Castilla Cuentos de Invierno: volver a Casa

Texto: Colaborativo

Fotos: Colaborativo

«La añoranza del emigrado» 

Jorge Carranza (Noi de sucre)

Llegar a Burgos fue una sensación extraña por no sentirlo aún como mi hogar en el momento siguiente de aterrizar. Sin embargo, con el paso de los días, las noches, la rutina… Volví a recuperar ese sentimiento.

Supongo que cuando has vivido lejos, reconociéndote en otro idioma, en otro entorno y con gente diferente y, además, has construido algo hermoso en esas circunstancias, el concepto de hogar viaja contigo, pero, con los movimientos, se desplaza unos segundos tras de ti para alcanzarte en el presente en el que vives. 

El mundo se deconstruye y reconstruye continuamente en aquellos que aprenden y desaprenden con las experiencias y las aventuras. Esas mentes reflexivas, esos ritmos personales, esas miradas transparentes… Las que encuentran belleza allá adonde dirigen la mirada. Esas nunca descansan completamente ni pertenecen a un solo lugar. Sin embargo, siempre hay un trocito de mundo al que llamar hogar. 

 

Tras una vida en Dublín (Irlanda), aterrizar en Madrid y ser conducido a Burgos, mi ciudad natal, estaba siendo una experiencia excitante, casi agónica; todas sabemos lo que es una mudanza; el sentimiento se magnifica cuando se hace internacional. Pero por fin llegué a casa, aunque de repente no la sentía como tal, aún no.

 

La catedral de Burgos es un espectáculo incomparable. Te quita el hipo, te deja sin palabras, te llena los ojos y el cielo azul la viste de brillante magia celestial.

Lerma, Covarrubias, Silos… Por supuesto volvimos a recorrer tan especiales pueblos llenos de historia, arquitectura y cultura. Desde los monjes silenses, pasando por la princesa noruega hasta el valido de Fernando III, el duque de Lerma. La comarca del Arlanza tiene mucha historia.

Las noches al raso, las provincias colindantes, los viajes a través del mapa peninsular. El verano con sus noches refrescantes…

Nunca he estado muy arraigado ni orgulloso con la tierra, nunca, siempre renegué de todo. Es al estar fuera cuando te das cuenta de que perteneces a otro sitio, a ese al que puedes llamar «casa», a tus padres, a tu familia, a tus amigas de siempre. 

De repente compartes techo y vida con una diosa de arcilla y mimbre en una isla más al norte del planeta y en ella te reconoces como lo que eres: burgalés, europeo…

Tus tirantes blancos, tu timidez en los primeros pasos, tu apertura después, tu honestidad, tu bondad, tu generosidad y disponibilidad incondicionales… Es gracias a las demás personas que reconoces en ti todos esos adjetivos.

 

No me gustan los ejercicios de ego y estoy lejos de los pechos hinchados, las plumas y los gimnasios, pero hoy es el día de reconocer y aceptar también esta parte, ya que en la distancia me he sentido muy afortunado de venir de dónde vengo: paisajes de campo, montaña, manantiales y ríos. Iglesias, catedrales, casas y caminos. Campo sembrado y brillo dorado. El cielo azul y los inviernos fríos. Abuelos trabajadores, que sin leer ni escribir fueron honestos y transmitieron valores, sudor y lágrimas. Herencias robadas y lucha en las plazas, en los bares, en los rincones más oscuros bajo un telón de estrellas y en las universidades. Pensamientos revolucionarios y amor de hogar. Navidad, cárcel, hospital y cementerio.

 

Nos asomamos desde el Castillo de Burgos, visitamos Las Huelgas, atravesamos el Arco de Santa María y disfrutamos de la cocina de nuestra tierra sentados en una terraza en el Paseo del Espolón. 

Burgos es un hermoso punto de referencia, la ciudad está más bonita cada vez y es, finalmente, un destino desde el que habitar este mundo. Desde fuera, España se ve como un lugar en el que vivir, lo dicen los irlandeses, les encanta venir y algunos, realmente no quieren dejar este mundo sin mudarse de manera permanente a la península. Ellos ven las playas, lo fácil que es vivir, la manera de reunirse de las personas, el clima… Desde dentro, para los que somos de aquí, Castilla tiene un diseño, una geografía y una localización perfectas dentro del mapa peninsular.

