Tiempo de lectura: 8 min
Texto: Carmen Abril y extractos de «Los rescoldos de la Culebra» de Juan Navarro
Fotografías: Emilio Fraile
El verano de 2022 tuvieron lugar dos incendios descomunales en la provincia de Zamora a causa, ambos, de un fenómeno de tormenta seca. El primero se inició el 15 de junio entre Ferreras de Arriba y Sarracín de Aliste, y el segundo el 17 de julio en el término de Losacio. Afectaron especialmente a la Sierra de la Culebra, ardiendo el 48% de esta reserva de la biosfera y alrededores. Las llamas se propagaron a lo largo de 52 localidades de las comarcas de Aliste, La Carballeda, Tábara, Tierra de Alba y Benavente y los Valles. En el incendio de Ferreras, 29. 670 hectáreas se vieron afectadas. En el incendio de Losacio, la superficie afectada ascendió a 35. 960 hectáreas. Pese a que los focos de inicio de ambos incendios estaban separados por más de 20 km entre sí, las superficies afectadas terminaron quedando en contacto a lo largo de una línea de 15 km. El perímetro combinado afectado por ambos incendios engloba un área de casi 66.000 hectáreas.
Se trata de los dos mayores incendios de la historia de Castilla y León, y dos de los más devastadores en España desde que se tienen registros.
Las tormentas secas que dieron inicio al fuego fueron también el motivo de lo difícil de su contención. Las violentísimas rachas de viento hicieron impredecible su trayectoria, que, veloz y explosiva, resultaba casi imposible de controlar . 4 personas murieron, víctimas de las llamas, intentando salvar su pueblo o a sus seres queridos.
Nosotras estuvimos en el lugar de los hechos en agosto de ese año, cuando el infierno ya había pasado. Pudimos entrevistar y recorrer la zona con unos chavales de Ferreras de Abajo dedicados a la explotación forestal y charlar también con unos brigadistas, padre e hijo, que impidieron -por su cuenta y sin medios- que el fuego devorase su pueblo.
El artículo está aquí y podéis leerlo, pero hoy venimos a hablaros de alguien que estuvo desde el día 0 (aquel aciago 15 de junio) en el ojo del huracán.
Alguien que cubrió cada día de la catástrofe y que no ha dejado de volver sobre el tema, personándose en la zona afectada para seguir entrevistando a vecinos y bomberos un año después y plantándose también en los despachos donde se acodan las autoridades a hacer preguntas incómodas. Alguien que no ha perdido detalle ni testimonio, que ha hablado con todas las figuras implicadas y que ha volcado, además, todo su afán y su buen hacer periodístico, toda su humanidad, en este proyecto.
Ese alguien es Juan Navarro y el proyecto es su libro: “Los rescoldos de la Culebra», publicado por Libros del K.O. el pasado noviembre.
Es un libro fundamental para entender lo que pasó (aunque hace un planteamiento poliédrico, que deja lugar a la interpretación personal) y también -y esto es muy importante- para no olvidarlo.
El olvido de todos
Este es uno de los primeros puntos que se tratan en el libro. La noticia -devastadora, horrible- provocó un estupor generalizado durante unos días e incluso se produjeron conatos de organización ciudadana bien articulados como #laculebranosecalla. Sin embargo, con el transcurrir de los días y como ocurre hoy con todo, el asunto cayó pronto en el olvido, sepultado por una avalancha de información nueva, fresca ¿a quién le importa si irrelevante? Al final, tal como habían predicho sus vecinos, la sociedad se olvidó pronto de lo que había ardido en Zamora.
«Los informativos de televisión o las portadas de los periódicos se fijaron en Zamora durante unos días, pero en cuanto se apagaron los focos se evaporó también la atención social. Los halagos sobre esos héroes se diluyeron sin que los protagonistas recibieran una atención especial. Se les había muerto un compañero, tres hombres más habían fallecido, se había arrasado buena parte de la sierra de la Culebra, habían visto el peligro de cerca y habían exprimido sus capacidades físicas y mentales pese a carecer de condiciones laborales dignas. Sobre todo, habían quedado tocados. Fueron días y semanas de rumiar el fallecimiento, buscar culpables, imaginar complots, atribuir responsabilidades y acabar incluso pensando mal del prójimo. Ni la Junta ni el Estado ni las empresas les ofrecieron ayuda psicológica. Una vez más, como ocurre con el material del gimnasio, los complementos alimenticios, los refuerzos en el buzo de trabajo o el botiquín o las herramientas, los brigadistas tuvieron que buscarse la vida.” (pág 89)
Juan habla largo y tendido sobre la precariedad extrema del sector, tema del que ya nos habían puesto al corriente los chavales de Ferreras de Abajo, contándonos, para nuestra sorpresa, que la categoría de “Bombero forestal” ni siquiera existe. En su nómina pone “peón de montes” y como peones de montes cobran, los pocos meses al año que les dura el contrato. Con esas condiciones, claro, la mayoría se marcha en cuanto encuentra algo mejor. Muchas veces a pesar de la vocación y siempre en detrimento del oficio, que se transmite y se fortalece mucho en el tú a tú, sobre el terreno.
