Gata rural es una camiseta, pero también es la historia concreta de tres amigas, Claudia, Irene y María. Las tres con un pie en Madrid, con el otro en Segovia y con el corazón muy claramente plantado en Fresno de Cantespino.
Veranos de jugar con la tierra roja del nordeste, con los renacuajos y con los huesos de oveja. De hacer cabañas rupestres, de ver sapos paseando al fresco de la noche, a los padres compartir peña y de formar una propia, llegado el momento.
Veranos de pasar por casa a ducharse, comer, dormir, pero hacer vida en la calle. De hacer toda la ruta de fiestas de los pueblos de la comarca, taxis mediante. De oír a los gatos pelearse por la noche.
Al acabar el verano (más bien al acabar las fiestas, que son a mediados de septiembre), la separación. Para Irene y María, vuelta a la otra vida: a los madriles, los rascacielos y las carreteras de cuatro y cinco carriles. Lejos de la peña, de la plaza, de las cavenes rojas y el frontón. Para Claudia, el pueblo, pero sin sus amigas, lo que pierde casi toda la gracia. Con 16 pone pies en polvorosa y se va a estudiar a Madrid, donde vive ahora, aunque pronto empieza a bajar cada finde. Los veranos, por supuesto, son imperdonables para las 3.
Pertenecen a un grupo más grande y mixto, pero existe siempre una alianza especial entre ellas tres -quizá agudizada por el hecho de que son unas perfectas de tomo y lomo con el eyeliner hasta la oreja- que se materializa, entre otras cosas, en la maravillosa sesión fotográfica La chica segoviana y por supuesto en un grupo de whatsapp. Un día Claudia pasa un meme que ha visto en Twitter. La Hello kitty (eterno icono de las modernas de nuestra generación) sobre un fondo verde oscuro. En vez de “caja rural”, “gata rural”. Irene coge el guante y le aplica su arte al asunto, ya que lleva, desde hace tiempo, su propio proyecto de diseño gráfico desde Madrid, Dale chicha.
Efectivamente le da chicha, le añade a la kitty un lacito con estampado de leopardo y el emblemático eyeliner que tanto define y perfila a su perfecta triada de amigas. Ya han hecho suyo el meme y ahora lo trasladan a una camiseta. Sólo hay tres en el mundo, las suyas, su micro peña dentro de la peña, pero cada vez que suben una foto con ella puesta, les fríen a mensajes. Otras gatas rurales se sienten representadas y maúllan. Con el tiempo, ambas convencen a Irene de hacer más en su taller y cuando efectivamente ocurre, María Morato, de la que ya deberíais saber cosas si nos seguís hace tiempo, ve llegado el momento de aportar lo suyo a la leyenda. Este shooting es su manera de rematar la faena. Y vaya faena.
Gata rural es la historia concreta de tres amigas, pero también es la historia, bastante común, de las identidades mestizas, partidas en dos, de las personas que, aún teniendo (y siendo de) un pueblo castellano, viven en Madrid. Este porcentaje sube muchísimo si hablamos de Segovia y Ávila, pero se extiende en realidad a todas las provincias. Madrid acoge muy bien a los provincianos, al menos solía hacerlo, y muchos de ellos terminan sintiéndose gatos. Algunos son gatos de pura cepa, como Irene, pero también castellanos en lo hondo y acarician la idea de volver, de construir una vida en el pueblo, lejos de la prisa y el ruido, cerca de los amigos.
A algunos les mueve puramente lo laboral y vuelven en cuanto pueden. A otros les mueve la libertad, el anonimato, el poder expresarse como quieran sin levantar miradas de extrañamiento. Pero ninguno se olvida de su pueblo, o, si se olvidan, no nos interesan aquí. Aquí estamos hablando de gatas rurales. De chavalas que disfrutan lo urbano, pero llevan lo rural en el ADN y en la memoria y en las carnes en cuanto pueden. Que empiezan a albergar en su mente, cada día un poco más, la posibilidad de un futuro en el pueblo.
Claudia
Para mí ir a Madrid al principio era una pasada. Siempre he vivido en el pueblo y Madrid fue como una “oportunidad nueva” para poder descubrir cosas y desarrollar mi personalidad. Al principio de irme tenía claro que me encantaba Madrid y que quería desarrollar mi vida allí, como que el pueblo había pasado a un segundo plano (aunque nunca dejé de ir). La vida que tenía en ese momento en Madrid me gustaba porque me daba cierta independencia.
Con el tiempo, para mí el pueblo es mi lugar seguro, mi refugio, y si me tengo que quedar un finde en Madrid sinceramente es una tortura.
