la posibilidad del paseo vespertino y la tranquilidad de que el viaje, que con ansia esperan que realicen los suyos, sea más seguro. Por el contrario, en estos últimos provoca desilusión. Allí donde habitan ahora ella no llega, ya que ha preferido quedarse para rellenar los huecos dejados.
Nunca olvido que son muchas las razones para volver y que siempre habrá alguien esperando, aunque sea solo ella.
Caminos en la niebla
Cristina Domínguez
Hay un silencio que llena todo este campo, hasta más allá de lo que deja ver el horizonte nubloso. El frío va permeando la ropa-la piel llegando a zonas profundas que me hacen tiritar. Todo blanco, se desdibuja en este plano cualquier objeto de referencia. Aunque yo no me pierdo, siempre sé volver, porque a lo largo de estos años viviendo en este aislado lugar he ido configurando un plano mental, un mapa que me salva en días como este en el que parece que los caminos se han ocultado por esta fina capa de nieve.
Podría ser Navidad, o podría ser cualquier época del año, porque la emoción que me hacen recorrer estos caminos, sólo frecuentados por vecinas con sus perros y bicis, y alguna alondra totovía, es la misma. El llenarme del silencio que se respira aquí, intentando no dejarme llevar por los sentimientos que se crean cuando dejas entrar el vacío del espacio estepario en tu interior.
El frío me desensimisma, y me recuerda que es hora de regresar.
Estoy contenta porque en estos días los emigrados vuelven con ideas del mundo exterior novedosas, con formas de vivir que a veces a mí me agotan. Con un pie en sus casas de Madrid, Estocolmo, Dublín, y con otro en el de su infancia, la Navidad se desarrolla sobre una serie de sentimientos encontrados. Volver a antiguos roles familiares – muchas veces no deseados – o volver a sentir la cercanía vecinal de llamar a tu amiga que vive en dos calles y salir a pasear. Estos días son un pequeño resguardo en el que se crea un paréntesis en el devenir de los días, donde nos configuramos como personas despreocupadas que comparten con toda la alegría que pueden el poder reencontrarnos.
Pero, frente al amor de los que vuelven, está el silencio de los campos a nuestro alrededor que nos sostiene y asfixia cuando no conocemos los caminos sobre los cuales movernos.
Relatos de familia-Caridad cristiana
Miguel Ángel Hontoria
Los curas nunca han sido santo de mi devoción. Cabe decir que algunos hacen una labor encomiable en distintos ámbitos: en barrios difíciles, zonas de guerra, etc… Para ellos, todo mi reconocimiento. Pero durante los años cuarenta y cincuenta del siglo XX, los curas además de estar pendientes de las almas de los habitantes de los pueblos también ejercían a modo de pseudopolicías de la moral. Estaban muy pendientes de las mujeres que llevaban las faldas más cortas de la cuenta, si alguna fumaba, o si los rumores decían que alguien era ateo. Esas cosas tan “graves”.
La fiesta de los Reyes Magos tal vez sea la mejor cuando eres niño. Es pura magia, tienes un deseo y ellos te lo conceden. Mis padres y tíos también tenían esos deseos de pequeños, pero a los Reyes Magos muchas veces se les olvidaba la dirección de sus casas y cuando llegaban, con ellos no eran especialmente generosos. Un par de castañas y alguna nuez del año anterior como mucho, no fuera a ser que se volvieran avariciosos.
Para estos niños que los Reyes Magos tenían olvidados estaba la costumbre de los aguinaldos. Los niños y niñas iban por las casas de las personas más importantes del pueblo, como el alcalde, el juez, …o bien las más pudientes económicamente.
Los aguinaldos eran los productos que estas personas tan caritativas tiraban desde ventanas y balcones. Solían ser castañas, nueces, alguna mandarina y pocos caramelos.
En aquellos días las calles aún no estaban asfaltadas, no tenían el brillo que tienen ahora. En el mes de enero lo más normal es que fuese un auténtico barrizal debido a las lluvias o nevadas.
A ese barro había que añadir todos los excrementos de los animales domésticos que transitaban por las calles, que eran muchos y de varias especies, más todos los orines que la gente arrojaba cuando vaciaban los orinales.
