Recuerdos de Cañete

Texto y fotos: Carmen Abril

No sé si estoy preparada para narrar las impresiones que me causó la provincia de Cuenca. Llevo ya meses posponiendo la tarea. Quería esperar a tener por delante una tarde tranquila en la que servirme una copa de vino (manchego supongo) y conectar de verdad con cómo me hizo sentir la incursión medio improvisada que por fin hicimos a Castilla-La Mancha porque fue todo bastante intenso y sentimental. Casi se podría decir que un flechazo. Un flechazo provincial. Pero bueno, son las 9 y media de la mañana y no tengo Valdepeñas en el piso, así que voy a coger por fin el toro por los cuernos tirando sólo de recuerdos.

Las castizas mellizas

Creo que el factor sorpresa tuvo que ver en el flechazo. Cuando una es castellana, esto ya se ha comentado algunas veces, lo habitual es que nadie te hable nunca de lo que mola tu tierra, de la de costumbres, paisajes, monumentos e historias increíbles que hay en ella. Por lo que sea, literalmente. Nadie te enseña un himno que tocar con la flauta dulce -resulta que CyL sí tiene uno aunque nadie lo conoce, C-LM no- y no hay un día de la castellanidad en el que se repartan sopas de ajo entre los niños en el cole. Si nunca nos han transmitido esto sobre Castilla y León, cómo para transmitírnoslo sobre Castilla-La Mancha, aunque compartamos con ella historia, cultura, raíz semántica, y aciagas circunstancias actuales.

De pequeñxs, en Castilla y León se nos ha hablado de Castilla La Mancha tanto como de Aragón o de Extremadura. Es decir, absolutamente nada. Es más, si existe algún estereotipo sobre la comunidad melliza (me tomo la licencia de llamarla así a  partir de ahora) es el de que ésta es aún más desértica, plana y aburrida que la nuestra: “Uy, ahí sí que no hay nada más que áreas de servicio y campo pelao”.

Nosotras ya teníamos fuertes sospechas de que esto no era así, por la propia experiencia en lo que respecta a nuestra comunidad, y también gracias a alguna amiga alcarreña y a algunos artistas manchegos que respetamos fuertemente como Lobotomy, TomeTomy, Bewis de la Rosa o Nerve Agent. El caso es que no habíamos tenido ocasión de comprobarlo hasta este año. Lo cierto es que, para tratarse de comunidades mellizas, se tarda bastante en llegar de una a la otra y, lo peor de todo, hay que atravesar Madrid. Nuestra excursión tuvo lugar precisamente el primer fin de semana de agosto y nuestro medio de transporte, una furgoneta viejísima a la que ya hicimos referencia en el artículo anterior, no tenía aire acondicionado. Fueron 4 horas y media bastante duras, en especial la parte madrileña, en la que el calor pegaba distinto. Nos pegamos la sudada padre y parecíamos una mezcla entre Los Chichos y El koala, pero nos reímos bastante. Cómo aullamos de alegría cuando por fin pasamos un cartel que decía “Madrid. Gracias por visitarnos, vuelva pronto”.

Como sabíamos de antemano que nos íbamos a achicharrar, además de comprar un flus-flus y un ventiladorcito, habíamos planteado todo nuestro itinerario para ir saltando de masa de agua en masa de agua. Justo acabábamos de publicar “Agua en Castilla” (de Miguel Sánchez), así que esto de que las masas de agua castellana articulasen nuestro itinerario nos motivaba mucho. La primera parada de nuestra ruta era la playa de Cuenca.

La playa de Cuenca

Ojo, porque nosotras somos de Valladolid, donde -técnicamente- también hay una playa. Lo malo, todo el mundo sabe: en el Pisuerga no te puedes bañar porque está más sucio que el palo de un gallinero. En la playa del río de Cuenca, el agua es azul turquesa. Resulta que en Cuenca, en general, lo normal es que el agua sea azul turquesa. Estó a mí me sorprendió. En nuestra Castilla el agua es verde, o dorada si nos queremos poner más poéticos, y puede ser azul oscuro si se trata de embalses, pero rara vez es turquesa. Incluso el lago de Sanabria tiene un color azul plomizo, distinto a éstee

En la playa de Cuenca el agua es azul turquesa. Hay varios chiringuitos que siguen la longitud del río. Accedes al agua a través de unas escaleritas, de manera que da la sensación de que te estás metiendo en una piscina, excepto por las enormes paredes de piedra que la flanquean, por la vegetación, y por la infinitud del asunto.