Mi relación con el pueblo ha ido evolucionando a lo largo de los años de una forma muy positiva, porque antes lo que veía como una obligación, y para mí actualmente es lo que me mantiene viva. Me encanta ir al pueblo en cualquier época del año, pasar tardes con mis amigos haciendo cualquier plan ridículo y pasando tiempo con mi familia.
La gente dice que en los pueblos no tienen nada que hacer, pero para mí es todo lo contrario, cuando estoy en Madrid apenas hago cosas porque el ritmo que llevo es tan acelerado que cuando quiero organizarme para hacer un plan…no sé, es como que siento que llego tarde a todos los sitios. En cambio, en cuanto llego al pueblo, no paro de hacer cosas y disfruto haciendo cualquier plan que surja.
Nunca me ha avergonzado decir que soy de pueblo: soy segoviana y estoy orgullosa de haber crecido en un ambiente como es la España vaciada, porque gracias a eso soy como soy hoy en día. De hecho para mí es todo lo contrario, cuando mis amigas de Madrid me cuentan que no tienen pueblo, realmente me da pena que no hayan podido disfrutar de lo que es el pueblo.
Madrid me ha abierto muchas puertas, allí he crecido y aprendido muchas cosas y doy las gracias por ello, pero sinceramente, no creo que sea mi sitio ideal para vivir.
Hace unos años me planteé el volver a vivir aquí, siempre he pensado que el volver al pueblo no es un retroceso (aunque mucha gente piense lo contrario). Para mí volver a vivir donde he crecido es una suerte, y no descarto que en un futuro sea posible esa idea.
Pensar que voy a volver a vivir en el pueblo es como un cambio de chip. Obviamente no tendré los mismos recursos que en una ciudad, pero tampoco necesito todos los que hay en Madrid y tengo mucha más paz mental allí que aquí.
Dale chicha (Irene)
Al igual que le ocurre a mucha gente que viene a vivir a Madrid, yo no tengo familia en el pueblo, sólo casa. Esto, que en otras pieles podría vivirse como algo negativo, como algo que te hace diferente, para mí siempre ha sido una ventaja. No soy la hija de nadie ni la nieta de nadie. Las historias familiares no condicionan la mía. Soy simplemente yo habitando mi pueblo, nada más. Quizá también tenga que ver con Fresno y con su gente, porque es un pueblo que acoge con los brazos abiertos a todo aquel que quiera vivirlo.
Hasta hace unos años, mi relación con Fresno era la de un lugar al que ir para pasarlo bien: el sitio de los veranos y los fines de semana. Hasta que entendí que era el lugar donde mi cabeza se ponía en pausa, donde podía crear sin agobios y respirar de otra manera.
Y esto no me hace menos gata ni me quita lo madrileña. Soy lo que soy porque he crecido entre claveles y encinas. Me enorgullece ser de Madrid y ser de barrio. Vivir en Vallecas y tener allí mi taller. Que el plato estrella de mi familia sea el cocido madrileño.
Pero soy del Madrid castizo y de barrio, no del Madrid modernito, acelerado y veloz.
Y cada día me siento más cerca del pueblo, quizá precisamente por el cambio que está experimentando la ciudad. Ahora trabajo con la idea de construir un futuro en Castilla y León y siento que mi etapa en Madrid siempre tuvo fecha de caducidad. Que, contra todo lo que pensaba hace unos años, mi hogar está entre campos amarillos.
Quizá también ayude compartir el futuro con amigos y una pareja que, como yo, luchan por volver al pueblo. Poco a poco, esa idea de futuro se vuelve cada vez más clara: quizá Madrid esté bien como segunda residencia, como un lugar al que bajar de vez en cuando. Quizá sea el pueblo el que deba ser habitado y no al revés, como tantas veces nos han hecho creer.
Siempre seré gata, por qué lo dice mi sangre y mi chulería, pero a veces las gatas pueden ser rurales.
María
Nací en Salamanca, pero vine muy pequeña a Madrid y he crecido aquí, sobre todo entre Usera y Carabanchel, mientras Fresno de Cantespino ha sido el lugar que se ha mantenido constante durante toda mi vida. Además, por parte de mi madre, mi familia es de Santa Marta del Cerro, también en Segovia, a unos treinta kilómetros de Fresno.
He crecido entre unos abuelos muy ligados al ganado y al campo y otros que hicieron su vida entre Madrid y Fresno (aunque venían de Granada y Galicia)y que vivieron una experiencia mucho más urbana y cosmopolita. Supongo que esa mezcla explica bastante bien por qué nunca he sentido lo rural y lo urbano como dos identidades incompatibles. Fresno es el único lugar donde consigo estar en el presente sin esforzarme. Normalmente estoy pensando constantemente en lo que viene después y allí, de alguna manera, paro. El pueblo me ha enseñado a estar donde estoy y a disfrutar de eso sin necesidad de buscar lo siguiente.