En algunas casas los aguinaldos se intentaban tirar hacia las zonas menos sucias de la calle. En otras casas era distinto, encontraban muy divertido y les resultaba cómico tirar los aguinaldos a las zonas más sucias y embarradas; en esa mezcla de estiércol, barro y orines, los niños metían las manos entre gritos y empujones para atrapar la mayor cantidad posible de regalos. La diversión y las risas de aquellas personas tan caritativas al ver aquel espectáculo eran más que evidentes.
Don Donato, el nuevo párroco, eliminó de forma fulminante esta costumbre al llegar al pueblo en su nuevo destino.
Lo cambió por un reparto equitativo en las escuelas. Sin barro, sin empujones, sin porquería y sin risas en los balcones.
Sorprendentemente aquel tal Don Donato, el cura, tenía caridad cristiana.
La fe es para los pobres
Iris Hontoria
Doña Amanda siempre decía que había tenido suerte en la vida porque se casó con el hombre que quería. Y eso, según sus propias palabras, ya era mucho decir. Aunque su boda no fue como las de otras mujeres: fue en noviembre, vestida de negro, porque en verano había demasiada faena. Para el banquete mataron una cordero. La atrapaban, ataban sus patas para que no pudiera moverse y, con una navaja cabretera le buscaban en el cuello un mismo punto, luego se le clavaba y comenzaba a sangrar hasta que moría. Luego la sangre se recogía en un balde para cocinarla. Después se le sollaba, se le abría en canal para coger las vísceras e íbamos al río a limpiarlas. Por último, hacíamos callos.
“Ese era el verdadero sacrificio”, solía decir, “he ahí el cordero de Dios que quita el pecado del mundo, o por lo menos, del nuestro”.
Tras la boda, las cosas no fueron fáciles. Federico trabajaba de pastor y no tenía un techo propio. Tuvieron que mendigar casa a los amos de él, que les dejaban casas inhabitadas o corrales desolados. Aunque vivieron en varios lugares, había uno que Amanda nunca olvidaría: una casita a la entrada del pueblo, un poco apartada, con el suelo de tierra. Allí pasaron su primera noche como marido y mujer, por eso esa noche y esa casa la recuerda en sus adentros.
Esa noche, mientras el frío se colaba por todas las rendijas, Amanda remendaba sus calcetines junto al fuego. Miró a Federico y, con un tono entre resignado y divertido, dijo:
—Como si esto bastara para no coger frío.
Federico ya había preparado las brasas para calentar el cuarto. Las colocó cuidadosamente bajo la cama.
—¡Cuidado! Ya las pongo debajo —le avisó, asegurándose de que todo estuviera listo.
Amanda, tiritando, se metió en la cama.
—Vente rápido, anda, que me das calor —le pidió.
Él no tardó en obedecer. Se metió junto a ella, y sus cuerpos se buscaron instintivamente en busca de abrigo.
—Arrímate bien —dijo Federico—. Mira, tenemos las mejores vistas: podemos ver las estrellas desde aquí.
Amanda, aún temblando, se quejó con una sonrisa cansada.
—Pero me duele la rabadilla del frío.
Federico, como siempre, tenía una historieta para cada momento.
—Ven, acércate y mira las estrellas. ¿Sabes por qué se ven así de juntas las estrellas? Se acomodó junto a ella y comenzó a narrar.
—Un día, Dios mandó a una cordera al cielo. Allí, la cordera tuvo un corderito. Cuando Dios vio lo especial que era, lo apartó de su madre justo mientras mamaba. Cuando lo hizo la leche se derramó por todo el cielo.
Amanda, con los ojos brillando de asombro, le miró como si él fuese un mago, aunque no sabía lo que era la magia.
—¿Eso, eso es verdad? —preguntó, fingiendo duda.
—Claro que es verdad. Yo nunca miento —contestó Federico con una sonrisa. En ese momento, Amanda se dio cuenta de que estaba entrando en calor. —Debe ser por las brasas —dijo.
—No —corrigió ella, abrazándolo aún más fuerte—, es porque estamos así de juntillos.
Y así se quedaron, abrazados bajo el cielo estrellado, mientras las brasas se apagaban poco a poco, y el frío dejaba de importar.
