Más allá de Observatorio: Historias de Balboa

Texto: Carmen Abril

Fotos: Lucía Burón

To be honest

Ocurrió este año en Observatorio que los organizadores tradicionales habían dado un paso atrás y dado el relevo a una nueva generación con el objetivo, siempre acariciado por cualquier organizador de eventos que pone el corazón en lo que hace, de disfrutar de una santa vez su propio festival. Lo celebramos por ellxs, pero lo lamentamos por nosotrxs y por el propio festi, que en nuestra opinión sí que sufrió un poco el cambio. Nosotrxs desde luego lo hicimos. Sin entrar en detalles, pero para que lo sepáis lxs que nos leéis y sois jóvenes y organizáis movidas culturales: se pueden hacer muchas cosas  tirando de favores: se puede, pero a cambio hay que tratar a las personas que nos los hacen con consideración y agradecimiento. Si vamos a tirar de favores han de entrar en juego, qué menos, los cuidados, la afectividad, la empatía, el cariño.

foto de María Morato

Respecto a la oferta cultural, subiremos más adelante un vídeo-resumen de lo que fueron los talleres. Divertidos, frescos, sugerentes, invitaban al menos a abrir los ojos un poco en derredor y sentir el maravilloso paraíso natural que es Balboa, pero, todo hay que decirlo, (a excepción del de O fiandón berciano y quizá de la ruta botánica) todos pensados un poco “desde Madrid”.  Entendemos que esto es natural, porque la totalidad de los organizadores vienen de allí, así como la mayoría de lxs asistentes, y siempre es más fácil llegar a un público a través de códigos y visiones compartidas, pero creemos que se corre el peligro de perpetuar y profundizar la transformación de Observatorio en lo último en lo que -creemos- quiere verse convertido: una colonización madrileña de dos días del valle de Balboa. La intención sigue siendo buena, mejor eso que nada, pero creemos que es necesario un reenfoque de la línea cultural del festival, si es que se le quiere seguir llamando así al menos. Cultura es lo que se cultiva y en Balboa ya hay mucho cultivado. Está bien que se quiera sembrar a mayores, pero no sin antes recoger los frutos que ha producido y está  produciendo, solita, la tierra. 

En una zona llena de paisanxs deseosxs de hablar sobre su tierra (como se demuestra en el vídeo que acompaña este artículo) y en una tierra cargada hasta los topes de historias que contar, lo contrario nos parece un poco un desperdicio.

foto de Maria Morato

Así con todo, es encomiable que desde la organización de un festi se tengan estas ambiciones, se vaya más allá de lo puramente festivo, se hagan esfuerzos por ensanchar la visión de la zona que se llevan lxs asistentes a la cita y se rinda un homenaje a su cultura, aunque es mejor, creemos, que para esa tarea se cuente precisamente con la población local. Que ni Jose Manuel ni Dani estuvieran convocados a la mesa redonda, por ejemplo, es un poco un delito. No hay más que ver el vídeo-reportaje para darse cuenta.

Dicho lo cual y pelillos a la mar, ahora toca hablar de Balboa.

Foto de Lucía Burón

Qué pasa con Balboa

Jose Manuel, el exalcade, un hombre afable y sabio como pocos que yo haya entrevistado antes, reflexionaba así cuando le preguntábamos si León, si Castilla, que qué pasaba con eso:

«Eso es muy difícil, es muy difícil porque la gente fronteriza…y nosotros somos totalmente fronterizos, este monte por el otro lado es Lugo, nosotros hablamos el gallego, las costumbres son de Galicia…sin embargo, legislativamente pertenecemos a León…entonces la gente fronteriza somos un poco apátrida, porque no somos de nadie y tenemos cosas de todos los lados…nos sentimos…de Balboa. Incluso El Bierzo nos parece otra tierra.»

Foto de Lucía Burón
Foto de Lucía Burón

A Balboa mucha de su magia le viene, creemos, precisamente de este carácter fronterizo. Balboa es la puerta a otro reino natural, Galicia, y vive esta realidad limítrofe  en toda su complejidad, con serenidad y gracia.

El lacón, el pulpo y las castañas conviven en perfecta armonía con el botillo, el tinto Mencía y las carrilleras (reflejo de ello es el menú del Restaurante Palloza de Dani).

Balboa ¿Castilla?

A pesar del carácter fronterizo de Balboa, es cierto que quizá hay poco de Castilla en esta zona.

Las pallozas tienen poco que ver con las casas cueva castellanas. Las leyendas de ogros y hadas que se contaban en los filandones son puro norte y quedan algo lejos de las tenebrosas historias del sacamantecas o el hombre del saco, tan contadas en las tascas y ventas castellanas. Y sin embargo ambas tienen un punto importante en común.