De pequeña me costaba muchísimo más volver a Madrid. Ahora no tanto, y creo que tiene mucho que ver con haber construido aquí una vida que me gusta y, sobre todo, con poder dedicarme a un trabajo que me hace feliz (aunque tengo que confesar, que cada vez que llega el domingo por la tarde, me desquicio completamente pensando en la vuelta). Tampoco creo que Madrid sea tan terrible como a veces se cuenta. Es una ciudad bastante hostil si la vives sola o sin una red, pero si tienes un grupo de amigas, un barrio, tus sitios y gente con la que encontrarte, esa carga que es la rutina y la productividad se aligera muchísimo. Madrid está hecha por gente que no es de Madrid y que la convierten en su hogar por diferentes circunstancias. El barrio le puso un nombre a algo que yo ya sentía por el pueblo. En Fresno conocer a la gente, reconocer sus rutinas y sentir que formas parte de una comunidad ocurre casi de manera inevitable porque somos pocos. Encontrar algo parecido dentro de una ciudad gigantesca hace que Madrid sea muchísimo más habitable.
Creo que tanto el pueblo como el barrio comparten además una mezcla entre lo romántico y lo gamberro que me interesa mucho: pueden ser refugio, calma y cariño, pero también lugares donde salir, liarla y pasártelo muy bien. Me interesa bastante más esa contradicción que una visión solemne o excesivamente idealizada de lo rural. Yo soy segoviana y esto no se me va a quitar por vivir en Madrid; forma parte de mí y seguramente lo hará siempre. Y ahí entra también Gata Rural. Para mí Gata Rural somos Claudia, Irene y yo. Las tres somos gatas rurales. Tenemos circunstancias distintas, pero las tres vivimos entre Madrid y el pueblo y compartimos esa forma de movernos entre los dos sitios. El proyecto nace un poco de darle la vuelta a La chica segoviana. Esta vez queríamos hacer, de alguna manera, el viaje contrario: llevar al pueblo nuestra forma de vestirnos, de mirar y de relacionarnos con las cosas. Coger elementos de nuestra identidad rural y mezclarlos con moda, amistad y una cultura visual muy nuestra. Llevarlo a nuestro terreno y disfrutar de todas esas contradicciones.
Y si pienso en una vida ideal, sí me gustaría vivir en Fresno. Pero no como una fantasía individual de irme al campo y desaparecer, sino pudiendo vivir allí con mi familia y mis amigos, hacer proyectos y tener una vida real y por supuesto manteniendo mis relaciones con mis amigas de Madrid, porque tarde o temprano todas nos iremos a nuestros pueblos. Diría que un 70% de mis relaciones en Madrid son de otras partes de España. Las Castillas, Ponferrada, Aragón, Asturias, Extremadura, Guadalajara, etc. La realidad es que la gente, nosotras, nos hemos visto obligadas a irnos de nuestros pueblos porque no hay infraestructura, no hay transporte, no hay médicos. Si tuviéramos la posibilidad real de poder tener trabajo y una vida como la que nos “promete» la gran ciudad en nuestros pueblos, esto claramente no pasaría. El éxodo rural nos quitó muchas oportunidades y lo sigue haciendo, porque la política y la economía de este país están construidas así; son radiales. Quiero decir algo también muy ligado a otras cosas que están pasando, y es que nadie se descontextualiza por voluntad propia. Siempre hay una circunstancia que te obliga a hacerlo. Y esto es lo que pasa tanto dentro de nuestro territorio como fuera y por eso como decía antes, Madrid es una ciudad que se construye con gente que viene de fuera.
Créditos de la sesión
Dirección creativa: @mariasmorato
Fotografía @mariasmorato
Vídeo: @elbichodelsil
Diseño de camisetas: @dale_chicha
Producción: @dale_chicha @mariasmorato @lprmagazine
Estilismo: @dale_chicha @lprmagazine
Talents: @claaumartin8 @el.chiguito @anymmore @mistertripolarmind @jimena.merino.miranda @arturoo.yzaguiree @sergiocano.g
Duke y Blanki
Nube, Chiqui, Pascual, Piraña, Pimienta, María, Bartola y Lola
Texto: @lprmagazine
Foto fija: @karitadeloko
Aytes. Vídeo: @karitadeloko @caranorte
Special thanks: @izandiaz_11 @huugo.dh @danielbernabeu.m @luisao_mm @franpirry @gonzii_1505