La exposición de Traje Regional de 1925 se inauguraba con un discurso en el que ya se dejaba caer la idea -innegable- de que semejante muestra de riqueza, diversidad, de patrimonio identitario y cultural debería transformarse en un museo. A los dos años nació efectivamente el Museo del Traje y la muestra se volvió permanente, inmortal. Hasta ese momento no se había considerado que la indumentaria fuera un valor patrimonial a conservar. Y menos la popular, quita, quita.
De hecho, aún en la actualidad, la historia del Museo ha sido la historia de un errar constante entre edificios y se le han hecho desplantes cercanos al desahucio inmediato en más de una ocasión. Da igual que haya piezas medievales, de Fortuny, de la alta nobleza…La moda sigue considerándose por muchos un valor menor, pero ese es otro tema. Volvemos a la exposición. Lo primero, un poco de contexto:
España, 1925
Aunque en lo político se atraviesa un capítulo oscuro (la dictadura de Primo de Rivera), en lo concerniente a las ciencias sociales, el arte y la vida intelectual se vive un momento de esplendor. El desastre del 98 -y el pesimismo intelectual en que derivó- dejan paso a movimientos regeneracionistas. Las vanguardias (surrealismo, cubismo, dadaísmo) y una generación del 27 tan prolífica en nombres memorables -Lorca, Maruja Mallo- como en ideas.
La Institución de Libre Enseñanza (que defiende una educación moderna, científica, diversa) se ha hecho fuerte y la antropología social empieza a tomarse en serio y a desarrollar interés por la investigación etnográfica. Es este un periodo riquísimo en el que convive constantemente una tensión entre la tradición y la modernidad, entre la conservación de las distintas culturas regionales y la reinterpretación de las mismas.
Desde perspectivas prácticamente opuestas (lumínicamente opuestas), Zuloaga y Sorolla se afanan en retratar las escenas de la España más auténtica: la rural.
Por su parte Lorca -y el propio Dalí a su manera- miran también esta España profunda y la mezclan con las nuevas ópticas de principios de siglo.
Pero no sólo los artistas españoles miran hacia la cultura del país, sino que desde Europa se empieza a contemplar España como un destino exótico. Nace un turismo que busca el folklore y las identidades regionales, aunque, como siempre hace el turismo, necesita que la oferta se le adapte (de aquellas, lejos de haberse democratizado, el turismo es aún una actividad de lujo, reservada a las clases altas).
El caso es que en la España de 1925 existía un ambiente de exploración de la identidad cultural y la diversidad regional de carácter esencialmente intelectual y etnográfico; artístico, semicientífico.
En este contexto surge la Exposición del traje regional en 1925.
Cabe destacar que ya entonces, hace 100 años, se hablaba en las revistas de ella como “el museo de la España que se va”. (No ha dejado de irse, pero aquí seguimos, intentando retenerla un poco más -aunque sea en la memoria- todos los que la consideramos demasiado valiosa como para cambiarla sin vacilar por una España global y turbocapitalista de Shein y reality shows de estructura copiada.)
Aquello no fue una exposición normal. Fue un despliegue técnico e investigativo mauseolítico. La acogió el Palacio de Bibliotecas y Museos nacionales, donde ocupó tres grandes salones. El proceso de archivo e instalación se extendió 4 años. Gracias al trabajo de los distintos comités provinciales y a donaciones particulares, se reunió una colección de 348 trajes regionales y de época, 3.914 prendas, 668 fotografías y 237 acuarelas. Lo más particular del asunto era que no se exponían trajes, se componían estampas. Se contruían atrezzos completísimos -a menudo curados por artistas de renombre- que ambientaban las piezas: representaban una plaza típica de Plasencia, un mercado de Oviedo, un carro paseando por las calles de Jerez…
Cada maniquí era distinto. De hecho, se consideraba que en cada zona de España la morfología de los cuerpos era distinta. Lo cierto es que los trajes que se cedían o donaban estaban hechos a medida, por lo que era necesario diseñar un maniquí para cada traje (que, más que representar un tipo, representaba a un tipo/a). Una de las cosas más interesantes del enfoque de la exposición es que las distintas zonas de España no se distinguían de acuerdo a las fronteras políticas sino más bien geográficas, culturales.
Luis de Hoyos, el director técnico, dividía España en 5 zonas según el tipo de calzado tradicional:
-Madreñas de madera en el norte
-Alpargata en las zonas de influencia pirenaica (Aragón, Cataluña, Navarra)
-Esparteñas/ alpargatas más finas y abiertas en el mediterráneo
-Cuero basto en la meseta
-Abarcas de cuero ligero tipo babucha en el sur (Andalucía, Extremadura, Canarias)
El enfoque podía ser urbanita y elitista, pero resultaba genuino y positivo porque patrimonializaba la cultura popular y, aunque al mismo tiempo la congelaba y transformaba en un producto útil, al servicio del poder y el mercado (“visit Spain”, campañas de acercamiento a la monarquía), esto no tendría nada que ver con la simplificación utilitaria a la que se sometería después, durante el desarrollismo franquista de los años 60. Aquí, al menos, los principios esenciales eran la investigación y la conservación, no se metía la tijera a conveniencia.