Mientras te bañas en el río ves Cuenca a lo lejos, con las casas colgadas en el punto de fuga del horizonte. A tu espalda, chiringuitos blancos con plantas y lucecitas decorativas. Suenan Los 40 principales, pero no pasa nada. El agua está francamente fría, pero en nuestra circunstancia, medio recocidxs por una furgo a 39 grados, resultó maravillosa. Nos tomamos un polo y agradecimos cada grado que se iba bajando de nuestra temperatura corporal. No nos entretuvimos mucho, aunque estábamos en la gloria, porque ese no era el spot que habíamos planeado para pernoctar. Había otra masa de agua apuntada en nuestro mapa.

El pantano de la Toba

Condujimos hasta el pantano de la Toba. Para eso hubo que adentrarse bastante en las montañas, con lo que no contábamos (una se asegura de que el destino sea bonito, no de que el acceso sea fácil, y así con todo), pero salvado el escollo de la no cobertura con paciencia y dando la vuelta, conseguimos llegar. Ya atardecía.

El turquesa del pantano se había vuelto un poco añil y se respiraba esa paz aliviada y suave de tarde de verano, cuando por fin el calor deja de apretar y se puede por fin estar a gusto (salvando las frenéticas nubes de mosquitos). Compartíamos el spot con otras dos furgonetas, una de ellas, de tres amigos que habían quedado para pescar con las últimas luces.

Al pie del agua, como tantas otras en Castilla, una edificación abandonada recordaba con belleza melancólica tiempos mejores. La serranía de Cuenca nos vigilaba las espaldas y, con esta luz rara, parecía más que nunca llena de siluetas de duendes conquenses.

Cenamos y estuvimos un buen rato viendo las estrellas. Mis compañeros, que tienen mucha peor vista que yo, niegan que esto sea posible, pero juro que vi más de 15 estrellas fugaces, en uno de los cielos nocturnos más impresionantes que recuerdo. Vi partes de la Vía Láctea que no sabía que eran así. Quise hacerme la campera y dormir al raso, pero al final el frío pudo conmigo y acabé solicitando asilo en la furgoneta. Por mucho calor que hubiéramos acumulado en el cuerpo atravesando Madrid no dejábamos de estar en la sierra, a más de 1.000 metros de altura.

Al día siguiente, como estábamos ya muy cerquita de nuestro destino final (Fuentelgato en Huerta del Marquesado), pudimos disfrutar del pantano. Resulta que hay empresas de multiaventura que alquilan kayaks para recorrerlo, pero tanto tiempo no teníamos, así que nos limitamos a nadar y hacernos aguadillas.

Una vez bañados, desayunados y de nuevo en comunión con las aguas turquesas de la provincia, pusimos rumbo a Fuentelgato, cuya historia podéis leer en el artículo anterior, y donde degustamos un menú que hubiera hecho que mereciese la pena un viaje de 10 horas y no de 5. Pero Fuentelgato ya tiene su propio artículo (leedlo, es un proyectazo chulísimo y ellxs unxs majxs) así que centrémonos en los vericuetos del entorno.

Paisa(na)je ilustrado

Ya entrando en Huerta del Marquesado habíamos avistado algunas piezas de Paisaje Ilustrado, la increíble serie escultórica del artista Luiz Zafrilla, que recrea la  cultura popular tradicional (usos y oficios, personajes y tipos, ya desaparecidos o a punto de estarlo) a través de figuras de acero a escala real. Algo habíamos oído previamente sobre esta maravilla de trabajo gracias a la asociación Los ojos de la tierra, pero verlo en persona fue un lujo.

Resulta que hay tres pueblos en los que se pueden encontrar piezas de esta serie: Huerta del Marquesado, Cañete y Valdemeca. Dudábamos, pues, entre estos dos últimos para continuar el trayecto después de nuestra comilona de reyes y al final, la mayor proximidad y lo gracioso del nombre nos decantaron por Cañete. Y en qué buen momento.

Se convirtió un poco en la coña del viaje con estos dos, pero lo cierto es que es 100% real: me enamoré de Cañete. Llegamos y lo primero que vi fue a no una, ni a dos, si no a tres personas diferentes leyendo a la fresca. Por separado, cada uno en la puerta de su casa.  Una señora en la puerta de su cochera, un hombre más joven en el poyo de su casa y no recuerdo las características del tercero, pero el caso es que nunca, jamás, en toda mi vida, he visto en un paseo breve por un pueblo a tres personas distintas leyendo. ¿Será por que estamos en la tierra de Cervantes? También había una biblioteca libre, de estas que consisten en una cajita de madera en la que ir dejando y cogiendo libros, pero esto sí lo he visto a menudo en los pueblos de CyL. Por lo que sea, al parecer, en Cañete se usa.