Me he alegrado mucho de estar aquí aunque nunca seré el mismo, hoy aprecio más la tierra en la que he crecido y puede que no sea mi destino final (los que nos exiliamos, nos sentimos un poco extranjeros en cualquier lugar) o puede que sí, pero, sea como sea lo que nos traiga el viento y dónde nos lleve la fortuna, siempre será mi referencia y yo su pertenencia: 

-Polvo, sudor y hierro-, el Cid sigue cabalgando.

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foto de María González López (Aranda de Duero)

«Candela» 

Sonia Risquez

“Candela, la chiguita mayor de los seis hermanos ya no era tan chiguita. Y aborrecía los paseos por los prados, por las eras, con sus vacas. Aquello que otros disfrutaban, porque lo único que debías esperar de la tarde era paz y sosiego, alguna siesta breve para que no saltasen al barbecho, y poco más, a ella le horrorizaba.

Cada vez que alguien marchaba por la carretera vieja, rumbo a una ciudad, ella les seguía por el camino paralelo a la ermita, con el sol del atardecer reflejado en su cara, reflejado en los campos amarillos de oro,que ella no veía por estar persiguiéndo con la mirada esos puntitos negros cada vez más pequeños. Y les perdía de vista, les perdía a lo lejos, con la puesta de sol.

¿Qué habrá al final de la carretera? ¿Cuándo podría ella marchar? Dejar atrás sus gallinas, sus caballos, sus vacas y las tardes al calor del fuego, secándose después de guardar las ovejas en la cuadra. 

Se tumbaba en la hierba mullida del prado observando a los buitres volar en círculo sobre la Peña de Abajo, seguramente esperando atacar a alguna desventurada presa. Todo aquello era un fastidio. 

Ella quería marchar a Barcelona, vivir las comodidades de la ciudad, dejar crecer largo su pelo, calzarse unos zapatos bonitos y poder trabajar. Igual que habían hecho algunas de sus primas. 

Su padre era uno de los ganaderos más prósperos del pueblo. Tenían una casa blanca, con un verde corral. Las ventanas marrones con cuarterones de madera y contraventanas por dentro. 

Una panera en el corral trasero, y allí… allí vivían todos ellos. Un alegre alboroto cada mañana, los puercos hambrientos, las vacas, ya ordeñadas, con sus terneros perezosos, acurrucados; las ovejas dando saltitos y balando, esperando para salir. Las gallinas correteando, con los huevos de la noche escondidos bajo la espesa paja del gallinero. 

Ella bajaba, se acicalaba con cuidado y tomaba su leche, con la hogaza con miel y nata de la leche recién hervida, y se apresuraba a llegar a la escuela puntual.

Su tío Elías pasaba cada mañana a recoger a su padre por casa. Juntos marchaban en el tractor y cosechaban las tierras de la provincia. Eran pocos los que podían dedicarse a ello, y juntos, pasaban la jornada. Día tras día. De sol a sol, mientras los pequeños y la madre cuidaban de la casa, y de los animales. Y así vivían. Esa rutina del campo, ese salir adelante. Disfrutando en las fiestas del pueblo y en las ferias del ganado de Riopisuerga. Cambiándose de calzado al final de la carretera vieja, junto al río antes de entrar al pueblo y esconder los zapatos viejos en los matorrales, para encontrarlos allí a la vuelta.

Pero Candela sabía que había algo más.

* * *

En cambio yo, cuando pongo los pies en la tierra descalzos, aquí en este lugar, noto cómo suben las raíces por mis plantas. Me inunda la salvia, el olor a tierra mojada. La humedad de la nieve fundida. Mi sangre se torna ocre, como están ahora los bosques. Mis ojos sólo ven buitres, águilas y quieren ver más, buscan corzos y zorros. Mis oídos solamente escuchan el agua brotar, las aves graznar en la peña, y el silencio. 

Un silencio que lo llena todo. Que percibo y que me ata al suelo que piso. Mi cuerpo es guijarro, es leña seca, es tierra mojada. Y aquí soy como no puedo ser en otro lugar. Si me quedo aquí seré olvido, seré bosque, seré peña seré barro y mis manos ásperas se tornarán ramas, cubiertas de líquen y brotarán hojas de ellas cuando termine el invierno. Los pájaros tornasolados se posarán en mi. Y ya no seré yo. No recordaré nada más que el presente, solamente el sol que me calentó en la mañana”.

