Texto: Rocía Abril Martín
«El Orgullo no es ponerte una camiseta arco iris y twittear #lovewins. No. El orgullo es reinvindicación, es lucha y es plantarle cara a un sistema que oprime y discrimina a la peña LGTBIQA+»
Qué decir alrededor del 28 de junio. O mejor, qué no decir. Estamos en el mes en el que hasta Bershka te vende camisetas con un arco iris. Y no es algo exclusivo de Bershka, que ahora ha sacado, además, una colección de lookazos by Bad Gyal (fans de Bad Gyal, infans de Bershka). Estamos en unas fechas en que todas las empresas te intentan colar lo LGTBIfriendly que son: bombardeo de anuncios con personas LGTBI como imagen; personas guapas, blancas y delgadas, claro; porque mola, porque hay que ser modernas, porque somos inclusivas y porque, igual que en marzo la empresita de moda se pone el logo morado, en junio lo ponemos arco iris. Pues no, cariñas. El Orgullo no es ponerte una camiseta arco iris y twittear #lovewins. No. El orgullo es reinvindicación, es lucha y es plantarle cara a un sistema que oprime y discrimina a la peña LGTBIQA+. Es así.
«El mes de junio debe saber más a reivindicación que a celebración. Entendiendo, por supuesto, que embadurnarnos de purpurina y perrear hasta abajo junto a otros cuerpos disidentes es también reivindicar.»
«The first pride was a riot»
Para mí, como bollera friki de la historia y como fan de las señoras del pasado, esa reinvindicación pasa necesariamente por rescatar la genealogía LGTBIQA+*, desenterrar los orígenes del Orgullo y contar cómo hemos llegado hasta aquí. (*la gente suele olvidarse de la Q, y ni pensar en la A). Gritar bien fuerte, en lugar de #lovewins, aquello de “The first pride was a riot”.
Me flipa la historia de los disturbios de Stonewall, me emociona contar cómo Stormé Delaverie, Sylvia Rivera, Marsha P. Johnson y muches más les plantaron cara a la policía de Nueva York la madrugada del 28 de junio de 1969. Rompieron, destrozaron, gritaron, dijeron basta ya. Prendieron fuego a la transfobia y la homofobia que les estaba dejando sin respiración. Un año más tarde, para conmemorar esta fantasía, tuvo lugar la primera gran marcha del Orgullo. Es por esto que el mes de junio debe saber más a reivindicación que a celebración. Entendiendo, por supuesto, que embadurnarnos de purpurina y perrear hasta abajo junto a otros cuerpos disidentes es también reivindicar.
Creo que una de las deudas que la sociedad tiene con la comunidad LGTBIQA+ es la de compensar la invisibilización de nuestra genealogía. LPR sabe mucho de esto, de desenterrar raíces, de mirar con mimo a nuestros orígenes y sentirnos orgullosas de ellos. En este acercamiento a la genealogía LGTBIQA+, uno de los primeros hitos con los que nos encontramos son los disturbios de Stonewall. Después, la articulación de un movimiento LGTBIQA+ que no aparece en los libros de texto pero que bien se merecería entrar en el temario de la EBAU. El Frente de Liberación Gay luchando por los derechos civiles, S.T.A.R. dando techo y comida a la peña LGTBIQA+ que vivía en la calle, Act Up sacándole los colores a gobiernos y farmacéuticas en la pandemia del SIDA. Activismos de los que sentirnos orgulloses y de los que seguir aprendiendo.
¿Y aquí qué? El Orgullo en Madriz
Pero, ¿en serio todo estaba pasando sólo en Estados Unidos? Evidentemente no. En el ejercicio de desenterrar unas raíces más cercanas nos topamos con hitos impresionantes. Momentos de esos que te encogen el corazón, de indignación y de orgullo al mismo tiempo. Por ejemplo, la primera manifestación del Orgullo en el estado español, en Barcelona en el 77. Cuando la cosa se puso fea y los grises empezaron a hacer de las suyas, fueron las mujeres trans quienes se quedaron al frente plantando cara a la policía. Joder, igual que habían hecho 8 años antes sus hermanas yankis en Stonewall. A lo largo de las siguientes décadas se articularon colectivos y activismos maravillosos. En Madriz, por ejemplo, tuvimos a las LSD y a la Radical Gai entre otras.
