Sexta fiesta en el castillo. ¿A cuántas llegaremos? En realidad nunca se sabe si será la última, si el castillo se convertirá en un parque temático, o si nosotras abandonaremos, agotadas, la tarea de crear en él un microclima joven y festivo durante un día, una vez al año.
Podría parecer que cada vez cuesta menos hacerlas y tendría sentido que así fuera, pero por aquí somos de liarnos la manta a la cabeza.
Esta vez la temática es más compleja que nunca porque no es una temática, es una invitación a pensar en el futuro de otra manera. En clave esperanzada, ambiciosa, moldeadora, arquitectónica. La Castilla del futuro será lo que hagamos de ella, sería un poco el lema, que sería también una especie de provocación.
Estamos aletargados y atiborrados, yendo como borregos -o como vacas al matadero- hacia el que pensamos que es el único futuro posible: el cyberpunk
Para quien no esté familiarizado, cyberpunk es un futuro hipotético en el que las grandes corporaciones tecnológicas dominan el mundo en lugar de los Estados. Los injertos biotecnológicos y las mejoras genéticas están a la orden del día pero solo para quienes pueden permitírselos. La desigualdad social es mayor que nunca. La tecnología se ha desarrollado y extendido en detrimento de la Naturaleza, que agoniza, llevada al extremo, desertificada, exprimida, convertida en un recuerdo para los pobres y en un lujo para los ricos. El capitalismo ha permeado todo y “tanto tienes tanto vales” ya no es una lacónica expresión sino una realidad legal.
Una distopía cada día más plausible en un contexto en el que hace unos pocos días y por primera vez en la Historia una BigTech ha emitido un comunicado con tintes sociopolíticos, pretendiendo esbozar directrices de actuación a los Estados y gobiernos. En el que ha aparecido muerta la científica que estaba a punto de encontrar una fuente de energía absolutamente limpia y gratuita. En el que las grandes explotaciones de energías renovables estrangulan el rural cada día más, sin restricciones y sin consecuencias, destrozando el suelo y el paisaje. .
En el que incendios masivos, irrefrenables, engullen cada verano masas boscosas que estaban ahí antes de que se inventaran los ordenadores, los teléfonos, los coches y la electricidad. En el que el rural se vacía y la población se hacina en grandes metrópolis en las que los grandes tenedores especulan sobre el precio de las viviendas, sin que nadie haga nada, más que seguir trabajando y utilizando la química los findes para evadirse de esta realidad asfixiante.
Y sin embargo creemos que dejarnos mecer y conducir por la inercia de los tiempos hasta un futuro en el que tus likes determinen tu acceso a la sanidad y en el que el ser humano es prácticamente un cerdo en una macro granja no es un camino que debamos recorrer. Esa opción ya está ahí, ya estamos avanzando hacia ella, y a ella llegaremos, si no hacemos nada.
Es verdad que el cyberpunk es el futuro más probable. Pero hay que intentar empezar a bosquejar otras opciones, versiones alternativas de un futuro en el que las cosas salen bien. Si ni siquiera pensamos en ello, si ni siquiera existe la idea en nuestra cabeza de que las cosas pueden darse de otra forma, pues no se darán. Quizá no se den ni aunque lo pensemos, ni aunque actuemos, ni aunque lo luchemos. Pero habrá que intentarlo.
Hace poco estuve en Pasaia unos días viendo a mi amigo Yasser y me quedé de una pieza cuando me contó el sistema de huertas libres que regía el monte. Como ciudadano del pueblo tú puedes subirte al monte, delimitar un pequeño terreno y empezar a cultivarlo. Sin registrarlo en una oficina del ayuntamiento, sin tener propiedad legal sobre ese territorio. Quizá no puedes dejárselo en herencia a tus hijos mediante escrituras, pero sí en usufructo. El usufructo es tuyo y de hecho, si el ayuntamiento tiene que desmantelarlo por obras públicas, envía a un perito, se tasa el valor de lo que habías construido y se te subvenciona.
