Agua en Castilla

Texto: Miguel Sánchez González

Fotos: Nico Rodríguez/ Cristina Rey

El agua y la fiesta, la fiesta y el agua

 

«Ningún pueblo sin fiestas. Ninguna fiesta sin pueblo» reivindican en el pequeño pueblo terracampino Amayuelas de Abajo desde que recuperaron las suyas. ¡Ay, las fiestas del pueblo! ¡Qué alegría entra en el cuerpo cuando vamos a las fiestas del pueblo! La fecha señalada en el calendario, el encuentro popular. Ese pilar fundamental para el ser humano desde que existimos como sociedad. El baile, la verbena, la pancetada o la parrillada, las tapas y el vermout en el teleclub, la bodega y las peñas, la charanga y la orquesta… Las fiestas son como el agua. Dan la vida. 

Foto Cristina Rey

¿Y el agua? El agua es como las fiestas. El agua lo es todo en verano, tanto en los pueblos como en las ciudades. Y aunque estamos hartos de oír, con más o menos sorna, eso de «En Castilla no tenéis mar», y eso de “El secarral”, lo cierto es que Castilla está llena de sitios donde pegarse un buenísimo baño en verano.

No tenemos mar. Esa es la realidad. Pero, ¿Y nuestros ríos? Los ríos padres como el Duero, los chicos no tan chicos como el Carrión, el Pisuerga, el Arlanza, el Eresma… y los chiquitines (o chiguitos como dicen en Palencia) a los que sumamos arroyos y riachuelos.

Foto Cristina Rey

Las aguas antiguas

foto cedida por el Archivo Histórico Provincial de Palencia

¡Los ríos que cruzan nuestras ciudades y nuestros pueblos nos lo han dado todo! Desde los primeros asentamientos de edades antiguas donde su curso proveía a las poblaciones de absolutamente todo, incluyendo la defensa contra posibles atacantes, pasando los siglos posteriores en los que las industrias como la textil, o la harinera se alimentaban de la fuerza incansable de su fluir, hasta épocas no tan lejanas en el tiempo, donde el hambre era dramático, los ríos nos han dado la vida una y otra vez, gracias al riego, a la pesca, a la fuerza de los molinos y norias. También sirvieron como vías de comunicación. No hay un ejemplo mejor que la historia del Canal de Castilla, esa arteria hídrica cuya construcción en el siglo XVIII ya ha pasado a formar parte de nuestra historia y paisaje.

foto cedida por el Archivo Histórico Provincial de Palencia
foto cedida por el Archivo Histórico Provincial de Palencia

Las aguas que corren en los tiempos que corren

Foto Nico Rodriguez

Si nos acercamos más en el tiempo, llegando a la era en que el turismo es la principal industria española, vemos que en ciudades como Palencia y Valladolid los ríos se convirtieron en zonas que emulaban playas. La del Pisuerga por ejemplo sigue en pleno uso. Aunque lo cierto es que el formato “playa”  (que también se da muchas veces por cierto, de forma natural) no es estrictamente necesario para que el río sea disfrutable por los bañistas. Son cientos los pueblos de nuestros territorios de interior los que disfrutan de zonas de ocio fluviales donde las risas de lxs peques, las meriendas de las familias, o las quedadas de la gente joven son habituales.

 

Foto Nico Rodríguez

¿Y las piscinas?

¿Y las piscinas? Un pueblo con piscina en una comarca de varios pueblos sin piscina es la envidia, eso está claro. La migración diaria en verano de la gente que acude de un pueblo sin piscina a otro que sí que tiene es como una peregrinación (una peregrinación un poco a regañadientes). Las piscinas de los pueblos forman parte de un ritual veraniego con muchos prismas. Están lxs que van a lucir palmito. Lxs que van a comerse el bocata de tortilla y jugar a las cartas. Lxs que van a dar la nota con la música y a echarse unas risas. Lxs que van a leer un rato y/o de paso ver a esa persona que tanto les gusta, aunque aún no se atreven a decírselo más que con juegos de miradas (habrá que esperar a las fiestas…). Están los mandalas compartidos. Los helados comprados en el bar de turno, regentado cada temporada por un puñado de jóvenes ilusionadxs. Los encurtidos y las pipas. Las carreras hasta lanzarse en bomba «a cholón». El selfie para dar envidia. El selfie para ligar. El selfie de risas. El selfie para guardar con cariño (nos conocemos y a veces nos pasamos demonizando las redes sociales…no olvidemos que detrás del selfie existe una experiencia. No hay selfie en la piscina si no estás en la piscina)