También localizamos la primera pieza del Paisaje Ilustrado, que plasmaba una procesión tan realista que, al enseñarle las fotos a la vuelta, mi madre pensó que eran personas reales (también igual es que no tenía gafas). En otra se ilustraba un encierro con muchísima gracia, de un lado y del otro de la calle.

Las casas de Cañete, todas blancas, y sus callecitas llenas de paz bullían flojito, con regocijo veraniego. En muchas cocheras se habían organizado merendolas familiares. El pueblo estaba lleno de banderines medievales, por lo que presentimos que habíamos pillado feria.

La cascada del pozo de la horca

Después de esta primera ronda de reconocimiento tan positiva -y en la que confirmamos que justo había una feria medieval- fuimos a buscar la siguiente masa de agua prometida, que en este caso era la Cascada del Pozo de la Horca, un spot que perfectamente podría haberse ubicado en Hawaii o haber acogido el rodaje de una película sobre hadas del bosque. Estaba en sombra, así que no era lo que más apetecía, pero igualmente nos remojamos en ese chorro helado. Había que ponerse a punto para una gran noche de verano castellano-manchego.

Una vez secxs y maqueadxs, emprendimos la segund ronda con muchas ganas de ver qué se cocía por Cañete. Efectivamente, estaba celebrándose la feria medieval y el pueblo entero vibraba como si algo gordo estuviera a punto de ocurrir. En realidad, como si algo hubiera ocurrido, porque nos perdimos el torneo de justas, que a juzgar por el despliegue había sido todo un espectáculo. Aunque aún quedaban cosas.

Caballos y caballeros, moriscos y judíos, alguna damisela oriental. La gente se hacía fotos con los actores, un grupo de chavales jóvenes que evidentemente estaban gozándose bastante la gira medieval que les había unido ese verano. Algunas ferias medievales son sencillamente una ristra de puestos artesanos, pero en Cañete todo el pueblo estaba volcado y disfrazadísimo, el propio pueblo estaba engalanado de pies a cabeza y lo mejor de todo: había un desfile popular de antorchas (sólo podía participar el que estuviera disfrazado, eso sí).

Ya era de noche. Estábamos estalladxs. El día había sido disfrutón, pero un tute. Aún así decidimos esperar hasta el desfile de antorchas, para el que aún quedaban casi dos horas, dando un paseo por el pueblo. Los pies nos llevaron hasta la plaza y nos pusimos a hacer tiempo allí, sentadxs en un banco con nuestro mojito medieval.

Aunque no casaba con la temática medievo, la plaza entera estaba tomada por una exposición muy curiosa de trajes de mujer confeccionados a partir de cosas del campo: uno con espigas, otro con tejas, un tercero con cardos y flores silvestres…un poco kitsch quizá, pero el caso es que alguna mujer de Cañete había solicitado la plaza de su pueblo para exponer su obra -que mezclaba moda y campo, dos cosas que nos gustan mucho- y le habían dicho que sí. Sentimos no haber hecho foto de sus trajes.

Éxtasis en Cañete

Vale. Este es el momento más emotivo de mi narración y ni siquiera sé explicar por qué. Tampoco pasó nada significativo o particular o especial, pero es el momento que recuerdo con más arrobo, casi como me hubiera dado un stendhalazo socio-rural. O un ataque de misticismo, que es más castellano. Ahí estábamos, con nuestro mojito medieval en un banco, simplemente existiendo y observando el panorama. Había varias terrazas que confluían, confundiéndose en una sola. En torno a unas 100 personas compartían la noche veraniega en Cañete. Es mucho para tratarse de un pueblo castellano, pero lo cierto es que Cañete tiene 800 habitantes y que, ya se sabe, en los pueblos en verano se duplican lxs convecinxs. Además, era la feria medieval que, por lo que estábamos viendo, en Cañete es cosa seria. Pero, más que la cantidad de gente, lo que me llamó la atención fue el ambiente, la energía. Era muy muy muy cálida, aunque no sé explicar bien por qué. Por primera en la excursión manchega, sentí una diferencia muy tangible respecto de nuestra Castilla la vieja, la adusta, sin ánimo de entrar en estereotipos. Había mucha calidez en las mesas, la gente hablaba alto y se reía a carcajadas. Los límites entre unas mesas y otras parecían no existir. Los niños revolvían de aquí para allá y a nadie parecía molestarle. Quizá yo estaba muy cansada y me dio por romantizar, pero todo el mundo parecía abierto, cercano, feliz. C-LM está más cerca de Andalucía y yo siempre he dicho medio en broma que los castellano-manchegos son castellano-andaluces (es broma, pero me entendéis). No sé si tendrá que ver con esto, con el pueblo de Cañete en concreto o, insisto, con la mirada cansada y dulcificadora de quien escribe, pero yo me imagino esa misma plaza en Olmedo, por ejemplo, y se me antojaba que el ambiente sería un poco más ceniciento, un pelín más hosco o más callado o, por lo menos, no tan absolutamente encantador. Sentada allí, en ese banco de Cañete, con mis compañeros a los lados y la mirada puesta en el ambiente de la terraza, me dio por pensar que el mundo es precioso, que la vida también, más bonitos todavía que en los libros y las películas, que la realidad es mil veces mejor que la ficción y que ésta es y será siempre incapaz de capturar la magia que brota y se despliega a lo loco cada tarde de verano por las calles de cualquier pueblo, absoluta y preciosa, casi divina, todo a la vez y en todas partes. Justo estaba pensando esto cuando aparecieron unas niñas monísimas y nos ofrecieron unas pulseras de la amistad hechas por ellas. Enternecidas, les pagamos mucho más de lo que pedían (se les pusieron los ojos como platos al ver el billete de 5 euros) y obtuvimos así nuestra pulsera de la amistad y un recuerdo para siempre de la plaza de Cañete.