Mi tío Carlos
Jonathan Del barrio
Todos los años, llegadas estas fechas, me acuerdo mucho de mi tío Carlos. Su cumpleaños era el 30 de diciembre y el hecho de no tenerle ahora entre nosotros me produce cierto sentimiento de tristeza, que trato de relajar recordando nuestras experiencias juntos. Hoy me he acordado del día de Nochebuena de aquel año en que llegamos empapados a casa de mi abuela por haber estado jugando con la nieve toda la tarde.
Mi tío Carlos era el más pequeño de los hermanos de mi padre. A mí me sacaba 16 años. Lo que le diferenciaba y le hacía especial es que nació con un cromosoma de más, síndrome Down, y su retraso cognitivo y su falta de habilidades se compensaba con una inmensa felicidad que ningún otro de mis tíos o primos teníamos. También era, sobradamente, más cariñoso que cualquiera de nosotros.
Aquel día de Nochebuena había seguido nevando, menos que el día anterior, pero la nieve permanecía bien cuajada, sin intención de diluirse. Mi madre y mis tías seguían con los preparativos de la cena y mi padre y sus hermanos jugaban al mus en el bar. Entonces, salimos de casa mis primos Floren, Chema, Rubén y yo, con intención de hacer un muñeco de nieve. En ese momento mi tío Carlos salía del bar y se unió a nosotros en la tarea, que nos tendría ocupados media tarde. Empezamos a acumular nieve de la acera y de parte del espacio donde no había coches aparcados y logramos preparar dos bolas enormes, que seguimos rodando hasta la puerta de la casa de mi abuela. Mi tío Carlos nos ayudó en aquella operación. Aunque se resbalaba y se caía de bruces, enseguida se incorporaba y seguía empujando la bola, hasta que la acercamos a su destino final y logramos entre todos subirla encima de la otra bola. Mientras Carlos y yo preparábamos la tercera bola mis primos entraron en casa para hacerse con los complementos necesarios y así terminar de decorar al muñeco. Con dos patatas hicimos los ojos del muñeco y con media zanahoria la nariz. Como no teníamos sombrero le pusimos un saco en la cabeza y aquello le pareció tan gracioso a Carlos, que se rió a carcajadas y nos contagió la risa a los demás. Le enroscamos una bufanda vieja y así aquella estatua de nieve adquirió el aspecto deseado, pero mi primo Floren propuso ir a buscar unas ramas que actuarían como brazos, para que el muñeco quedase totalmente definido. Entonces, nos dirigimos hacia el río y nos entretuvimos mucho más tiempo de la cuenta, porque el Hornija estaba helado y se podía cruzar patinando de un lado al otro.
Nos aseguramos de que la corteza de hielo era lo suficientemente resistente para soportar nuestro peso tirando piedras grandes y conseguimos el reto de lograr cruzar el río helado. Otro año más. Los primos le animábamos al tío Carlos a cruzar con nosotros, pero él hacía gestos de negación con las manos enfundadas en las manoplas y se quedó en la orilla riéndose cuando resbalábamos intentando deslizarnos sobre el hielo. Estuvimos un buen rato patinando y, finalmente, recogimos unas ramas de los chopos del río que consideramos adecuadas para ponérselas de brazos al muñeco.
Cuando llegamos de nuevo a terminar nuestra obra maestra salió mi tía Mercedes, preocupada por no saber dónde estábamos y, cuando nos vio, nos mandó ponernos a los cuatro primos y al tío Carlos detrás del muñeco de nieve para tirarnos una foto. Y después de haber recibido una buena regañina por parte de mi abuela, tuvimos que quitarnos los pantalones porque los teníamos empapados, para secarlos al calor de la gloria y allí nos sentamos los cinco hasta que se llegó la hora de cenar.
Cada vez que veo la nieve caer, casi siempre me acuerdo de aquella tarde, de la pureza que transmite la nieve y la pureza de aquellos niños jugando con su tío Carlos, cuya pureza era superior a la de todos los demás. Hoy no nieva, pero el recuerdo de aquel momento ha sido inevitable, porque he visto otra vez la foto enmarcada que nos tiró aquel día mi tía, sobre el mueble del comedor de la casa de mi abuela, junto al resto de fotos de la familia, cuando yo tenía 11 años, Chema y Rubén 10, Floren 9 y el tío Carlos 26, para 27. Y entonces le he tirado un beso al cielo.