IX Encuentro de Cultura y Ciudadanía

Texto: Carmen Abril

Fotos: Juan Carlos Quindós

Una mesa por sorpresa

El pasado mes de Octubre (del 17 al 19, concretamente) se celebró en Valladolid el IX Encuentro de Cultura y Ciudadanía. Cuando vimos en nuestra bandeja de entrada un correo de la organización invitándonos a participar casi no nos lo creímos. ¡Qué bien! Precisamente habíamos hablado de apuntarnos un mes antes, cuando empezaron a comunicar el proyecto por redes sociales, pero entre idas y venidas, y sobre todo a causa de la organización de la fiesta de Tdxs lxs santxs en el castillo, se nos había pasado. Menos mal. Rápidamente contactamos por teléfono, que aunque a los Z nos dé fobia es cierto que es la mejor manera de conectar. Nuestro interlocutor, Xian, fue encantador y rápidamente entendí, con unas pocas frases suyas, que habían captado de sobra la esencia de la revista, que se habían familiarizado con ella de verdad (esto no siempre pasa, mucha gente nos llama conociéndonos de oídas y se nota rápidamente también). Nos propuso, no ya participar en una mesa, sino que, si no nos importaba, interviniésemos en dos. Habían visto que el core de La perdiz roja encajaba perfecto en ambas, y además estaban encantados de tener ponentes locales, lo que tenía todo el sentido, siendo el eje central del encuentro las ciudades intermedias

foto de Juan Carlos Quindós

Las dos mesas en las que nos proponían participar:

 

-Volver la mirada: la (des)memoria reciente y la imaginación de futuros

 

-La juventud como agente cultural: renovación de imaginarios culturales y arraigo en ciudades intermedias

 

Guau. Ambos temas podríamos darnos que hablar durante un día entero así que dijimos que sí, que por supuesto.

Con prisa y sin pausa. Todo bien

Por desgracia, las mil tareas pendientes relativas a la organización del evento arriba mencionado impidieron que disfrutásemos plenamente de las jornadas. Nos perdimos la del miércoles, para empezar, y el jueves al llegar, un rato antes de que comenzase la primera mesa, lamenté no haber desplazado mis quehaceres como hiciera falta para disfrutar plenamente ese oasis de tres días en el LAVA.

Sinceramente, no sé ni por donde empezar, pero Todo bien. Botijos y otras piezas de barro como decoración de las salas (intervención “Re_hacer3” de Néxodos), La piscina (instalación diseñada por Montaje) en la sala eje, donde también estaban los espacios expositivos de algunos proyectos (compendio bautizado como “El quiosco”).

foto de Juan Carlos Quindós
foto de Juan Carlos Quindós

 

El catering km 0, unos garbanzos con setas para llorar. Todo el equipo simpatiquísimo. Todo hecho con gusto y mimo en cuanto a la forma. Pero en cuanto al contenido, más aún. El mismo programa de mano parecía más un fanzine que un organigrama, de tanto cariño como le habían puesto.

Volver la mirada

foto de Juan Carlos Qundiós

En la primera mesa, Volver la mirada, compartimos charla con dos proyectos chulísimos, Ars magna e Iwa fest (ambos linkeados, click obligatorio). Más alejados territorialmente de La perdiz roja, imposible: Lanzarote y Melilla, pero en cuanto a la esencia, ojo. Al final de la charla, precisamente, nos dimos cuenta de que los tres proyectos coincidían en una cosa en la que no habíamos reparado: un castillo. 

 

¡Los tres hacemos cosas en castillos! Víctor, en una fortaleza rifeña antipiratas del sXV,el castillo de San José, actual Museo Internacional de Arte Contemporáneo, y Borja y Hammú, del Iwa, en una fortaleza modernista a pie de playa, el fuerte de Victoria Grande.

furte de Victoria Grande por @iwafest
foto de Víctor G.Moreno

Sobre el concepto de identidad

La mesa se me hizo cortísima, la verdad. En lo que presentábamos los proyectos, el tiempo voló y casi no dio tiempo a ahondar en la cuestión de cómo hacer para reformular el reclamo turístico/cultural sobre las zonas intermedias. Quizá podríamos dedicarle un artículo completo a esta cuestión, volver a encontrarnos con Víctor, Borja y Hammú, o montar nuestra propia mesa redonda para debatirlo con profundidad y calma, porque el tema daba para mucho.

