Los paisajes rotos

Marina Cavadi
Fotografías:
Marina Cavadi

Hay palabras que parecen haber existido siempre. Palabras sin las que, desde el contexto actual, resultaría casi imposible comprender y nombrar el mundo. El lector contemporáneo que hoy se adentre en los relatos de las grandes gestas viajeras de la historia literaria occidental, bien sea a través de Homero o del diario de Pigafetta sobre la primera vuelta al mundo, descubrirá ávidas descripciones de montañas, mares, árboles frutales y hasta cíclopes, extrañando, sin embargo, la presencia de un término que hoy parece indisoluble de la experiencia del territorio.

El paisaje, como construcción perceptiva, sólo apareció en las cosmovisiones europeas a partir de la Edad Moderna y lo hizo de la mano de la práctica pictórica, que enseñó al observador a fragmentar la naturaleza y experimentarla como una lejanía. El arte renacentista y barroco convirtieron lo que hasta entonces había sido escenario en escena.

La historia del paisaje es, en gran parte, la historia del distanciamiento entre el ser humano y su entorno original. Hoy, el crecimiento urbano, el auge de Internet y las redes sociales, la velocidad maquínica y la organización reglada de las vías de tránsito han convertido más que nunca la experiencia del mundo natural en un estímulo visual.

A lo largo de una vida humana en el tiempo presente, los paisajes vistos, ya sea in situ o a través de su reproducción, exceden sobremanera a aquellos olidos, tocados o escuchados; a aquellos experimentados de forma integral. Aun así, existen espacios cuyos paisajes se mantienen todavía bajo una cierta negligencia visual.

Se trata de lugares que constituyen el reverso de la sociedad de la abundancia; territorios degradados en los que la huella del ansia humana ha transformado la totalidad de su superficie primigenia. Estos espacios, recogidos aquí bajo el nombre de “paisajes rotos”, constituyen una muestra extrema de los procesos industriales, extractivistas, de cambio climático y antropización que afectan en el presente, de una u otra forma, a la totalidad de la Tierra.

Por ello, son habitualmente desechados del régimen visual hegemónico, relegándolos a parajes lejanos donde no se vaya a dar un encuentro casual con su percepción. Bajo esta idea, Los Paisajes Rotos surge tras la experiencia de los grandes incendios del verano de 2025, que durante semanas mantuvieron los montes de El Bierzo en llamas, arrasando más de 43.000 hectáreas; una sexta parte de la superficie total de la región.

Esta situación se unió a una conciencia previa de la zona como territorio altamente transformado desde mucho antes de la llegada del fuego. Al fin y al cabo, si uno crece en El Bierzo no tarda en aprender que Las Médulas son el mayor atractivo de la comarca y que éstas, habiendo sido una gran fuente de oro y riqueza para los romanos de los primeros siglos de nuestra era, son hoy un paisaje bello pero roto; una ruina natural.

Es desde esta premisa que se parte para elaborar una cartografía fragmentada de distintas formas de ruina montium que en la actualidad se encuentran en el territorio berciano, pretendiendo abordarlas como espacios que, al igual que la ruina, poseen un carácter ambiguo. 

La ruina arqueológica genera una sensación de impotencia del ser frente al paso del tiempo y las inclemencias de la Tierra, pero, a la vez, define su entorno, lo concreta y, en ocasiones, hasta lo nombra; es la última portadora de historias ya extintas y nombres olvidados.

En un momento en el que las dinámicas sociales parecen haber trascendido todo límite natural del hambre, donde la violencia sobre los ecosistemas se exacerba y llega incluso a desequilibrar la Tierra, esta apreciación sobre la ruina puede también brindar algo de esperanza al paisaje roto, entendiéndolo como una naturaleza que, por fin libre de su fecundidad, de sus recursos perseguidos por el ansia humana, puede reposar y volver a tomar agencia de su propia condición; reintegrarse en el entorno a través de sus procesos de transformación originarios: agua, viento y fuego.

Si se consigue vislumbrar esa posibilidad, apaciguar las culpas individualizadoras para darse cuenta de que el paisaje era piedra mucho antes que paisaje, y que lo seguirá siendo mucho después de que cualquier sujeto se halle en disposición de subjetivarlo y fragmentarlo; si se renuncia a la antagonía naturaleza-humanidad y se comprende que al fagocitar lo uno se consume también lo otro, entonces la observación frontal del paisaje roto puede aportar ideas más absolutas sobre nuestras formas de habitar y trabajar la Tierra y, en última instancia, ofrecer a su espectador un encuentro con el Tiempo Puro. 

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