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Fotos de Javier Sañudo (Dueñas)
Fotos de Javier Sañudo (Dueñas)

«La droga del final de mes»

Xavitín

El agotamiento de la gran urbe se potencia con la soledad del individuo. Sucesivas frustraciones se avienen buscando cobijo en corazones acelerados, que andan raudos y veloces por las aceras y andenes de la ciudad. Únicamente cuando abandono la ciudad, viendo cómo se van tornando minúsculas las Cuatro Torres, después de sumergirme en la sierra de Guadarrama y realizando una aparición repentina en el horizonte de Castilla, me recorren por el cuerpo breves escalofríos que se transforman en una paz infinita. Mantengo mi búsqueda de una parsimonia cálida mientras sigo enganchado a la droga de final de mes, la nómina de la capital

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Foto de Marian Gonzalez (Toledo)

«Oda a la Navidad en Castilla»

Anónimx

¡Oh blanca Navidad Castellana!

Falso mito, ya que, desde que te habito, no te he visto blanca jamás,

exceptuando este año que abandonamos con un 1 al final,

pues enero nos dio toda la nieve que prometieron años atrás.

Pues bien, muchos dirán, si no hay nieve, ¿Qué tendrá Castilla por Navidad?

Frío y niebla a reventar y muchas otras cosas positivas que esta oda mencionará.

Reunión con amigos entre bares será,

Con chuletón, croquetas y varios vinos de más,

Los cierrabares dirán, pero el mejor tiempo con los tuyos por Navidad.

Pasatiempo en terrazas y cantar y cantar,

canciones entre amigos y vacilar sin parar,

dándole la espalda al frío porque es Navidad.

La familia también querrá,

disfrutar de tu presencia entre champagne y champagne,

Ya que durante el año te extrañará,

Y, sin ti, no brindarán.

Pues esta oda termina aquí,

Y cada uno dirá,

Que volver a su casa es felicidad,

Pero yo insisto; que volver a Castilla es genial y genial.

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Roberto Rivilla (Bercial, Segovia)
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Roberto Rivilla (Bercial, Segovia)

«Un chicle de metáfora»

Enrique García-Vázquez

Todos los años cuando se acerca la nochevieja preparo la habitación de debajo de la bodega. Es un cuarto de la casa que no uso habitualmente, y que guardo para el último tramo del año. Es un lugar desconocido para todos, hasta para mis familiares y amigos más cercanos. La habitación ni siquiera figura en los planos de la casa. 

 

Recuerdo vagamente el momento en el que aquel cuarto secreto apareció tras una trampilla, en lo más pronfundo de un sueño que tuve. Al principio, yo no creía en la habitación, pero noche a noche los sueños se fueron sucediendo. Un día, ya despierto, me dió por buscarla por toda la bodega. No encontré nada. Seguí buscando cada día, durante varios años. Al final, quien busca encuentra, así que gané una habitación más que ahora utilizo para esta ocasión especial.

 

Para acceder a ella debes levantar la alfombra y dar con la trampilla, que no siempre se deja ver. Si eres afortunado y consigues abrirla, entonces pasas a una sala amplia y abierta. En esa habitación todo el mundo siente que está en casa. El otro día entré y al principio pude oler el abono, lo cual podría hacérseme desagradable, pero solo me llevaba a pensar que marzo o septiembre estaba terminando. Luego encendí la luz, pero la bombilla falló de primeras y parpadeó como los focos de la Ranita Feliz, una atracción de la ferias de mi pueblo que ya es todo un clásico. Una vez calmada la luz, la habitación se convirtió en un clarooscuro. Todo parecía calmado de nuevo, así que tomé asiento y comencé a escuchar. El agua de la acequia corría a lo lejos. Si cerraba los ojos casi podía imaginarlo, cada gota fluía arrastrando las algas de río como el tiempo empuja a las personas. Tras un rato escuchando en silencio, pareció que llegaba el verano, porque las cigarras rugían y el caudal de la acequia se quedaba mudo. Cogí un chicle de un paquete de sabores variados y me lo lleve a la boca, me tocó de sabor a natillas que se habían tostado de más, con un toque de canela que alguien había añadido a posteriori para arreglar la receta. Estoy bien, me repetía. Estoy bien. Aunque sean navidades no necesito meterme una comilona ni emborracharme de cotillón. Estas navidades no. Me quedo encerrado dentro, al menos siete o diez días. Y en aquella habitación es donde me sujeto con fuerza a las notas del móvil, y comienzo a escribir sin saber muy bien si la canela en las natillas del chicle era una metáfora.

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Fotos de Mariam González (Toledo)
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Fotos de Mariam González (Toledo)

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