Aprovechando que La Perdiz me pidió un artículo

Brau Pérez
Fotografías:
Miguel Sánchez González

Ciento veintiún días atrás me senté a orillas del Pisuerga a llorar a mi madre. Aquel acto, según comprendí después, constituyó un final y un comienzo. Ya no era más un hombre de Cuba, sino un emigrante. No sería médico, ni escritor; tampoco ninguna de esas otras cosas que dos semanas atrás presumía. Entonces sentí frío.

 

Yo creía ser uno de esos “ciudadanos del mundo”; pero lo ciertísimo es que, hasta pisar Valladolid, era incapaz de bocetar una idea sobre eso que algunos llaman “el mundo”. Y no, no es esta ciudad cubierta por nieblas estifenkinianas tan cosmopolita como para por sí sola saciar mis ignorancias; pero tuvo hacia mí un gesto invaluable: abrió las puertas y me invitó a entrar.

Recorro las calles desde el Paseo de Zorrilla hasta la Plaza de España. Camino por La Rondilla, Arturo Eyries; me detengo ante una estatua o monumento, leo la tarja. Observo a La Antigua, imagino el pasado. Escucho a las personas; porque, ¿acaso una ciudad son los edificios y monumentos o la gente que la habita?

 

Tomo un café. Converso, cuento mi historia. Ellos me escuchan. Hace frío; bebo otro café. Alguien, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, dice que Ronaldo debe vender el club. Otro que el tal Abascal no ha cotizado en la vida. Salgo y entro a una librería; ojeo un libro y sueño que lo compro. Vuelvo a salir. Así, continúo entrando y saliendo, porque la puerta está abierta. Siento el calor. Auténticas novedades para quien descubre “el mundo”.

 

 

Me pregunto si estas gentes bonachonas comprenderán la belleza del Valle de los Olivos. La sobreexposición a lo bello inmuniza, y nos volvemos incapaces de apreciar otra cosa que no sea lo roto. Condición sólo reversible con un pinchazo de lejanía y desarraigo.

 

Es una obviedad que ciento veintiún días nunca son suficientes para laparatomizar una ciudad y descubrir todas sus virtudes y polvos bajo la alfombra. Pero si Hollywood puede afirmar un romance en una hora de conversación en tren, ciento veintiún días son suficientes para quedar prendido de los transeúntes abrigados, de los bebedores de café, de la imagen lejana de un kayakista surcando el Pisuerga.

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