Tanto las pallozas como las casas cueva fueron, casi de la noche a la mañana, vistas con estupor y vergüenza desde las administraciones locales, que se apresuraron en penalizarlas administrativamente y hacer todo cuanto pudieran para que fueran desalojadas y desmanteladas, como relata con amargura Jose Manuel en la entrevista. 

foto de Maria Morato
Foto de Maria Morato

¿Qué pasó de la noche a la mañana? lo cuenta fenomenal el documental Domus Subterra dirigido por Héctor Cabrera y se cuenta también en Las ratas de Miguel Delibes. España abre las puertas al turismo. Franceses, ingleses y alemanes vienen y (los pocos que no son atraídos por las zonas de costa) se sorprenden por la forma de vida arcaica que se lleva en las zonas rurales. De pronto, alcaldes y secretarios empiezan a ver con vergüenza las que hasta entonces habían sido simplemente edificaciones tradicionales, tan propias del terreno como la fauna y la flora. Por aquello de El progreso. 

En Balboa, cuando Jose Manuel era niño, había once pallozas vivas. Vivas quiere decir que eran casas, que en ellas vivían familias y sus animales (que, de alguna forma difícil de entender en los tiempos que corren, eran de la familia también). Once pallozas vivas. Hoy, de las tres que existen, dos son recreaciones construidas en los años 90 por dar un atractivo turístico al pueblo y, seguramente también, por honrar las que fueron. El resto han desaparecido.

foto de Lucía Burón
foto de Lucía Burón

Por aquello del progreso

Tanto en Balboa como en los pueblecitos más áridos de Tierra de campos, pasó poco a poco la misma cosa: Estas viviendas ancestrales, perfectamente integradas y adaptadas al entorno (nacidas en él y de él) -y hoy apreciadísimas, no sólo desde lo turístico, sino también desde lo arquitectónico- fueron en primer lugar vistas por ojos ajenos, después vistas por las administraciones desde esta perspectiva de esos ojos y, en última instancia, por unos medios o por otros, sencillamente echadas abajo. Paradójicamente, el turismo al que se buscaba complacer no arraigó, como no arraigó ya casi nada desde entonces.

foto de Lucía Burón

Tanto en Balboa, como en el Bierzo, como en los pueblos de toda Castilla, las gentes empezaron a abandonar la vida en el campo, que tan dura les había resultado y que el progreso no hacía visas de suavizar, y acudieron en fila india a las ciudades, que prometen mejores condiciones, más oportunidades, más estímulos y más posibilidades de desarrollo personal. Y ojo, que muchas de esas cosas que la ciudad prometía se cumplieron. Muchxs niñxs fueron escolarizadxs en mejores condiciones (o simplemente escolarizadxs), y capaces, en el mejor de los casos, de elegir el oficio que querían desempeñar. Muchos padres lograron progresar económicamente destinando esta mejora a la educación de sus hijxs y, en muchas ocasiones, también a adquirir o mejorar una casa en su pueblo de origen, a donde regresaban siempre que podían (otros no volvieron ni a pensar en el pueblo, depende de cada uno, pero los pueblos castellanos, por ejemplo, en verano se llenan de vascos que en su día no eran vascos, sino castellanos emigrados a las zonas industriosas). 

Pero, así como es justo recalcar que muchas de las promesas que la ciudad hacía se cumplieron,  cabe decir que también muchxs debieron sentir eso que ahora nuestra generación cristaliza en el meme de “emosido engañado”. Ni las fábricas eran necesariamente menos duras que el campo ni las mieles de la ciudad eran para tanto cuando unx no tenía ni tiempo ni dinero para disfrutarlas. En fin. Esta es una realidad con muchas caras y complejísima de analizar, mi única intención sacándola a colación era establecer uno de los puntos en los que Balboa y Castilla se encuentran.

El Bierzo por cierto, ya antes del desarrollismo sesentero, fue, igual que Palencia, zona minera y también, en su momento, zona de maquis. Sobre los maquis de la montaña palentina escribimos un artículo aquí y sobre los maquis bercianos tenemos en mente convencer a la artista Marina Cavadi para que escriba uno.

También existe un punto de unión en cuanto al mantenimiento de ciertas tradiciones precristianas, como los Magostos -algo así como la vendimia de la castaña y sus fiestas asociadas- que también se celebran en Zamora y Salamanca (y por supuesto en Galicia) y que tenemos ganas de experimentar porque según dice todo el mundo es una festividad divertidísima. Otro punto común entre Balboa y cualquier pueblo castellano es la fijación por las fiestas, sea la excusa religiosa o relacionada con cosechas y siembras (esto, en realidad, es un punto en común para toda España).

