Pan y navaja en Peñalcázar

Fotografías:
Carmen Abril

En lo alto de una enorme muela caliza, a más de 1.200 metros de altitud, se encuentra en Soria el antiguo pueblo de Peñalcázar, uno de esos lugares increíbles que han quedado tristemente resumidos a historia y paisaje. En su día un enclave estratégico en la frontera entre Castilla y Aragón, hoy Peñalcázar es un despoblado al que sólo se llega a pie. 

Del antiguo pueblo apenas quedan en pie algunos restos de la muralla, las ruinas de la iglesia de San Miguel y las piedras de las casas que un día ocuparon familias y generaciones enteras. Habitado hasta la segunda mitad del siglo XX, Peñalcázar es ahora un pueblo vacío, azotado por el viento y encaramado sobre la silenciosa y solemne llanura soriana.

Pan y navaja

David Pérez Vela

– El otro día estuve en Peñalcázar y todavía quedaban algunas puertas en pie remendadas con latas.

– Tu abuelo era de esos, lo remendaba todo.

 

El puerto de la Bigornia y la meseta de Peñalcázar forman dos islas que desde mi infancia he sabido reconocer en el mar de mi pueblo. Desde nuestro monte, se ve como una gran muralla que le da la espalda al sol cuando llega la tarde, una trinchera de guerra en una tierra que siempre ha sido frontera religiosa y política.

En Peñalcazar, el hilo de la vida se apagó en 1978, un año después de las primeras elecciones de la democracia de este país, con la conquista de la luz eléctrica, pero no del agua corriente. El pueblo lo forman un conjunto de casitas arrinconadas que se orientan a un tímido camino de piedras. Creo que un balcón natural, que además ha sido amurallado en el único tramo accesible, tiene mucho de arquitectura del miedo.

La última vez que subí hacía un frío de pan y navaja, un frío helado y sincero. Hoy las calles se adivinan solo por el hueco que dejan las casas caídas. Realmente no hace tanto desde que se abandonó, pero la carcoma del tiempo es cruel y ya es imposible imaginarse cómo sería la normalidad allí. Los huecos que dejaron las voces y la gente los ocupa ahora el viento.

Recorrer las calles abandonadas de un sitio que fue el hogar de alguien te deja una sensación extraña. Siempre sobrevuela esa idea romántica de idealizar lo decadente, es como dar un paseo por el pasado con la libertad del que no se siente vigilado. Pero a mí me hiela la sangre. La realidad de los pueblos que se mueren me resulta muy familiar, debería llamarse algo así como la maldición de las casas sin ropa tendida. Creo que los que van a escarbar en los escombros de una vida como carroñeros nunca han sentido esto de cerca.

Esto de las puertas remendadas me recordó inmediatamente a otra hazaña similar de mi pueblo. Nunca le había prestado demasiada atención, pero se trata de una auténtica obra de ingeniería de culos de lata y clavos, un puzzle de chapa y madera podrida que se alza como imagen arquetipo de la palabra “rural” en mi cabeza. Porque creo que define muy bien una manera de ser, la nuestra, la de mi abuelo, la de arreglarlo todo con lo que haya a mano, porque eso significa mimar y respetar el trabajo de los demás. Y es que lo que dejamos aquí no es más que el hilo de alambre que sujeta una vasija rota, un parche de lata en una puerta remendada.

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