“Manuel reitera el fuerte compromiso de las cuadrillas, pese a la precariedad.
-Hace falta estar un poco loco para meterse en esto. Tú sabes que esto es una mierda, pero si te vas es como abandonar, y nosotros queremos ayudar. La tierra que siento como mía es esta. Un tío que era un fuera de serie acabó marchándose para trabajar en una empresa de revisión de extintores, más aburrido, pero jornada de ocho horas y puede estar con su hijo.
Los cursos de formación son de catorce horas cada cinco años. Apenas hay reciclaje en sus conocimientos o actualización de su capacitación. Tanta penuria provoca que los más veteranos se agarren a cualquier alternativa laboral o mejores ofertas en otros territorios. Por tanto, el gremio se descompone verano tras verano ante la gran rotación y se pierde ese saber y experiencia. Esos trabajadores más curtidos enseñan a los novatos, muchas veces sobre el terreno.” (pág 148)
Dentro de esta precarización, como indicamos arriba, se enmarca la estacionalidad de los contratos, que son exiguos hasta que empieza la temporada tipificada como “de riesgo de incendios”. El problema es que ésta empieza en julio, por eso el 15 de junio, cuando empezó todo, apenas había activos en la zona. Acudieron cuerpos de extinción de incendios de toda la península y la UME, aunque los bomberos castellanos y leoneses cuentan que les era imposible comunicarse con ellos por lo obsoleto de su equipos de radio.
El abandono del campo
Sea como fuere, el mal está hecho. La sierra está quemada y las heridas medioambientales, además de las psicológicas, siguen abiertas. Las plagas de coleópteros arruinan la madera chamuscada a la que aún podía darse uso industrial y los vecinos ven cómo poco a poco la sierra que conocían va quedando pelada.
“ Habrá un importante salto generacional hasta que vuelva a verse el esplendor anterior. Muchos de quienes miraron el crecimiento de esos pinos o castaños habían muerto y los testigos serán los escasos sucesores fieles al campo y resistentes al éxodo rural.
Miguel ha asistido esta mañana de primavera a un tanatorio del cercano Faramontanos de Tábara, donde la muerte impera en las conversación de los veteranos del lugar. Allí coincidieron varios ganaderos próximos a la jubilación, que han vendido sus pequeños rebaños a los escasos grandes empresarios de ganado, pues sus hijos ni quieren seguir la estela parental ni estos quieren empujarlos a esa vida de penurias.
El concepto de pequeño pastor va camino de evaporarse, los minifundios fantasmagóricos mueren. El sector primario flaquea y con ello aumenta el riesgo porque nadie cuida del monte. Lo de siempre. El desánimo se palpa hasta en el físico,hasta en la postura corporal. Un señor mayor, encorvado, enfila hacia el taller, adoptando una adusta mueca al saludar. Miguel suspira. ”(127)
Empiezan a abordarse las causas, no del incendio, sino de su gravedad. Además de las tormentas secas sin precedentes -ocasionadas por los cambios recientes en la climatología- y de la falta de medios que hicieron insuficiente la respuesta a las llamas, hay un factor que fue necesario para que lo que podía haber sido un incendio veraniego más se transformara en catástrofe, y en esto casi todos coinciden. Este factor es el abandono del campo.
“Aún no se había producido el doble ataque mortífero de los incendios, pero los labios cortados por el frío y el viento describen el declive con precisión. Santiago León, cabrero de San Martín de Tábara, poeta y productor de los afamados quesos Beato de Tábara, carraspea y sentencia en apenas dos minutos de discurso sin micrófonos:
“Yo vengo hablando del olvido de estas tierras desde hace cuarenta años. No se ha cambiado nada ni hay interés, y esto políticamente tiene un fin. Lo han dejado pudrir y esto lo van a cubrir las macrogranjas, los macroparques eólicos y las placas solares. Todo está premeditado. Al no haber gente que luche, esto muere. Se han cometido muchísimos errores engañando a la gente, pensando que el turismo rural iba a traer vida. Lo único que puede traer vida es dignificar la profesión pastoril, porque esta es tierra de tradición de pastoreo y que los recursos sean manufacturados aquí y no en las centrales lecheras o en los mataderos de las ciudades.