Precisamente os recomendamos ir a Balboa en Magostos, como hacen lxs entrevistadxs, y conocer así mejor este pueblo y a las simpáticas personas que aparecen en el vídeo.

foto de Lucía Burón
foto de Lucía Burón
foto de Lucía Burón

El problema de la vivienda

Otro punto en comú entre Balboa y Castilla es que, en el contexto acual, ambas son romantizadas por una juventud que anhela, paradójicamente, lo mismo que aquellos antepasados que sacaron el porvenir de sus familia de allí: una vida mejor y más libre. Es habitual entre lxs jóvenes -sobretodo en espacios como Observatorio- escuchar testimonios de personas que plantean su intención firme de mudarse al pueblo en cuanto puedan. Una casita, un par de vacas, teletrabajo y a ser feliz. Pero no es tan fácil. Es paradójico también, pero en la mayoría de los casos, la España vacía no tiene capacidad material de rellenarse. No hay vivienda disponible. Decidir mudarse a un pueblo ya es en sí un reto por muchos motivos, pero encontrar “dónde”, se convierte en muchos casos, en una maratón o directamente en un imposible.

Así nos lo contaba Dani, el dueño del restaurante Palloza (cuyo menú tenéis que probar cuando vayáis en Magostos): no hay vuelta de hoja, el problema es la vivienda. En los pueblos hay pocos servicios y hay poco trabajo, pero lo que menos hay es vivienda para alquilar o comprar.  Él se ha hecho viral recientemente por denunciar esta situación en Facebook -quería contratar camareros, pero éstos no encontraban dónde vivir- y algo nos adelantaba ya Lera en la entrevista que nos concedió en su día. El problema es la vivienda. Los pueblos están llenos de casas vacías, cerradas a cal y canto, cayéndose a pedazos…pero fuera del mercado inmobiliario. ¿Qué se puede hacer? Pues es difícil. Muchas de estas casas pertenecen a los seis nietos de turno que no se ponen de acuerdo. Otras son de personas mayores que simplemente no se fían. Pero en muchos casos se trata de un tema de cajón, de rentabilidad. Si acondicionar su casa y ponerla en alquiler supone un gasto demasiado fuerte, mucha gente prefiere quedarse quietecita y no arriesgar, o directamente no tiene capacidad adquisitiva como para hacerlo. Quizá sería bueno que las administraciones apoyasen un poco este tipo de proyectos para hacerlos más livianos y apetecibles y movilizar poco a poco a los propietarios o copropietarios de inmueble rural. Aunque seguramente el tema es más complejo que eso.

Balboa para siempre

Sea como fuere. Son muchas las cosas que tiene en común Balboa con Castilla, y Balboa con Galicia y Balboa con el Bierzo, pero si algo está claro es que Balboa (en realidad cualquier pueblo, pero Balboa un poco más) es un lugar único, cargado de matices y de influencias convergentes. Y también está cargado (y esto es un poco menos común) de gente afable, de apertura, de suavidad en el trato, de amabilidad y calidez. Sólo con ver el vídeo que acompaña este artículo se hace unx perfectamente a la idea. Julián, un hijo adoptivo de Balboa y uno de lxs entrevistadxs, lo refleja perfectamente en sus palabras “¿y qué habrá en Balboa…?” Todo lo contrario a lo que me había encontrado viajando con la caravana…aquí me abrieron las puertas en todos los sentidos”

También se ve en el vídeo que todxs coinciden en que lxs asistentes al festival Observatorio son personas especialmente respetuosas, simpáticas y consideradas con las personas del pueblo y con el entorno. Para respetar el legado de Observatorio es fundamental que esto no cambie, así que, si te estás planteando ir, ten esto muy presente y pasea tu mejor versión entre los robles y las ánimas de este valle mágico. Trabajemos entre todxs para que Observatorio siga siendo una inmersión curiosa y disfrutona, pero también responsable y consciente,  en una de las zonas más preciosas y auténticas de esta comunidad autónoma. Quizá los festivales no vayan a solucionar el problema de la España rural, por mucho que algunos la encumbren, pero, como apunta muy bien Ana en el vídeo, aunque sean sólo unos días, éstos son oxígeo para el resto del año, dan mucha vida y desde luego sirven para que mucha gente ajena a su realidad se asome a ella. Por algo se empieza.

Foto de María Morato
Foto de María Morato
Foto de María Morato

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