foto de Juan Carlos Quindós

Surgió una pequeña disconformidad respecto al concepto de Identidad, en el que tanto se sustenta LPR. A Hammú le parecía que era un concepto peligroso, que separaba y que, frente a eso, teníamos que ser ciudadanos del mundo, sin fronteras ni membranas que nos distingan y enfrenten. Yo insistí en el concepto de regionalismo de supervivencia, de castellanismo en plan bien, pero me parecía que no era suficiente… Concluí, con esfuerzo (qué bonito es ir pensando en una discusión, en las discusiones es cuando de verdad damos forma a nuestras ideas) que lo importante, lo que interesa cultivar, lo que marca la diferencia para bien, son las identidades colectivas, sociales; identidades que nos unan y sobretodo que sean siempre abiertas, porosas, no supremacistas. Vivimos en un mundo de individualismo en el que pasamos muchísimo tiempo intentando definirnos y mostrarnos a nosotros mismos, pero en códigos globalistas (lo que en muchos casos es lo mismo que decir en códigos consumistas). La comunidad y la cultura tradicional, los códigos ancestrales, pierden fuerza, se desdibujan. Repensar identidades culturales, siempre que se haga, desde luego, desde el amor, nos ayuda a recuperar lazos perdidos y sobre todo a conservar -no disecada, si no hidratada y fresquita- la cultura: saberes, ritos, formas, canciones, juegos.

Eso es identidad cultural para LPR: un pozo de saber y de disfrute, una excusa a través de la que unirnos, porque accidentalmente compartimos cosas que guardan mucha belleza y  resulta muy divertido y enriquecedor desempolvarlas y adaptarlas a nuestro tiempo. Nada más.

foto de Juan Carlos Quindós

Después fui público en una mesa en la que los distintos proyectos expuestos en la sala eje contaban su trayectoria. Me gustó mucho y me permitió descubrir a Arija y Epokhé, organizaciones vecinas de la zona con las que ya estamos en conversación y otras, si no tan próximas, también chulísimas como Lamosa, en Cuenca, Cancha libre, en Bizkaia,  El sindicato de la herida desde Murcia o Voces que cuidan, en Valencia.

foto de Juan Carlos Quindós

Conocerse en calcetines

foto de Juan Carlos Quindós

Al terminar, y después de los garbanzos antes referenciados, descansé un poco en la piscina, antes de la segunda mesa. Todos los participantes estábamos en contacto por gmail desde la semana anterior -otra prueba de la delicadeza formal de la organización- así que nos escribimos para vernos antes. Allí, tumbada en la piscina, en calcetines, conocí a Iris, de Galaxxxia, a Mario, premio nacional de poesía, a Germán, del Consejo de la Juventud y a Eudald, filósofo, escritor, y en este caso, moderador.

Todos simpáticos, inteligentes, curiosos. 

Una vez más lamenté haber acudido con tanta prisa al Encuentro, no haber tenido tiempo los días anteriores para estudiar un poco qué hacía el resto, pero lo cierto es que por no tener, no había tenido tiempo ni de reflexionar sobre qué hacía yo.

foto de Juan Carlos Quindós

Reconozco que esta mesa me la había preparado menos. Todos tenían apuntes y yo salí con las manos en los bolsillos de la falda. Por lo que sea, había pensado que la sesión de la tarde sería una cosa más distendida y resultó que era al contrario: el escenario era mucho más imponente que la salita de la mesa anterior y lo cierto es que yo, más allá de haber reflexionado un poco con el café de la mañana y de camino a la universidad sobre el tema de la mesa, no había tenido tiempo de trabajar en ello.

foto de Juan Carlos Quindós

Por otro lado, he de reconocerlo, no tengo claro que hubiera llevado notas si hubiera tenido tiempo de prepararme mejor, creo que no es mi estilo. Citar autores y datos siempre da respaldo y cuerpo, pero yo, cuando me pongo a hablar, solo puedo pensar en lo que siento yo. Escribir es otra cosa. El caso es que la charla fluyó electrizante, y la primera pregunta, “¿Qué es para vosotros la cultura?”, tuvo mi respuesta rápida y automática: “Una herramienta, una vía para cambiar las cosas”

Una alusión de Mario Obrero en su turno de palabra “no hay que mitificar, no hay que ver la cultura como una especie de magia transformadora, la cultura es un trabajo más” me sacó los colores por un instante y me hizo reflexionar en el momento (de nuevo sudé la gota gorda reargumentando) y también después, sobre esta cuestión.

