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De furtivos a ecologistas

Comienzo mi reflexión con extractos de mis recuerdos: Todos los que tenemos ya cierta edad hemos presenciado, con mayor o menor conciencia de ello, la evolución que se ha producido en los últimos cuarenta años en nuestros campos y en nuestro medio rural. Los útiles y sistemas de producción han cambiado muy sustancialmente en un sector en el que a priori parece difícil cambiar nada. La base práctica agrícola, por ejemplo, siempre ha sido igual: en octubre se siembra, a finales del invierno y principios de la primavera se ara, a finales de la primavera se bina y en el verano se siega. La tala de un árbol es igual ahora que hace doscientos años, con independencia de que se utilice para esta labor un hacha o una motosierra. Y el ganado todos los días tiene que comer y beber para que puedan obtenerse sus producciones.

Lo que pasa es que ahora el árbol se tala con motosierra (incluso con máquina procesadora), la agricultura se realiza completamente con maquinaria y la ganadería se explota ya más en régimen intensivo que extensivo. Se puede estar todo un día trabajando en el monte sin bajarse de una máquina, sin pisar la tierra. Los trabajos manuales del campo prácticamente han desaparecido, y con ello los trabajadores que tenían que realizarlos soportando estoicamente su dureza; el contacto diario con la tierra no existe.

En mi pueblo, hace 40 años, había señores que se ganaban la vida extrayendo las cepas del brezo castellano (el brezo que produce la flor blanca), que después vendían por kilos para que con ellas se fabricaran pipas de fumar. Este trabajo, del que he sido testigo directo, hoy sería impensable de realizar de forma manual; por una parte sería antieconómico, pues la mano de obra empleada repercutiría extraordinariamente en el precio del producto final, y cada fumador tendría que pagar por su pipa varios miles de euros; por otra parte sería muy difícil de encontrar en nuestro medio rural trabajadores de origen español (quizá emigrantes sí) que estuvieran dispuestos a realizarlo de forma manual, como lo hacían hace solo 40 años mis vecinos.

Todo lo anterior nos fundamenta un dato que repercute más de lo que pudiera parecer en el ámbito de la actividad cinegética: ya no hay gente que pise nuestros campos para trabajar en ellos. El campo y el monte se trabajan subidos en un tractor, en un bulldozer o se pasea en un todoterreno. Prácticamente no existen pastores que todos los días acompañen a sus rebaños por nuestros campos y montes. Ya nadie conoce en profundidad y con el detalle suficiente el monte.

Todos los trabajos que se desarrollan en nuestros campos y montes ya no exigen tanto esfuerzo físico como hace unas solas décadas. De hecho, conozco algún trabajador de finca rústica que cuando termina su jornada laboral hace deporte para estar en forma, y se coloca sus mallas ajustadas para salir a correr; también conozco otros que se suben en una bicicleta (con la indumentaria adecuada) para mantenerse en una buena (a su entender) forma física. Si le cuentan esto a mi vecino, el que sacaba con el pico y el azadón las cepas del brezo de las tierras arcillosas… Es más, si se le ocurre decir a su esposa que se iba a correr un rato para mantenerse en forma, esta le hubiese internado inmediatamente en un centro psiquiátrico; con el apoyo del resto de la población que no entendería que el “pipero” hiciese tal esfuerzo gratuito.

Sea como fuere, el hecho cierto es que este contacto con el campo de las gentes de nuestros pueblos y la costumbre a sus duros trabajos, hacía que en cada pueblo hubiese bastante personal con un conocimiento profundo de su entorno natural. Y ese conocimiento se está perdiendo de forma excesivamente apresurada. Todos estos jornaleros del campo eran los que asistían como postores, rehaleros, guías, etc. en las monterías, batidas, ojeos de perdiz, etc. y algunos de ellos, los menos perezosos y a veces los más necesitados, eran los famosos furtivos que tanto miedo daban a los propietarios de fincas o de cotos de caza y a sus guardas. Estos furtivos cazaban para llevar carne a sus casas; siempre de noche, siempre a pie; siempre con gran esfuerzo; siempre con medios muy rudimentarios. Nunca pensaron en un trofeo, y ocultaban su actividad porque tenían la conciencia de que estaban cometiendo un acto ilícito que a buen seguro podría traerles consecuencias duras en caso de que les cogiera.