«Como muchas otras, la primera vez que vi a dos chicas darse un beso fue en Hospital Central. Maca y Esther. Aquello parecía algo que existía, pero que existía lejos, muy lejos de Castilla.«
Y digo tuvimos porque yo ahora vivo en Madriz. Soy una bollera castellana asentadísma en Madriz. Aquí milito, aquí he ido tejiendo mis redes desde hace años y, he aquí el quid de la cuestión: aquí he empezado a habitar mi bollerismo de una manera consciente y visible. ¿Por qué? ¿Por qué he tenido que esperar a vivir en una ciudad grande para afirmarme como bollera? Pues las respuestas son muchas, pero es imposible entenderlas sin tener en cuenta una cuestión principal: la falta de referentes. Pasé mi infancia en un pueblo y mi adolescencia en una ciudad pequeña sin conocer a NINGUNA bollera. Joder. Como muchas otras, la primera vez que vi a dos chicas darse un beso fue en Hospital Central. Maca y Esther, un abracito desde aquí para vosotras. Aquello parecía algo que existía, pero que existía lejos, muy lejos de Castilla.
«Sería muy fácil hablar de LGTBIfobia en el mundo rural. El ya manido “es que en los pueblos están muy atrasados”, “es que en los pueblos te miran mal”. No cariña, LGTBIfobia hay en todos los sitios, también entre los modernis de Madriz.»
QUÉ PASA CON CASTILLA
No digo que la falta de referentes sea exclusiva de los pueblos, ni de Castilla, pero esta es la realidad con la que yo me he topado. Sería muy fácil hablar de LGTBIfobia en el mundo rural. El ya manido “es que en los pueblos están muy atrasados”, “es que en los pueblos te miran mal”. No cariña, LGTBIfobia hay en todos los sitios, también entre los modernis de Madriz. Abramos el melón de ser bollera rural, pero abrámoslo bien. Con matices, sin simplificar. Hablemos de falta de referentes, pero también de falta de recursos y medidas educativas, por ejemplo. ¿Qué pasa si a una bollera le hacen bulling en el instituto del pueblo? ¿O si a un chaval trans no le dejan jugar en la categoría masculina de la liga regional? ¿Llegan los talleres de diversidad a los centros educativos de los pueblos? Probablemte no, igual que tampoco llegan a una gran mayoría de institutos de ciudad. No olvidemos que Castilla y León es una de las 4 Comunidades Autónomas que no cuenta con NINGUNA ley específica, ni trans ni LGTBIQ+. Nada. Ninguna legislación autonómica que nos recoja, que nos ampare.
Y volviendo a la falta de referentes ocurre lo mismo, ¿dónde está la genealogía LGTBIQ+ castellana? ¿Qué bolleras hubo en mi tierra antes que yo? Quiero conocerlas, quiero saber sus historias. Quiero que se me llene la boca hablando de ellas, igual que se me llena hablando de Stonewall. Quiero a mis Elisa y Marcela castellanas. Para quien no lo sepa, Elisa y Marcela fueron las primeras bolleras que se casaron en el estado español; Dos maravillosas gallegas que, en 1901, le hicieron la trece catorce al cura de su pueblo y se casaron. Después tuvieron que huir y bueno, la historia es mucho más larga.
Castellanismo y disidencia; ruralidad y genealogía cuir
Existen iniciativas estupendas donde ya se está haciendo este rescate de la genealogía LGTBIQ+ regional, donde se están conectando los márgenes, las disidencias, las tradiciones, el regionalismo, la ruralidad. Tenemos el maravilloso Agrocuir, en Ulloa, o al gran Rodrigo Cuevas, con esa fantasía de folkcuir asturiano. Pues yo quiero lo mismo en Castilla. Quiero conectar castellanismo y disidencia, ruralidad y genealogía cuir. Quiero que las disidencias castellanas nos visibilicemos, nos acerquemos y creemos un relato común de la historia cuir castellana. Porque somos, porque han sido. Queremos conocerlas y conocernos.