Que generen riqueza y creen puestos de trabajo y calidad de vida. Pero no interesa, hay muchas cosas que se nos ocultan y porque ya no hay savia nueva que aquí quiera luchar. Aquí al hijo se le ha educado dándole el desayuno y diciéndole “hijo, tómate el desayuno, vete a la escuela y márchate de aquí cuando seas grande” en vez de educarle para decirle que esta tierra tiene recursos, cambiar la forma de actuar y crear infraestructuras para que el ganadero no sea tan esclavo. Son intereses espurios dirigidos por los políticos y esa gente que viene aquí a depositar la cesta de los huevos y que se los llenemos.”(pág 111)
El discurso de este pastor parece tener un destinatario claro: las instituciones y cuerpos políticos encargados de gestionar el medio rural. Hace ya tiempo que se les viene exigiendo, desde los más variados flancos, un compromiso más riguroso y más ágil para dinamizar el rural. Pero parece que no llega.
“Despoblación, cambio climático y…resignación. Lourdes Hernández afea el discurso social y político de que es difícil asentarse en el medio rural y reclama un verdadero compromiso institucional con acciones políticas concretas: fiscalidad favorable, ayudas para instalarse en los pueblos o prestaciones por los servicios ambientales generados para la sociedad en general, como la electricidad generada en sus parques eólicos o solares.
-Hay que legislar contra el abandono rural. Se legisla hacia la ciudad sin darnos cuenta de lo que brinda el medio rural.
Pablo Martín ilustra con una anécdota. Hace tiempo, un directivo de una empresa asentada en Zamora se quejaba con él de que sus principales gastos eran en plantilla y en energía. Lo primero, lógico: lo segundo, en una zona demográficamente castigada, lo sorprendía porque a quince kilómetros de la factoría hay un embalse.
La estación hidroeléctrica abastece a otras provincias y regiones, pero no deja beneficios específicos allí donde se genera, ni siquiera en forma de abaratamiento del coste energético.
-Es una gestión de infraestructuras y de servicios de locos. Con esas dificultades ¿quién va a irse de nuevas a los pueblos, salvo algún entusiasta?” (pág 168)
Que la responsabilidad y las competencias de una mejor ordenación del territorio recaen sobre la administración y las instituciones públicas es un hecho, y que su desempeño hasta el momento está siendo de lo más insatisfactorio también. Sin embargo, ¿Qué responsabilidad nos resta a nosotros? ¿Qué podemos hacer para que cambien las cosas, para exigir con contundencia y eficacia cambios en la gestión del medio rural? No se trata sólo de la romántica y bucólica tarea de salvar el rural. En muchos casos, y creo que quizá este es el mensaje más potente del libro, se trata de salvar la vida.
“Manolo acompasa sus palabras con golpes con el dorso de la mano sobre la palma de la otra. La muerte de Ángel lo sobrecoge por su altruismo, por defender unas parcelas que no eran suyas, por evitar el avance del fuego hacia la gasolinera, por proteger el pueblo.
-No sé si estamos poco unidos o si en los pueblos hay poca fuerza. La ordenación del territorio ha traído desordenación, parece que estaba todo premeditado para que cuando cayera una cerilla esto se acabase. Muy pocos bomberos estaban contratados para mantenimiento, pero siguen sin invertir y dentro de unos años otra vez la fiesta. Bien sabe Dios que demasiados pocos murieron para lo que podría haber sido.
Esta última frase resume una sensación generalizada en la comarca: Daniel Gullón, Victoriano Antón, Eugenio Ratón y Angel Martín (y Daniel Ratón, meses después), pero pudieron ser más: los pastores Antonio y Demetrio, en Escober de Tábara; los otros bomberos del cortafuegos de Ferreruela; el guardia civil Víctor Ratón y el ganadero Joseba Alday en su odisea por Sesnández; el fotógrafo Emilio Fraile en su carrera desesperada en bañador en Ferreruela; los lugareños voluntarios que defendieron los pueblos. (194)
Salvar los pueblos. Salvar la vida.
Se trata de salvar la vida. No estamos siendo dramáticas, la situación del rural es dramática. Dentro de 40 años, todos esos pueblos de 50-60 habitantes aún dedicados al sector primario serán despoblados. En lugar de pequeñas explotaciones sostenibles -y continuadoras de tradiciones y oficios, limpiadoras de montes, aseguradoras de la salud y la diversidad del ecosistema del que viven-, habrá solo grandes latifundios agrícolas, granjas industriales donde los animales son tratados como engranajes y parques eólicos y “huertos solares” que de parque y de huerto tienen poco y de hecho impedirán plantar o cultivar nada en los próximos 100 años como mínimo. Empresas enormes, gestionadas desde otros territorios, completamente indiferentes al devenir de este, orquestarán el caos. Una vez amortizado el gasto y rentabilizada la inversión ¿a quién le importa? si arde que arda.
No estamos siendo dramáticas. El rural se muere. Se trata de salvar la vida.