Texto y fotos: Marina Sandonís
Hace unos meses viajé a San Pedro de Atacama, el desierto chileno ubicado en la región de Antofagasta. Durante las muchas horas de minibús conociendo la zona, me di cuenta de que el lugar me resultaba familiar. No podía ser, yo nunca había estado anteriormente ya no sólo en Atacama, sino en Chile ni Latinoamérica. Aún así, al regresar a casa no pude sacarme ese pensamiento de la cabeza. Y es que, para mi sorpresa, había encontrado Castilla en el desierto más árido del planeta.
Los días siguientes al viaje traté de componer un argumento sólido. Partiendo de los colores del paisaje, principales culpables de mis delirios castellanos, investigué sobre la flora de Atacama. Pero, a parte de la evidencia de los pequeños arbustos amarillos, no encontré mucho más. Pasé después a la fauna, ya que en mi excursión me sorprendió descubrir burros españoles. Pero de nuevo, el hilo del que tirar resultó ser muy corto. Me interesé entonces por la cultura atacameña, por sus leyendas, costumbres, fiestas e historias, pero todo estaba demasiado teñido por la hispanización. Me negaba a pensar que la conexión tan fuerte que había sentido con esa tierra se debiese a la llegada de los españoles en el siglo XVI.
Y entonces ocurrió. LPR publicó su artículo “Make Castilla Cool Again: Historia de un súper ventas inesperado” y La Maravillosa Orquesta del Alcohol dio un concierto en Santiago de Chile. Ahí estaba, ahí había estado en realidad todo este tiempo; la nostalgia y la profundidad de mis raíces castellanas estaban vibrando más alto que nunca.
Que el color y el silencio de un desierto me llevasen directamente a la sobriedad de los versos de Machado no era motivo de investigación, ¿en qué estaba pensado? Sino de puro sentimiento. Parece que de tanto repasar mi heredada edición de Campos de Castilla, “Oh tierra triste y noble, de campos sin arados, regatos ni arboledas” se me había quedado grabado en el corazón.
Que tras encontrar por la ventanilla vicuñas, avestruces y burros mi pensamiento volase a los pueblos de la España vaciada, no tenía sentido racional alguno, pero… ¿cómo no me iba a transportar a esas lentas mañanas veraniegas llevando junto a mi abuelo hierba recién cortada al burrito de la finca de enfrente?
Castilla, como remarcaba Carmen Abril en el artículo mencionado, es un sentimiento puro. Un concepto emocional en sí mismo. Así que ahí estaba, no había encontrado Castilla en el desierto, sino que Castilla me había encontrado a mí.
Ahora sé, y lo sé con orgullo, que no fue ni el abrazo seco y ocre que me ofreció el campo yermo, ni la repetición invariable del paisaje kilómetro a kilómetro o la iglesia que apareció en el pueblito más pequeño. Fue todo eso, pero no fue nada de eso. Fue el sentimiento puro que por fin asumo que viaja y viajará conmigo allí donde esté. Castilla estaba en Atacama, sí, pero sólo porque una castellana estaba allí.