Es legítimo que trabajes un trozo de tierra del lugar en el que vives, y ese trabajo tiene un valor. Me pareció absolutamente utópico, pero era real, ahí estaba, huerta a huerta. Habría más de 200. Y desde luego Pasaia no es el único pueblo, como él hay varios. Y sé que la realidad vasca es otra, empezando por la abundancia de agua y terminando por unos mejores servicios públicos en general. Pero ¿no deberíamos aspirar a eso? ¿No deberían los vecinos de un sitio poder hacer y deshacer en su monte, dentro de unos límites lógicos, a su antojo? A nadie interesa más que a ellos que el monte esté cuidado, que siga produciendo. No lo sé.
Sólo digo que en un futuro utópico todo el mundo viviría en los pueblos. En las ciudades habría fábricas y huertos solares y eólicos, pero no casas. Se podría acceder a ellas rápido, igual que ir de unos pueblos a otros, en drones taxi como los que se proyectaba en Un lugar singular, pero la gente estaría establecida en el campo, en los pueblos. Agrupados por grupos de amigos, por familias.
Se cuidarían -por turnos entre los vecinos del pueblo- rebaños inmensos, también con apoyo de estos drones, lo que tendría limpísimo el monte. Los turnos darían derecho a carne, leche y lana. Los gusanos y hongos, que ya existen, capaces de desintegrar todo el plástico acumulado, estarían en ello. Se encontraría una utilidad práctica para todas las montañas de toneladas de ropa acumuladas en el desierto de Atacama. Habría abejas a mansalva, la apicultura sería una profesión de éxito. Los oficios artesanos volverían a tener éxito y demanda porque no habría oferta de basurillas producidas en cadena. El autoabastecimiento sería la norma. Aunque hubiera que mantener algo de comercio transatlántico para cosas tecnológicas irrenunciables, en cada sitio se consumiría lo que en cada sitio se produce.
Vuelta al medievo en algunos aspectos, pero sin renunciar a todos los avances y las cosas buenas que nos ha traído la contemporaneidad. Se acabó el Shein, pero se mantienen la libertad y la dignidad personales. Se podrá seguir consumiendo kimchi, aguacates y fruta del dragón o kiwis porque hemos aprendido a cultivarlos en España. Habrá una red de abastecimiento ferroviario para redistribuir productos y también personas, con lo que, aunque vivamos en pueblos distanciados podremos seguir yendo a visitar a nuestros otros amigos de vez en cuando. No necesitamos psicólogos, fisios, pastillas para dormir ni apuntarnos a crossfit porque la vida en el campo nos mantiene conectados, sanos y fuertes.
Eso es más o menos Solar Punk. Tecnología y Naturaleza se integran, estimulan y sostienen. Lo mejor de los dos mundos, volviendo a Hanna Montana. Y obviamente estoy desbarrando, elucubrando y proyectando al aire, pero es que habrá que hacerlo ¿no? De la otra manera sólo estamos todo el día preparando el advenimiento del apocalipsis, asumiendo poco a poco en nuestros fueros internos que el mundo es así y no hay manera de cambiarlo, que se viene el colapso, el cataclismo, la alineación máxima y la muerte. Que seremos, como en la peli de Wall-e, personas deprimidas y atiborradas, enganchadas a máquinas en un mundo de basura. Y ya se sabe lo de la profecía autocumplida.




No sé, sabemos que lo del 30 de mayo es una fiesta y que no deberíamos ponernos tan serias, pero nos ha pillado así. Estamos todo el día siendo testigos de la agonía del mundo rural, de la desaparición de la artesanía y de las formas de vida integradas en la naturaleza de nuestros antepasados y la reacción de la mayoría de la gente preocupada por esto suele ser suspirar con resignación y pena y mirar atrás con apreciación nostálgica. Y no debería ser así.
Deberíamos tener todos claro el futuro que queremos, unirnos en eso. ¿Quién cree en los políticos hoy en día? y en cambio ¿Quién duda del campo, de la naturaleza, de las plantas y los animales, del agua y de las montañas? son lo único real que nos queda y es importante que en su defensa estemos todos unidos. Fuera BarçaMadrid ideológico, nadie quiere vivir en Cyber Punk. A todos nos gusta que nos dé el sol en la cara y escuchar a los pájaros cantar y comer lentejas con chorizo de matanza. Esa es la vida de verdad. Defendamosla juntas.