Y ese es el principal motivo por el que escribo este artículo. Quiero matizar esa respuesta. Sé que quizá algunos piensen que ya no vale, que a toro pasado y habiendo reflexionado no se puede ya argumentar, pero que observen atentos porque es justo lo que me dispongo a hacer:

foto de Juan Carlos Quindós

Sobre el concepto de Cultura

Defendiendo que la cultura puede ser una vía poderosa para cambiar las cosas quería decir que, lejos de la frivolidad que el grueso de la población le presupone a la cuestión cultural (nos guste o no, es así: para la mayoría de las personas de a pie, cultura es sinónimo de farándula; poesía, cine, teatro…divertimento al fin y al cabo, ocio y nada más) considero que la cultura es una cosa seria, profunda y potente, directamente relacionada con el mundo material y -importante- con una amplia capacidad de transformación sobre éste.

Cuando empezó la andadura de La perdiz roja, una de las cosas que más tocó defender fue la decisión de ser una revista exclusivamente cultural. La España Vaciada es consecuencia de la cada vez mayor dificultad de los modos de vida rurales, responde a problemas estructurales y “serios” y por tanto parece que lo propio es abordar la cuestión desde la economía y la política. Sin alterar la red de servicios, la estructura presupuestaria, el mercado laboral, la vivienda…poco se puede hacer, parece pensar mucha gente, por la España Vaciada. Centrarse en lo cultural es fútil, pizpireto y disfrutón, no cambia nada (y sin embargo, a lo largo de nuestra andadura, hablando con jóvenes emigrados -o que se plantean emigrar- a Madrid o Barcelona, hay siempre un punto común en el discurso, dos palabritas: oferta cultural).

foto de Juan Carlos Quindós

Es por eso que yo salí por esa tangente. Desde la cultura se pueden cambiar las cosas, las condiciones materiales. No solo desde ahí, pero desde luego también desde ahí. Transformando los imaginarios colectivos se pueden transformar, con el tiempo, los actos colectivos, las estructuras.

 

Intenté reflexionar después sobre porqué Mario y yo no nos habíamos entendido en ese punto. Y  llegué a una conclusión. Según en qué ambientes, esto de que la cultura puede cambiar las cosas está muy dicho ya. Según en qué ambientes. La perdiz roja se dirige a toda la Castilla contemporánea en conjunto, aspira a cambiar el panorama de una sociedad sumida en una problemática y en un estado de letargo profundos; tiene que convencer al gran público, no sólo al público consumidor de cultura, de que el arte, el paisaje y la tradición son suficientes, o al menos fundamentales, para cambiar las cosas. 

Mario en cambio, que es poeta de profesión, lleva trabajando en ambientes culturales desde los inicios de su carrera, prácticamente desde antes de tener edad legal para trabajar (¡ganó el premio Loewe de poesía con 17 años!). En esos contextos, se da por hecho que la cultura es útil para cambiar las cosas -además de una cosa mágica y maravillosa- y este se trata, probablemente, de un  discurso ya desgastado. Es normal pues, que lo innovador en ese punto sea reivindicar la dimensión puramente laboral del asunto. Es un trabajo más.

foto de Juan Carlos Quindós

 

Aunque creo haber entendido el origen de esta postura, en realidad, tampoco estoy de acuerdo del todo. Es un privilegio poder dedicarse a la cultura, precisamente porque no es un trabajo más. Es apasionante, tiene que ver con el ser, con el yo y con los demás, con la sociedad, con la vida…es mucho más difícil alienarse siendo poeta que ajustando un tornillo a un coche en la cadena de montaje de Fasa. Las cosas como son. Ser poeta es más estimulante y ofrece más posibilidades de realización personal que otros desempeños laborales (Yung beef, por cierto, también tiene ese discurso, pero él dejó de fregar platos en cuanto pudo y presume de su vida y de su libertad en casi todas sus canciones, aunque perdón, sé que ya no es ni siquiera moderno hablar de Yung beef).

