Texto: Jorge Molinero
Pinturas: JoseMaría Castilviejo
6 pinturas y 7 poemas
Que de la última gota de sangre nazca
un campo de extraño cereal que
no necesite agua para germinar.
Esta tierra mira al cielo
pidiendo acabar con la agonía. Cuando
destripada & vacía por los envites
de la inquina la desmemoria la vergüenza
dará cobijo la oquedad
del caballo blanco
a una nueva civilización donde
el fruto sea
para el que se mancha de tierra
las manos.
Háblame de la belleza que
engalana la crueldad. La muerte
en una acuarela no huele a Farias.
Ay cobardía sin rostro en los tendidos.
Un hombre dibuja por encargo
la nuca herida de este mapa bastardo:
Castilviejo es un caballo de espuma
con una marca de espuelas
mellando sus pinceles.
El orgullo de aquella que abre la besana
para la siembra en este suelo ingrato
no cabe en el sencillo barreño en el que
se desprende del sudor con un poco
de agua tibia. Los sueños están hechos de adobe &
la esperanza es un nuevo desconchado en la pared.
Ninguna religión inventada habla
de una Colosa cuya espalda
soporta el mundo & su vientre
se deshace al alimentarlo.
CANCIÓN TRISTE DE UN AMARILLO QUE DUELE
Miramos al cielo: tan alto de tanto rogar
a un dios tullido que llueva maná & vino dulce
para la digestión de las crías. El futuro
es un invento del molinero
para especular con el grano y el pus
de la codicia. Panaderas
del pan duro echado a perder por el cornezuelo:
hemos visto a un dios tullido
lamentarse que en esta tierra podrida
se olvidan las raíces. Panaderas
de pan duro: dios tullido
acompaña el ritmo a cabezazos, maniatado
por la estupidez de quien ama la espiga &
desdeña la simiente. Triste
tierra que no escucha
el amargo silbido de un viento
siempre en contra [y sólo
se nos ocurrió escupir]
UTOPÍA VIOLENTA
Nada permanecerá cuando sean polvo
nuestros huesos. Un baile
de babas y heces
sobre la arena de bronce. Se ha de pintar
blanco el caballo que muere aunque
ennegrezca la piel del que se deja
el alma rompiendo la tierra. El crío
admira la fuerza del cuerno: el hombre que
ahora soy se sobrecoge con el arraigo
a la vida del que visten con harapos.
Nunca sabemos su nombre: su cadáver
intacto no sirve ni para trofeo.
Adobe: tierra robada al suelo y pisada con unos pies
encallados e irritados por la paja que se mezcla
con la tierra & el agua.
Asfixia de adobe y silencio roto sólo
por el bisbiseo de la viejas en el rezo.
Pueblo mío: agonía del vacío que engendra
un arrullo de sangre en la memoria.
El trigo se enrancia en una mueca de tristeza.
Pueblo mío: en cada lienzo apareces desangrado.
Cómo contarte amigo pintor que
en el reverso de tus cuadros hay ahora
unas niñas riendo que no conocen
el ocre de tu paleta y la palabra: herida.
Tenía la edad de mi hija. Mi padre un viejo
con los años que hoy tengo yo.
En la parte de atrás de un R18 recorriendo
los amarillos
las ventanas bajadas para sentir
el polvo opresivo de unos caminos de miseria.
Parar en cada palomar a fotografiarlo
con una Nikon fm2. Castilviejo
enseña a mi padre a encuadrar y los secretos
de la luz. Creo que nunca me he aburrido tanto
como en esos viajes.
Parar en cada puerta de madera sujetando
una ruina de barro & paja. Parar
en el bar de algún pueblo perdido a por
clarete fresco y un mosto para el niño.
Nunca había helado o cocacola.
Un boceto a carboncillo de una señora
que ponía la mesa a la muerte: a mi amigo Martín
con un abrazo. Aún siento el calor agobiante
de aquellas tardes de verano cuando escribo
a mi padre incapaz de resucitarlo.
Jorge Molinero