Foto Cristina Rey
Foto Cristina Rey

¿Y qué pasa con el pueblo que no tenía piscina y ahora tiene? Pues pasa de todo. Que ya no tienen que irse a otro pueblo a pasar la tarde. Que ya no discuten por ver quién lleva el coche para ir toda la pandilla al pueblo de al lado. Que ya no se enfadan si unx se va al pueblo con piscina y otrx se queda sin poder ir. Que ahora ese pueblo es el que la goza. Del que toda la comarca habla. Incluso los pueblos que ya tenían piscina se pasan a husmear un poco, a ver si es verdad que es más grande que la suya. De pronto se pueden hacer conciertos o sesiones de dj al atardecer. Quizá toca ir andando a la piscina jugando a hacer equilibrios en las aceras que ese año no ha podido arreglar la corporación municipal porque estaban liados con la obra de la piscina. Una piscina nueva en un pueblo que no la tenía es el acontecimiento del siglo. Y además un acontecimiento del que disfrutar todo el verano y todos los veranos. ¡Benditas piscinas!

Foto Cristina Rey
Foto Cristina Rey

Embalses y lagos

Pero ¡Ojo!, que también las tenemos naturales. Y además preciosas. Algunas enormes, como el lago de origen glaciar de Sanabria (Zamora), el embalse del Burguillo de la Sierra de Gredos (Ávila) o los pantanos de la Montaña Palentina, otras más chiquitinas, como el embalse de Aguilar o el de Encinas de Esgueva. Y la gran suerte, además,  es que no suelen estar masificados. No tenemos que competir por encajar nuestra toalla entre miles de toallas como en las playas más turísticas (o en los embalses de la sierra de Madrid). Y además ¡Qué vistas! En algunos hasta se puede acampar.

Foto Nico Rodríguez
Foto Nico Rodriguez

Lagunas, pozas, embalses, cascadas, ríos, arroyos… ¡En Castilla no tenemos mar, pero tenemos agua! quizá no toda la que nos gustaría, pero por eso mismo, más preciada que el mismo oro. En nuestras manos está conservarla. Usarla bien. Disfrutar de ella sin contaminarla. Exigir a las administraciones políticas que hagan lo propio, que controlen los caudales, los vertidos y la calidad de nuestras aguas que tanto bien hacen, tanto para las esencialidades de la vida, como para  para el disfrute y  el ocio en nuestros pueblos y ciudades de interior (que también es esencial, qué caramba)

Foto Nico Rodríguez

¡No conozco verano en el pueblo más feliz que el que tiene piscina, río, lago o derivados, además de, por supuesto, unas fiestas que celebrar! 

No conozco amor de verano más intenso y bonito (y no necesariamente me refiero al amor romántico, sino también al amor por el terruño) que el que surge con el efecto poderoso que otorga zambullir nuestro cuerpo en el agua. De ahí venimos. De estar sumergidos. De ahí nace todo. Del agua. Y agua es, al fin y al cabo, más de un 90% de lo que somos. 

Foto Cristina Rey

Agua en Castilla

Agua. Como el que necesitan nuestros inmensos campos castellanos. Como el que nutre la inconmensurable masa forestal castellana. Como la que cae sobre nuestra lengua cuando de chiguitos jugábamos a atrapar las gotas de lluvia en las repentinas tormentas de verano y que nos dejaban uno de los regalos más bonitos que otorga la naturaleza: el petricor. Ese olor tan característico que deja la lluvia al caer sobre la tierra seca, dorada y agostera, cuyo origen griego referenciaba la poderosa sangre de los Dioses que se derramaba sobre la piedra.

Foto Nico Rodriguez

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