foto de Juan Carlos Quindós

Desde luego, esto no quiere decir que no haya que luchar contra la precariedad laboral en este sector, que efectivamente ofrece poquísima estabilidad y del que de hecho sólo unos pocos (normalmente gracias a contactos) pueden permitirse hacer su oficio y vivir. De la realización personal y la pasión no se vive, y parece que en muchos casos lo estimulante y atractivo de trabajar en el sector cultural se utiliza como moneda de cambio, en lugar de las monedas de verdad, que son las que sirven para comprar macarrones con tomatico. Eso está muy mal. Pero una cosa no quita la otra. Que la cultura sea tu trabajo es una cosa maravillosa, un lujo al alcance de pocos. Nosotras, de momento, no hemos llegado ahí. La cultura no es todavía para nosotras un trabajo, aunque es, efectiva y literalmente, sinónimo de trabajo.

Cultura es trabajo

Para nosotras, la cultura es, efectiva y literalmente, trabajo. Cultura viene de cultus, cultivo. Cultivar la tierra, trabajar la tierra. Cultivarse a uno mismo, trabajar en uno mismo. O en otros. Cultus. Cultivo, culto. Rendir culto a los dioses y cultivar el campo, ambas tienen la misma raíz y los mismos requerimientos: trabajo*. Hay que ser constante, remover las cosas, oxigenarlas, asegurarles sustrato, agua, luz, darles lo que piden, dedicarles su tiempo.

 

*(Es cierto que “trabajo” deriva del latín tripalium, tres palos, una especie de cepo que se usaba como instrumento de tortura para castigar esclavos o reos. Trabajar supone esfuerzo y sacrificio y, por mucho que en el caso de cultura sea precioso, no deja de ser trabajo. Puede ser más estimulante o menos, pero el trabajo, trabajo cuesta. En esto Mario tiene razón.)

foto de Juan Carlos Quindós

Cultivar es trabajar, cultura es trabajo. Trabajo, en su acepción más moderna, se refiere a un esfuerzo sostenido por conseguir o producir algo que atienda o satisfaga necesidades humanas. Con la cultura nos cultivamos y trabajamos a nosotros mismos, pero sobre nos trabajamos como comunidades, como grupos de seres humanos que comparten cosas, que se comprenden y disfrutan juntos de algo. Un algo, al fin y al cabo, imaginario. O mejor dicho, imaginado. Colectivamente imaginado, socialmente establecido, creado y recreado por todos los participantes y potencialmente por cualquiera, la cultura es como un juego cuando somos pequeños. Juntos generamos universos de sentido, mundos simbólicos en los que disfrutamos encontrándonos.  Para nosotras, la cultura es trabajo, pero también es juego. Ahora bien, hay que tomarse en serio el juego para jugar bien.

foto de Juan Carlos Quindós

Pongámonos prolijas, porqué no: además de un juego y de un trabajo, para nosotras la cultura es un lenguaje. Una manera de comunicarnos con el entorno y entre nosotros, una herramienta, mucho más directa de lo que se puede pensar en círculos no especializados, para cambiar las cosas. Hablando se entiende la gente y sin entendimiento no hay cambio que valga. Cultivando la manera en que nos relacionamos entre nosotros generamos formas de existir y estructuras relacionales más compasivas, tiernas, abiertas y amistosas. Estas nos permiten sentirnos cerca los unos de los otros, comprendernos y vincularnos que es, en última instancia, lo que nos hace felices. Por eso todos los buenos encuentros culturales deberían terminar -como este- con una fiesta.

Al menos así lo veo yo: la alegría es que salte ese chispazo de intercomprensión entre dos personas o más, es un disfrute diferente, un juego de palabras, de símbolos. Y eso es cultura. Una jota es cultura y un pogo también. Son maneras de relacionarnos, un juego del que hay que saber las reglas. Las de la  jota desde luego son más y más estrictas, aunque, ojo, también es cierto que no cualquiera sabe estar en un pogo. Cultura es un festival, sea un festival de cine internacional o un festival de música urbana en un descampado en Mucientes (echamos de menos el Astromona fest). Cultura es comunidad, encuentro, cooperación, esfuerzo, trabajo, juego. Y una herramienta, ultra potente, para cambiar las cosas a mejor. 

PD. Gracias al Encuentro y a todxs lxs participantes, fue una chulada, nos habríamos quedado a vivir en esa piscina.

foto de Juan Carlos Quindós

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