Con la hora de inicio del desfile casi encima, nos dimos cuenta de que no sabíamos a dónde teníamos que ir y un niño monísimo y super servicial vestido de caballero nos guió hasta el punto exacto. Todavía no tenía encendida la antorcha, pero la llevaba inconscientemente un poco en alto, como para iluminarnos el camino. No nos dieron antorcha, no íbamos disfrazadxs, pero lxs civiles teniamos permiso para perseguir a la comitiva. El desfile transcurrió, bastante emocionante y chulo de ver, con todas las generaciones juntas y disfrazadas, fuegos en ristre. Bordeamos la muralla de Cañete por fuera y concluimos en una de las retorcidas calles del arrabal en la que tuvo lugar una representación teatral. No escuchábamos nada y los ojos ya se nos cerraban, así que nos fuimos para la furgo.

A la mañana siguiente, con un poco de melancolía por tener que abandonar Cuenca y sobretodo Cañete, nos dimos un último homenaje gastronómico: un desayuno en La muralla, un restaurante Big Gourmand (la mención de la guía Michelin para los sitios que, siendo más económicos, son buenísimos) y partimos de vuelta para Cuencan ciudad.

Las lagunas de colores de Cañada del Hoyo

¡Ah bueno! De camino, parada en la última masa de agua por visitar: las lagunas de colores de Cañada del Hoyo. Círculos perfectos en mitad del monte, cada una de un tono diferente (algunos verdes, como en casa, y nos consta que a veces se ponen rosas), pero desgraciadamente todas con un terraplén pronunciado que hacía imposible el baño. Así que, paseito de apreciación y retomamos camino a Cuenca. Teníamos previsto, además de darnos un último remojón en la playa (porque otra vez estaba haciendo un calor del infierno), conocer un poco la ciudad, y así lo hicimos.

De vuelta en Cuenca

Resulta que Cuenca es espectacular (bueno, de hecho es Patrimonio de la Humanidad, como Toledo). Está engarzada en una especie de peñón, en un puesto de vigía natural, recortado por las montañas y el río. Pasamos muchísimo calor trepando hasta el casco viejo, pero lo cierto es que las casas colgadas merecen el esfuerzo y el paseo es precioso.

Repusimos líquidos en la plaza de la catedral. Se supone que nunca hay que beber en esas fuentes que echan agua continuamente, pero a esas alturas ya habíamos aprendido que el agua en Cuenca es otra cosa, líquido turquesa que baja limpio y cantarín de las montañas, así que bebimos tranquilamente (en realidad, nos arriesgamos, pero doy fe de que salió bien, si no el viaje de vuelta habría sido mucho más duro y quitando la parte de Madrid, fue llevadero).

Oh, he mentido respecto a lo del último homenaje gastronómico: también comimos en Las brasas, un mesón típico en el que probamos un poco de todo lo que sonaba a producto de la zona, con una mención muy especial a la tarta de queso manchego con mermelada de Valdepeñas. Mi reino por un trozo ahora. También descubrimos que los gazpachos manchegos no son lo mismo que el resto de gazpachos y que están aún así muy buenos.

En conclusión: lo bueno de no saber prácticamente nada sobre una zona es que, si vas para allá con los ojos y el corazón abiertos, es muy posible que te pase como a nosotrxs con Cuenca (y con tantos otros sitios) y te vuelvas con ojos, corazón (y barriga), llenos de cosas preciosas que recordar para siempre. Y esto es aplicable a la propia comunidad de unx, de la que, cada día más, siento que aún lo tenemos todo por descubrir. Vivan el verano, las dos Castillas y, sobre todo, sobre todo, aupa Cañete.

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