Hoy ya no existen furtivos en nuestros pueblos. Los furtivos que existen son gentes de ciudad que buscan un trofeo, que cazan sin necesidad y por el simple placer que les proporciona matar fuera de la Ley en unos casos, o para conseguir un trofeo que no quieren pagar en otros (independiente de que puedan o no permitírselo por sus circunstancias económicas, pues me constan casos de furtivos que bien pudieran pagar sus cacerías y sin embargo prefieren el ilícito: furtivear). Los nuevos furtivos roban claramente y no sienten el más mínimo remordimiento por lo que están haciendo; no reconocen que roban y que lo que cazan tiene un dueño al que están causando perjuicio. No temen a los guardas de las fincas, que ningún respeto les merecen; y mucho menos a los propietarios y titulares de los cotos de caza donde realizan sus fechorías.

Las nuevas generaciones que en nuestros pueblos nacen se orientan más hacia la ecología, que hacia la caza. Es resultado directo de la falta de contacto con el medio rural profundo y del menor conocimiento del campo o del monte. El contacto con el medio natural de los chavales que nacen en nuestros pueblos se obtiene a través de deportes en los que no se abandonan los caminos: el ciclismo, el senderismo o el paseo en moto o quad. Pero no se adentran en el campo, ni se pretende su conocimiento profundo, sino su mera placida contemplación.

Yo digo que la perspectiva con la se mira un ciervo cambia en función del nivel de vida y circunstancias de la persona que lo está observando: llevando el argumento a los extremos, si una persona que no haya comido en dos días se encuentra con un venao, verá en él una suculenta comida y justificará su muerte para cubrir su necesidad; mientras una persona para la que la comida no sea una preocupación, verá en el ciervo algo bello y gracioso, bucólico; jamás justificará su muerte, pues no la encuentra ninguna necesidad. Un agricultor a quién estén comiendo los ciervos sus siembras, verá el ciervo como el mermador de sus rentas; este justificará su muerte como represalia por el daño que le ha causado y para evitar que dañe más. Siempre habrá quien critique esta última visión diciendo que hay otros medios de evitar esos daños, exigiendo que otro pague lo que dichos medios cuesten (pero este es otro tema que requiere una reflexión más profunda y extensa) Simplemente describo la casuística anterior como argumento del siguiente hecho: los jóvenes de nuestro medio rural ya no entienden el monte y todo lo que en él se produce (incluidas las cepas de berezo y los animales cinegéticos) como un medio o forma de vida; como una fuente de recursos de los que se puede vivir. Y si se les ofrece la opción, elegirán prohibir la extracción de cepas de brezo castellano y de prohibir la caza. El furtivo rural ha evolucionado a ecologista, y ahora ni aprovecha los recursos que el campo ofrece, ni deja que los demás lo aprovechen. Pues cualquier joven de nuestro medio rural (y aún más sus padres que prefieren que su hijo estudie a que trabaje el campo) se plantea su futuro en una ciudad trabajando bajo un techo; sus visitas al campo tendrán el propósito único de disfrutar de la naturaleza desde un camino y subido en algo, o imbuido en unas mallas de hacer deporte. A un buen amigo mío, vecino del pueblo de Robledo del Buey, decía hace treinta años: me molestan profundamente estos madrileños que vuelven a su pueblo y se dan cuenta ahora de lo bonito que es; cuando tenían que cavar olivos, o hacer leña, no les parecía tan bonito; lo que pasa es que no les gusta trabajar y tratan como tontos a los que trabajamos en el campo…

Creo que avanzamos hacia este panorama: las gentes de nuestros campos serán igual de ecologistas que las gentes de nuestras ciudades, porque todos tendrán que soportar un profundo desconocimiento de nuestros campos y montes. Y ni unos ni otros están dispuestos a conocer profundamente el campo y sus recursos, porque esto exige un esfuerzo físico especial que nadie está dispuestos a realizar: se mantienen en forma subidos en una bicicleta, pero se niegan a coger las aceitunas de los olivos que han heredado de sus antepasados, cuando la forma física se podría obtener por ambas vías. En fin…, que a mí todo esto me preocupa.

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