Dato importante: aunque Luis de Hoyos dirigió el proceso y avaló el rigor científico de la exposición -y aunque le amamos por esta clasificación del país tan acertada y original-, lo cierto es que durante gran parte de esos 4 años estuvo de viaje por Europa desarrollando otros proyectos y que la mayor parte del peso del montaje, la coordinación diaria y la puesta en escena fueron asumidos por otras figuras, en concreto -a ver a quién sorprende esto- por dos mujeres cuyos nombre la Historia ha prácticamente olvidado: Carmen Gutiérrez y Jacinta García. También tuvo un papel fundamental en la ambientación de las escenas la etnógrafa y hermana del escritor, Carmen Baroja.
¿De dónde han salido pues, si tan olvidadas habían sido, estos nombres? Pues de la boca de Laura Jimenez Izquierdo, la comisaria de Raíces, una exposición que se ofreció al público el año pasado en el Museo del traje, conmemorando los 100 años de la exposición de la que venimos hablando y que revisitaba, con una mirada crítica e innovadora, este hito en la historia museística y etnográfica del país.








Tuvimos la grandísima suerte de ser invitadas a un pase nocturno con motivo de la clausura de la misma. Antes de poneros los dientes largos, tenemos que empezar por ahí: la exposición ya terminó y no se puede visitar, lo que constituye un poco una desgracia. Daba para otro museo aparte.
Aún así, el Museo del traje conserva aún una sala especializada en indumentaria tradicional donde podemos ver algunas de estas piezas, y Laura siendo parte fundamental del museo, por lo que si contratáis una visita guiada podéis tener una experiencia parecida a la que tuvimos nosotras. Aunque bueno. Es que nosotras lo pasamos muy bien. Nos acompañaba María Morato y coincidimos allí con El Chiguito, a quien acabábamos de conocer.
Laura, además de regalarnos un montón de anécdotas sobre el desarrollo de la exposición, nos dejó entrar hasta la cocina llevándonos al taller de conservación y restauración (todas las piezas están en constante rotación porque la exposición las deteriora, necesitan oscuridad y fresquito), al taller de maniquíes (como comentábamos antes, cada prenda antigua requiere de un maniquí específico, que es literalmente una recreación de las hechuras de la persona que las llevó)…un lujo.
Algunas cosas que nos llamaron la atención en Raíces:
El impresionante lienzo de Sorolla en el que aparecían las capas blancas de Villaciervos (Soria) junto a una de dichas capas en un estupendo estado de conservación. Ambos elementos recibían a los visitantes y daban comienzo a la exposición. Laura Jimenez tenía especial cariño a esta primera parada por su origen soriano. Por cierto que el cuadro era realmente un estudio para la serie Visión de España que el Hispanic Society of America encargó a Sorolla en 1911 para decorar su biblioteca en Nueva York. Cómo de descomunal sería el cuadro si un estudio ocupaba 2x2m. En fin.
Los cuadros de Delhy Tejero, en especial el del mercado de Toro, que daba para embeberse en los detalles, aunque sin olvidar el cartel de las jornadas regionalista que organizaron las estudiantes de la Residencia para Señoritas (asociada a la Institución de Libre Enseñanza) de la que salieron tantos grandes nombres en la década de los 20. Atentos porque pronto le dedicaremos aquí un artículo a la toresana.
Las ligas del valle de Ansó, en Pirineos, donde se podía leer “el amor que se desvela”, las medias con notas musicales.
El traje de novia lagarterano (de Toledo) que fue portada de Vogue
Los trajes de cobijada de Vejer, al fin y al cabo, burkas españoles.
Los amuletos, muchos dedicados a proteger a los bebés antes de su bautizo, quizá el más impresionante, la garra disecada de tejón.
Los bordados de Guadalajara, de Béjar y la Alberca, de Zamora..
Los trajes contemporáneos de inspiración tradicional que han llevado artistas como Rosalía y Rodrigo Cuevas.
La simpatía y cercanía de Laura Jimenez Izquiero, cuyos ojos chisporroteaban de entusiasmo en cada parada. Un año de estudio e investigación, otro año de montaje, unos meses de exposición. Y eso que se prorrogó debido al éxito. Pero ya no se puede visitar. Y nos parece una tragedia.
El 18 de abril se cumplen 101 años como 101 dálmatas desde que la exposicion se inauguró dando lugar, entonces sin saberlo, al Museo del traje que hoy conocemos. El 23 de abril es Villalar y nosotras os hemos llamado a venir vestidas de traje regional y nos parecía que os debíamos alguna referencia un poco intelectual. Ya que os metemos en el ajo, daros un hilo del que tirar. O varios.
Museos que podéis visitar si os apetece sumergiros en el maravilloso mundo del traje regional (en especial del castellano)
-El museo del traje típico en La Alberca (Salamanca)
-El museo provincial del traje popular en Morón de Almazán (Soria)
-El museo etnográfico de Castilla y León (Zamora)
-La sala dedicada a la indumentaria tradicional en el Museo del Traje (Madrid)
Nos vemos el 23 en la carpa que compartimos con el ayuntamiento.